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¿Qué necesita un paisaje árido para florecer? La mirada de la ciencia detrás de las lluvias, semillas, plantas y flores del Desierto Florido
El Desierto Florido es mucho más que una explosión de colores en medio del paisaje árido de Atacama. Detrás de cada floración existe un complejo proceso en el que participan las lluvias, las semillas que permanecen bajo el suelo, la comunidad de plantas residentes y las características de cada territorio. ¿Cuánta agua se necesita para que ocurra? ¿Por qué algunas especies florecen antes que otras? ¿Y cómo sobreviven durante los años secos? La ciencia entrega algunas respuestas para comprender este fenómeno.
El Desierto Florido es mucho más que la aparición ocasional de flores en un paisaje habitualmente árido. En esta nota, se busca entregar al visitante algunas claves sencillas para comprender lo que observará durante su recorrido. El propósito es explicar qué es el fenómeno, qué condiciones permiten que ocurra y cómo las plantas logran permanecer durante los largos períodos secos. También es parte del objetivo ayudar a entender por qué la floración no se presenta con la misma intensidad ni de la misma forma en todos los lugares, y entre años.
El paisaje va cambiando entre la costa, los llanos y las serranías, incluso dentro de una misma temporada. Las especies tampoco florecen todas simultáneamente, por lo que los colores, las formas y las especies dominantes van superponiéndose con el paso de las semanas. Comprender estos cambios permite descubrir que un sector con pocas flores no necesariamente significa que el fenómeno haya terminado o que allí no pueda expresarse.
También nos permite mirar de otra manera aquellos terrenos que parecen desnudos, pero que conservan bajo el suelo semillas y estructuras capaces de permanecer durante años. Así, recorrer el Desierto Florido es también una oportunidad para reconocer un ecosistema dinámico, diverso y cambiante, y no solamente un paisaje excepcionalmente colorido. Esta nota pretende, en definitiva, ayudar a mirar, interpretar y disfrutar aquello que el desierto va mostrando durante el recorrido.

¿Qué es el fenómeno del Desierto Florido?
El Desierto Florido es un fenómeno natural, episódico y transitorio que se manifiesta en sectores del desierto de Atacama mediante un aumento extraordinario de la cobertura vegetal y una floración abundante de numerosas especies. Durante un período limitado, transforma paisajes habitualmente dominados por superficies desnudas o por una vegetación poco conspicua (Vidiella, 1992; Armesto et al., 1993; Gutiérrez, 2008).
El fenómeno está conformado principalmente por plantas anuales y geófitas, junto con otras especies herbáceas y arbustivas. En la Región de Atacama se ha señalado la participación de más de 200 especies, lo que da cuenta de que el Desierto Florido no corresponde a unas pocas flores aisladas, sino a la expresión visible de una comunidad vegetal diversa (Gutiérrez, 2008).
La floración tampoco ocurre como un único pulso ni se expresa de la misma manera en todo el territorio. Durante una misma temporada cambian las especies que están en flor y, entre localidades, también varían su abundancia y composición. El tiempo y el espacio son, por tanto, dimensiones esenciales del fenómeno (Vidiella et al., 1999; Castro et al., 2014; Campos Nazer et al., 2021).
Más que imaginar el Desierto Florido como una sola “alfombra de flores”, conviene entenderlo como la expresión visible, episódica y cambiante de la diversidad vegetal del desierto de Atacama.


