En enero de 2026, a bordo del sumergible chino Fendouzhe, la científica chilena Valeria Cortés Rivas, investigadora postdoctoral del Instituto Milenio de Oceanografía (IMO) y geofísica formada en la Universidad de Chile, se convirtió en la primera mujer en descender a la Fosa de Atacama, alcanzando los 7.680 metros de profundidad, en el marco de la expedición binacional “Joint China-Chile Atacama Trench Expedition” (JCATE).

Dra. Valeria Cortes. Créditos: ©Paola Peña
Dra. Valeria Cortes. Créditos: ©Paola Peña

Durante once horas —cuatro de ellas destinadas al descenso y ascenso— viajó a bordo de un sumergible hacia el punto más profundo frente a las costas de Chile, un lugar donde la presión supera 700 veces la atmosférica y la temperatura ronda los dos grados Celsius. Ahí observó fallas, deformaciones tectónicas y organismos adaptados a una presión aplastante, en un entorno donde la luz solar desaparece a los 200 metros y la bioluminiscencia parece dibujar un cielo estrellado bajo el mar.

“Ha sido una locura”, recuerda Valeria al repasar los días posteriores a la expedición. “Definitivamente ha sido intenso de varias formas. Primero, el hecho de haberme sumergido. Luego, todo lo que ocurría en el barco; el trabajo y la experiencia. Y después, volver y encontrarme con esta locura de entrevistas. En el barco apenas tenía internet, así que ni siquiera sabía que la noticia había sido tan grande”, señala Valeria, quien conversa con Ladera Sur a pocos días de su regreso a tierra firme, con los pies en el suelo, pero la mente aún sumergida en las profundidades del océano.

Durante casi una década, Valeria ha estudiado los procesos geodinámicos asociados a la subducción en el norte de Chile. Su trabajo busca comprender cómo se deforman las placas tectónicas en el tiempo, qué rol juegan los sedimentos y las estructuras profundas, y cómo estas características influyen en la magnitud y comportamiento de grandes terremotos y tsunamis. En ese sentido, descender a la fosa no fue una aventura aislada, sino la extensión natural de una trayectoria científica dedicada a mirar más allá de la superficie terrestre.

Por otro lado, durante mucho tiempo, la fosa de Atacama fue un territorio observado desde la distancia: a través de datos sísmicos, modelos matemáticos e instrumentos instalados en el fondo marino. Pero pocas veces había sido recorrida con ojos humanos. La posibilidad de estar allí —frente a las paredes que evidencian el choque de placas, en un paisaje submarino que puede alcanzar dimensiones comparables al Gran Cañón— transforma la escala de la investigación y también la experiencia personal de hacer ciencia.

Sin embargo, detrás de esa inmersión histórica, se encuentra una trayectoria marcada por años de formación rigurosa, trabajo colaborativo y una convicción profunda: entender la subducción chilena no es solo un desafío académico, sino también una necesidad para el país, ya que en esas profundidades se origina el ciclo sísmico que, tarde o temprano, volverá a manifestarse en la superficie.

Una curiosidad que empezó temprano

Durante décadas, la geofísica ha permitido estudiar el interior del planeta y losprocesos que ocurren bajo el océano sin tener que llegar físicamente a ellos. A través de métodos indirectos —como el análisis de ondas sísmicas, mediciones gravitacionales o imágenes sísmicas del subsuelo— los científicos pueden reconstruir lo que ocurre bajo el fondo marino, allí donde las placas tectónicas interactúan y se acumula la energía que luego se libera en terremotos. Pero observar estos procesos directamente sigue siendo una oportunidad excepcional.

Para Valeria, el camino hacia ese tipo de preguntas comenzó mucho antes de imaginar que algún día descendería miles de metros bajo el océano. Desde muy pequeña, recuerda, la curiosidad por comprender el mundo estaba presente en su vida y en su forma de ver el mundo.

