En el extremo norte de Chile, donde el altiplano se despliega bajo un cielo inmenso y los volcanes nevados dominan el horizonte, existe un territorio donde la naturaleza y la cultura han estado profundamente entrelazadas durante siglos. Allí, en medio de lagos de altura, humedales andinos y extensas planicies, sobrevive uno de los paisajes más singulares del país: la Reserva de la Biósfera Lauca.

Este territorio no solo destaca por su impresionante belleza escénica, sino también por la compleja red de vida que alberga. Animales adaptados a condiciones extremas, ecosistemas de altura únicos y comunidades humanas, que han aprendido a habitar el altiplano durante generaciones, conviven en un entorno donde cada elemento cumple un rol clave en el equilibrio del ecosistema.

El volcán Parinacota, un imponente estratovolcán de casi 6.350 metros de altura, se alza en la frontera entre Chile y Bolivia, dentro del Parque Nacional Lauca. Su cumbre nevada, sus laderas cubiertas de pajonales altoandinos y su simetría casi perfecta. Créditos: Tamara Merino / UNESCO.
El volcán Parinacota, un imponente estratovolcán de casi 6.350 metros de altura, se alza en la frontera entre Chile y Bolivia, dentro del Parque Nacional Lauca. Su cumbre nevada, sus laderas cubiertas de pajonales altoandinos y su simetría casi perfecta. Créditos: Tamara Merino / UNESCO.

Entre los habitantes más emblemáticos de este paisaje se encuentra la vicuña (Lama vicugna) —del quechua wik’uña—, un camélido silvestre que durante miles de años ha sido parte fundamental de la historia natural y cultural de los Andes. Su presencia no solo forma parte del ecosistema, sino también del conocimiento y las prácticas tradicionales de los pueblos que habitan estas tierras.

Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/UNESCO
Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/UNESCO

Sin embargo, al igual que en muchas otras regiones rurales del mundo, los cambios sociales y económicos de las últimas décadas han transformado la vida en el altiplano. La migración hacia las ciudades, el envejecimiento de las comunidades y la pérdida gradual de ciertos conocimientos tradicionales han provocado que prácticas que antes eran parte cotidiana de la vida local se vuelvan cada vez más escasas.

Corral construido para el Chaku ancestral de arreo y esquila de vicuñas, una práctica comunitaria tradicional que reúne a pobladores altoandinos para capturar, esquilar y liberar a estos camélidos silvestres sin causarles daño. Créditos: Tamara Merino/ UNESCO.
Corral construido para el Chaku ancestral de arreo y esquila de vicuñas, una práctica comunitaria tradicional que reúne a pobladores altoandinos para capturar, esquilar y liberar a estos camélidos silvestres sin causarles daño. Créditos: Tamara Merino/ UNESCO.

Frente a este escenario, distintas iniciativas buscan recuperar y fortalecer estos saberes, reconociendo que muchas de estas prácticas tradicionales contienen claves valiosas para la conservación de la biodiversidad y el desarrollo sostenible.

En ese contexto, el Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB) de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en colaboración con la Corporación Nacional Forestal de Chile (CONAF) y con el apoyo del Organismo Autónomo Parques Nacionales (OAPN) de España, impulsa actualmente un proyecto que busca revitalizar el manejo comunitario de las vicuñas mediante una técnica ancestral conocida como chaku. Más que una simple actividad productiva, esta práctica representa una forma de relacionarse con la naturaleza basada en el respeto, la colaboración comunitaria y el uso responsable de los recursos del territorio.

«La ciencia genera un montón de aportes de evidencias importantes en términos de poder decidir algunas cuestiones. Pero, por otro lado, esta ciencia sola, la biología sola, no alcanza para resolver problemas de conservación, porque la mayoría de los problemas de conservación no son biológicos, son sociales y son contextuales. Entonces, ahí incorporamos ciencias sociales, por un lado, pero, por otro lado, lo más importante es la escucha, la voz, la opinión y lo que saben las comunidades indígenas que viven con las vicuñas», apunta Bibiana Vilá, investigadora superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina.

