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DÍA DE LOS GLACIARES | Vida en el hielo: Conociendo la biodiversidad que resiste en glaciares y zonas periglaciares
Lejos de ser paisajes vacíos, los glaciares y sus entornos albergan una biodiversidad sorprendente, capaz de resistir condiciones extremas y aún poco conocida por la ciencia. Desde microorganismos hasta insectos y anfibios, la vida se despliega no solo sobre el hielo, sino también en los ambientes periglaciares que lo rodean. En estos territorios se sostienen comunidades únicas y frágiles, estrechamente ligadas a la dinámica del agua y el clima. Comprenderlas es clave en un escenario donde su existencia enfrenta amenazas crecientes. En medio de la conmemoración del Primer Día Nacional de los Glaciares, en esta nota te contamos todo lo que necesitas saber sobre ellos.
Durante siglos, los glaciares fueron vistos como paisajes mudos y aparentemente vacíos: vastas extensiones de hielo donde parecía imposible que existiera vida. Sin embargo, en las últimas décadas la ciencia ha revelado una realidad muy distinta. Bajo el hielo, sobre su superficie y en los territorios fríos que los rodean, existe un mundo sorprendente de organismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas.
Desde microorganismos invisibles hasta plantas, insectos y pequeños invertebrados, estos ecosistemas de alta montaña albergan una biodiversidad única y poco conocida. Muchos de estos organismos han desarrollado adaptaciones extraordinarias para resistir temperaturas bajo cero, radiación intensa y suelos pobres en nutrientes.
Sin embargo, gran parte de esta vida no habita directamente sobre el hielo, sino en las zonas que lo rodean: los llamados ambientes periglaciares. Estos territorios de suelos congelados, rocas y sedimentos funcionan como una extensión natural de los glaciares y cumplen un rol fundamental en el almacenamiento y liberación de agua en las montañas.

Comprender la riqueza ecológica de estos lugares es cada vez más importante. En un planeta que enfrenta una crisis climática y una creciente presión sobre los recursos naturales, los glaciares y sus ecosistemas asociados se han convertido en piezas clave para la seguridad hídrica, la biodiversidad y el equilibrio ambiental de amplias regiones.
Un ejemplo de lo anterior es la discusión que hoy se vive en Argentina, tras la aprobación en el Senado de una reforma a su ley de glaciares que busca flexibilizar la protección del ambiente periglaciar. Este proyecto ha vuelto a poner estos ecosistemas en el centro del debate público, ampliándose incluso a Chile, país que alberga la mayor parte de los glaciares de Sudamérica y donde aún se discute cómo proteger de manera efectiva estos frágiles paisajes de montaña.
Pero para entender por qué estas zonas generan tanta preocupación —y por qué su protección resulta clave para el futuro de los ecosistemas de montaña— es necesario mirar primero qué son realmente los glaciares y los ambientes periglaciares, cómo se forman y qué rol cumplen en el funcionamiento de la naturaleza.

Glaciares y ambientes periglaciares
Los glaciares son grandes masas de hielo que se originan cuando la nieve acumulada durante años —e incluso siglos— se compacta y transforma gradualmente en hielo. Este proceso ocurre en zonas donde las temperaturas se mantienen lo suficientemente bajas como para que la nieve que cae durante el invierno no se derrita por completo en verano. Con el paso del tiempo, las capas superiores ejercen presión sobre la nieve más antigua, expulsando el aire que contiene y convirtiéndola primero en un material granular llamado firn y, finalmente, en hielo glaciar.
«Los glaciares son agua milenaria congelada, que se forman gracias a la acumulación de nieve a lo largo de los años y los milenios. Los glaciares para formarse requieren principalmente de bajas temperaturas y de precipitaciones sólidas, o sea, nieve, que son los elementos que permiten que gane masa. Esas condiciones particulares se dan en las grandes altitudes, en los cordones montañosos, y también en las latitudes bajas cerca de los polos», señala Constanza Espinosa, directora y cofundadora de Fundación Glaciares Chilenos.
En ese sentido, cuando el espesor del hielo aumenta lo suficiente, el glaciar comienza a desplazarse lentamente por efecto de la gravedad, deformándose y fluyendo pendiente abajo como si fuera un río extremadamente lento. Este movimiento constante, aunque imperceptible a simple vista, es una de las características que distingue a los glaciares de otros cuerpos de hielo.