“La verdad es que siempre me ha interesado la ciencia en general. Desde que tengo memoria, yo quería ser científica. Así que, en ese sentido, yo siempre quise hacer ciencia. Básicamente creo que el conocimiento me maravillaba y era muy feliz pensando en que había una carrera que me permitiera responder a mi curiosidad con respecto al mundo. Siempre se vio muy divertido para mí”, cuenta. 

Muestreo Dra. Valeria Cortes. Créditos: ©IDSSE
Muestreo Dra. Valeria Cortes. Créditos: ©IDSSE

Sin embargo, el camino hacia la geofísica no fue inmediato.

“Yo no sabía que existía siquiera la geología y entre a estudiar ingeniería en la Universidad de Chile. Quería estudiar ingeniería en biotecnología y no me gustó la ingeniería en general, quería más ciencia pura. Entonces alguien me dijo que la geofísica y la geología era un mejunje de muchos tipos de ciencia, y que los fenómenos se estudian a través de esta ciencia permitían que uno pudiera irse por cualquier lado: que tenía un poco de astronomía, un poco de química, un poco de física, un poco de computación. Eso me hizo pensar que ese era mi camino, porque yo sabía que, dada mi curiosidad, me iba a gustar cualquier tipo de ciencia. Me gustó esa descripción, así que me fui por allá”, relata. 

Cortés se formó finalmente como geofísica en el Departamento de Geofísica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, donde comenzó a interesarse por los procesos tectónicos que ocurren bajo el océano Pacífico. Durante sus años de formación se vinculó con el grupo de investigación liderado por el geofísico Eduardo Contreras-Reyes, especialista en geodinámica de zonas de subducción, quien posteriormente guiaría su trabajo de magíster. 

Dra Valeria Cortes. Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia
Dra Valeria Cortes. Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia

“Después tomé un ramo con Eduardo Contreras Reyes, quien fue después el profesor guía durante mi magister, y él tenía un ramo que se llamaba geodinámica. Allí ellos estudiaban procesos a gran escala de cómo funcionaban las placas tectónicas y el sistema en general. Y eso me gustó porque hay distintas formas y elementos que estudiar a través de la geofísica. Me gustó esta idea de entender al sistema completo”, relata Valeria.

Desde entonces, su investigación se ha centrado en comprender la dinámica de las zonas de subducción, particularmente el contacto entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana frente a las costas de Chile, uno de los sistemas tectónicos más activos del planeta. Estas zonas no solo generan grandes terremotos, sino que también controlan la formación de tsunamis y la evolución geológica del margen continental sudamericano

Tras completar su magíster, la científica continuó profundizando su formación en geofísica marina y tectónica, participando en proyectos internacionales que investigan la estructura del fondo oceánico y la deformación de las placas tectónicas. Actualmente se desempeña como investigadora postdoctoral del Instituto Milenio de Oceanografía y de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde integra equipos interdisciplinarios que combinan sismología, geología marina y exploración del océano profundo

Pero el momento que terminó por confirmar su vocación científica llegó lejos de cualquier sala de clases. Tras finalizar su magíster, tuvo la oportunidad de embarcarse por primera vez en una expedición oceanográfica para estudiar volcanes submarinos en el Pacífico.

“Después de haber terminado mi magíster, yo no estaba segura todavía si quería dedicarme a la ciencia. Ahí fue cuando me dieron la oportunidad de embarcarme por primera vez. Fuimos a estudiar unos volcanes submarinos hacia el norte de Hawaii, en medio del océano. Ahí yo creo que se confirmó que a mí me gustaba hacer esto y que quería seguir por esa línea. Ahí fue donde conocí a Donna Shillington, mi profesora del doctorado y finalmente me quedé en esto”, recuerda Valeria. 

Desde entonces, su trabajo ha estado marcado por la exploración científica del océano profundo y el estudio de los procesos tectónicos que controlan la actividad sísmica del margen chileno. Una línea de investigación que, con el tiempo, la llevaría hasta uno de los lugares más inaccesibles del planeta: la Fosa de Atacama.

