-
¿Ballenas o Gas? el documental sobre el futuro del Golfo de California y sus ballenas
21 de octubre, 2026 -
Maratón de Santiago 2027: corredores y corredoras podrán compensar su huella de carbono y hacer crecer el Bosque Maratón
21 de octubre, 2026 -
Las llaves de nuestra montaña: memoria, acceso y una nueva relación con los Andes
21 de octubre, 2026
Verónica Silva Pinto, la investigadora que reveló nuevas pistas sobre la muerte del Niño del cerro El Plomo, llega al Festival Ladera Sur 2026: «No es solo una reconstrucción de la muerte, es una reconstrucción de la vida también»
Desde los restos de víctimas de la dictadura hasta los cuerpos de jóvenes ofrecidos en rituales incas, la antropóloga física Verónica Silva Pinto ha dedicado su carrera a reconstruir historias que permanecieron ocultas durante siglos o que todavía esperan respuestas. Una trayectoria marcada por la curiosidad desde la infancia, el trabajo forense y una convicción que atraviesa sus investigaciones: detrás de cada cuerpo hay una vida que merece ser comprendida y tratada con respeto. En el Festival Ladera Sur compartirá los hallazgos de su investigación sobre el Niño del cerro El Plomo y las doncellas de Cerro Esmeralda, cuyos últimos meses de vida han podido reconstruirse gracias a diversas técnicas científicas.
¿Qué puede contar un cuerpo cuando ya no quedan testigos que hablen por él? Para Verónica Silva Pinto, antropóloga física, investigadora y curadora de la colección bioantropológica del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), los huesos, los tejidos y hasta las pequeñas marcas que permanecen en una piel momificada pueden convertirse en pistas para reconstruir una historia: la nuestra. Con ayuda de la tecnología y de distintas disciplinas científicas, ha investigado desde las huellas de la violencia política en Chile hasta la reconstrucción de la vida de personas que murieron hace cientos o miles de años.
Su trabajo exige mirar más allá de lo evidente. Una lesión puede cambiar la interpretación de una muerte; una muestra de cabello puede revelar meses de desplazamiento y variaciones en la alimentación; la tomografía puede mostrar detalles que permanecían ocultos sin necesidad de intervenir físicamente un cuerpo. Esas señales, analizadas en conjunto, permiten acercarse a experiencias individuales y, al mismo tiempo, comprender las sociedades a las que pertenecieron sus protagonistas.
Una de las investigaciones que mejor refleja esa manera de trabajar es el estudio interdisciplinario del Niño del cerro El Plomo y de las doncellas ofrendadas en el cerro Esmeralda. Durante más de una década, Verónica y un equipo de especialistas reunieron evidencias para revisar algunas de las explicaciones que se habían dado sobre la muerte de estos jóvenes durante el período incaico. Los resultados permitieron descartar hipótesis sostenidas durante años y reconstruir parte de las peregrinaciones que precedieron a sus muertes.

Una curiosidad que encontró su camino
La historia de Verónica Silva Pinto comienza con una niña fascinada por el pasado. Desde pequeña sintió una atracción especial por la historia, los libros y las enciclopedias, que revisaba con entusiasmo para descubrir cómo habían vivido otras sociedades y cómo había evolucionado el ser humano. Los documentales de televisión y las revistas de National Geographic alimentaban ese interés, especialmente cuando abordaban el antiguo Egipto, las momias y la evolución humana.
Antes de conocer el nombre de la antropología física, ya le intrigaban las preguntas que más tarde definirían su trabajo. Quería saber qué podían revelar los restos humanos y cómo era posible reconstruir la vida de alguien a partir de las huellas que había dejado. También encontraba referentes en investigadoras como Jane Goodall y Dian Fossey, cuyos trabajos mostraron que la observación minuciosa podía transformar la manera de comprender a otros seres vivos.
«Me fascinaba el trabajo que ellas hacían por el tema de comprender nuestro comportamiento y el de nuestros ancestros, a través de la etología de primates. Jane Goodall siempre fue una persona que marcó generaciones, no solamente por su trabajo con chimpancés, sino también por todo el rol que ella desempeñó después como ecologista», relata la investigadora.