El volcán Parinacota, un imponente estratovolcán de casi 6.350 metros de altura, se alza en la frontera entre Chile y Bolivia, dentro del Parque Nacional Lauca. Su cumbre nevada, sus laderas cubiertas de pajonales altoandinos y su simetría casi perfecta. Créditos Tamara Merino/UNESCO
El volcán Parinacota, un imponente estratovolcán de casi 6.350 metros de altura, se alza en la frontera entre Chile y Bolivia, dentro del Parque Nacional Lauca. Su cumbre nevada, sus laderas cubiertas de pajonales altoandinos y su simetría casi perfecta. Créditos Tamara Merino/UNESCO

«Para un buen proyecto de conservación es necesario amalgamar el saber científico con el de distintas disciplinas, y a su vez el saber local, las prácticas, las costumbres, las cosmovisiones, las sensaciones, que tienen las comunidades frente al mismo animal. Entonces, convergemos desde distintos saberes en la conservación de la vicuña, y eso no solo lo enriquece, sino que lo vuelve exitoso», agrega.

Un territorio único en el altiplano chileno

Ubicada en el extremo norte de Chile, en la región de Arica y Parinacota, la Reserva de la Biósfera Lauca es uno de los territorios de mayor valor ecológico del altiplano andino. Este vasto paisaje fue incorporado a la Red Mundial de Reservas de Biosfera de la UNESCO en 1981 y hoy abarca más de un millón de hectáreas de ecosistemas altoandinos que combinan una notable riqueza biológica con una larga historia de ocupación humana.

La reserva de biosfera se sitúa en la región biogeográfica de la Puna, un ambiente de altura caracterizado por temperaturas extremas, baja presión atmosférica y grandes variaciones térmicas entre el día y la noche. A pesar de estas condiciones exigentes, la zona alberga una sorprendente diversidad de especies que han desarrollado adaptaciones únicas para sobrevivir en uno de los entornos más desafiantes de Sudamérica.

Dentro de sus límites se encuentran tres áreas protegidas de gran relevancia para la conservación: el Parque Nacional Lauca, la Reserva Nacional Las Vicuñas y el Monumento Natural Salar de Surire. En conjunto, estos territorios conforman un mosaico de paisajes que incluyen extensas praderas altoandinas, lagos de origen volcánico, salares, ríos de montaña, humedales de altura y volcanes que superan los seis mil metros.

Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se desplaza al atardecer a más de 4.600 m s. n. m., a los pies del volcán Parinacota, en pleno altiplano andino. Créditos: Tamara Merino/UNESCO.
Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se desplaza al atardecer a más de 4.600 m s. n. m., a los pies del volcán Parinacota, en pleno altiplano andino. Créditos: Tamara Merino/UNESCO.

Uno de los lugares más emblemáticos del parque es el lago Chungará, considerado uno de los lagos más altos del planeta. Sus aguas, rodeadas por los imponentes volcanes Parinacota y Pomerape, ofrecen uno de los paisajes más reconocibles del altiplano chileno y constituyen además un importante refugio para numerosas especies de aves y otros animales adaptados a la vida en altura.

La diversidad biológica de Lauca es uno de sus rasgos más destacados. Entre los mamíferos que habitan la zona se encuentran vicuñas, guanacos, llamas, alpacas, pumas, zorros andinos y vizcachas, todos adaptados a las condiciones del altiplano. También habitan especies menos conocidas pero igualmente importantes para el equilibrio del ecosistema, como el quirquincho o armadillo andino.

La avifauna es particularmente notable. Se estima que cerca de 150 especies de aves habitan o visitan este territorio, lo que representa aproximadamente el 30% de todas las especies registradas en Chile. Entre ellas destacan flamencos altoandinos, guallatas o gansos andinos, ibis de la puna, cóndores y el suri o ñandú andino, una de las aves más emblemáticas de las planicies altiplánicas.

Gran parte de esta riqueza biológica depende de ecosistemas clave como los bofedales, humedales de altura que funcionan como verdaderos oasis en el paisaje árido del altiplano. Estos sistemas, alimentados por aguas subterráneas y deshielos, sostienen una vegetación densa que provee alimento y agua tanto para la fauna silvestre como para el ganado doméstico.

Una vicuña (Vicugna vicugna) se desplaza a más de 4.600 m s. n. m., a los pies del volcán Parinacota, en pleno altiplano andino. Créditos Tamara Merino UNESCO.
Una vicuña (Vicugna vicugna) se desplaza a más de 4.600 m s. n. m., a los pies del volcán Parinacota, en pleno altiplano andino. Créditos Tamara Merino UNESCO.