Descender al límite del océano

Durante décadas, gran parte de lo que sabemos sobre las zonas de subducción proviene de datos indirectos. Sismómetros, modelos geofísicos e imágenes sísmicas permiten reconstruir lo que ocurre a kilómetros bajo el fondo marino, en el punto donde una placa tectónica se introduce bajo otra. De esta manera, la geofísica ha logrado estudiar procesos que, hasta hace poco, eran totalmente inaccesibles para el ser humano. 

Dra Valeria Cortes en el sumergible. Créditos: ©IDSSE
Dra. Valeria Cortes en el sumergible. Créditos: ©IDSSE

“La geofísica es un área que se usa mucho para estudiar fenómenos geológicos del océano profundo, porque te permite estudiar procesos geológicos sin tener que llegar físicamente a ellos”, explica Cortés.

Pero en los últimos años nuevas tecnologías han comenzado a abrir una posibilidad distinta: poder observar directamente esos ambientes extremos. Sumergibles tripulados capaces de resistir presiones gigantescas permiten descender a lugares que durante décadas solo se conocían a través de gráficos y modelos.

“Por ejemplo, si yo quiero estudiar el manto, no puedo hacer un hoyo y llegar al manto. Entonces se usan métodos indirectos a través de la geofísica. Por eso se usa mucho para estudiar el fondo marino, las cortezas y el manto bajo el fondo marino. Pero ahora cada vez va a haber más posibilidades de hacer geología directa en el fondo y ver estos procesos y esta deformación”, comenta Valeria.

La expedición JCATE 2026 fue una de esas oportunidades excepcionales. Durante semanas, científicos de Chile y China trabajaron a bordo de un buque de investigación desplegando instrumentos, recolectando muestras y realizando inmersiones profundas en la Fosa de Atacama, una estructura tectónica que alcanza más de ocho mil metros de profundidad frente al norte de Chile.

En ese contexto, Cortés tuvo la oportunidad de descender a bordo del sumergible Fendouzhe, uno de los pocos vehículos tripulados del mundo capaces de alcanzar las mayores profundidades del océano. Sin embargo, la noche previa a la inmersión estuvo lejos de ser tranquila.

“La noche anterior yo estaba aterrada”, reconoce. “Tenía mucho miedo y tuve que pasar por muchos crecimientos. Tuve que convencerme a mí misma de que esto era algo que yo quería hacer, porque el miedo igual es muy astuto en cómo convencerte para que no hagas cosas”.

A la mañana siguiente, sin embargo, la decisión ya estaba tomada.

“En la mañana fue pura convicción. Para mí la curiosidad y las ganas de entender el sistema que estamos estudiando fueron mucho más grandes”.

El descenso comenzó dentro de una pequeña esfera presurizada de apenas 1,8 metros de diámetro, donde viajaban tres personas apretadas entre equipos científicos y pantallas de monitoreo.

“Cuando entré a la esfera que está dentro del sumergible, ahí fue como: ya lo logré, estoy acá, no hay vuelta atrás”.

El sumergible fue bajado al mar mediante una grúa y poco a poco comenzó a hundirse en el océano Pacífico, atravesando las capas superficiales iluminadas hasta llegar a la oscuridad total.

“En los primeros 200 metros es cuando ya llegas a oscuridad absoluta, después de pasar por un color turquesa muy bonito. En realidad ese momento es muy lindo. Cuando uno va bajando no se usan las luces externas para ahorrar batería, pero las luces internas sí se prenden. Y yo iba anotando todo y mirando por la ventana porque tenía esta esperanza secreta de ver un calamar gigante o algo así. Claramente no fue posible, pero lo que sí vi fue bioluminiscencia, son como pequeñas estrellitas en el fondo negro. Es bonito ver esas luces, como unas serpentinas de colores. Eso más o menos como los 500, 600 metros y después es oscuridad absoluta”, recuerda Valeria.