Había, además, una curiosidad que no siempre encontraba eco en quienes la rodeaban. Verónica recuerda que, cuando era niña, tenía intereses distintos a los de otros compañeros. Una anécdota de sus años escolares lo ilustra:
«Una vez encontraron un cráneo humano de un niñito o niñita en una alcantarilla en mi colegio. Esto fue cuando yo estaba en la básica. Todos los niños arrancaron y a mí me pareció fascinante. Yo me quedé ahí. Nadie se dio cuenta, tal vez, de que yo estaba ahí mirando. Llegó la policía y yo seguí ahí mirando, porque a mí me pareció fascinante el hallazgo y que llegara gente especialista a verlo», cuenta Verónica.
«Nunca supe ningún detalle de qué pasó con eso, pero pienso en esto, mi colegio estaba en la calle Don Pepe y hace poco yo supe que el colegio de enfrente, que era cruzando Vicuña Mackenna, el colegio Chilean Eagles College, en esos tiempos sirvió de centro de detención y tortura. Entonces, se decían muchas cosas de los subterráneos del lugar, pero como te digo, es algo que yo descubrí ahora de adulta por las noticias», añade.

Su llegada a la antropología tampoco fue inmediata. Aunque desde temprano se interesó por los seres humanos y su pasado, inicialmente optó por estudiar Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. La antropología le parecía un camino más difícil de seguir y, en ese momento, no estaba segura de poder dedicarse a ella. A esa incertidumbre se sumaba una circunstancia personal que marcaría sus primeros años de formación: la maternidad.
«Fui madre muy joven, a los 17 años, así que en ese momento pensé que estudiar Historia y Geografía iba a ser menos desafiante, digámoslo así, que entrar a antropología. Me dio miedo, por eso entré a estudiar historia, pero mientras estudiaba historia y hablaban, por ejemplo, de las ciencias auxiliares y nombraban a la arqueología, yo la verdad es que suspiraba», relata Verónica.
«Me pasó también que el papá de mi hija redujo la pensión de alimentos y ya no me alcanzaba para la sala cuna. Todo eso hizo que yo decidiera dejar la carrera. Decidí prepararme de nuevo para entrar a la Universidad de Chile, que es donde daban antropología. Estudié el preuniversitario en la noche y los sábados. Luego, finalmente entré a estudiar a la Universidad de Chile», agrega.
Su resultado en la admisión fue decisivo: obtuvo el puesto número 13 y consiguió una beca que le permitió continuar estudiando. La decisión también implicó enfrentar la resistencia de su padre, quien no quería, en ese entonces, financiar una carrera que consideraba poco conveniente. La beca fue, por tanto, más que una ayuda económica, abrió la posibilidad de seguir una vocación que ya llevaba tiempo acompañándola.

Una vez que logró encontrar su camino, durante su etapa universitaria comenzó a acercarse a otra dimensión de la antropología: el análisis de restos humanos en investigaciones forenses. Junto al profesor Claudio Paredes y a la antropóloga física Daniela Leiva, participó en trabajos que exigían reconstruir hechos violentos a partir de la evidencia material. El primero de los casos que recuerda fue el de Eugenio Berríos, exquímico vinculado a la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).
El examen de sus restos permitió establecer una secuencia de lesiones. Berríos había recibido un disparo en la parte posterior de la cabeza y, cuando ya estaba en el suelo, fue rematado con otra arma. La investigación mostró de manera concreta cómo el estudio de los huesos podía contribuir a esclarecer un crimen y aportar información que no siempre estaba disponible por otros medios.
«Lo más importante de esa primera formación es que en antropología forense tú no te puedes equivocar. Un rango de edad de 10 años no importa en arqueología, porque estoy dentro de lo que estadísticamente es considerado aceptable, y funciona. Pero en antropología forense no puedes dar un rango de 10 años, o sea, los rangos tienen que ser acotados a unos 3 años de error. Eso hace que la disciplina sea mucho más desafiante y al mismo tiempo más exigente, en el sentido de que de eso depende que la persona sea identificada, ya sea en un caso de detenidos desaparecidos o en un caso de crimen común», apunta la experta.
Más adelante, Verónica trabajó en casos de personas asesinadas, entre ellos el de Maciel Zúñiga, víctima de José Roberto Martínez Vásquez, conocido como «El Tila». También participó en investigaciones relacionadas con ejecutados políticos y víctimas de la dictadura, incluida la familia Valenzuela Velázquez, cuyos restos correspondían a una pareja y a su hija de seis años.

