Canto de Telmatobius Philippii, cortesía de Felipe Rabanal

Se trata de un hallazgo rarísimo e inédito para la ciencia chilena. En un trabajo colaborativo entre Felipe E. Rabanal y Claudio Correa, académicos de la Universidad Austral de Chile y de la Universidad de Concepción respectivamente, se pudo registrar por primera vez el canto de la rana acuática altoandina (Telmatobius philippii), anfibio que habita en un ecosistema tan único como frágil: cuatro localidades cercanas a Ollagüe, en el altiplano de la Región de Antofagasta, a 3.800 m.s.n.m. «Debido a que no se han registrado poblaciones en otras áreas, su presencia se limita a pequeños arroyos en las quebradas de Amincha y del Inca, y a unas pocas vertientes en los salares de Ascotán y Carcote«, aclara Felipe Rabanal, uno de los autores.

Otra de las características que hace tremendamente especial este hallazgo es lo crítica de la situación de la especie. En palabras de Rabanal: «La especie enfrenta una situación crítica debido a su área de ocupación extremadamente reducida. Está catalogada en Peligro Crítico (CR) según la IUCN (2015) y los criterios del RCE, oficializado mediante el Decreto 16 (Ministerio del Medio Ambiente, 2020). Esta condición de vulnerabilidad se ve agravada por la continua degradación de su hábitat frente a presiones antrópicas, destacando amenazas como la contaminación y la extracción de recursos hídricos por faenas derivadas de la minería, la canalización de arroyos y el alto riesgo potencial que supone la futura extracción de litio en la zona».

Durante décadas, las vocalizaciones de las ranas del género Telmatobius fueron consideradas prácticamente inexistentes o extremadamente limitadas. Por eso, el descubrimiento realizado por los investigadores no solo documenta un comportamiento nunca antes descrito para la especie en Chile, sino que además desafía una idea instalada históricamente en la literatura científica.

“Históricamente, la literatura sugería que estas ranas poseían repertorios vocales muy limitados o simplemente inexistentes”, explica Rabanal, “se creía que no emitían cantos de anuncio, esas señales acústicas que los machos utilizan durante la temporada reproductiva para atraer a las hembras y marcar territorio frente a otros competidores”.

El registro se realizó en diciembre de 2023, en una surgencia de aguas termales del salar de Carcote conocida como “Aguas Calientes”. Allí, en medio del silencio nocturno del altiplano, los investigadores lograron registrar las vocalizaciones de varios machos semisumergidos. “Fue un momento increíble”, recuerda Rabanal. “Escuchar al fin un canto desconocido de una rana, develándose ante mí un secreto muy bien guardado en las alturas de Chile y que la naturaleza me estaba regalando”.

Según describe el estudio, los machos emiten cantos de anuncio compuestos por trenes de entre 4 y 39 pulsos, de baja frecuencia dominante y amplitud modulada. En este contexto, el descubrimiento tiene implicancias importantes para entender la biología de la especie y, sobre todo, para diseñar nuevas estrategias de monitoreo y conservación.

Un sonido clave para proteger a la especie

El hallazgo abre una posibilidad inédita para el estudio de estas ranas: implementar monitoreos acústicos pasivos en los frágiles ecosistemas donde habitan.

La técnica consiste en instalar grabadoras automatizadas capaces de registrar continuamente los sonidos del ambiente, permitiendo detectar la presencia de las ranas sin necesidad de intervenir directamente el hábitat. “Ahora ya conocemos su canto, sabemos exactamente cómo suena y lo hemos descrito en detalle”, señala Rabanal. “Eso entrega la línea base necesaria para identificar a la especie sin confundirla con otros animales del área, como aves o insectos”, agrega.

Para especies tan amenazadas y difíciles de encontrar, esta información puede transformarse en una herramienta fundamental, especialmente considerando que la rana de Philippi depende completamente de pequeños cuerpos de agua extremadamente vulnerables a las alteraciones humanas. “Las ranas que grabamos viven en un área conocida como Aguas Calientes, una surgencia termal en el salar de Carcote”, explica el investigador. “Desde el punto donde nace el arroyo hasta que se pierde en el salar, mide no más de 80 metros de largo y unos 30 o 40 centímetros de ancho. Allí están las ranas… ese es todo su pequeño mundo”.

Telmatobius philippii, foto Felipe Rabanal
Telmatobius philippii, foto Felipe Rabanal

Señales de vida en ecosistemas frágiles

Más allá del descubrimiento biológico, los investigadores destacan que el canto también funciona como una señal sobre el estado del ecosistema.

“Que estas ranas estén vocalizando nos revela que esos frágiles cuerpos de agua, contra todo pronóstico, todavía mantienen las condiciones necesarias para sostener sus ciclos biológicos (…). Por el contrario, un silencio repentino podría ser una alerta temprana de un colapso ambiental inminente”, comenta Rabanal. Esto cobra especial relevancia ante la delicada realidad de los ecosistemas andinos frente a la presión minera, la extracción de recursos hídricos, la canalización de arroyos y la potencial explotación de litio, que amenazan directamente estos sistemas aislados donde sobreviven las últimas poblaciones conocidas de la especie. Aun así, en medio de ese escenario crítico, las ranas siguen cantando.

“Los señores de las alturas, los Telmatobius, merecen toda nuestra admiración y atención”, concluye Rabanal. “Todos merecemos conocer las maravillas de nuestro mundo natural, apreciarlas, amarlas y protegerlas”.


*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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