El comportamiento de un glaciar está determinado por su balance de masa, es decir, el equilibrio entre la nieve que se acumula y el hielo que se pierde por derretimiento, sublimación o desprendimientos. Cuando la acumulación supera a la pérdida, el glaciar crece o avanza; cuando ocurre lo contrario, el hielo retrocede.
A escala planetaria, los glaciares cumplen una función clave en el ciclo del agua. Aunque solo alrededor del 3% del agua de la Tierra es dulce, más del 70% de ese volumen se encuentra congelado en glaciares y casquetes polares. Estas masas de hielo actúan como verdaderos reservorios naturales: almacenan agua durante años fríos o húmedos y la liberan gradualmente durante periodos más cálidos o secos. Gracias a este mecanismo, alimentan ríos, lagos, humedales y acuíferos, regulando el flujo de agua a lo largo del año.
En regiones áridas o semiáridas, este aporte puede ser especialmente importante. Durante los meses secos o las sequías prolongadas, el deshielo glaciar puede representar una parte significativa del caudal de ríos y arroyos, sosteniendo ecosistemas y abasteciendo a comunidades humanas que dependen de estas fuentes de agua.

«Los glaciares son reservas de agua estratégicas en periodos de sequía. Entonces, cuando es invierno y ha caído nieve glaciar, en un escenario ideal, el glaciar va a acumular masa y va a compactar más nieve para formar este hielo glacial. Y en verano, cuando comienzan los deshielos, lo primero que se derrite en la alta cordillera es la nieve estacional, es esa nieve que cayó hace unos meses y que no alcanzó a compactarse en hielo. Eso es lo primero que se derrite y que nosotros podemos ver en estos aumentos de caudales», profundiza Espinosa.
«El hielo de glaciar aporta microorganismos, aporta nutrientes que también van a alimentar la biodiversidad que se encuentra cerca del glaciar. Esta agua no solamente va a escurrir de manera superficial, sino que es agua que va a nutrir las napas subterráneas, que también son parte importante de las cuencas hidrográficas y, por ejemplo, los glaciares que dan directamente al agua, ya sea lagos o al océano, al derretirse también liberan estos microorganismos y cuando se ven estos desprendimientos se puede ver que hay una gran afloración de bacterias. Hay un cambio de color, también llegan las focas, las ballenas, etcétera», añade.
En el caso de Chile, la relevancia de estos sistemas es particularmente alta. El país concentra cerca del 80% de los glaciares de Sudamérica y alberga una de las mayores reservas de hielo del hemisferio sur fuera de la Antártica. De acuerdo con los inventarios más recientes, existen más de 26 mil glaciares distribuidos a lo largo del territorio nacional, los cuales cubren aproximadamente 21.000 kilómetros cuadrados.

Estos cuerpos de hielo se distribuyen a lo largo de toda la cordillera de los Andes, desde el extremo norte hasta la Patagonia, aunque su tamaño, forma y dinámica varían considerablemente según el clima y la geografía de cada región. En el norte predominan glaciares más pequeños y fragmentados, mientras que en el sur se encuentran algunos de los campos de hielo más extensos del planeta fuera de las regiones polares.
Sin embargo, los glaciares no funcionan de manera aislada. A su alrededor se desarrollan los llamados ambientes periglaciares, territorios de alta montaña donde el frío domina gran parte del año y donde los procesos asociados al congelamiento y descongelamiento del suelo moldean el paisaje.

