Ladera Sur Desde Lonquimay a Malalcahuello: una travesía invernal en la Sierra Nevada del Conguillío
Desde Lonquimay a Malalcahuello: una travesía invernal en la Sierra Nevada del Conguillío

Desde Lonquimay a Malalcahuello: una travesía invernal en la Sierra Nevada del Conguillío

Nuestro colaborador invitado, José Herrera, nos relata una aventura que realizó en 2019 junto a dos amigos. En esta ruta glaciar se encontraron con diversos paisajes y desafíos entregados por la montaña. “La segunda noche de travesía nos encontró en una pronunciada ladera de hielo duro. Estábamos cansados, expuestos y sin vista a un lugar seguro donde acampar”, relata. Aquí nos cuenta la historia de cómo llegaron hasta ahí y qué les deparó después. ¡No te lo pierdas!

 

La Sierra Nevada es una magnífica montaña que, a la distancia, aparenta ser un filo simple y honesto que invita a aventurarse en sus múltiples opciones de rutas. Así, se transforma en un portal de aventura que conecta en escénicas travesías de montaña al Parque Nacional Conguillío, a la localidad de Malalcahuello junto a los valles de Lonquimay y Melipeuco, entre las posibilidades más obvias de este rincón de la Región de la Araucanía. Con una variada geografía, este lugar ofrece vistas inmejorables a lagos, volcanes, glaciares, bosques y una geomorfología que invita casi hipnóticamente a aventurarse en su exploración

©Cortesía José Herrera
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Bajo este encantamiento, y tras un par de exitosas travesías en el territorio de la Araucanía Andina durante lo que ya había corrido del año,  junto con mis amigos Sebastián Ruiz y Felipe Voullieme, decidimos cruzar la Sierra en modo alpino: juntamos el equipo justo: vivac y las herramientas de montaña esenciales para poder avanzar lo más rápido y eficiente que podamos.

©Cortesía José Herrera
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Con estos recursos y un ímpetu difícil de medir, la segunda noche de travesía nos encontró en una pronunciada ladera de hielo duro, muy cansados, expuestos y sin vista a un lugar seguro donde poder acampar. Acá te cuento la historia de cómo llegamos hasta ahí y lo que nos deparó después. 

Empezando la travesía

Empezamos nuestra travesía y la primera parte, la aproximación desde Lonquimay al glaciar de la Sierra Nevada, resultó en un hermoso paseo de esquí  touring (esquí en áreas remotas). Aquí, la nieve acumulada superaba en varias secciones los cinco metros, creando dificultosos cruces en los múltiples esteros que atraviesan la ruta, la cual se ha vuelto muy popular en los últimos veranos dado su evidente sendero y belleza natural de categoría mundial. Junto a los bosques de araucarias, el salto Lonquimay o negro -dependiendo de la literatura consultada-, la laguna espejo, la formación de blanco granito en el paso al plateau glacial, y el glaciar mismo conforman una ruta que fácilmente puede compararse con cualquier tramo de los circuitos del Paine.

©Cortesía José Herrera
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Esta montaña es también el epítome inconfundible de los cordones que naturalmente fueron la frontera del territorio Pewenche y son en la actualidad los límites del patagónico valle de Lonquimay con el resto del país. Una mística silenciosa emana de sus múltiples valles, inspirada en sus mitos e historias como la avioneta estrellada a finales de los sesentas; la construcción del túnel las raíces a comienzos de siglo; los contrabandos con Argentina por sus pasos secretos hacia Melipeuco y Curacautin; o el constante acecho de los Ngen, traviesos espíritus del bosque descritos en la cosmología Mapuche que suelen manifestarse en los momentos menos esperados.

Un cómodo vivac -campamento o refugio temporal- en el bosque a los pies del salto Punta negra sirvió para mantener buena energía para la dura jornada del cruce glaciar. La subida directa hacia el plateau gracias a la acumulación de nieve nos ahorró un poco de tiempo, avanzando rápidamente hacia la garganta que se laderea mucho más hacia el sur en condiciones normales.

©Cortesía José Herrera
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Tal era la acumulación de nieve, que logramos incluso tocar el muro de piedra del salto mientras accedíamos al plateau. Arriba, la  belleza de este mini campo de hielo es indescriptible, la total cobertura blanca permite imaginar cómo debió haber sido este lugar durante la última glaciación, y su orientación hacia el amplio valle de Lonquimay crean una panorámica viva que obliga a detenerse una y otra vez para admirar su belleza. 

Superamos la laguna espejo cruzando casi por el medio. Estaba totalmente congelada y cubierta por nieve. Esta laguna pasa inadvertida para quien no sepa que ahí se encuentra y es el último punto cómodo, antes de comenzar a subir por el glaciar que lleva a la cumbre de la Sierra Nevada.

©Cortesía José Herrera
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Ya se hacían sentir las siete horas continuas de actividad cuando alcanzábamos la cumbre norte de la Sierra nevada del Conguillío. La travesía desde Lonquimay había sido una extenuante, pero grata aventura y mirar al premio de la aventura, la larga ruta de bajada que esquiaríamos tranquilamente, era un anhelo que nos impulsaba casi en un estado de ensueño hacia el pequeño portezuelo que enmarcaba el punto más alto de la montaña.