Ese trabajo le permitió comprender el alcance de la antropología forense, pero también sus exigencias emocionales: «A nosotros no nos daban los antecedentes previos de qué es lo que íbamos a exhumar, solo sabíamos que íbamos a exhumar a ejecutados políticos. En una ocasión nos tocó exhumar un nicho, donde me encontré con un pequeño cráneo y esqueleto. Eso fue bastante duro, sobre todo porque yo tenía una hija de esa edad en ese tiempo, de unos seis años», relata Verónica.
«A partir de ahí no dejé la antropología forense del todo, pero estuve varios años alejada, porque los casos forenses son muy estresantes. Me dio una alergia nerviosa en el cuero cabelludo, en las manos también. Eso fue lo que me hizo alejarme, el impacto que causan los casos. Para el caso de la niñita, tuvimos la visita de su hermano. Él quería ver los restos de su hermana y de sus papás, incluso tocarlos. Todo era muy conmovedor y al mismo tiempo estresante para uno como profesional», añade.
Sin embargo, aunque decidió tomar cierta distancia de la práctica forense cotidiana, no abandonó el compromiso con los derechos humanos. En 2019 fundó junto con un grupo de especialistas forenses el Equipo Chileno de Antropología Forense y Derechos Humanos (ECHAF), desde donde continuó vinculada a la búsqueda de personas desaparecidas. Entre sus trabajos se encuentra la búsqueda de tres detenidos desaparecidos en el cementerio Municipal de Copiapó.
«Lamentablemente, ahora nos quedamos sin recursos para continuar la búsqueda, pero es una labor que no termina. O sea, mientras no aparezcan las personas que buscamos, esa labor no termina», afirma Verónica.

De las momias Chinchorro a las peregrinaciones incas
En 2007, Silva se trasladó a Arica para trabajar en la Universidad de Tarapacá. Durante aproximadamente siete años se desempeñó como docente, ya que le interesaba de sobremanera poder conocer más de la cultura Chinchorro, que presenta una de las tradiciones de momificación artificial más antiguas conocidas en el mundo.
«Estuve 7 años allá. Fui docente de la Universidad Tarapacá, por lo tanto, pude contribuir a formar distintas generaciones de arqueólogos/as y antropólogos/as que hoy en día se desempeñan como profesionales. Tengo buenos amigos ahí también. Sigo trabajando con Marcela Sepúlveda, que era académica en ese tiempo en la Universidad Tarapacá, y que sigue siendo investigadora de la misma universidad. Y con ella seguimos colaborando y trabajando juntas», comenta Silva.
Su interés por los restos humanos también la llevó a especializarse en el análisis de isótopos estables, una técnica que permite investigar aspectos de la alimentación y la movilidad a partir de muestras biológicas. Gracias a una beca DAAD, realizó una especialización de dos años en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, Alemania. Allí profundizó en herramientas que después serían fundamentales para estudiar las trayectorias de personas del pasado, y más tarde continuó su formación doctoral en la Universidad de Valencia.
En 2016 regresó a Santiago y asumió como curadora de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural. Desde entonces, su trabajo ha estado ligado a la investigación, conservación y estudio de colecciones bioantropológicas que reúnen restos de distintos períodos y procedencias.