«Dentro de la definición de los ambientes de la criósfera, el periglaciar es el área circundante al hielo mismo, donde la estructura del hielo está como la conocemos, como la vemos usualmente: este conglomerado blanco. La parte periglaciar viene a ser el entorno, con sedimento o con matriz glaciar. Ahí recién es donde se está comenzando una incipiente formación del suelo, que después atrae elementos que colonizan ese espacio, como distintos tipos de plantas o elementos como briófitas, por ejemplo, que están ahí con sus raíces. Tenemos árboles también. Entonces, toda esta línea intermedia, entre el desarrollo de la vida, por así decirlo, está ocurriendo ahí. No es tan cierto que la vida comienza realmente abajo, porque sobre el hielo también hay vida. En muchos aspectos», explica Carlos Mendoza, director ejecutivo de Fundación Kreen.
«El área de influencia que tiene un glaciar no está bien definida aún, no está cerrada esa conversación, porque, por ejemplo, también tenemos todo lo que sucede con el permafrost, que es mucho más amplio. Hablamos de zonas de hectáreas mucho más amplias de lo que sucede en el mismo glaciar. Si es que nosotros lo miramos desde el punto de vista del ciclo del agua, podríamos hablar de la cuenca hidrográfica. Entonces, ahí el área de influencia ya no es solamente lo que está cercano al glaciar, sino que es toda el agua glaciar que circula por esa cuenca y que va a atravesar el valle, que va a formar humedales y que incluso va a llegar luego al mar», complementa Espinosa.


Biodiversidad en glaciares y zonas periglaciares
Durante mucho tiempo, los glaciares fueron considerados ambientes prácticamente estériles. Las condiciones extremas —bajas temperaturas, intensa radiación ultravioleta, escasez de nutrientes y ciclos constantes de congelamiento y deshielo— parecían incompatibles con el desarrollo de comunidades biológicas complejas. Sin embargo, investigaciones realizadas en distintas cordilleras del mundo han demostrado que estos ecosistemas albergan una sorprendente diversidad de organismos capaces de adaptarse a uno de los ambientes más hostiles del planeta.
Entre los organismos más característicos de estos ambientes se encuentran las llamadas algas de nieve, capaces de crecer sobre superficies congeladas. Una de las especies más estudiadas es Chlamydomonas nivalis, responsable del fenómeno conocido como “nieve roja”, que ocurre cuando grandes concentraciones de estas microalgas tiñen la nieve de tonos rosados o rojizos. Otra alga frecuente en ambientes glaciales es Ancylonema nordenskioeldii, que vive directamente sobre el hielo y puede formar extensas comunidades microscópicas en la superficie de los glaciares.

El hielo glaciar también alberga bacterias y arqueas extremófilas capaces de sobrevivir en condiciones de congelación prolongada. Muchas de estas especies producen proteínas anticongelantes, moléculas que evitan la formación de cristales de hielo dentro de las células y permiten mantener ciertas funciones metabólicas activas a temperaturas extremadamente bajas. El estudio de estos organismos ha despertado gran interés científico, ya que permite comprender mejor los límites de la vida en la Tierra e incluso explorar la posibilidad de vida en ambientes helados de otros planetas o lunas del sistema solar.
«En general son muy extremófilos los organismos que tenemos en el hielo. Tienen capacidades de no congelarse básicamente. Hay algas, algún tipo de insectos, pero son pequeños. Otros elementos son los organismos más unicelulares, que pueden poblar este espacio. Porque las consideraciones de nutriente también son menos, pero la gracia del extremófilo es que se adapta a las consideraciones que tiene el espacio, que tiene este entorno. Y, en la medida que avanzamos y que vamos saliendo del hielo, el aumento de la disponibilidad de nutrientes, el aumento de disponibilidad de hábitat, va permitiendo que se establezcan otros grupos, aparecen las plantas. Con las plantas llegan los insectos, los animales, todas las cosas que nos hacen tener un ecosistema aledaño mucho más enriquecido. Esta riqueza asociada justamente a encontrar elementos que son únicos», señala Mendoza.