¿Cuánta lluvia se necesita para que aparezca el Desierto Florido?
Una de las preguntas más frecuentes es cuánto tiene que llover para que ocurra el fenómeno. La respuesta proviene de una combinación de experimentos con el banco de semillas del desierto, observaciones de terreno y, décadas más tarde, imágenes satelitales capaces de seguir la respuesta de la vegetación a escala regional.
Los primeros experimentos: hacer llover sobre el banco de semillas
A fines de la década de 1980, Patricia Vidiella y Juan Armesto comenzaron a estudiar experimentalmente, en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, cómo respondían las semillas almacenadas en el suelo del desierto costero a distintas cantidades de agua.
En un primer estudio con muestras de suelo de Lagunillas, encontraron que varias especies introducidas podían comenzar a emerger con aportes relativamente pequeños de agua, del orden de 10 mm o menos, mientras que muchas especies nativas requerían pulsos superiores a aproximadamente 20 mm (Vidiella & Armesto, 1989).
Este resultado planteaba una pregunta mucho más amplia: ¿ocurría lo mismo a lo largo del desierto costero o era una característica particular de Lagunillas? Para responder a esta pregunta, Vidiella amplió posteriormente el experimento en su tesis de Magíster, estudiando bancos de semillas de cuatro localidades distribuidas a lo largo de unos 500 km del desierto costero del Norte Chico: Lagunillas, Los Choros, Carrizal Bajo y Rodillo. Así, se abarcó un gradiente norte-sur en el que las precipitaciones disminuyen fuertemente hacia el norte (Vidiella, 1992).
En mayo de 1990, después del período de fructificación y dispersión de las plantas y antes de las lluvias invernales, se recogieron muestras de los primeros centímetros del suelo de cada localidad, donde se concentra gran parte de las semillas que permanecen en espera de condiciones favorables.

Las muestras fueron mezcladas y luego distribuidas en recipientes bajo condiciones controladas de luz, humedad y temperatura. Se aplicaron cantidades de agua “en forma de lluvia” equivalentes a 0, 5, 10, 15, 20 y 30 mm, correspondientes al rango de precipitaciones registrado históricamente en localidades costeras del norte de Chile. Cada tratamiento fue replicado varias veces, totalizando 120 unidades experimentales (Vidiella, 1992).
El resultado permitió identificar un umbral de respuesta: la cantidad mínima de agua necesaria para que una especie comience a emerger desde el banco de semillas. Entre las especies anuales nativas, este umbral se situó principalmente entre 10 y 20 mm.
Sin embargo, al observar la respuesta de la comunidad en conjunto apareció un patrón más claro: a partir de aproximadamente 15 mm se producía una emergencia masiva de plántulas en prácticamente todas las localidades estudiadas, aunque con diferencias entre especies y lugares (Vidiella, 1992).
El experimento mostró además algo que resulta particularmente importante para entender el fenómeno. Vidiella comparó el efecto de suministrar 30 mm de agua de una sola vez con entregar la misma cantidad total mediante dos lluvias de 15 mm separadas por una semana. La respuesta no fue idéntica para todas las especies. Esto indicaba que no solo importa cuánto llueve, sino también cómo se distribuye esa lluvia en el tiempo.
De esta manera, 15 mm no deben interpretarse como un interruptor que automáticamente “enciende” el Desierto Florido. Representan, más precisamente, un valor experimental alrededor del cual se observó un cambio importante en la respuesta del banco de semillas.

Del laboratorio al desierto
Una hipótesis obtenida en laboratorio adquiere mayor fuerza cuando la naturaleza muestra un comportamiento compatible con ella. Eso ocurrió en los estudios realizados por Armesto, Vidiella y Gutiérrez en distintas localidades del desierto costero.
En los años secos, cuando las precipitaciones fueron inferiores a aproximadamente 20 mm, la cobertura de plantas efímeras prácticamente no se desarrolló. Esta observación coincidía con los resultados de los experimentos realizados con el banco de semillas (Armesto et al., 1993).
Los autores fueron cuidadosos al interpretar esta coincidencia. En laboratorio, alrededor de 15 mm podían desencadenar una emergencia importante de plántulas, mientras que en terreno el umbral parecía acercarse más a los 20 mm. Una posible explicación es que, en condiciones naturales, parte del agua se pierde por evaporación, escurrimiento o infiltración profunda y no queda disponible para las semillas.
El seguimiento realizado por Vidiella, Armesto y Gutiérrez en Carrizal Bajo después de las lluvias de 1989 aportó otra comprobación: un evento invernal cercano a 20 mm fue seguido por una rápida respuesta de la vegetación y por una estación de crecimiento que se prolongó durante varios meses (Vidiella et al., 1999).
Durante la década de 1990 comenzó así a consolidarse una interpretación apoyada tanto por experimentos como por observaciones de campo: las plantas efímeras del desierto no responden simplemente a la cantidad total de lluvia de un año, sino especialmente a la magnitud y distribución temporal de los pulsos de precipitación capaces de aportar suficiente humedad al suelo.