La vegetación de la reserva refleja la extraordinaria capacidad de adaptación de las plantas a condiciones climáticas extremas. Entre las formaciones vegetales más características se encuentran los tolares, matorrales bajos formados por arbustos resistentes a la sequía; los queñoales, pequeños bosques de altura dominados por árboles del género Polylepis que crecen en las laderas de las montañas; y las plantas pulvinadas, especies que crecen formando densos cojines compactos capaces de retener calor y humedad.

Más allá de su riqueza natural, el territorio de Lauca también posee una profunda dimensión cultural. El altiplano ha sido habitado durante siglos por comunidades del pueblo aymara, quienes desarrollaron complejos sistemas de adaptación a este entorno de altura. A través del conocimiento acumulado durante generaciones, estas comunidades lograron establecer prácticas agrícolas, ganaderas y sociales que les permitieron aprovechar los recursos disponibles sin comprometer el equilibrio del ecosistema.

Entre estos conocimientos destacan técnicas de manejo de camélidos, sistemas agrícolas adaptados a la escasez de agua, métodos de conservación de alimentos como el charqui —carne deshidratada— y el chuño, papas procesadas mediante ciclos naturales de congelación y secado. También desarrollaron redes comerciales que conectaban distintos pisos ecológicos del mundo andino, permitiendo el intercambio de productos entre regiones con condiciones ambientales muy distintas.

Sin embargo, muchos de estos sistemas tradicionales, como el chaku, han ido perdiéndose con el tiempo. En la actualidad, gran parte de la actividad económica en la zona se concentra en la crianza de camélidos domésticos como llamas y alpacas, cuya carne y fibra se utilizan tanto para consumo local como para la comercialización.

Bofedales ubicados a más de 4.600 m s. n. m., donde se alimentan y se desplazan grupos de vicuñas (Vicugna vicugna) junto a otras especies altoandinas, como vizcachas, flamencos, suris y diversas aves migratorias. Créditos: Tamara Merino.
Bofedales ubicados a más de 4.600 m s. n. m., donde se alimentan y se desplazan grupos de vicuñas (Vicugna vicugna) junto a otras especies altoandinas, como vizcachas, flamencos, suris y diversas aves migratorias. Créditos: Tamara Merino/UNESCO

«Se puede restaurar el chaku, se puede sacar más fibra de vicuña, pero la gente está despoblando esta zona. Eso es lo que yo siento mucho. Ya no hay más solución en este campo, porque realmente la gente ya migró. Sería bueno, sería muy precioso, construir esos chakus que están, pero ¿cómo lo hacemos para construir? Yo sé que es bonito y podemos sacar más fibra de vicuña y así puede haber un ingreso para la comunidad. Se pueden hacer muchas cosas, pero no tenemos nueva gente. Nuevas generaciones no tenemos ya. Todos se fueron. Eso da un poco de lástima», apunta Jorge Churata Álvarez, nacido y criado en el pueblo de Guallatire.

Bofedales ubicados a más de 4.600 m s. n. m., donde se alimentan y se desplazan grupos de vicuñas (Vicugna vicugna) junto a otras especies altoandinas, como vizcachas, flamencos, suris y diversas aves migratorias. Estos humedales de altura constituyen. Tamara Merino/UNESCO.
Bofedales ubicados a más de 4.600 m s. n. m., donde se alimentan y se desplazan grupos de vicuñas (Vicugna vicugna) junto a otras especies altoandinas, como vizcachas, flamencos, suris y diversas aves migratorias. Estos humedales de altura constituyen. Tamara Merino/UNESCO.

Aun así, el territorio de Lauca continúa siendo un espacio donde naturaleza y cultura permanecen profundamente conectadas. Esta interacción entre biodiversidad, conocimiento ancestral y comunidades locales es precisamente uno de los elementos que convierten a las reservas de biosfera en laboratorios vivos para explorar nuevas formas de convivencia entre las personas y la naturaleza.