«El interés ahí o importancia está en los invertebrados y en las plantas colonizadoras. A veces uno omite el valor que tiene esta biodiversidad invisible, porque generalmente lo atractivo de la biodiversidad son las especies carismáticas. Pero hay biodiversidad que no vemos, o que es muy difícil de cuantificar y de estudiar, pero que ahí radica su importancia de conservar», complementa por su parte Víctor Raimilla, biólogo e investigador de Fundación Parque La Tapera.
Por otro lado, a simple vista estos paisajes pueden parecer desprovistos de fauna, pero incluso en el hielo existen organismos más complejos altamente especializados. Un caso emblemático en la Patagonia es el llamado “dragón de la Patagonia” (Andiperla willinki), un pequeño insecto plecóptero no volador que no supera los 15 milímetros y que habita exclusivamente en los glaciares del sur de Chile. Se trata de una especie particularmente singular, ya que es el único insecto conocido en la región que completa todo su ciclo de vida asociado al hielo.

Asimismo, a medida que se desciende desde el glaciar hacia sus bordes y hacia las zonas periglaciares, la diversidad biológica aumenta considerablemente. En estos territorios dominados por rocas expuestas, sedimentos inestables y suelos congelados, los primeros organismos en colonizar el paisaje suelen ser líquenes y musgos, especies altamente resistentes que pueden crecer directamente sobre superficies desnudas.
Líquenes de géneros como Rhizocarpon, Usnea y Lecanora son comunes en ambientes de alta montaña. Estos organismos, que en realidad son asociaciones simbióticas entre hongos y algas o cianobacterias, pueden sobrevivir largos periodos sin agua y resistir temperaturas extremas. Al instalarse sobre las rocas, contribuyen lentamente a su meteorización, liberando minerales que ayudan a formar suelo y permiten que, con el tiempo, otras especies puedan establecerse.
En estos mismos ambientes también se desarrollan diversas plantas adaptadas al frío y a la escasez de nutrientes. En los Andes, por ejemplo, especies como Azorella compacta —conocida como yareta— forman densas estructuras vegetales que crecen lentamente sobre suelos pedregosos de alta montaña. También es posible encontrar gramíneas del género Festuca y arbustos pequeños del género Nassauvia, todos adaptados a condiciones climáticas extremas.




«Hay flora que cumple un rol de colonización. Generalmente en la zona de la Patagonia Sur, ese rol lo cumple el coigüe y también el notro o ciruelillo, por ejemplo. Ellos pueden utilizar estas áreas casi sin sustrato y sin nutrientes. Ellos, además, por lo menos todas las especies de la familia Proteaceae, que es la familia a la cual pertenece el ciruelillo, son capaces de fijar nitrógeno con sus micorrizas. Entonces, permite una mejora en las condiciones del suelo y el establecimiento de plantas futuras», comenta Raimilla.
«Hay otras plantas también que se han adaptado a este déficit de suelo y déficit de nutrientes, como es el grupo de las plantas insectívoras, o también llamadas plantas carnívoras. En la zona sur en Patagonia se encuentran dos especies que son la Pinguicula antarctica, violeta de los pantanos, y la atrapamoscas o rocío del sol, Drosera uniflora. Esas son dos especies que generan un musílago, una sustancia pegajosa en algunas partes de su planta, generalmente en sus hojas y en pelos glandulares, donde el bichito se para ahí atraído por el brillo del mucílago, queda pegado y es degradado mediante enzimas. Así la planta consigue este elemento esencial que es el nitrógeno», añade.