Hito exitosa etapa 1 expedición binacional “Joint China-Chile Atacama Trench Expedition” (JCATE). Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia
Hito exitosa etapa 1 expedición binacional “Joint
China-Chile Atacama Trench Expedition” (JCATE). Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia

A medida que descendían, la presión exterior aumentaba de forma vertiginosa. A casi ocho kilómetros de profundidad, el agua ejerce más de 700 veces la presión atmosférica, una fuerza suficiente para aplastar cualquier estructura no diseñada específicamente para resistirla. Sin embargo, dentro del sumergible la sensación era sorprendentemente tranquila.

“En realidad dentro del sumergible es una sensación muy tranquila. Si no fuera porque hay ventanas, hubiese sido lo mismo que yo estuviera acá en tierra firme”.

Un paisaje vivo en el fondo del océano

Tras cerca de tres horas de descenso, el sumergible finalmente alcanzó el fondo de la fosa. A casi ocho kilómetros bajo la superficie, las luces del vehículo iluminaron un paisaje submarino que durante décadas solo había existido en modelos científicos y datos sísmicos.

Durante mucho tiempo, el océano profundo fue imaginado como un espacio oscuro, silencioso y prácticamente vacío. Pero a medida que el fondo aparecía frente a las ventanas del sumergible, la escena reveló algo muy distinto: un ecosistema activo, habitado por organismos adaptados a vivir bajo una presión aplastante y en oscuridad permanente.

“Me sorprendieron muchas cosas, pero lo más bonito para mí era ver estos animales in situ, verlos vivir, porque yo había visto estos animales muertos, que los sacan con trampas. Entonces uno los ve como un camarón del supermercado. A esa profundidad y con cero luz yo me imaginaba un sistema súper quieto, pero ellos se mueven y nadan, interactúan, se entierran en los sedimentos. Son muy bonitos, mucho más bonitos que lo que uno ve después de que se atrapan”, relata con mucha emoción Valeria. 

Lejos de la imagen de un fondo marino estático, el paisaje estaba lleno de movimiento. Anfípodos —pequeños crustáceos conocidos como “pulgas de mar”— recorrían el sedimento, mientras distintas especies de invertebrados se alimentaban de la materia orgánica que cae lentamente desde las capas superiores del océano, un fenómeno conocido como “nieve marina”.

“Me dio mucha felicidad verlos allí en su salsa, contentos e interactuando. Y me sorprendió también la cantidad, hay hartos. Lo otro que me llamó la atención es que se separaran en el espacio, como que cada uno dijera ‘okay, tú aquí, yo allá, yo me alimento en lo que haya en esta zona’”.

Entre los organismos más abundantes estaban los pepinos de mar, animales alargados emparentados con estrellas y erizos que cumplen un rol clave en los ecosistemas de profundidad al remover y reciclar el sedimento mientras se alimentan. Y su presencia dejó una de las imágenes más sorprendentes de la expedición.

Como relata Valeria: “Me sorprendió también la gran cantidad de ciertas especies sobre otras, por ejemplo, hay pocos peces, a pesar de que los peces son super abundantes y están super arriba en la cadena trófica y yo pensé que iba a haber más dado la cantidad de animales pequeños que había, pero no eran tantos. Había muchos anfípodos y pepinos de mar, muchos pepinos de mar. Y algo que me gustó mucho es que el suelo también estaba lleno de dibujos de los animales. Tiene muchas figuritas y la caquita de los pepinos de mar que toman sedimento y luego lo botan. Entonces es como que fueran las líneas de Nazca en chiquitito dibujadas en todo el piso marino. Eso es muy bonito”.

Estas huellas sinuosas —trazadas lentamente por los organismos que recorren el fondo— revelan un ecosistema activo que recicla constantemente la escasa materia orgánica disponible en estas profundidades extremas.

Pero más allá de la biodiversidad, la expedición también permitió observar directamente las estructuras geológicas que controlan algunos de los procesos más importantes del planeta: la dinámica de las placas tectónicas frente a Chile.