Cuando los satélites comenzaron a observar el fenómeno
Con el desarrollo de la teledetección surgió la posibilidad de observar grandes extensiones del desierto y reconstruir su comportamiento durante muchos años. Las imágenes satelitales no observan directamente las flores ni identifican por sí solas las especies, pero sí pueden detectar el aumento de vegetación que ocurre cuando superficies normalmente áridas se cubren temporalmente de plantas.
Castro et al. (2014) utilizaron imágenes satelitales junto con levantamientos de terreno para cartografiar el Desierto Florido en los alrededores del Mar de Dunas de Atacama. El análisis permitió reconocer cerca de 487 km² asociados al fenómeno y comprobar que la señal observada desde el espacio correspondía a áreas con desarrollo de vegetación en terreno.
Chávez et al. (2019), por su parte, reconstruyeron mediante información satelital la dinámica de la vegetación del Desierto de Atacama durante 35 años, entre 1981 y 2015. Detectaron 13 eventos de Desierto Florido y caracterizaron su extensión, duración e intensidad. El evento de 2011, por ejemplo, alcanzó una superficie estimada superior a 11.000 km².
El análisis mostró que estos episodios estaban asociados a la acumulación de precipitaciones tanto durante los meses previos como durante el desarrollo del evento. Su importancia radica en que, mediante una metodología independiente y observando todo el territorio durante décadas, confirmó la relación temporal entre grandes pulsos de precipitación y aumentos extraordinarios de vegetación (Chávez et al., 2019).
Un análisis posterior de Campos Nazer, Espinoza y Ramos (2021), basado en imágenes satelitales de la Región de Atacama entre 2000 y 2017, mostró grandes contrastes entre años. Mientras 2014 y 2016 presentaron escasa expresión de vegetación fuera de sectores productivos y valles, durante 2015 y especialmente 2017 aparecieron extensas superficies vegetadas en lugares normalmente desprovistos de cobertura.
Estas diferencias fueron verificadas mediante visitas a terreno durante cuatro años consecutivos: no se observó floración en 2014 y 2016, mientras que sí se registró en 2015 y 2017. El año 2017 presentó la mayor señal de vegetación de toda la serie y el aumento ocurrió después de importantes precipitaciones invernales (Campos Nazer et al., 2021).

Entonces, ¿existe una cantidad de lluvia que “active” el Desierto Florido?
Después de más de tres décadas de estudios, la evidencia permite responder con mayor precisión. Los experimentos de Vidiella demostraron que existe un umbral de respuesta del banco de semillas y que, para numerosas especies nativas del desierto costero, una precipitación del orden de 15 a 20 mm puede desencadenar una emergencia importante o masiva de plántulas.
Las observaciones en terreno mostraron que el desarrollo apreciable de la vegetación suele requerir condiciones similares o algo más húmedas, probablemente porque en el ambiente natural no toda el agua caída permanece disponible. Los estudios de teledetección confirmaron, a una escala mucho mayor, que los grandes aumentos de vegetación están estrechamente asociados a episodios de precipitación que superan las condiciones habituales de este ambiente extremadamente árido.
Sin embargo, no existe evidencia suficiente para interpretar los 15 mm como una frontera rígida y universal. La respuesta depende también de la intensidad de cada evento, su distribución temporal, la ocurrencia de lluvias posteriores, las características del suelo, las pérdidas de agua y las especies presentes en cada localidad.
Por ello, es más correcto decir que los estudios experimentales identificaron un rango de precipitación a partir del cual aumenta fuertemente la probabilidad de germinación y emergencia masiva, mientras que los estudios de terreno y teledetección demostraron que esta relación se reproduce efectivamente en la naturaleza.

¿Qué podrá esperar encontrar el visitante en la temporada 2026 a raíz de las precipitaciones?
Los registros pluviométricos disponibles para 2026 muestran una señal regional excepcionalmente favorable para la expresión del Desierto Florido. Los acumulados superan claramente los valores de los años inmediatamente anteriores en las estaciones consideradas, aunque la magnitud del incremento cambia a lo largo del territorio.