Las zonas periglaciares también albergan una notable diversidad de invertebrados adaptados al frío, como colémbolos, ácaros, escarabajos y arañas, que han desarrollado estrategias fisiológicas para sobrevivir a temperaturas bajo cero. En cursos de agua originados por el deshielo glaciar, por ejemplo, se han registrado larvas de mosquitos no picadores del género Diamesa, capaces de desarrollarse en aguas cercanas al punto de congelación y que constituyen una base clave de las cadenas alimentarias de montaña.
En estos mismos sistemas acuáticos de deshielo —riachuelos, pozas y humedales temporales— también habita un grupo particularmente vulnerable pero fundamental: los anfibios. A nivel global, son los vertebrados más amenazados, y en Chile cerca de la mitad de las especies presenta algún grado de riesgo de conservación. Pese a las condiciones extremas, diversas investigaciones han registrado su presencia en ambientes periglaciares del sur del país, donde encuentran refugio en microhábitats húmedos formados tras el retroceso de los glaciares.


«En cuanto a fauna vertebrada, hay especies que son propias de estas zonas periglaciares o cercanas al glaciar. Hay algunas que tienen distribución casi circunscrita a estos dos grandes campos de hielo patagónico, norte y sur. Por ejemplo, por nombrar una especie en específico, tenemos a la rana del Chaltén o sapo de Puerto Edén (Chaltenobatrachus grandisonae). Esa especie de ranita, por ejemplo, es una especie recientemente redefinida y redescrita, que hasta hace muy poco se conocía en solo seis localidades. Esta necesidad de conocer su distribución generó que me agrupara con otros investigadores y lográramos mejorar la distribución. Encontramos que efectivamente está asociada a los campos de hielo patagónico norte y sur, pero actualmente se conocen cerca de 33 localidades, principalmente descritas en Chile», ahonda Raimilla.
«También hay algunas otras, como el sapo de rayas (Nannophryne variegata), que también tiene una distribución más amplia, desde el Ñuble (37°28’S) hacia el sur, hasta el paralelo 52°S. También está asociada su distribución a eventos glaciares. Hay que considerar que toda la zona sur de Chile y Argentina pasó por un proceso glacial, donde el último máximo glacial ocurrió aproximadamente entre los 16.000 a 25.000 años. Dentro de eso ocurrieron ocho grandes procesos, o mejor dicho, a lo menos ocho grandes procesos de expansión y movimiento de hielo, y toda la fauna tuvo que sobrevivir a esa reducción de hábitats. Hay dos hipótesis de cómo lograron sobrevivir. Una es a través del uso de refugios glaciares, es decir, pequeñas zonas de hábitats disponibles que quedaron libres de hielo. La segunda es que hubo una colonización de norte a sur», agrega.



Más allá de las especies individuales, los ecosistemas glaciales y periglaciares cumplen funciones ecológicas fundamentales. Los microorganismos presentes en el hielo participan en el ciclo de nutrientes, mientras que la vegetación y los organismos del suelo contribuyen a estabilizar sedimentos, reducir la erosión y favorecer la formación de nuevos suelos en ambientes recién expuestos por el retroceso del hielo.
Por esta razón, científicos y especialistas advierten que alterar estos ecosistemas puede tener consecuencias mucho más amplias que la pérdida de especies. La degradación de ambientes periglaciares no solo implica la desaparición de comunidades biológicas únicas, sino también la alteración de procesos ecológicos que regulan el agua, los nutrientes y la estabilidad de los paisajes de montaña.
«En Antártica puedes encontrar pingüinos emperador al interior de la capa de hielo, pero también en las bahías interiores de la península antártica. En Bahía Paraíso, por ejemplo, tienes pingüinos, focas leopardos. Estos cumplen roles similares de cazador y presa a los que uno puede encontrar en los ambientes terrestres, pero directamente orientado en la parte acuática. Hay un sistema complejo, muy complejo, que depende del hielo, que se estructura en el entorno del hielo, pero del que sabemos poco, aunque cada día hay más personas interesadas en conocerlo», apunta Mendoza.


