Hay preguntas científicas que parecen pequeñas, casi anecdóticas, pero que con el tiempo terminan abriendo grietas profundas en la forma en que entendemos la naturaleza. Durante años, quienes trabajan con murciélagos en Chile conviven con una de esas preguntas: ¿Cuántas especies hay realmente en el país?

En particular, dentro del género Myotis, la respuesta nunca fue del todo clara. Dependiendo del estudio, podían ser dos o tres. Algunos autores reconocían a Myotis atacamensis, Myotis arescens y Myotis chiloensis como especies distintas; otros sugerían que varias de ellas eran en realidad la misma. En terreno, las diferencias eran sutiles. En laboratorio, las evidencias no siempre coincidían. Y en la literatura, el debate llevaba más de un siglo sin resolverse.

Fue precisamente esa incertidumbre la que impulsó el trabajo liderado por Enrique Rodríguez-Serrano, desde el Laboratorio de Mastozoología de la Universidad de Concepción, junto a un equipo que integró especialistas en genética, morfología y bioacústica. Más que resolver una duda puntual, el desafío era ambicioso: reconstruir la historia evolutiva de estos murciélagos a escala país, combinando múltiples líneas de evidencia en un mismo análisis.

El enfoque no fue menor. El equipo analizó cerca de 20 mil marcadores genéticos (SNPs) en decenas de individuos a lo largo de Chile, complementándolo con mediciones morfológicas en más de un centenar de ejemplares y el análisis de cientos de registros de ecolocalización de murciélagos en vuelo libre. La lógica era clara: si realmente existían especies distintas, esa diferencia debía aparecer de forma consistente en todos estos niveles.

Lo primero que emergió fue una señal inequívoca desde el norte. Myotis atacamensis, asociado a ambientes áridos, mostró una identidad clara y profunda: es genéticamente distinto, presenta diferencias en su tamaño y en la forma de su cráneo, y emite llamados de ecolocalización característicos. Pero lo más relevante es que no existe flujo genético reciente con las poblaciones del sur, lo que indica que se trata de un linaje independiente, con una historia evolutiva propia que se remonta por millones de años.

Myotis chiloensis, foto de Ignacio Fernández
Myotis chiloensis, foto de Ignacio Fernández

Sin embargo, al desplazarse hacia el centro y sur del país, el panorama cambia radicalmente. Allí, el equipo de Rodríguez-Serrano encontró algo mucho más complejo que una simple separación de especies: un continuo biológico. En lugar de dos grupos bien definidos (M. arescens y M. chiloensis), los datos revelaron una transición gradual a lo largo del territorio, con poblaciones que comparten características y mantienen intercambio genético activo.

Este patrón, un gradiente latitudinal con mezcla genética también se reflejó en la morfología y en los llamados ultrasónicos. Las diferencias existen, pero no son suficientes para trazar límites claros. En palabras simples: no hay una frontera, sino una transición. Y eso llevó a una conclusión clave del estudio: lo que se conocía como Myotis arescens no corresponde a una especie independiente, sino a una población dentro de una especie más amplia y estructurada geográficamente, Myotis chiloensis.

El resultado final del trabajo publicado en Journal of Zoological Systematics and Evolutionary Research es contundente: en Chile existirían dos especies de Myotis, no tres. Por un lado, M. atacamensis, como un linaje claramente diferenciado. Por otro, M. chiloensis, que incluye una diversidad interna conectada a lo largo del territorio. Pero, quizás lo más interesante no es solo la respuesta, sino el proceso. Este estudio muestra cómo la ciencia avanza cuando se cruzan disciplinas y se amplía la escala de observación.

A veces, como descubrió el equipo liderado por Rodríguez-Serrano, la naturaleza funciona como un continuo, donde las diferencias se acumulan gradualmente, moldeadas por el paisaje, el clima y la historia evolutiva. Más allá de la taxonomía, estas diferencias tienen implicancias concretas. Definir correctamente las especies no es solo un ejercicio académico; afecta directamente cómo evaluamos su estado de conservación y cómo diseñamos estrategias para protegerlas. Reconocer más especies de las que realmente existen puede fragmentar los esfuerzos, mientras que; cuando se hace el contrario, ignorando las estructuras internas de una especie puede llevar a perder diversidad importante. En este caso, los resultados apuntan a que en Chile existen dos especies de Myotis: Myotis atacamensis y Myotis chiloensis, siendo esta última un linaje amplio que incluye poblaciones diferenciadas a lo largo del territorio.

Al final, este estudio no solo resuelve una discusión taxonómica de larga data, sino que también revela algo más profundo: que la biodiversidad no siempre se organiza en compartimentos estancos. A veces, como en estos murciélagos, se despliega como un continuo silencioso, moldeado por el paisaje, el clima y la historia. Y para entenderlo, hay que estar dispuestos a escudriñar con atención, incluso cuando la respuesta no es tan nítida como esperábamos.

Para más información:

DOI: https://doi.org/10.1155/jzs/6106429

Link: https://lnkd.in/eUWbdJHf


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