La señal más intensa se observa hacia el sur. El Romeral, en La Serena, registra 287,3 mm durante 2026; Punta de Choros, en La Higuera, alcanza 155,4 mm; y el Centro Experimental Huasco acumula 221,3 mm. Estos valores son particularmente altos en comparación con el período 2020–2025.
Más al norte, en el entorno de Copiapó y Caldera, la señal continúa siendo positiva, aunque con acumulados menores. La Copa registra 56,4 mm, la Universidad de Atacama 32,8 mm y el Aeródromo de Caldera 45,6 mm. En Falda Verde, Chañaral, el acumulado alcanza 31,4 mm.
En consecuencia, durante 2026 podrá esperarse una expresión importante del Desierto Florido en una extensa franja del territorio, pero no de manera homogénea. Los datos sugieren condiciones particularmente favorables desde La Serena y La Higuera hacia Huasco, y también favorables, aunque comparativamente menos intensas, hacia Copiapó, Caldera y Chañaral.
El visitante podrá encontrar paisajes muy diferentes a medida que se desplace de sur a norte y entre la costa, los llanos interiores y las serranías. En algunos lugares podrán desarrollarse coberturas vegetales extensas y densas; en otros, la floración podrá presentarse como manchas, franjas o superficies discontinuas.
Incluso localidades próximas pueden mostrar diferencias notorias, porque la cantidad de lluvia es solo una de las variables que controla la respuesta de la vegetación. La humedad disponible en el suelo, la distribución de las precipitaciones y las condiciones propias de cada localidad también son determinantes.
También importará el momento de la visita. Una temporada favorable no tiene necesariamente un único “día peak”: diferentes especies alcanzan su máxima floración en momentos distintos y el aspecto de un mismo sitio puede cambiar en pocas semanas.


¿Cómo cambia la floración a medida que avanza la temporada?
Una de las ideas más importantes para un visitante es que el Desierto Florido no posee un único momento de máxima expresión. La lluvia puede iniciar la estación de crecimiento, pero las especies no florecen todas al mismo tiempo. El resultado es una sucesión: mientras unas alcanzan su máximo, otras recién comienzan a florecer y otras ya están terminando su ciclo.
Una secuencia de floraciones, no un solo “peak”
El seguimiento de Carrizal Bajo realizado entre septiembre de 1989 y enero de 1990 es particularmente ilustrativo. La vegetación fue muestreada durante unas 19 semanas y aproximadamente la mitad de las especies comenzó a florecer hacia fines de septiembre.
Vidiella et al. (1999) reconocieron tres grupos según el momento de máxima floración: uno temprano, hacia fines de septiembre; otro intermedio, hacia fines de octubre; y un tercero tardío, entre mediados de noviembre y comienzos de diciembre. Entre especies, la duración y el momento del máximo de floración difirieron en aproximadamente 4 a 10 semanas.
Los colores también tienen una temporalidad
La consecuencia visible de esta secuencia es que el paisaje puede cambiar de color con el paso de las semanas. En Carrizal Bajo, el grupo temprano incluyó, entre otras, a Schizopetalon maritimum y Zephyranthes bagnoldii; el intermedio, a Zephyra elegans, Cristaria glaucophylla y Encelia canescens; y el tardío, a Chaetanthera limbata y Frankenia chilensis (Vidiella et al., 1999; nomenclatura actualizada).
Estas especies aportan flores blancas, celestes, rosadas, violetas, amarillas y anaranjadas, por lo que el recambio de especies también modifica la paleta dominante del paisaje (San Martín, 2024).
El detallado trabajo de Francisca San Martín (2024) representa esta temporalidad mediante bandas de color que aparecen, se superponen y desaparecen a lo largo del año. Su propuesta distingue cuatro ambientes: Costero, Quebrada Costera, Valle y Quebrada Interior. En cada uno, las especies aparecen y florecen en momentos diferentes, por lo que la composición de colores cambia tanto entre ambientes como a medida que avanza la temporada. A continuación, se presenta una interpretación de la manifestación espacial de la didáctica propuesta fenológica de Francisca San Martín, ilustrada en su tesis de magíster ”Develando el Paisaje del Desierto Florido: De Parque Nacional a Archipiélago de Conservación”.