Recuperar saberes para conservar la biodiversidad

Con el objetivo de fortalecer la conservación de la biodiversidad altoandina y, al mismo tiempo, revitalizar prácticas culturales históricas del altiplano, la UNESCO impulsa en la Reserva de la Biósfera Lauca una iniciativa orientada a recuperar el manejo comunitario de la vicuña. Este trabajo se desarrolla en el marco del Programa sobre el Hombre y la Biósfera (MAB), una plataforma internacional que promueve modelos de desarrollo en los que la protección de los ecosistemas y el bienestar de las comunidades locales avanzan de manera conjunta.

«Revivir el chaku es un proceso de reconexión con tradiciones ancestrales que, en esencia, encarnan una forma altamente sofisticada de vivir en armonía con la naturaleza», explica María Rosa Cárdenas, de la UNESCO. «Esta comprensión holística se encuentra en el corazón mismo del Programa sobre el Hombre y la Biosfera de la UNESCO y de nuestra misión de promover y difundir este tipo de prácticas», añade.

El proyecto se lleva adelante en colaboración con la Corporación Nacional Forestal (CONAF), instituciones públicas, investigadores y comunidades aymaras del territorio. Su propósito es consolidar un modelo participativo de manejo de la vicuña que combine conocimientos científicos con saberes tradicionales, permitiendo aprovechar de forma sostenible uno de los recursos naturales más valiosos del altiplano: la fibra de este camélido silvestre.

«La vicuña es el camélido más pequeño de la familia de los camélidos, y es un animal sumamente interesante para la investigación, para la ciencia. Es un herbívoro que suele vivir en estas zonas semidesérticas, con un montón de adaptaciones sumamente interesantes. Una de las adaptaciones que la hacen tan particular a la vicuña, es su fibra. La vicuña se abriga con una de las fibras de origen animal más finas del mundo valoradas desde tiempos ancestrales. Y era valorada desde tiempos ancestrales, desde tiempos prehispánicos, por las comunidades indígenas que vivían en esta zona. Entre ellos, los aymara. Aprovechaban de modo sustentable su fibra a través de la esquila y hacían prendas. Hay un montón de textiles andinos que tienen a la vicuña como una de sus materias primas», afirma Vilá.

Grupo de vicuñas capturadas al interior del corral de captura, donde posteriormente serán esquiladas y evaluadas por los equipos técnicos. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO.
Grupo de vicuñas capturadas al interior del corral de captura, donde posteriormente serán esquiladas y evaluadas por los equipos técnicos. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO.

«La vicuña es estudiada desde el punto de vista de la ecología como un animal sumamente valioso. Desde el punto de vista de la arqueología en el uso que se hacía de este animal y principalmente de su fibra. Pero cuando llegaron los españoles, las empezaron a matar y a exportar los cueros a Europa, porque Europa se dio cuenta de la importancia de esta fibra, tan valiosa y tan fina. Ahí la vicuña estuvo en peligro de extinción. Cuando la vicuña estuvo en peligro de extinción, fueron justamente las ciencias naturalistas las que censaron vicuñas y vieron la situación, y que apoyaron a la toma de políticas de conservación. Pero, por otro lado, las comunidades también estaban sufriendo la pérdida de un animal de un altísimo valor en términos culturales, religiosos, místicos. Era un animal sagrado y lo habían perdido de su paisaje, pero estaba inserto en su visión andina», agrega.

Grupo de vicuñas capturadas al interior del corral de captura, donde posteriormente serán esquiladas y evaluadas por los equipos técnicos. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/ UNESCO.
Grupo de vicuñas capturadas al interior del corral de captura, donde posteriormente serán esquiladas y evaluadas por los equipos técnicos. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su aná

En este sentido, en el centro de esta iniciativa se encuentra el chaku, una técnica ancestral de arreo colectivo que permite capturar temporalmente a las vicuñas para esquilarlas sin causarles daño. Esta práctica, cuyos orígenes se remontan a tiempos preincaicos, se basa en la colaboración de decenas de personas que forman largas líneas humanas para guiar cuidadosamente a los animales hacia corrales temporales.

El veterinario experto en camélidos Felipe Inostroza alza una vicuña para trasladarla al proceso de esquila, donde será evaluada por los equipos técnicos. Créditos: Tamara Merino/UNESCO.
El veterinario experto en camélidos Felipe Inostroza alza una vicuña para trasladarla al proceso de esquila, donde será evaluada por los equipos técnicos. Créditos: Tamara Merino/UNESCO.

