La mexiquense Tlalnepantla de Baz, hogar de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (entidad perteneciente a la UNAM), cuenta con una biodiversidad limitada en su zona urbana. Pero al interior de dicha facultad, es común cruzarse con pequeñas ráfagas iridiscentes y multicolor. Son colibríes. Llegan ahí gracias a los jardines con plantas nativas y es posible verlos suspendidos en el aire e ir hacia el cáliz de una flor. 

Para María del Coro Arizmendi Arriaga, bióloga, investigadora del Sistema Nacional y actual directora de la FES Iztacala, ese revoloteo de los colibríes forma parte de una compleja ecuación ambiental. Tan convencida está de ello, que desde hace décadas eligió estudiar a estas aves y a los factores que se relacionan con ellas.

Con la visión de quien examina minuciosamente los patrones en la biósfera y la convicción de que la divulgación científica debe tocar el territorio, la investigadora Coro busca reincorporar la biodiversidad en las (a veces inhóspitas) grietas de la metrópoli capitalina, a través de distintas estrategias de conservación. El colibrí, en ese sentido, pasa a ser un “embajador” de esta tarea. 

“Cuando terminé la carrera me preguntaba qué estudiar; llegaron a mi vida los colibríes y ya nunca más pudieron salir. He estudiado su ecología y su interacción con las plantas”, comenta la bióloga. 

María del Coro Arizmendi sosteniendo una figura de colibrí. Créditos: Ana Claudia Nepote
María del Coro Arizmendi sosteniendo una figura de colibrí. Créditos: Ana Claudia Nepote

Cuando las flores llegan antes que los colibríes

Los colibríes, cuya tasa metabólica les exige consumir néctar de manera casi ininterrumpida para no morir de hambre, funcionan con un reloj biológico, casi, milimétricamente definido. Sin embargo, explica la investigadora, el cambio climático y sus efectos trastocaron esta dinámica.

A través de estudios realizados durante décadas, el equipo de Coro ha podido documentar cómo las perturbaciones climáticas ”obligan” a las plantas a florecer de manera anticipada. Esta discrepancia genera, a su vez, un nuevo desafío ecológico pues cuando las aves (migratorias o locales) arriban a sus nichos habituales, las flores de las que dependen ya han desaparecido.

En el caso de los colibríes, a diferencia de la flora anual, cuyos ciclos generacionales responden rápidamente a los incrementos térmicos, estas aves poseen un ritmo de adaptación más lento. Por ello, la bióloga subraya el riesgo de un desacople entre la floración y la presencia de sus polinizadores. 

“En nuestros estudios calculamos que más del 80% de las especies de colibríes sufrirían afectaciones negativas por el cambio climático” cuenta Coro.

"Trochilidae", lámina número 99 de la famosa obra Kunstformen der Natur (Formas artísticas de la naturaleza) del biólogo y artista alemán Ernst Haeckel, publicada en 1904.
«Trochilidae», lámina número 99 de la famosa obra Kunstformen der Natur (Formas artísticas de la naturaleza) del biólogo y artista alemán Ernst Haeckel, publicada en 1904.

Además de la presión climática, otro reto para conservar a los colibríes, explica Coro, tiene que ver con la transformación del suelo, así como la persistencia de prácticas extractivas y/o rituales ilícitas.

La investigadora hace un repaso histórico sobre los colibríes. Desde el antiguo uso de sus plumas en la indumentaria virreinal hasta el contemporáneo tráfico ilegal destinado a amuletos, la presión antropogénica sobre estos polinizadores no ha cesado. 

“Alrededor de 2010 y 2011, autoridades postales de Estados Unidos detectaron envíos con cientos de colibríes muertos amarrados del pico y cuello con listones dentro de bolsas con mezclas azucaradas… El problema no es solo la deforestación; estas prácticas ilegales siguen cobrando vidas de especies que pesan menos de cuatro gramos”, enfatiza Coro. 

La investigadora explica que, de las 59 especies de colibríes registradas en México, 13 son endémicas y cinco enfrentan un peligro crítico de extinción, como la coqueta de Atoyac (Lophornis brachylophus), distribuida en tan sólo una franja diminuta de 50 kilómetros cuadrados en la Sierra de Guerrero.

La coqueta de Atoyac (Lophornis brachylophus) es una especie de colibrí extremadamente pequeño que habita únicamente en la sierra de Atoyac, en el estado de Guerrero, México. Créditos: Andre Sebastian
La coqueta de Atoyac (Lophornis brachylophus) es una especie de colibrí extremadamente pequeño que habita únicamente en la sierra de Atoyac, en el estado de Guerrero, México. Créditos: Andre Sebastian

Entre flores, concreto y bebederos

Por más de 30 años de trayectoria, María del Coro ha podido registrar cómo ha variado la dominancia de especies de colibríes, especialmente en el contexto de grandes ciudades como es la capital mexicana. 

Por ejemplo, cuenta la investigadora, especies que antes dominaban el espacio aéreo del sur de la capital, como Cynanthus latirostris, han sido paulatinamente desplazadas por especies más “agresivas” y adaptables como las del género Amazilia, favorecidas por la proliferación (muchas veces desordenada) de bebederos artificiales.