La utilidad de esta lectura no es convertir esas bandas en un calendario fenológico rígido, sino reforzar una idea sencilla: el Desierto Florido es un paisaje en movimiento. Un lugar visitado a fines de septiembre puede no mostrar las mismas especies, colores ni dominancias si se recorre nuevamente a fines de octubre o en noviembre.
¿Cómo pueden las plantas del desierto permanecer durante años y reaparecer con el Desierto Florido?
Cuando termina un evento de Desierto Florido, gran parte de la vegetación se seca y desaparece de nuestra vista. Durante los años siguientes, algunas localidades pueden volver a presentar el aspecto desnudo que asociamos al desierto. Sin embargo, esa apariencia es engañosa: una parte fundamental de las plantas permanece en el lugar, pero en estados capaces de soportar largos períodos de sequía.
Armesto, Vidiella y Gutiérrez (1993) distinguieron dos grandes estrategias: algunas plantas toleran la sequía manteniéndose vivas durante los períodos secos, mientras que otras prácticamente la evitan, permaneciendo como estructuras resistentes y latentes.


Un desierto que permanece oculto bajo el suelo
En las plantas anuales, los individuos que vemos florecer durante un año favorable completan su ciclo de vida en pocos meses. Germinan, crecen, florecen, producen frutos y semillas y finalmente mueren. Lo que permanece es su descendencia: las semillas.
Muchas quedan almacenadas en las capas superficiales del suelo, formando lo que los ecólogos denominan banco de semillas. En el desierto costero del Norte Chico, gran parte de las semillas viables se concentran en los primeros 3 a 5 cm del suelo (Vidiella & Armesto, 1989).
Estudios posteriores de Sotomayor, realizados mediante muestreos y experimentos a lo largo del desierto costero entre aproximadamente los 26° y 30° de Latitud Sur, encontraron semillas viables incluso después de terminada la temporada de germinación. Esto confirma que el banco conserva propágulos capaces de participar en futuros episodios de crecimiento (Sotomayor, 2010).
Por eso, un terreno aparentemente desnudo puede contener bajo su superficie parte importante de la vegetación que se expresará cuando vuelvan las condiciones apropiadas.

La importancia de no germinar todas al mismo tiempo
Mantener semillas en el suelo es solo una parte de la estrategia. Una lluvia no garantiza que exista suficiente agua para completar el ciclo de vida. Si todas las semillas germinaran ante una primera señal y después no volviera a llover, un único año desfavorable podría poner en riesgo a toda la población.
Una de las respuestas evolutivas frente a esta incertidumbre consiste en que no todas las semillas viables germinen durante un mismo evento. La literatura ecológica denomina a esta estrategia “bet hedging”, expresión que puede traducirse como una forma de repartir el riesgo en el tiempo. En el contexto de las plantas del desierto también se ha utilizado el concepto de “oportunismo cauto”: aprovechar las oportunidades favorables sin comprometer todas las posibilidades de supervivencia en una sola temporada.
Sotomayor (2010) describe que incluso durante años favorables una fracción de las semillas permanece sin germinar. Así, si las plantas que germinaron fracasan por condiciones posteriores desfavorables, todavía queda en el suelo una reserva capaz de responder en años siguientes.
En términos simples: el desierto no apuesta todas sus semillas a una sola lluvia.

Las semillas tampoco responden todas a la misma señal
Los experimentos de Vidiella mostraron que diferentes cantidades de agua no provocaban la germinación inmediata de todas las semillas. Los resultados sugirieron la existencia de latencia: estados en los que una semilla permanece viable, pero no germina aunque inicialmente parezca disponer de condiciones apropiadas.
Vidiella propuso como uno de los posibles mecanismos la presencia de sustancias inhibidoras que deben ser removidas o reducidas mediante el paso del agua. Así, la cantidad y las características del pulso de lluvia pueden contribuir a determinar cuándo se rompe la latencia y comienza la germinación (Vidiella, 1992).
El banco de semillas no debe imaginarse, por tanto, como un conjunto homogéneo esperando exactamente la misma señal. Contiene especies diferentes, semillas de distintas edades y con distintos requerimientos para germinar. Es una reserva biológica heterogénea, capaz de producir respuestas diferentes frente a distintas secuencias de lluvia.