El debate que vuelve urgente su conservación
Durante las últimas décadas, el conocimiento científico sobre los ecosistemas glaciales y periglaciares ha avanzado de forma significativa. Sin embargo, este mayor entendimiento también ha puesto en evidencia su enorme vulnerabilidad. Tanto el cambio climático como diversas actividades humanas están transformando rápidamente estos paisajes de alta montaña, generando un debate cada vez más urgente sobre su protección.
El calentamiento global es, sin duda, una de las amenazas más visibles. A medida que aumentan las temperaturas promedio del planeta, los glaciares están perdiendo masa a un ritmo acelerado en distintas regiones del mundo. En la cordillera de los Andes, este fenómeno se ha intensificado en las últimas décadas: diversos estudios indican que gran parte de los glaciares andinos ha experimentado una disminución sostenida de su volumen desde mediados del siglo XX, con tasas de retroceso particularmente altas en los Andes tropicales y en sectores de la zona central de Chile.

«El calentamiento global que se ha documentado ha iniciado por causas humanas desde la Revolución Industrial, por la quema de combustibles fósiles de manera desproporcionada. Esto ha hecho que los procesos naturales a nivel global en la naturaleza, y específicamente en los glaciares, cambien. En este caso, en los glaciares ha influido en que en invierno caiga menos nieve. Estamos presenciando, por ejemplo, precipitaciones, cuando llueve agua, digamos, precipitación líquida. Esto también afecta al glaciar, porque el agua tiene una temperatura más baja que el hielo glaciar, entonces aumenta su derretimiento, acelera su derretimiento. Está cayendo menos nieve y a la vez está haciendo más calor», apunta Espinosa.
«Hoy día estamos enfrentando un escenario en el que no hay muchas medidas para revertirlo, más bien hay que trabajar en temas de adaptación y mitigación. Eso es a nivel global. Como país también nosotros incidimos mucho en el derretimiento. Está la contaminación de los centros urbanos, que es algo que muchas veces se piensa que no incide. Se han estudiado glaciares que se ubican cerca de las capitales, por ejemplo, en este caso Santiago. Como son urbes con mucho vehículo motorizado y calefacción a leña, hay mucha contaminación y esa contaminación igual llega a los glaciares», agrega.
Cuando un glaciar retrocede, deja al descubierto superficies de roca, sedimentos y suelos congelados que habían permanecido ocultos durante siglos o incluso milenios. Este proceso modifica las condiciones ecológicas del paisaje, altera los flujos de agua y cambia las dinámicas de colonización biológica en las zonas recién expuestas. Aunque en algunos casos estos espacios pueden ser ocupados por nuevas comunidades de organismos, la velocidad del cambio actual supera con frecuencia la capacidad de adaptación de muchas especies.

«Uno de los aspectos que inciden en el retroceso, en la disminución de la capa de hielo, es que en general un glaciar que tiene una buena salud está en equilibrio, y este equilibrio es tanto como gana así como pierde. Muchos de los glaciares hoy día no están en equilibrio. Ese desequilibrio acelerado hace que la dinámica aguas abajo del glaciar se vayan intensificando respecto a la cantidad de agua que está saliendo del hielo, y va modificando. Se modifican completamente los ecosistemas de aguas abajo», apunta Mendoza.
«Los primeros que se ven alterados son los bofedales altoandinos, que son estos humedales que tenemos. Y eso tiene efectos para la biodiversidad que habita en esos espacios, porque hay una pérdida de hábitat y hay veces en que los animales no son capaces de generar una resiliencia al cambio tan rápido. También tiene implicancias en las comunidades humanas, va cambiando completamente y rápidamente el cómo ellos se relacionan con estos ecosistemas, que históricamente han hecho uso de ellos», agrega.
Pero el cambio climático no es la única presión que enfrentan estos ecosistemas. En distintas regiones de montaña, las zonas glaciales y periglaciares también se encuentran bajo presión por actividades humanas como la minería, la construcción de infraestructura o ciertos proyectos energéticos. Estas intervenciones pueden alterar la estabilidad de los suelos congelados, modificar los flujos naturales de agua o generar impactos físicos directos sobre cuerpos de hielo y depósitos periglaciares.