«Yo no hubiera querido volver a Santiago, porque considero que es importante la descentralización y porque los cuerpos momificados están en el norte originalmente, pero acá en el Museo Nacional de Historia Natural tenemos una gran colección de cuerpos momificados, entre ellos también cuerpos Chinchorro. Me encontré con la segunda colección más grande de Chinchorro de Chile. Por lo tanto, he podido desarrollar mi trabajo con bastante interés, con esta pasión que me mueve, gracias a estas colecciones maravillosas que tenemos acá. También está el Niño del cerro El Plomo, pero además tenemos una colección de tres cuerpos momificados egipcios, que también los he estado estudiando», señala.
En la actualidad, su labor combina el estudio directo de los restos con tecnologías que permiten observar el interior del cuerpo sin tener que intervenirlo. Desde 2011 trabaja con imágenes médicas obtenidas mediante tomografía computarizada, en colaboración con equipos clínicos. Las imágenes permiten examinar huesos, órganos y tejidos, identificar lesiones y reconocer alteraciones que pueden pasar inadvertidas durante una observación externa.
«Los historiadores leen los libros para reconstruir la historia, yo lo que hago es leer los cuerpos a través de imágenes para reconstruir nuestra propia historia. Muchas veces esa historia que no es contada, que es la historia de las personas, de quienes vivieron en el pasado, a través de primera fuente. Conocer qué enfermedades tuvieron, a qué edad murieron, qué prácticas culturales tuvieron, etcétera, para ir armando ese gran rompecabezas que es nuestra historia prehispánica, de la cual sabemos tan poco», asegura la experta.

«Siempre nos enseñan desde el colegio que la historia comienza con la llegada de los europeos. Nosotros como chilenos somos mucho más que eso. Evidentemente, estamos la gran mayoría mezclados. Eso hace que también seamos en parte herederos de esas culturas prehispánicas. Tenemos que, de alguna forma, apropiarnos de esa historia que ha quedado silenciada», añade.
Su trabajo con colecciones egipcias conservadas en Chile, por otra parte, demuestra que estas preguntas trascienden una época o una región. En el marco de dos proyectos FAIP del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural ha realizado el estudio de los cuerpos momificados egipcios, a través de tomografía y de sus sarcófagos, que se encuentran en estudio por el tesista Carlos Ñancupil, estudiante de arqueología de la Universidad Austral de Puerto Montt, con la colaboración de la arqueóloga Marcela Sepúlveda.
Entre los individuos estudiados se encuentra Pas-Sit-F-Osher, un cuerpo resguardado en el Parque Museo Pedro del Río Zañartu, cuyo análisis permitió observar que el cuerpo se encontraba mayormente íntegro y que correspondía a un individuo masculino de unos 15 años de edad, del período ptolemaico tardío. También examinó los tres cuerpos del MNHN, entre ellos a Tasheritmin, identificada como una joven de 17 años.

«Tasheritmin, que es uno de los cuerpos momificados egipcios, hoy en día sabemos que era una joven de 17 años, que murió en el periodo ptolemaico. Murió con una fractura de fémur y una fractura de los incisivos. Probablemente, estaba en algún tipo de conflicto bélico. Entonces, todos esos detalles que nos permite el análisis bioantropológico, en este caso, a través de la tomografía computarizada, es mínimamente invasivo y es el mismo análisis que nos hacemos todos cuando vamos al médico y nos mandan a hacer un escáner», cuenta Verónica.
Estos trabajos no solo permiten conocer mejor los cuerpos estudiados. También plantean preguntas sobre cómo investigar restos humanos de manera respetuosa, qué información es posible obtener sin realizar intervenciones invasivas y cómo equilibrar el interés científico con la conservación del patrimonio. Para Silva, los cuerpos arqueológicos no deben tratarse simplemente como piezas de una colección: pertenecieron a personas y, por ello, su estudio exige cuidado y responsabilidad.
«Hoy en día, lo primero que tenemos que hacer como investigadores que trabajamos con el cuerpo humano es reconocerles como humanos. Y, por lo tanto, nuestro objeto de estudio no es un objeto, es un sujeto. Y en ese sentido, mi rol como investigadora ha sido devolverles también esa personalidad, saber quién era esa persona. Que deje de ser solamente una colección, un material más en el museo, y vuelva a tener este carácter de persona. ¿Y cómo? Devolviéndoles justamente algunos elementos de lo que era su identidad», comenta.