«El chaku, que es la forma de capturar los camélidos, principalmente las vicuñas, es un arreo de los animales hacia un corral. Y en ese corral se esquilaban muchos animales y luego se volvían a liberar a la naturaleza. El chaku es una técnica de origen prehispánico, milenaria, y justamente este lugar donde estamos da cuenta de eso, porque estamos en un corral, en un chaku, en Lauca, que puede datarse de hace miles de años atrás», explica Vilá.

«Hace miles años atrás construían chakus para poder capturar vicuña como hoy estamos haciendo aquí. Pero el chaku era de pura piedra, no era como hoy día. La gente antigua indígena empezaban a arriar. Ahí ellos tenían como una bajada y se amontonaba la vicuña adentro. Y esos chakus todavía existen, en partes», complementa Churata.

Debido a su importancia para las comunidades, antes de iniciar estas jornadas, es habitual que realicen ceremonias tradicionales como la Pawa, un ritual de agradecimiento a la tierra y a los espíritus del territorio. Estas prácticas reflejan la profunda dimensión espiritual que el mundo andino otorga a la relación entre las personas, los animales y el paisaje que habitan.  

Una vez reunidos a través del chaku, los animales son revisados cuidadosamente, esquilados cuando corresponde y posteriormente liberados nuevamente en su hábitat. Durante el proceso, equipos especializados evalúan la salud de cada individuo, asegurando que solo aquellos que cumplen ciertos criterios puedan ser esquilados, mientras que hembras gestantes, crías o animales enfermos son liberados de inmediato. 

Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis, garantizando que todo el procedimiento se realice

En los últimos años, esta iniciativa ha comenzado a consolidarse mediante procesos progresivos de aprendizaje y colaboración. Basándose en la experiencia adquirida durante su primera edición en 2024, una segunda fase se llevó a cabo en noviembre de 2025 con el objetivo de fortalecer y proyectar un modelo participativo y sostenible de gestión de vicuñas en la región.

Esta etapa integró la experiencia de expertos de otras reservas de la biosfera andinas, así como de investigadores y autoridades públicas, combinando capacitación comunitaria, implementación práctica en terreno y monitoreo posterior a la esquila. Más de 40 participantes formaron parte de estas instancias, abordando temas clave como el monitoreo poblacional, los protocolos de bienestar animal y los modelos de gestión comunitaria desarrollados en distintos territorios de los Andes.

Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis, garantizando que todo el procedimiento se realice

«Nosotros como equipo de investigación en Jujuy veníamos estudiando las vicuñas y veníamos viendo que, gracias a un montón de actores internacionales, regionales, a ciertas políticas activas de conservación y sobre todo al apoyo de las comunidades indígenas y locales, las vicuñas se estaban recuperando. Entonces, llegó un momento que, como biólogos, las comunidades nos decían que había muchas vicuñas que comían su pasto. Nosotros decidimos, junto con una asociación local en la puna de Argentina, hacer el primer chaku de vicuñas silvestres en el país. Eso fue hace muchos años», comenta Vilá.

El veterinario experto en camélidos Felipe Inostroza evalúa una vicuña antes de trasladarla al proceso de esquila. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO
El veterinario experto en camélidos Felipe Inostroza evalúa una vicuña antes de trasladarla al proceso de esquila. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO

«En ese momento capturamos vicuñas y nos convertimos un poco en referentes de la captura de vicuñas. Escribimos un manual, escribimos un libro, que sentaron bases para un montón de capturas posteriores. Y yo creo que, justamente en este Parque Nacional Lauca, nos llamaron a partir de esta experiencia que nosotros veníamos teniendo en Argentina, que es una experiencia sólida basada en evidencia científica y que toma un montón de datos y parámetros, así como muchas publicaciones que avalan, digamos, la posibilidad de extrapolar, o adaptar dependiendo de distintos ecosistemas, nuestro trabajo a un ecosistema como el de Lauca», añade.

Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos: Tamara Merino/UNESCO

Continuando con estos aprendizajes, las actividades de campo se desarrollaron durante dos jornadas intensivas. En total, se capturaron 54 vicuñas, de las cuales solo se esquilaron aquellas que cumplían con los criterios de salud y longitud de fibra, alcanzando un rendimiento superior a los 7 kilogramos de fibra.