Las geófitas utilizan otra estrategia
No todas las plantas características del Desierto Florido sobreviven los años secos como semillas. Muchas de las especies que aparecen después de las lluvias son geófitas, plantas que poseen órganos subterráneos de reserva —como bulbos u otras estructuras— capaces de permanecer vivos bajo el suelo mientras desaparece la parte aérea.
En lugar de mantener hojas y tallos activos durante los períodos desfavorables, estas especies pasan gran parte de ese tiempo en reposo bajo tierra. Cuando vuelven las lluvias, utilizan sus reservas para producir nuevamente hojas, tallos y flores. Más tarde, al avanzar la estación seca, la parte aérea desaparece y los órganos subterráneos retornan al reposo (Sotomayor, 2010; Armesto et al., 1993; Vidiella et al., 1999).
Arbustos y cactáceas: resistir en lugar de desaparecer
Existe una tercera estrategia. A diferencia de muchas anuales y geófitas, numerosos arbustos y cactáceas permanecen vivos durante los períodos secos y toleran la falta de agua mediante diferentes atributos morfológicos y fisiológicos.
Durante los años secos, estas plantas perennes son muchas veces las únicas que el visitante puede observar. Vidiella (1992) describió una vegetación visible reducida principalmente a un estrato arbustivo ralo y grisáceo. Después de las lluvias, ese mismo paisaje cambia: aparece el estrato herbáceo y muchos arbustos desarrollan nuevos brotes.
Así, arbustos y cactáceas representan predominantemente una estrategia de tolerancia a la sequía, mientras que plantas anuales y geófitas utilizan principalmente estrategias de evasión mediante semillas u órganos subterráneos latentes (Armesto et al., 1993).
El Desierto Florido que observamos después de las lluvias es, por lo tanto, el resultado de varias estrategias de supervivencia que coexistieron durante el período seco.

Los años lluviosos también reconstruyen la reserva del futuro
Los años de abundante floración no representan solamente el momento en que el banco de semillas “se utiliza”. También son los años en que vuelve a llenarse. Las plantas que germinan y completan su ciclo producen nuevas semillas, parte de las cuales queda incorporada nuevamente al suelo.
Estudios realizados en la región semiárida de Chile han mostrado fuertes aumentos en la abundancia del banco de semillas después de años particularmente lluviosos asociados a eventos de El Niño. En algunos casos se han registrado incrementos de entre cinco y diez veces, lo que sugiere que estos períodos húmedos cumplen un papel fundamental en el reabastecimiento y mantención de la vegetación efímera (Gutiérrez & Meserve, 2003; Gutiérrez, 2008).
Se genera así un ciclo:
Años secos → permanencia en estado latente → lluvias favorables → germinación y crecimiento → floración → producción de nuevas semillas → reconstrucción del banco de semillas → nuevos años de espera.
Este ciclo puede repetirse durante largos períodos y constituye uno de los mecanismos fundamentales que permiten la persistencia del Desierto Florido.


Un paisaje aparentemente vacío que en realidad está esperando
Tal vez la mejor manera de comprender este fenómeno sea cambiar nuestra percepción del paisaje durante los años secos. Cuando vemos grandes extensiones sin flores ni hierbas visibles, no estamos necesariamente ante un territorio biológicamente vacío.
Bajo nuestros pies puede existir un banco formado por semillas de distintas especies, edades y estados de latencia. Junto a ellas permanecen los órganos subterráneos de numerosas geófitas, mientras arbustos y cactáceas sobreviven en la superficie esperando mejores condiciones.
Cuando ocurre una combinación adecuada de precipitaciones, esa diversidad vuelve a expresarse. Por eso, el Desierto Florido puede entenderse como la manifestación visible y temporal de un sistema biológico que permanece presente durante los años secos.
Esta interpretación tiene además una consecuencia importante para su conservación: el suelo aparentemente desnudo forma parte esencial del ecosistema. Alterarlo, removerlo o compactarlo puede significar intervenir directamente el banco de semillas y las estructuras subterráneas que hacen posible una futura floración.
En el Desierto Florido, una parte importante de lo que vemos en primavera estuvo allí todo el tiempo. Simplemente estaba esperando.


