-
Monitoreo impulsado por mujeres indígenas de Chile es reconocido en plataforma internacional de conservación
28 de octubre, 2026 -
Conoce aquí a los ganadores de los “Premios Naturaleza Ladera Sur 2026”: personas que han dedicado sus vidas a proteger la naturaleza
28 de octubre, 2026 -
Investigación explora el valioso vínculo entre aves, memoria y territorio
27 de octubre, 2026
Cenotes: una red de vida amenazada por la contaminación de las megagranjas en Yucatán
Bajo la selva de Yucatán, cuevas y cenotes conectan una red de agua subterránea que abastece a las comunidades y alberga especies endémicas. Ahora, la expansión de las megagranjas porcícolas genera preocupación por la contaminación del agua y sus efectos en la biodiversidad.
Recorrimos siete localidades de la península junto con Greenpeace México durante un monitoreo del agua y conversamos con las comunidades sobre los riesgos para este ecosistema.
En la península de Yucatán, el agua tiene un camino distinto al de otras regiones de México. No suele correr por grandes ríos visibles ni concentrarse en lagos. El líquido se filtra entre la roca, atraviesa cuevas y reaparece en cenotes, conectados por una extensa red subterránea. A veces, algunos están a cielo abierto.
Muchos de estos cuerpos de agua forman parte del Anillo de Cenotes, una estructura geológica asociada al cráter de Chicxulub, el impacto de un meteorito relacionado con la extinción masiva de los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy, este paisaje -único en el mundo de acuerdo con la UNESCO– es también un refugio de biodiversidad y una fuente de agua para las comunidades.

Pero justamente esas particularidades subterráneas y de conexión les confieren a los cenotes una mayor vulnerabilidad, ya que los contaminantes que llegan al suelo -el cual es de tipo kárstico y poroso- pueden infiltrarse y desplazarse por el acuífero con facilidad.
Ahora, la expansión de las megagranjas, sobre todo porcícolas, ha puesto en duda lo que podría estar llegando a esas aguas. Tanto el estiércol como las aguas residuales contienen materia orgánica, nutrientes y microorganismos. Su acumulación puede deteriorar la calidad del agua y favorecer la proliferación de bacterias patógenas.
Además, la llegada de estas granjas supone deforestación en la zona, lo cual tiene repercusiones ecológicas importantes, especialmente si consideramos que Yucatán alberga el segundo bosque tropical continuo más grande de América; la Selva Maya.
El territorio yucateco descansa sobre roca caliza, material que el agua disuelve lentamente y que, con el paso del tiempo, da lugar a grietas, cavidades y conductos subterráneos. A diferencia de otros suelos, que pueden retener parte de los contaminantes, en los hechos, esta red ofrece pocas “barreras” naturales frente a microorganismos y sustancias disueltas. Por eso, cuando los residuos ganaderos, las aguas residuales o los fertilizantes llegan al suelo, sus efectos pueden extenderse más allá del sitio donde se originaron.

Los cenotes no son pozas aisladas en medio de la selva. Se trata de uno de los sistemas subterráneos de agua dulce más grandes del mundo del que dependen tanto las poblaciones de Mérida, Progreso y otras localidades (hablamos de más de 2 millones de personas) así como los organismos adaptados a vivir en la oscuridad de las cuevas y en los alrededores.
En el caso de las comunidades próximas al Anillo, se trata de una fuente de agua de la que muchas personas no pueden prescindir. Las “venas” de varios de esos cenotes están conectadas a varios pozos domésticos y gracias a ellas la seguridad hídrica y la calidad del agua en muchos pueblos había estado garantizada. Hasta ahora.

Megagranjas en Yucatán, ¿qué está pasando con el agua?
La vulnerabilidad del acuífero se sobrelapa con la expansión de la producción porcícola industrial. En algunas comunidades yucatecas, los habitantes ya denuncian malos olores, cambios en la apariencia del agua y preocupación por los residuos de las granjas cercanas. Las moscas también se han vuelto un tema de diario.
Además, la sobrecarga de nutrientes derivados de la industria porcícola puede alterar los ecosistemas acuáticos y modificar las condiciones de vida de las especies que los habitan. En la superficie, las concentraciones elevadas de químicos pueden «quemar» la vegetación.
Laura (nombre ficticio para proteger su identidad) señala un pozo de su casa que la familia dejó de utilizar para consumo humano. Solamente lo usan para regar las plantas. Ella recuerda que antes el agua era cristalina y podían abastecerse sin problemas.
«Antes, ese árbol daba naranjas dulces, jugosas. Después de que llegaron [las granjas] ya no da fruto y vean cómo se pusieron las hojas de feas» platica.
Ahora ese naranjo del patio de Laura, pese a ser regado diligentemente con el agua del pozo, tiene una apariencia más bien ennegrecida y achicharrada. Aunque la percepción de esta vecina no demuestre, por sí misma, que exista contaminación derivada de las granjas, esa decisión colectiva de dejar de beber del pozo muestra cómo la incertidumbre sobre la calidad del agua puede transformar la vida cotidiana de una familia.
El fenómeno ya se replica en varios hogares a lo largo de la península.