©Cortesía José Herrera
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Sin embargo, a medida que nos aproximábamos al estrecho filo cumbrero que nos separaba del lado norte nuestro sueño se iba viendo cada vez más distante. Las dramáticas formaciones de hielo que abrazaban todas las rocas anunciaban violentamente un escenario muy distinto a la idílica bajada de más de 20 kilómetros que nosotros pensábamos. 

©Cortesía José Herrera
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Eran las dos de la tarde y las ráfagas de viento de 90km nos daban la bienvenida casi empujándonos de vuelta al glaciar. El panorama hacia Malalcahuello, donde la nieve redondeada como hongos de cumbres patagónicas y encostrada en brillante hielo azulado por todas sus caras, había tapado todos los pasos reconocibles de la ruta normal sugiriendo solo vagos indicios de las laderas que conectan las cumbres hacia el largo filo que lleva al pueblo.

Si hay algo que estaba claro para nosotros, es que el descenso se venía difícil. La desilusión, junto con la sobre confianza que nos había dado la exitosa jornada hasta ese punto, formaron un cocktail incendiario de arrogancia que nos impulsó a lanzarnos en esquis por el primer bowl tras la cumbre. Este mostraba, entre el amplio hielo, algunos parches de nieve venteada y un lejano barranco hacia el vacío del valle interior de Malalcahuello. 

©Cortesía José Herrera
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Bastaron un par de vueltas para la primera pérdida de control y casi caída hacia el basto desfiladero que alguna vez debió ser el asiento de un gran glacial. En ese punto comenzó la verdadera aventura, la travesía de esquí touring se transformaba en una travesía de montaña mixta donde los esquís y pieles habían llegado al final de su jornada.

Del touring al montañismo

Eran las diez de la noche en pleno invierno. Los crampones de uno de los miembros del equipo habían fallado, lo que nos había obligado a movernos en postas por las duras y expuestas laderas forzando a recorrer los tramos múltiples veces llevando los crampones al compañero de turno. Esto había vuelto mucho más lento el avance y, con la suma de la celosa ruta escondida bajo el manto de hielo, nuestro itinerario se había extendido peligrosamente más allá de lo seguro.

©Cortesía José Herrera
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Tras una discusión en tono urgente sobre la decisión de seguir o intentar armar un refugio en la precaria seguridad que entregaba el duro hielo, se decidió un “scouting” liviano por los otros dos miembros de la cordada hacia un lejano hombro. 

Quedé entonces anclado con los equipos al piolet. Estaba solo, sobre mi una colosal cumbre que semejaba el rostro de un titán de otra era con frondosas blancas barbas de hielo peinadas violentamente por los vientos. Hacia abajo estaba la empinada alfombra de hielo que terminaba en la oscuridad total del vacío que apuntaba hacia el cañón del río Blanco.

©Cortesía José Herrera
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Hacía arriba, la noche estaba totalmente despejada y las estrellas eran vivas lámparas acompañadas de una media luna que parecía seguir curiosa la osadía de estos insignificantes humanos revelando con su luz parte del posible camino.

El intimidante escenario se suavizaba un poco con los brillos en medio de la oscuridad de las localidades de Curacautin, Lautaro, incluso Temuco. Los 15 minutos que les debió haber tomado la exploración se habían vuelto una eternidad entre la fascinación y el fantaseo sobre los posibles escenarios con que terminaríamos la jornada. 

©Cortesía José Herrera
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Sebastián volvió con los crampones y la buena noticia de que al otro lado del hombro había una explanada con nieve blanda. Felipe ya estaba preparando el lugar para nuestro siguiente vivac.

Cerca de las once de la noche ya habíamos logrado instalarnos con tranquilidad es una extraña formación, que asemejaba una grieta glaciar. Cocinando, hidratándonos y esperando que el buen tiempo se mantuviese para la siguiente jornada.

©Cortesía José Herrera
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El descenso

Despertamos con la bendición de un nuevo día de sol en nuestra grieta mágica. Rápidamente nos equipamos y seguimos con el descenso hacia Malalcahuello. El angosto filo final que conduce al bosque nos se había agudizado con las nevadas y el viento, obligándonos a montar un pequeño rapel.

©Cortesía José Herrera
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La exposición y el emplazamiento de este punto es simplemente espectacular, con el largo filo que apunta cual aguja de brújula al norte, hacia Malalcahuello y los colosales volcanes Lonquimay y Tolhuaca. Se suma que la ruta es flanqueada por el vasto vacío que generan los múltiples cajones anexos a esta increíble montaña.

Una vez superado este último paso técnico, el filo mayormente congelado permitía bajarlo en esquís cuidadosamente en un hermoso paseo manteniendo la espectacular panorámica ya descrita.

Después del filo, vino el premio absoluto de la jornada: más de una hora de esquí por muy buena nieve bajando entre araucarias y coigues acompañados de un agradable sol y en absoluta soledad.

©Cortesía José Herrera
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Llegando a las cuatro de la tarde, las últimas manchas de nieve en el cerro Centinela nos permitieron cumplir casi hasta el final de la ruta en esquís. Caminamos por el barroso camino que baja hasta el río Cautín donde finalmente nos encontramos con nuestro amigo Manuel para celebrar el fin de esta increíble travesía de montaña con la cual cumplimos el sueño del cruce invernal en esquís por esta mágica montaña.

*Esta experiencia la recomendamos realizar a modo integral solo en primavera, evitando así los peligros objetivos que presentan las duras laderas de hielo y la difícil lectura de ruta entre otras características propias del invierno.

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