¿Es homogéneo el territorio donde ocurre el Desierto Florido?
A gran escala, un evento de Desierto Florido puede parecer una extensa cubierta continua. Sin embargo, cuando se observa el territorio con mayor detalle, la respuesta de la vegetación cambia entre regiones, localidades y, en algunos casos, en distancias muy cortas.
El fenómeno se desarrolla sobre un paisaje que ya es heterogéneo antes de que llueva. A nivel regional existe un marcado gradiente norte-sur de precipitaciones; a escala del paisaje cambian el relieve, los sustratos y las unidades de vegetación; y a escala local varían la composición de las comunidades y los bancos de semillas.
El resultado no es una alfombra uniforme, sino un mosaico cuya forma y composición cambian entre lugares y entre eventos.

Las clasificaciones de la vegetación ya muestran que el territorio es un mosaico
Gajardo (1994) reconocía diferencias entre los grandes llanos arenosos, especialmente desarrollados entre Vallenar y Copiapó, y los sectores de serranías y relieves montañosos. Estudios posteriores han descrito con mayor detalle esta diversidad, mostrando que el fenómeno se desarrolla sobre distintos tipos de ambientes y comunidades vegetales.
La costa es un buen ejemplo. Aunque en los mapas de vegetación aparece diferenciada de los llanos y serranías interiores, esto no significa que quede fuera del Desierto Florido. Gutiérrez (2008) señala que el fenómeno puede alcanzar una expresión especialmente intensa en sectores costeros de Atacama, mientras Castro et al. (2014) documentaron extensas superficies florecidas en torno a Caldera, Bahía Inglesa y el Mar de Dunas.
Los mapas de vegetación describen los distintos paisajes y tipos de vegetación del territorio; no indican exactamente dónde puede o no ocurrir el Desierto Florido. El fenómeno puede expresarse en la costa, en grandes llanuras y también en sectores de serranías, adoptando características diferentes en cada ambiente.
Las fronteras cartográficas tampoco son fronteras florísticas rígidas
Un análisis de la flora de Atacama confirma que estos ambientes no están aislados. Aravena Ledezma (2019) encontró que los llanos y las serranías comparten cerca de la mitad de sus especies. Algo similar ocurre al comparar estos ambientes con los sectores costeros del Huasco, donde también existe una proporción importante de especies en común.
Esto ayuda a entender que en el territorio no existe una línea precisa que separe un lugar con Desierto Florido de otro sin él. Al desplazarse desde la costa hacia los llanos y las serranías, la vegetación cambia gradualmente: muchas especies aparecen en distintos ambientes, mientras otras son características de determinados sectores.
El paisaje funciona, por tanto, como un mosaico de ambientes conectados, con zonas de transición entre ellos.


Un gran contraste regional: el gradiente norte-sur
Una de las diferencias espaciales mejor documentadas corresponde al gradiente latitudinal de precipitaciones del desierto costero. Vidiella (1992) mostró que tanto el promedio anual de lluvia como su frecuencia y predictibilidad disminuyen hacia el norte.
Este gradiente climático también se refleja en la estructura de la vegetación. Armesto, Vidiella y Gutiérrez (1993) encontraron que las plantas anuales son relativamente más importantes hacia el sur y pueden representar allí más del 60% de las especies. Hacia el norte disminuye su importancia relativa y aumenta la participación de los arbustos.
Esto no significa que aumente necesariamente el número de especies arbustivas, ya que los autores no encontraron una tendencia latitudinal significativa en su riqueza. La riqueza total tampoco disminuye de manera lineal hacia el norte: Armesto et al. (1993) registraron dos máximos, uno en Lagunillas y otro en Carrizal Bajo.
En esta última localidad también se observó la mayor riqueza de geófitas del gradiente y un máximo de especies pertenecientes a géneros endémicos. Carrizal Bajo constituye, por ello, un ejemplo de que la heterogeneidad regional no puede resumirse como una simple relación «más al sur = más diversidad».
Un mosaico dinámico
La variación espacial no es un detalle secundario del fenómeno. El gradiente de lluvias, la distribución de cada evento, el relieve, los sustratos, las unidades de vegetación y la composición de los bancos de semillas se combinan de manera diferente en cada localidad.
Para el visitante, esto explica por qué un recorrido puede pasar de una floración espectacular a un sector con escasa cobertura en pocos kilómetros, o por qué dos lugares que florecen simultáneamente pueden mostrar colores y especies dominantes completamente distintos. Esa variabilidad no significa que el fenómeno esté mejor o peor expresado: es una de sus características naturales.
Por eso, quizás la mejor manera de recorrer el Desierto Florido sea no buscar una única imagen perfecta, sino detenerse a observar sus diferencias. Mirar cómo cambian las especies, reconocer los colores, y comprender que incluso el paisaje aparentemente vacío forma parte de la historia.