«En el ambiente periglaciar yo creo que falta mucho de entender cuáles son las dinámicas tanto físicas y naturales que ocurren en este lugar. Las grandes brechas de información que no tenemos, o que estamos recién tratando de entender, son procesos de sucesión ecológica. Por ejemplo, en términos vegetacionales, cómo la vegetación va cambiando en la medida que van ingresando más arriba», comenta Mendoza.
«Tienes la presión completa en el entorno de la minería. Hay una demanda del uso del espacio. Entonces, tenemos que tratar de entender y apurarnos, entender rápido, porque el retroceso es inevitable, está ocurriendo, y también los cambios que se están presentando en el área directamente de influencia de este hielo, que justamente es el periglaciar. Hay especies que no se logran adaptar, como las aves migratorias», agrega.
Por otro lado, uno de los aspectos que ha generado mayor debate científico y político es la vulnerabilidad de los glaciares de escombros y otros cuerpos de hielo cubiertos por sedimentos. Aunque desde el exterior parecen acumulaciones de piedras, en su interior pueden contener importantes volúmenes de hielo, que en algunos casos representan entre un 35% y un 70% de su estructura.


«Son glaciares que tienen mezcla de hielo con roca, como una masa que tiene volumen de agua, volumen de hielo, y a simple vista parece como que fuera un alud, como una lengua de tierra que va bajando. Entonces, solo los ojos expertos, glaciólogos, pueden identificar dónde se encuentran estos glaciares. Son glaciares que, si bien están inventariados, no tienen un grado de protección. Por lo mismo, en la zona centro-norte, cuando se instala un proyecto minero, por ejemplo, es difícil a simple vista decir: “oye, hay un glaciar rocoso”. Por ello, muchas veces son los que sufren las principales consecuencias de estas industrias», señala Espinosa.
«También están los glaciares cubiertos. El glaciar Exploradores tiene una parte importante que está cubierta y, como lo dice su nombre, la diferencia del rocoso es que no está mezclado el hielo con la roca, sino que es el hielo y encima está cubierto de sedimentos. Estos sedimentos pueden deberse a actividad sísmica local o actividad volcánica. Este sedimento actúa como una barrera, entonces finalmente igual lo protege», añade.


En Sudamérica, uno de los casos más emblemáticos de protección de estos ecosistemas ha sido el de Argentina. En 2010 el país promulgó la Ley de Presupuestos Mínimos para la Preservación de los Glaciares y del Ambiente Periglacial (Ley N.º 26.639), que estableció la protección de todos los glaciares y ambientes periglaciares identificados como reservas estratégicas de agua, prohibiendo en esas áreas actividades como la minería o la exploración de hidrocarburos. La ley también impulsó la creación de un inventario nacional que ha identificado cerca de 17.000 cuerpos de hielo a lo largo de la cordillera.
Sin embargo, en 2026 el Senado de la Nación Argentina aprobó modificaciones a esta normativa que reabrieron el debate sobre el alcance de estas protecciones. La reforma busca redefinir el criterio con el que se delimitan las áreas protegidas y dar mayor margen a las provincias para determinar qué zonas glaciales o periglaciares deben resguardarse. Mientras algunos sectores sostienen que estos cambios permitirían compatibilizar la protección ambiental con el desarrollo productivo, organizaciones científicas y ambientales han advertido que flexibilizar estas regulaciones podría poner en riesgo ecosistemas de alta montaña y reservas estratégicas de agua dulce.