Una investigación que comenzó en Iquique
La investigación que cambiaría algunas de las interpretaciones más conocidas sobre el ritual de Capacocha inca comenzó a tomar forma en 2011, cuando el equipo del museo de Iquique solicitó la colaboración de Verónica para estudiar los cuerpos de las jóvenes encontradas en el cerro Esmeralda. El hallazgo se había producido en 1976, durante trabajos asociados a la apertura de un camino, y los restos habían atravesado una historia compleja de extracción, manipulación y deterioro.
«Comenzamos el año 2011 con el arqueólogo Pablo Mendez-Quiros. Nos llamaron desde el Museo Regional de Iquique, que es de la Corporación Municipal de Desarrollo Social de Iquique (CORMUDESI), a analizar, en el caso de Pablo, que es arqueólogo, los objetos, y en mi caso los cuerpos del cerro Esmeralda. Además, había especialistas en textiles», recuerda la investigadora.
«En ese momento, me di cuenta de que estos cuerpos estaban muy intervenidos, en mal estado de conservación. Había sido descubierta la tumba por dinamitado del sector y, según los documentos que había en el propio museo, luego habían sido autopsiadas ambas. Entonces, por ejemplo, la doncella estaba muy desmembrada, con alambres y maderos. Tuvimos que quitarle esos elementos que afectaban aún más su conservación. También tuvimos que tratarla, porque tenía indicios de microorganismos, de hongos. Requerían de un análisis mínimamente invasivo, porque ya habían sido muy intervenidas a lo largo del tiempo», añade.

Por lo mismo, la investigadora comenzó con las herramientas disponibles en ese momento, incluida una tomografía realizada en Iquique con un equipo de pocas filas de detectores, además de muestras de cabello que podían aportar información sobre la vida de las jóvenes antes de su muerte.
«Solicité hacer la tomografía computarizada. La verdad es que trabajamos con un equipo muy antiguo en Iquique, de solo cuatro canales. Hoy en día estamos trabajando con 128 canales y hasta 256 canales. La tecnología ha avanzado muchísimo. Pero estas son las tomografías que tomamos en ese momento y a la vez tomamos varias muestras, entre ellas pelo. Entonces, cuando yo me voy a Alemania, estaba procesando el pelo de las doncellas», señala Verónica.
A partir de ese primer trabajo, Silva propuso ampliar la investigación al Niño del cerro El Plomo, cuyos restos se conservan en el Museo Nacional de Historia Natural. El cuerpo había sido descubierto en 1954, en la cordillera de Santiago, y durante décadas se había sostenido que había muerto por hipotermia. Según la propuesta de Grete Mostny en 1959, el alcohol habría contribuido a inducirle el sueño antes de quedar expuesto al frío extremo.
![Individuos de Cerro Esmeralda. ( A ) Exhibición en el museo de CES-A y CES-B en el Museo Regional de Iquique antes de 2011. ( B ) Vista anterior de CES-A, una niña; el círculo rojo indica una perforación en el hipocondrio derecho. ( C ) Reconstrucción 3D de CES-A, vista anterior. ( D ) Primer plano de la perforación hipocondrial en CES-A. ( E ) Vista anterior de CES-B, una niña. ( F ) Reconstrucción 3D de CES-B, vista anterior. ( G ) Peinado de CES-A con tulmas; se obtuvieron muestras de radiocarbono de este contexto. ( H ) Peinado de CES-B con tulmas; se obtuvieron muestras de radiocarbono de este contexto. ( I y J ) Representación 3D del cráneo de CES-A con transparencia que muestra el desarrollo dental: ( I) vista anterior y ( J) vista lateral derecha. ( K ) Corte de TC de CES-A que muestra el hueso hioides, vista transversal. ( L ) Corte de TC de CES-B que muestra el hueso hioides, vista transversal. Créditos de las fotografías: (A) Archivo Administrativo, Museo Regional de Iquique–CORMUDESI; Fotografías [(B), (D), (E), (G) y (H)] de M. Alarcón, cortesía del Archivo Administrativo, Museo Regional de Iquique–CORMUDESI.](https://laderasur.com/wp-content/uploads/2026/10/cerro-esmeralda-1024x359.jpg)
Sin embargo, obtener muestras para estudiar al niño no fue sencillo: «En ese tiempo, se me ocurrió preguntar por pelo del Niño del cerro de El Plomo. Entonces, le escribí al Museo Nacional de Historia Natural, antes de que yo trabajara allí, preguntando si había posibilidad de obtener pelo del niño para estos análisis», recuerda.
«Los dos son del mismo contexto, son de Capacocha inca. Entonces, era para tener también una comparativa de los dos casos que tenemos en Chile. Desde el museo me dijeron que ya no se le tomaban muestras al niño, pero que había alguien que tenía pelo del Niño del cerro El Plomo, que era el Doctor Mario Castro, quien es el actual director del museo. Él había sido mi profesor, así que me comuniqué con él y efectivamente tenía pelo del niño. Empezamos a hacer todo el levantamiento de necesidades. Primero se pidió permiso al Consejo de Monumentos Nacionales de Chile para que el pelo pudiera viajar a Alemania. Allá pude procesarlo y vimos qué análisis faltaban», agrega.
Después de gestionar los permisos necesarios, en Alemania la muestra llegó a las manos del doctor Andrew Wilson, de la Universidad de Bradford, quien en 2019 estudió sus isótopos de oxígeno, hidrógeno y azufre de ambos contextos. «Ha sido un largo camino que comenzó con eso, pero que nos llevó a que el año 2021 yo me ganara como investigadora principal un proyecto FAIP del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural», señala Silva.
Gracias a eso fue posible realizar nuevas tomografías del Niño del cerro El Plomo en la Clínica Alemana de Santiago. La investigación fue creciendo con la participación de especialistas de distintas áreas y países, hasta convertirse en un estudio interdisciplinario de largo aliento, cuyos resultados fueron publicados en Science Advances.