Referencias
Aravena Ledezma, M. A. (2019). Caracterización de la flora vascular de las formaciones de vegetación de la Región de Atacama, Chile. Memoria de Título, Facultad de Ciencias Agronómicas, Universidad de Chile.
Armesto, J. J., Vidiella, P. E. & Gutiérrez, J. R. (1993). Plant communities of the fog-free Chilean coastal desert: Plant strategies in a fluctuating environment. Revista Chilena de Historia Natural, 66, 271-282.
Campos Nazer, J., Espinoza Aburto, J. & Ramos Aguilar, J. (2021). Estudio espaciotemporal de la vegetación existente y su relación con el desierto florido en la Región de Atacama, Chile. GeoFocus, 28, 83-93.
Castro, C., Montaña, A., Pattillo, C. & Zúñiga, A. (2014). Detección del área con desierto florido en el territorio del Mar de Dunas de Atacama, mediante percepción remota. Revista de Geografía Norte Grande, 57, 103–121.
Chávez, R. O., Moreira-Muñoz, A., Galleguillos, M., Olea, M., Aguayo, J., Latín, A., Aguilera-Betti, I., Muñoz, A. A. & Manríquez, H. (2019). GIMMS NDVI time series reveal the extent, duration, and intensity of ‘blooming desert’ events in the hyper-arid Atacama Desert, Northern Chile. International Journal of Applied Earth Observation and Geoinformation, 76, 193–203.
Gajardo, R. (1994). La vegetación natural de Chile: Clasificación y distribución geográfica. Editorial Universitaria, Santiago, Chile. Gutiérrez, J. R. & Meserve, P. L. (2003). El Niño effects on soil seed bank dynamics in north-central Chile. Referencia citada en Sotomayor.
Gutiérrez, J. R. (2008). El Desierto Florido en la Región de Atacama. En: Libro Rojo de la Flora Nativa y de los Sitios Prioritarios para su Conservación: Región de Atacama. Ediciones Universidad de La Serena.
Luebert, F. & Pliscoff, P. (2017). Sinopsis bioclimática y vegetacional de Chile. 2ª edición. Editorial Universitaria, Santiago, Chile. San Martín Sanfuentes, F. (2024). Develando el Paisaje del Desierto Florido: De Parque Nacional a Archipiélago de Conservación. Tesis de Magíster en Arquitectura del Paisaje, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.
Sotomayor, D. (2010). Banco de semillas y emergencia de plantas anuales en el desierto costero del Norte Chico de Chile. Tesis. Vidiella, P. E. & Armesto, J. J. (1989). Emergence of ephemeral plant species from the north-central Chilean desert in response to experimental irrigation. Revista Chilena de Historia Natural, 62, 99–107.
Vidiella, P. E. (1992). Desierto florido: Estudio experimental de la emergencia de plantas efímeras en respuesta a distintos regímenes de precipitación. Tesis de Magíster en Ciencias Biológicas, Universidad de Chile.
Vidiella, P. E., Armesto, J. J. & Gutiérrez, J. R. (1999). Vegetation changes and sequential flowering after rain in the southern Atacama Desert. Journal of Arid Environments 43(4):449-458.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Alejandro Peñaloza G., Biólogo (MSc)