En Chile, el debate también ha estado presente durante años, aunque el país aún no cuenta con una ley específica de protección de glaciares. Actualmente, estos ecosistemas se resguardan principalmente a través de distintos instrumentos legales y regulatorios, como el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, que obliga a evaluar proyectos que puedan afectar glaciares o ambientes de alta montaña, y la Ley Marco de Cambio Climático de Chile, que reconoce su importancia como reservas estratégicas de agua y establece lineamientos para su monitoreo y conservación.
Además, algunos glaciares están protegidos indirectamente al encontrarse dentro de áreas del Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado, como parques nacionales o reservas naturales. Sin embargo, numerosos científicos han señalado que estos mecanismos siguen siendo parciales y que muchos ambientes periglaciares —como glaciares de escombros o suelos congelados— no siempre quedan explícitamente resguardados.

«Los únicos glaciares que en Chile tienen un grado de protección, son los glaciares que se encuentran en parques nacionales. Y hablo de un grado de protección, porque igual sabemos hoy en día que hay industrias que se instalan. Por ejemplo, las salmoneras que se ubican en parques nacionales. Entonces, sin duda hay una afectación al territorio, pero por lo menos en los parques nacionales existe una prohibición de intervención directa. Hablando específicamente de los glaciares. Y esos glaciares protegidos están ubicados principalmente en la zona sur y austral. El 80% de los glaciares del país se encuentran en esa zona, en la sur y austral, así que podríamos decir que la mayoría de los glaciares sí están protegidos. Pero lo cierto es que los glaciares que se ubican en la zona norte y centro, que no tienen ningún grado de protección, son también los más críticos y los más necesarios de cuidar por el tema de la escasez hídrica», apunta Espinosa.
«Se han presentado seis proyectos de ley en 20 años que hablan sobre protección de glaciares. En la actualidad hay uno que quedó congelado, como decimos, en el congreso. En el último gobierno no se avanzó al respecto, y vemos con mucho miedo que, en este nuevo proceso, en este nuevo gobierno, tampoco se avance, porque eso significa poner en riesgo industrias como la minería. Proyectos como Los Bronces, por ejemplo, no se habrían podido aprobar con una ley de protección de glaciares», añade.


Uno de los casos que más ha marcado el debate en Chile es el del proyecto minero Pascua Lama, ubicado en la alta cordillera entre Chile y Argentina. Durante su desarrollo, investigaciones y denuncias señalaron posibles impactos sobre glaciares cercanos, lo que desencadenó una larga controversia ambiental y judicial. El caso se convirtió en un punto de inflexión en la discusión pública sobre la necesidad de contar con regulaciones más claras para proteger estos ecosistemas.
«Está el tema de las industrias que han afectado históricamente los glaciares. Eso está muy documentado en proyectos como Pascua Lama y Los Bronces, por ejemplo. Los Bronces es un proyecto que está en operación acá en la Región Metropolitana que ha afectado con contaminación atmosférica, con el tema de la tronadura, construcción de caminos sobre glaciares, etcétera. Entonces, hay un escenario global de aumento de temperaturas que hace que se derritan más rápido, pero a nivel local tampoco estamos tomando medidas de resguardo para los glaciares», afirma Espinosa.

«Un proyecto que lamentablemente no se pudo concretar antes del cambio de gobierno, que tiene que ver con el Parque Tupungato. Esa es un área protegida que contempla toda una cuenca, todo un valle. Por ende, habría protegido glaciares que sin duda son muy importantes. Son glaciares que se ubican sobre la cota 3.000, pero bajo esos glaciares hay toda un área de influencia de glaciar que también es importante, porque que el glaciar también influye en ella», añade.
De esta manera, el debate sobre la conservación de glaciares y ambientes periglaciares se vuelve cada vez más urgente. Entender estos territorios como sistemas vivos, dinámicos y frágiles es un paso fundamental para asegurar su protección en el largo plazo.

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Jǒzepa Benčina Campos