«En el caso de las doncellas, el tema de la estrangulación lo vimos inmediatamente cuando hicimos la tomografía computarizada el año 2011. Se habían descrito unas huellas de sogas en el cuello. En eso se basaba toda la hipótesis de Checura de 1977 de la estrangulación como causa de muerte, pero finalmente las marcas que tenían ambas doncellas en el cuello eran producto de los propios textiles, con los que ellas habían muerto o con los que habían sido ataviadas en el momento de la muerte. Esos textiles, digamos, dejaron esas marcas en el cuello, como impresiones, pero no eran en ningún caso huellas de atadura», apunta Verónica.
En lo que respecta al niño, una de las primeras pistas apareció al observar sus dedos: «La necrosis es una de las principales marcas que deja la hipotermia en alta montaña. Los montañistas saben que lo primero que te puede ocurrir es que, justamente, empiecen a morirse las puntas de los dedos y la punta de la nariz. Eso se produce porque, debido al frío extremo, la sangre sale de las extremidades y se acumula en la zona vital, que es toda la parte del pecho, el estómago, para seguir haciendo funcionar los órganos. Entonces el tema de la necrosis, como yo había trabajado muchos años en antropología forense, me pareció que no estaba presente, no había evidencia de eso, pero había que probarlo», cuenta.
«En la clínica Alemana trabajamos con Verónica Catalán, quien realizó un análisis dermatoscópico, que es básicamente mirar con una gran cámara con lupa tanto los dedos como otras partes de las manos y pies. También ella extrajo una muestra de tejidos, a través de una biopsia, porque en el caso del niño no hicimos ningún análisis que no se pudiera hacer en personas vivas. Con todos estos análisis pudimos comprobar que efectivamente no había necrosis», añade.