Dra Valeria Cortes. Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia
Dra Valeria Cortes. Créditos: ©Matias Pizarro Urrutia

La Fosa de Atacama marca el punto donde la placa de Nazca comienza a hundirse bajo la placa Sudamericana, un proceso conocido como subducción. Es justamente en esa zona donde se acumula la energía que, eventualmente, se libera en forma de grandes terremotos.

“Lo que ocurre es que, en Chile, mayoritariamente, los terremotos se estudian a través de datos remotos. Por ejemplo, cuando ocurre un evento sísmico, se observa mediante los sismómetros, es decir, las señales que genera el roce de estas dos placas. Pero, además, en las últimas décadas nos hemos dado cuenta de que los materiales que componen el sistema tienen un rol predominante en las características del comportamiento sísmico. Por ejemplo: qué tipo de rocas hay, la cantidad de fluidos —si hay agua en el contacto de las placas—, y la rugosidad de ese contacto, porque uno podría imaginarlo plano, pero a veces tiene irregularidades y distintos materiales que entran en juego. Y la mejor forma de estudiarlo es observando la fosa y la parte más somera del contacto entre estas dos placas, que es justamente lo que se ha estado haciendo en las últimas décadas. Valiosamente, este experimento se está realizando ahora en Chile, lo que nos permite abrir una puerta para encontrar pistas que enriquezcan la comprensión que tenemos de estos fenómenos”, puntualiza Valeria durante la entrevista.

Durante la inmersión, el equipo pudo registrar imágenes de fracturas, derrumbes submarinos y grandes paredes de fallas geológicas, estructuras que en tierra suelen estar erosionadas o cubiertas por vegetación.

Para Valeria, poder observarlas directamente fue una experiencia reveladora después de años trabajando con datos indirectos: “Uno ve datos remotos y nunca confirmas que realmente sean. Eso siempre me hace dudar. Pero ver que realmente estaba ahí lo que esperábamos ver fue impactante para mí”.

En ese sentido, este tipo de observaciones permite reconstruir con mayor precisión el comportamiento de los grandes terremotos en zonas de subducción, un conocimiento fundamental para un país como Chile, donde estos eventos forman parte de la historia geológica y social. Sin embargo, Valeria aclara que el objetivo no es predecir el momento exacto de un terremoto, sino entender mejor sus características y posibles escenarios, y así aportar a una preparación más informada y realista frente a estos fenómenos. 

“Yo creo que todavía es demasiado preliminar para decir predecir. De hecho, lo que quiero enfatizar es que, por ejemplo, si yo dijera ‘va a haber un terremoto la otra semana’, no es como que uno pueda ‘ah, se van a romper las cañerías, las voy a cambiar’. En términos de construcción y preparación uno debería estar siempre preparado. Más que anticipar fechas, el objetivo es entender cómo podrían comportarse estos eventos y cuáles serían sus escenarios más extremos”, comenta.

“Creo que es incluso más relevante saber cómo van a ser las características de los eventos sísmicos y de tsunamis en una zona, y pensar: ‘Okay, ¿cuál podría ser el peor escenario? Preparémonos frente a ese peor escenario’. La analogía que me gusta decir es que se parece mucho cuando uno va al cardiólogo. El cardiólogo uno no va para que te diga ‘predeciremos cuándo va a ser tu infarto’, sino que uno va a preguntarle ‘okay, ¿qué tengo que hacer?’ Te dice ‘mira, come bien, corre’, o ‘tu corazón está súper sano, no te preocupes’, o ‘oye, tu corazón se nota que probablemente pueda tener un problema pronto’. Yo creo que actualmente ese es el rol que estamos tratando de cumplir”, agrega.

Después de años de formación rigurosa, expediciones internacionales y trabajo con datos indirectos, Valeria se ha convertido en un referente en geofísica marina. Su descenso a la Fosa de Atacama no solo marcó un hito personal, sino que abrió una ventana directa al sistema tectónico que define gran parte de la actividad sísmica del país

—Tu investigación se centra en la interacción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana. ¿Por qué es tan importante estudiar este sistema?