La fibra obtenida durante estos procesos posee un enorme valor en el mercado internacional debido a su extraordinaria finura. En algunos nichos especializados puede alcanzar precios muy elevados, lo que abre oportunidades económicas importantes para las comunidades que habitan el altiplano. Sin embargo, uno de los desafíos principales es lograr que los beneficios de este recurso lleguen de forma más directa a los habitantes del territorio.

Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO
Una vicuña yace en el suelo mientras es evaluada por los equipos de profesionales. En este espacio controlado se registran datos biológicos, se revisa su estado sanitario y se toma vellón para su análisis. Créditos Tamara Merino/UNESCO

«Los beneficios del chaku en las poblaciones de vicuñas son muy interesantes. Lo primero que pasa es que la gente pierde cierta animadversión hacia el animal, o sea, esta cosa de que el animal viene y me come el pasto de mis llamas y de mis alpacas, y eso, con la posibilidad de tener un insumo económico extra en algún sentido, aplaca esta cuestión. Deja de ser un animal que tiene un contexto negativo y pasa a ser un aliado en mantener la sustentabilidad y la vida en el altiplano. Entonces, es como que la vicuña con su fibra, de alguna manera, estuviera agradeciendo su conservación, su tolerancia, el espacio que la vicuña tiene, porque la vicuña se recuperó de la extinción, pero cuando se iba recuperando iba ocupando espacios que para las comunidades locales y los pueblos indígenas son espacios productivos», señala Vilá.

«Ahora, a través de los chakus, transformamos ese problema en una oportunidad y transformamos esa competencia en un aliado. En un aliado para la sustentabilidad ambiental en el altiplano, para la conservación de muchas cosas, para la conservación del pastoreo, para la conservación de las costumbres, para la conservación de una especie silvestre, que además fue sagrada por los pueblos indígenas durante milenios», añade.

Sixtahuella Flores sostiene en sus manos fibra bruta de vicuña recién obtenida durante la esquila. Pampa Uta, Chungará / Parque Nacional Lauca, Chile, 5 de Noviembre, 2025. Tamara Merino / UNESCO.
Sixtahuella Flores sostiene en sus manos fibra bruta de vicuña recién obtenida durante la esquila. Pampa Uta, Chungará / Parque Nacional Lauca, Chile, 5 de Noviembre, 2025. Tamara Merino / UNESCO.

En ese sentido, diversos especialistas han señalado la importancia de fortalecer las capacidades locales para participar en etapas posteriores de la cadena productiva, como el descerdado de la fibra o la elaboración de textiles artesanales, lo que permitiría agregar valor al producto final y generar nuevas fuentes de ingresos sostenibles.

«Me gustó este trabajo que están haciendo. Trabajar la vicuña sería mejor para nosotros también, sacar la lana de vicuña y trabajar en artesanía. Me gustaría hacerlo, porque con una lana muy fina podemos sacar chal, poncho, gorro, guantes», afirma Sixta Huella Flores, artesana y ganadera del altiplano.

«En esta zona altiplánica nosotros solo vivimos por nuestro ganado. No tenemos siembra, nada. Solo trabajamos en artesanía y pastoreamos ganado, y ese es nuestro trabajo. Nosotros mantenemos bofedales con mucha agua, regándolos, para que no se sequen. Mantenemos bien gorditos los animalitos. Entonces, por ese lado, yo acá vivo feliz con todos los animalitos silvestres», agrega.

Las jornadas de trabajo y encuentro que se desarrollan en el altiplano también han sido documentadas visualmente por la fotógrafa chilena Tamara Merino, quien acompañó parte del proceso para retratar la relación entre las comunidades, las vicuñas y el paisaje andino. Sus imágenes buscan capturar la coordinación colectiva del chaku, el respeto hacia los animales y la dimensión cultural que envuelve esta práctica ancestral.

«La intensidad silenciosa del proceso, la coordinación de muchas manos y el respeto mostrado hacia cada animal —y hacia el paisaje en su conjunto— hicieron de esta una experiencia profundamente conmovedora», reflexionó la reconocida fotógrafa chilena Tamara Merino.