Al mismo tiempo, las imágenes obtenidas en la tomografía computarizada mostraron una fractura que no había sido detectada en las tomografías previas. A partir de ese hallazgo, el equipo examinó si el traumatismo podía relacionarse con su muerte. Para ello, combinó la observación con estudios adicionales de los tejidos y un modelamiento biomecánico que permitió evaluar qué tipo de fuerza podría haber producido la lesión.
«Gonzalo Rojas Costa me contactó con María Luisa Cerón, ambos de la Universidad Finis Terrae, y con ellos pudimos hacer un análisis que se utiliza mucho en antropología forense, por eso yo lo conocía, que se llama análisis de números finitos. Con ese análisis pudimos determinar la fuerza que se necesitaba para generar esa fractura y la apertura de las suturas craneales», comenta Verónica.
La evidencia llevó a cuestionar la explicación tradicional: los resultados no respaldaban la hipotermia como causa de muerte y el traumatismo craneal era compatible con una lesión mortal ocurrida cerca del momento del fallecimiento.
![Visualización de la lesión cutánea y craneal en el niño de El Plomo (NEP). ( A ) Fotografía anterior de NEP; el área de la lesión está marcada con un rectángulo blanco. ( B ) Primer plano de la lesión cutánea; la indentación está marcada con un óvalo blanco. ( C ) Reconstrucción 3D de TC del área de la lesión (óvalo blanco). ( D ) Reconstrucción 3D de TC que muestra la línea de fractura frontal (flecha negra). ( E ) Reconstrucción 3D de TC que muestra la diástasis traumática de la sutura coronal (flecha negra). ( F ) Reconstrucción 3D de TC que muestra la diástasis traumática de las suturas coronal y sagital (flechas negras). ( G ) Reconstrucción 3D de TC que muestra el punto de terminación de la diástasis en las suturas coronal y sagital (flechas negras). Créditos fotográficos: [(A) y (B)] Colección Museo Nacional de Historia Natural, Chile/Archivo Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR), P. Monteverde, 2023.](https://laderasur.com/wp-content/uploads/2026/10/sciadv.adz9055-f4-1024x638.jpg)
Los últimos meses de vida de los jóvenes incas
El estudio de las jóvenes del cerro Esmeralda y del Niño del cerro El Plomo permitió reconstruir otra dimensión de sus historias: los meses que precedieron a sus muertes. Los análisis de cabello indicaron que la peregrinación del niño se prolongó durante aproximadamente nueve meses. En el caso de las jóvenes, la mayor habría recorrido el trayecto durante unos tres meses y la niña durante cinco. El análisis estadístico fue realizado por la paleoecóloga Eugenia Gayó, quien junto con Marcela Sepúlveda y Verónica realizó la interpretación de estos resultados.
«Esa diferencia creemos que se debe a que la niña es trasladada hacia el Cusco, en cambio, la doncella vivía ya en el Cusco. Los últimos tres meses terminan teniendo una dieta casi idéntica, y eso es bastante impresionante, porque también nos indica que ellas efectivamente fueron alimentadas de la misma forma y que hicieron ese último trayecto juntas», precisa Verónica.
«El Estado interfería no solamente en estos cuerpos que eran ofrendados, sino también en la alimentación en el recorrido y en involucrar a la población local en este peregrinar. Entonces, lo que estamos planteando, es que son las propias poblaciones locales las que están recibiendo a los peregrinos en este viaje, y alimentándolos a través de las ceremonias de comensalidad, donde se intercambiaban comidas y bebidas. Y es en esa misma ceremonia donde se consumía hoja de coca o se tomaba chicha. Es parte del ritual, no es nada extraordinario», añade.
Estas peregrinaciones se inscribían en la Capacocha, una ceremonia del mundo inca que implicaba la selección de niños, niñas y jóvenes para ser ofrecidos en lugares considerados sagrados. Las personas escogidas eran trasladadas al Cusco, principalmente, y, desde allí, podían emprender viajes hacia huacas distribuidas en distintos territorios del imperio. En esa cosmovisión, se consideraba que quienes eran sacrificados pasaban a relacionarse con las divinidades y podían actuar como intermediarios entre ellas y sus comunidades.
La Capacocha también tenía una dimensión política. La ceremonia permitía articular poblaciones distantes, reforzar vínculos con el poder inca y expresar la incorporación de distintos territorios al imperio.
«En el caso de Niño del cerro El Plomo y las doncellas del cerro Esmeralda, ellos fueron ofrendados a las montañas. Para los incas ellos no estaban siendo sacrificados, ellos no iban a morir, no era un término de algo, sino que ellos iban a estar en otro plano, iban a pasar a ese plano e iban a poder estar en el mundo de los dioses. Entonces, imagínate la importancia que tenían estos niños y niñas, el rol que desempeñaban para su sociedad. Ellos eran representantes de sus comunidades ante los dioses», explica Verónica.
«Las crónicas nos dicen que se elegían a hijos e hijas de curacas, o sea, de líderes de sus comunidades, los que a su vez obtenían algún tipo de beneficio con el inca, por ejemplo, un ascenso social. Ellos eran elegidos de forma privilegiada para estar con los dioses. Se elegían niños y niñas sin manchas, que fueran hermosos y perfectos. Las crónicas también indican que había muchas Capacocha, o sea, muchos niños y niñas ofrendados. Entonces, tal vez hemos encontrado solo una mínima parte, podría haber perfectamente más», añade.