Como parte del muestreo, nos trasladamos a San Antonio Tedzidz, en el municipio de Samahil, a poco más de una hora de Mérida. Ahí, conversamos con Densy Ruiz, profesora.
«La cantidad de gente que usa el agua de los pozos sin saber que está contaminada es prácticamente todo el pueblo» comenta.
Ruiz explica que muchas personas -ante la falta de opciones- continúan utilizando agua de pozos cercanos a las granjas. Algunas la hierven antes de beberla; otras la emplean para bañarse, lavar la ropa o limpiar los utensilios de cocina. Esto preocupa a Ruiz, pues si bien hervir el agua puede reducir el riesgo asociado con microorganismos, no eliminará contaminantes químicos como los nitratos.
De acuerdo con distintos estudios, algunas bacterias presentes en excretas y desechos de megagranjas, como ciertas cepas de Escherichia coli, pueden causar enfermedades gastrointestinales e insuficiencia renal. El exceso de nitratos también representa un riesgo para la salud, especialmente para los lactantes.
Tampoco basta con que el agua parezca limpia para saber si es segura. Para las familias que dependen de pozos y cenotes, contar con análisis periódicos y resultados comprensibles resulta indispensable para tomar decisiones informadas sobre el agua que utilizan todos los días.
Las preocupaciones de las comunidades y pueblos mayas encontraron nuevos elementos en un monitoreo de Greenpeace México realizado en agosto de 2026. La organización analizó muestras de 17 pozos y cenotes y reportó indicadores de contaminación por materia orgánica, nutrientes y bacterias fecales.

Dos muestras, procedentes de las localidades de Chocholá y Motul, superaron los 50 miligramos por litro de nitratos, el valor de referencia de la Organización Mundial de la Salud para el agua potable.
Sin embargo, Greenpeace reconoce que estos resultados tienen limitaciones pues corresponden a los sitios muestreados y no permiten concluir que toda el agua de Yucatán esté contaminada ni identificar por sí solos el origen de cada hallazgo.
Otras evidencias y estudios
Una evidencia más específica y que complementa lo documentado por Greenpeace procede de las investigaciones impulsadas por la Red en Defensa del Agua y el Territorio Maya To’one Ja’o’on en conjunto con la Universidad Johns Hopkins y la Universidad Nacional Autónoma de México.
Los resultados al usar el marcador molecular Pig-2-bac -empleado para identificar contaminación fecal de origen porcino- confirmaron su presencia en cenotes y pozos, derivada de granjas porcícolas en municipios como Mérida e Izamal.
Greenpeace partió de los antecedentes que expuso To’one Ja’o’on. Guiada por las comunidades y colectivas, la ONG pudo trazar una ruta tentativa de contaminación vinculada a las megagranjas. El paso siguiente será obtener información más precisa sobre las instalaciones, las descargas y las conexiones entre los sitios contaminados y el acuífero, así lo refirieron en su conferencia de prensa.

Resultados como los de Greenpeace y To’one Ja’o’on cobran relevancia al contrastarlos en el contexto internacional. En Carolina del Norte, Estados Unidos, investigaciones sobre comunidades cercanas a granjas industriales de cerdos han documentado preocupaciones sanitarias y desigualdades ambientales, mientras que en Iowa el escurrimiento de fertilizantes y residuos ganaderos ocasionaron la problemática de un exceso de nitratos en el agua.
Pese a que son casos distintos, con condiciones geográficas y productivas propias -razón por la que no pueden trasladarse automáticamente al caso de Yucatán- sí muestran que la gestión inadecuada de grandes volúmenes de desechos animales puede convertirse rápidamente en un problema de salud pública y de abastecimiento de agua.
Hay ejemplos locales de lo que podría replicarse en las partes de Yucatán donde han llegado las naves ganaderas. En Santa María Chí, una comisaría maya en Mérida, las comunidades sufrieron problemas de salud y olores intensos por las actividades de la megagranja porcícola operada por Pecuaria Peninsular. Tras décadas de denuncias por la contaminación del agua y aire, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente impuso su clausura total definitiva.
Pero el daño ambiental prevaleció. Wilberth Alfonso Nahuat Puc, el comisario, cuenta que tras el cierre de la granja, en Santa María Chí el agua sigue sin poder usarse debido a los lixiviados y residuos acumulados que aún presenta.