Tradición, ciencia y futuro en el altiplano

De esta manera, la experiencia que se desarrolla en la Reserva de la Biósfera Lauca refleja una idea cada vez más presente en los debates sobre conservación: que proteger la naturaleza no siempre implica excluir a las personas, sino aprender a gestionar los ecosistemas junto a quienes han vivido en ellos durante generaciones.

Tomando eso en cuenta, iniciativas como el manejo comunitario de vicuñas demuestran que los conocimientos tradicionales pueden complementar de manera poderosa las herramientas científicas contemporáneas. El diálogo entre investigadores, instituciones públicas y comunidades locales permite construir estrategias de conservación más adaptadas a las realidades del territorio.

Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/ UNESCO.
Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/ UNESCO.

«Este diálogo horizontal entre científicos, profesionales y portadores de conocimientos aymaras refuerza la responsabilidad compartida por la conservación», explicó Gustavo Morales, jefe de Asuntos Indígenas y Sociales de la Corporación Nacional Forestal (CONAF), quien agregó que también contribuye a «desmitificar ciertos prejuicios sobre el uso sostenible de las vicuñas». Morales expresó además su esperanza de que futuras ediciones puedan recibir también a turistas y visitantes como observadores de esta práctica biocultural.

Al mismo tiempo, la recuperación de prácticas como el chaku abre nuevas oportunidades para las comunidades aymaras del altiplano, permitiendo que la protección de la biodiversidad también se traduzca en beneficios culturales, sociales y económicos.

Vicuñas caminan hacia el corral durante el arreo realizado a pie, en el que participan cerca de 60 personas —entre profesionales, operadores turísticos, autoridades y miembros de comunidades andinas— formando una cadena humana para conducir a los animales. Créditos Tamara Merino / UNESCO.
Vicuñas caminan hacia el corral durante el arreo realizado a pie, en el que participan cerca de 60 personas —entre profesionales, operadores turísticos, autoridades y miembros de comunidades andinas— formando una cadena humana para conducir a los animales. Créditos Tamara Merino / UNESCO.

Más que una simple actividad productiva, el proceso que hoy se desarrolla en Lauca busca reactivar una forma de relación con el entorno basada en el respeto, la reciprocidad y la responsabilidad colectiva hacia la naturaleza. En un paisaje donde la vida ha aprendido a adaptarse a condiciones extremas, estas iniciativas recuerdan que el futuro de la conservación muchas veces depende de volver a mirar los saberes que han existido allí desde hace siglos.

Arreo de vicuñas realizado a pie, con la participación de cerca de 60 personas —entre profesionales, operadores turísticos, autoridades y miembros de comunidades andinas— quienes forman una cadena humana para conducir a los animales hacia el corral. Créditos: Tamara Merino/UNESCO
Arreo de vicuñas realizado a pie, con la participación de cerca de 60 personas —entre profesionales, operadores turísticos, autoridades y miembros de comunidades andinas— quienes forman una cadena humana para conducir a los animales hacia el corral. Créditos: Tamara Merino/UNESCO

«El trabajo de cualquier uso sostenible de un recurso, o de una contribución de la naturaleza hacia las personas, necesita de una política pública sólida que la apoye y que se entienda que la sustentabilidad no es una cuestión de una empresa privada. La sustentabilidad ambiental involucra mucho más que el interés personal. Involucra a la comunidad, involucra el compromiso con la tierra, involucra cosas que tienen una escala que va más allá de lo individual.Y cuando las escalas van más allá de lo individual, es necesario el trabajo desde las políticas públicas», relata Vilá.

Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/ UNESCO.
Un grupo de vicuñas (Vicugna vicugna) se alimenta y se desplaza entre los bofedales a más de 4.600 m s. n. m. Créditos Tamara Merino/ UNESCO.


«Hay que trabajar muy fuerte para que las personas entendamos que nuestra vida entera depende de la biodiversidad. Todo lo que comemos, el aire que respiramos, muchas de las cuestiones que nosotros damos por hecho, si viajamos un poquito hacia atrás, enseguida la naturaleza nos lo está brindando. Entonces, tenemos que tener un poquito de conciencia y gratitud hacia la naturaleza, y una manera de tenerlo es no siendo dañinos, y una manera de no ser dañinos es tener la sustentabilidad como concepto integrado en nuestra forma de pensar», agrega.

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