Las dataciones por radiocarbono sitúan las ofrendas estudiadas en el siglo XV, durante la consolidación de la presencia inca en los Andes meridionales y antes de la conquista europea. Sin embargo, todavía quedan preguntas sobre los orígenes de los jóvenes, los detalles de sus desplazamientos y las circunstancias precisas de sus muertes.
«Nos quedan varias cosas pendientes. Por ejemplo, siempre nos preguntan cuál es el origen del Niño del cerro El Plomo o las doncellas del cerro Esmeralda. Con el caso de las doncellas estamos trabajando con Mario Apata, que es un antropólogo físico especialista en genética antigua, en ADN antiguo. Por ejemplo, podemos ir evaluando, a través de estas nuevas pistas que nos va a dar el ADN sus orígenes o afinidades genéticas. Por otra parte nos preguntamos de qué estaban hechos los zapatitos del niño o realmente de qué plumas estaba hecha la bolsa o el tocado de las doncellas. Entonces, todavía nos queda mucho por hacer. Hay respuestas que a lo mejor vamos a obtener pronto y otras que seguramente van a quedar para el futuro, para futuros y futuras investigadoras», indica Silva.
En noviembre, la antropóloga compartirá parte de ese recorrido en el Festival Ladera Sur 2026. Su charla buscará acercar al público al ritual de la Capacocha y a la historia del Imperio inca, cuya extensión abarcó territorios desde el sur de Colombia hasta el sur de Chile. Más que concentrarse exclusivamente en la muerte de los jóvenes, quiere mostrar la dimensión de los viajes, las relaciones entre comunidades y las prácticas que daban sentido a estas ceremonias.


«La presentación va a ser sobre este estudio de la Capacocha, por lo tanto, me gustaría transmitir primero que conociéramos esa grandeza del Imperio inca que casi nadie conoce. El Imperio inca era mayor que el Imperio romano, pero sabemos más de los romanos que de nuestro propio pasado. Entonces, claro, la idea es poder dar a comprender la magnificencia de lo que fue el Imperio inca y de lo que significaba aunar a esa inmensa cantidad de pueblos que vivían dentro del Imperio inca, que hablaban además distintas lenguas, que tenían costumbres distintas. Qué es lo que unía a todo este gran imperio y por qué abarca desde el sur de Colombia hasta el sur de Chile», señala Silva.
«No es solo una reconstrucción de la muerte, es una reconstrucción de la vida también. Como, a través de este proceso, de este rito que llamamos Capacocha, involucra todo. El manejo biopolítico de los cuerpos, en el sentido de no solamente cómo se realiza el sacrificio, sino lo que involucra también la selección de los niños y niñas, que fueran llevados hacia algún centro administrativo como el Cusco. De ahí la peregrinación, que compartieran alimentos con las poblaciones locales. Eso le permitía al inca al mismo tiempo reforzar la cohesión simbólica de las comunidades. Que tú te sientas parte del imperio desde el punto de vista religioso sobre todo, con la llegada de estos niños y niñas a los territorios, con toda la comitiva, lo que debe haber despertado en la población sentimientos profundos también», añade.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Jǒzepa Benčina Campos