La dama blanca y el potencial de un cenote restaurado
El agua no es lo único que está en riesgo. Los cenotes, como se mencionó antes, también albergan una gran diversidad biológica. En uno de ellos, el equipo de restauración del Resilient Ecosystem Institute ha identificado peces cavernícolas, pequeños crustáceos y otros organismos adaptados a la oscuridad.
Entre ellos está la dama blanca (Typhliasina pearsei) o sak kay -que en maya significa fantasma o blanco-, un pez ciego endémico de la península de Yucatán. Estas especies viven en ambientes cuyas condiciones pueden alterarse por cambios en la calidad del agua. Asimismo, la contaminación no afectaría únicamente a los organismos que entran en contacto directo con ella, sino que también puede modificar las relaciones entre especies y las condiciones que permiten que todo el ecosistema se sostenga en el largo plazo.
Paul Morris, biólogo y ecólogo que dirige el trabajo de restauración en la Reserva Tsunul, muy cerca de Mérida, recuerda que el cenote localizado en la reserva conservaba una gran riqueza biológica cuando llegó hace aproximadamente once años. El resto del terreno, en cambio, estaba degradado por la ganadería.
Desde entonces, el equipo ha reforestado y trabajado en la recuperación del suelo para favorecer el regreso de la vegetación y la fauna. Morris relata que, después de que un proyecto agrícola cercano desmontara unas 40 hectáreas en una semana, parte de los animales que habitaban la zona comenzó a encontrar refugio en Tsunul.
Ese es el potencial de un cenote (y alrededores) que conserva su integridad ecológica. Desde luego, su capacidad para sostener vida requiere que el agua, el suelo y la vegetación se mantengan en condiciones adecuadas.

La restauración también permite observar lo que ocurre cuando esas relaciones ecológicas comienzan a recuperarse. Morris describe la llegada de más mariposas y aves, además de señales de la presencia de depredadores (como el jaguar) que necesitan suficiente alimento y territorio para sobrevivir. De acuerdo con su sitio web, Tsunul tiene unas 514 especies documentadas y 5 endémicas de cenotes.
Las aves -como el emblemático pájaro toh, famoso por su plumaje turquesa y su peculiar cola en forma de péndulo- acuden a beber y anidar; los murciélagos encuentran refugio en las cavidades y los organismos del suelo contribuyen a distintos procesos que permiten crecer a las plantas.
Este proceso no ha sido inmediato, pues generar suelo en Yucatán puede tomar mucho tiempo, explica Sofía Ortiz, agrónoma especializada en biotecnología y conservación que participa junto con Paul en el proyecto.
Ortiz cuenta cómo su equipo comenzó por trabajar con microorganismos nativos y biocarbón antes de establecer nuevas plantas. Así, ilustra la agrónoma, restaurar un ambiente de esas características fue más allá de sembrar árboles. Primero hubo que recuperar las condiciones y relaciones que permitían que la vida se sostuviera. Y el suelo era la base de todo eso.
Pero los desechos y la deforestación, cada vez más frecuentes, ponen en riesgo todo ese balance y los esfuerzos que por años especialistas como Morris y Ortiz han llevado a cabo junto con las comunidades locales.

¿Qué cambió en la cotidianidad tras la granja?
Los cambios en el territorio también preocupan a quienes dependen de la agricultura y la apicultura. Juan (quien pidió ser nombrado distinto por cuestiones de seguridad) es un productor de miel. Lo ha sido toda su vida, lo mismo sus padres y abuelos. Él afirma que, después de que las granjas se establecieron en su natal Kinchil -al suroeste de Mérida-, actualmente obtiene alrededor del 60% de la producción que alcanzaba antes.
La experiencia de Juan nos habla de cómo las transformaciones ambientales por parte de la megaindustia también tiene el potencial de incidir en las actividades que sostienen la economía local y forman parte de la vida de las comunidades.

La pregunta que queda pendiente es cómo proteger un sistema del que depende tanta vida y que, al mismo tiempo, es sumamente vulnerable a lo que ocurre en la superficie. La Red To’one Ja’o’on y las comunidades mayas han exigido medidas para frenar el deterioro del territorio, entre ellas impedir nuevas instalaciones o ampliaciones de megagranjas porcinas, establecer un monitoreo permanente del agua y garantizar su participación en las decisiones que afectan sus tierras.
También reclaman el acceso a agua limpia y el respeto a sus derechos. Pero para atender esas demandas harán falta más investigaciones que permitan identificar las fuentes exactas de contaminación, supervisión ambiental y respuestas transparentes de las autoridades y las empresas.
Bajo los cenotes, aquellos icónicos vestigios tras el meteorito, el agua continuará su recorrido por una red que no entiende de límites entre parcelas o municipios. Protegerla implicará reconocer que su futuro está ligado tanto a la biodiversidad que resguarda como a las comunidades que dependen de ella.

Mariana Mastache