Para Arizmendi, el bebedero representa un arma de doble filo. Si bien un solo contenedor equivale al néctar de aproximadamente 2,500 flores, su presencia exige una responsabilidad cívica rigurosa por parte de quien los instale. La falta de higiene en la mezcla de agua con azúcar, explica, propicia una fermentación rápida, lo que genera concentraciones de alcohol y, en ocasiones, patógenos que pueden enfermar a las aves.

“El problema no es el bebedero en sí, sino el descuido humano al no lavarlo. Al igual que las «mamilas» de los bebés, los bebederos tienen agujeros pequeños donde se puede acumular suciedad u hongos si no se tallan con cepillos especiales” subraya la bióloga. 

Los bebederos para colibríes pueden ser peligrosos si no se mantienen con una higiene rigurosa o si la mezcla de alimento es inadecuada. Créditos: mgta122001vzla (Wikimedia Commons)
Los bebederos para colibríes pueden ser contraproduentes si no se mantienen con una higiene rigurosa o si la mezcla de alimento es inadecuada. Créditos: mgta122001vzla (Wikimedia Commons)

Afortunadamente para los colibríes y su conservación, estas aves gozan de «aceptación» cultural, misma que Coro aprovecha estratégicamente.

La investigadora explica cómo a diferencia de otros organismos esenciales para el ecosistema que culturalmente pueden generar más aversión o temor en la población, estas aves polinizadoras poseen una aprobación general que, a su vez, facilita la movilización comunitaria.

“Si le propones a la gente conservar colibríes, aceptan de inmediato y preguntan cómo ayudar, qué sembrar o qué poner; a diferencia de cuando se propone la conservación de arácnidos, que [para muchas personas] generan miedo a pesar de su gran importancia ecológica” contextualiza Coro.

Amazilia rutila es el colibrí canelo, es nativo de México y América Central (desde el noroeste mexicano hasta Costa Rica). Créditos: Dominic Sherony
Amazilia rutila o colibrí canelo, nativo de México y América Central (desde el noroeste mexicano hasta Costa Rica). Créditos: Dominic Sherony

De la restauración a la salud comunitaria

Para hacer frente al deterioro ambiental que se ha documentado ampliamente en el contexto de la Ciudad de México y sus alrededores, María del Coro viró hacia un modelo de conservación que apuesta por la acción territorial e interdisciplinaria. 

La bióloga relata cómo a través de iniciativas pioneras iniciadas en la FES Iztacala en 2014, se impulsó la creación de la red de “Jardines para Colibríes”, programa que se ha reproducido en más de 900 espacios a lo largo y ancho de la Zona Metropolitana del Valle de México, incluyendo la Red PILARES, el Bosque de Chapultepec y el histórico Canal Nacional, hoy transformado en un parque lineal y bosque urbano.

“Con fines de divulgación de la ciencia implementamos el proyecto de ‘Jardines para Colibríes’, cuyo propósito es que los ciudadanos participen en labores de restauración del hábitat que en las ciudades hemos destruido”, comenta la investigadora.

Como caso de éxito, Coro explica que tras el desazolve del cauce y la reintroducción de flora nativa especializada en Canal Nacional, la avifauna no solo retornó, sino que se registraron avistamientos de especies que llevaban años ausentes del paisaje urbano, como el colibrí colapinta (Doricha eliza).

Asimismo, al evaluar el efecto de estos espacios en la comunidad de la FES Iztacala y en los barrios periféricos, el equipo de investigación identificó una correlación directa entre el contacto con la naturaleza y la mejora emocional de las personas.

Esto, como directora de un entorno universitario, llevó a Coro a pensar en las condiciones postpandémicas, caracterizadas por altos índices de ansiedad y aislamiento entre los jóvenes. Fue así como el jardín de polinizadores de «la FES» se repensó como un espacio más de reconexión comunitaria.

“Encontramos que, además de beneficiar a los polinizadores [los jardines] generan un impacto positivo en la salud mental de los estudiantes. Salir del aula y observar los jardines por 15 minutos les ayuda a desarrollar sentido de pertenencia y reconectar con el mundo real”, reflexiona.

La investigadora imparte una ponencia sobre colibríes en El Colegio Nacional. Créditos: Colegio Nacional
La investigadora imparte una ponencia sobre colibríes. Créditos: El Colegio Nacional

Así, al integrar tanto la rigurosa recolección de datos científicos con la acción social en los barrios, la investigadora se propone resignificar la conservación biológica, más allá del imaginario de que es un lujo meramente contemplativo. Se trata, en palabras de ella, de un tejido vivo y con el que se debe interactuar.

El estandarte de esa pulsión por conservar que tiene María del Coro es un colorido ser de apenas unos cuantos gramos, a quien se le ha tratado de regresar un poco de su hábitat.

Y, a las personas que coexistimos con los colibríes, esta bióloga nos ofrece una vía más para reforzar nuestro vínculo con el resto del entorno vivo.

La investigadora María del Coro Arizmendi. Créditos: DGCS UNAM y Gaceta UNAM
María del Coro Arizmendi. Créditos: DGCS UNAM y Gaceta UNAM
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