“Mira, originalmente yo tenía esta sensación de que la ciencia en sí misma tiene mucho valor, que todavía la tengo. Entonces cuando me preguntaban por qué es importante estudiar esto yo decía: ‘no importa, hay que conocer, hay que entender’.

Pero durante mi doctorado conocí a una profesora que se llama Christine Regalla. Ella estudió su doctorado en Japón antes del terremoto de 2011 y cuenta con mucha pena —de hecho se le ponen los ojos llorosos cuando habla— que ella fue parte de los científicos que estudiaban esa subducción. Luego ocurrió el terremoto de 2011 y murió mucha gente, y ella quedó muy afectada de no haber podido hacer algo al respecto.

Yo creo que en parte eso y en parte porque yo quería volver a Chile también —a mí me encanta Chile— se hizo una prioridad entender el sistema de subducción en Chile y considerar que lo que estamos haciendo, en el largo plazo, mejore cómo está preparado Chile para estos eventos”.

— Esta es la expedición de aguas profundas más grande que se realiza dentro del Pacífico Oriental. ¿Cuál es la importancia de esta expedición para Chile, y cuáles son los grandes aprendizajes que nos deja esta experiencia para el desarrollo de las capacidades tecnológicas y oceanográficas del país?

— Yo creo que hay una importancia que se debe destacar sobre el nivel científico que hay en Chile, y a lo largo de todo Chile. En la expedición hay científicos de distintas universidades. O sea, el IMO es de la Universidad de Concepción, pero también hay de la Universidad de Valparaíso, de la Austral, de la Chile, de la Católica. Hay una representación de cómo Chile es capaz de hacer ciencia de frontera. Y siempre este tipo de expediciones abren las puertas a futuros usos de tecnologías así. Esperamos que con los descubrimientos que tengamos, mostremos la importancia y el nivel de descubrimientos que se pueden hacer con estas investigaciones. Son de alto costo, eso es algo que hay que considerar, y por eso las colaboraciones internacionales ayudan mucho, pero también en Chile tenemos que cuidar, pero también entender nuestro propio territorio. Si bien está bajo el mar y es oculto a nuestros ojos, es parte de lo que es nuestro país, y por lo tanto hay una responsabilidad de la ciencia y de las organizaciones gubernamentales de entender qué está pasando en nuestro territorio.

— ¿Cómo se conecta esto con el cambio climático?

— Yo creo que lo bonito del estudio que estamos haciendo es que todo está interconectado. Los animales que viven allí, viven con muy pocos recursos porque no hay luz, que es una forma de generar energía, y lo que comen es lo que va quedando de la columna de agua que va cayendo. Entonces muchos de ellos recurren a la geología para sacar nutrientes, a los elementos que provienen de fenómenos geológicos a esas profundidades. Entonces, en ese sentido, es útil que haya geofísicos en este ambiente. Por ejemplo, nosotros con nuestros datos podemos identificar dónde hay fallas, y esas fallas producen, por ejemplo, circulación de fluidos. Eso puede traer nutrientes a los animales que viven allí. También los terremotos, los movimientos y las pendientes, producto del choque de las placas, hacen que haya muchos derrumbes, y esos derrumbes también tienen un rol dentro de lo que está ocurriendo, porque entierran material orgánico. Entonces, esa era una pregunta que vimos: cómo estos animales se recuperan, sobreviven o prefieren ciertas zonas dependiendo de qué otras zonas tenían muchos derrumbes.

—Después de haber visto el fondo de la fosa con tus propios ojos, ¿cambió algo en la forma en que entiendes tu trabajo?

“Uno ve datos remotos y nunca confirma que realmente sean. Eso siempre me hace dudar. Pero ver que realmente estaba ahí lo que esperábamos ver fue impactante para mí”.

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