Dentro de los paisajes más apartados de la Patagonia vive un ave que ha logrado mantenerse fuera de la mirada incluso de quienes dedican su vida a observar la naturaleza.

Esquiva y misteriosa, la becacina grande (Gallinago stricklandii) es una especie cuyos hábitos y desplazamientos todavía abren numerosas preguntas que siguen en busca de respuestas. Su mundo transcurre entre la vegetación que la rodea y los suelos donde logra pasar inadvertida, lo que ha convertido su estudio en un desafío para la ciencia durante décadas. Por ello, dar con uno de sus nidos resulta un hallazgo excepcional. Y, en octubre de 2024, un equipo de investigadores lo consiguió.

El hallazgo tuvo lugar casi un siglo después de los únicos registros anteriores. En su interior había dos huevos, abriendo una pequeña ventana a la vida de una especie de la que todavía se sabe muy poco.

A partir de este descubrimiento y de las observaciones realizadas durante los días posteriores, los investigadores pudieron documentar aspectos de su reproducción que hasta ahora eran prácticamente desconocidos, aportando nuevas pistas sobre una de las aves más enigmáticas del extremo austral de Sudamérica.

Becacina grande. Créditos: Victor Raimilla
Becacina grande. Créditos: Victor Raimilla

Becacina grande: una especie llena de misterios

Presente en el sur de Chile, la becacina grande comparte parte de su distribución con la becacina común o de Magallanes (Gallinago magellanica), aunque se distingue de ésta por tener un mayor tamaño y tonos cafés más oscuros.

Habita principalmente en ambientes húmedos, como turberas, pantanos y bordes de bosque, donde encuentra alimento en los suelos blandos. De hábitos terrestres, suele desplazarse caminando entre la vegetación y, ante una amenaza, emprende vuelos a baja altura.

Sus despliegues territoriales con fines reproductivos ocurren durante la noche y han sido descritos recientemente gracias a los hallazgos y registros de sus vocalizaciones realizados por Sebastián Saiter, naturalista, guía de aviturismo, observador de aves y parte de la Agrupación Ecológica Patagónica de Punta Arenas. Durante tres semanas de búsqueda, logró observar a la becacina grande en dos ocasiones y grabar sus vocalizaciones durante varios minutos, obteniendo los primeros registros sonoros no esporádicos de esta esquiva especie patagónica.

Pese a que se conocen algunos aspectos de su comportamiento, sus desplazamientos siguen siendo un misterio. Víctor Raimilla, biólogo en Gestión de Recursos Naturales e investigador de la Fundación Parque La Tapera, explica: “Lo que sabemos a la fecha es que algunas poblaciones o algunas partes de esas poblaciones migran localmente, mientras que otras son residentes”.

“En Parque La Tapera, al sur de Caleta Tortel, instalamos dos GPS satelitales para poder esclarecer este misterio, pero resultaron ser residentes. En algunas islas de la zona austral también se conocen como residentes”, señala. “Aún así, en invierno se logran encontrar algunas en zonas inusuales como dentro de ciudades, o una que chocó durante su migración por los fiordos contra una balsa de salmonera, demostrando de esa manera que algunas rutas migratorias utilizan las zonas de fiordos”.

Mientras algunas poblaciones parecen permanecer en un mismo territorio durante todo el año, existen registros que sugieren movimientos locales o migratorios. La aparición de ejemplares en lugares inusuales, como sectores urbanos de Punta Arenas, ha contribuido a alimentar estas interrogantes, aunque sus rutas y patrones de movimiento todavía no están del todo claros.

Su situación poblacional también plantea dudas. De acuerdo con la ficha de la especie publicada en el Atlas de las aves Nidificantes de Chile, “en la actualidad es menos abundante que durante las observaciones realizadas por Goodall et al. (1951), Reynolds (1935) y Bridges (1948 sensu Schmitt 2017), tanto en los canales patagónicos como al norte de su distribución, y no existen antecedentes sobre las causas de esta disminución”. Una incertidumbre que dificulta evaluar con precisión su estado de conservación.

Actualmente, la becacina grande está clasificada como Casi Amenazada, tanto en la lista roja de la IUCN como a nivel nacional. Entre sus principales amenazas se encuentra el visón americano (Neogale vison), un mamífero invasor que representa un riesgo para la especie en sus zonas reproductivas. A esto se suma la pérdida de humedales por su drenaje y relleno, además de los posibles efectos de otros animales introducidos en las islas patagónicas.

Un hallazgo inesperado en la Patagonia

En octubre de 2024, un equipo conformado por ocho investigadores —dos de la Fundación Parque La Tapera y seis de la Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile (ROC)— llegó hasta el Parque La Tapera, en la Patagonia chilena, con un objetivo principal: capturar dos ejemplares de becacina grande para instalarles dispositivos GPS y estudiar sus desplazamientos. Sin embargo, durante los días de trabajo de campo, entre el 10 y el 13 del mismo mes, terminaron encontrando algo mucho más difícil de registrar.

De izquierda a derecha: Pablo Gutiérrez, Eduardo Quintanilla, Nelson Contardo, Mauricio Melgarejo, Víctor Raimilla, Fernando Medrano, Bernardita Muñoz y Benjamín Gallardo.
De izquierda a derecha: Pablo Gutiérrez, Eduardo Quintanilla, Nelson Contardo, Mauricio Melgarejo, Víctor Raimilla, Fernando Medrano, Bernardita Muñoz y Benjamín Gallardo.

La primera pista apareció el 11 de octubre, cuando el equipo encontró a un ejemplar adulto junto a una cría en un prado fuera del bosque, entre juncos y gramíneas.

“Como conocedor de la zona, llevé al equipo a la zona donde habíamos capturado una pareja en el 2021”, recuerda Víctor. “Allí encontramos a un adulto junto a un pichón. Capturamos el adulto y nos faltaba otro. No teníamos éxito encontrando un segundo. Un integrante del equipo, Eduardo Quintanilla, nos sugirió otra zona potencial en la que había visto volar un individuo en la noche. No lo sabíamos y no perdíamos nada, así que fuimos”. Al día siguiente, mientras buscaban otro individuo, ocurrió el hallazgo que cambiaría el rumbo de la campaña.

Al acercarse a la zona señalada, el grupo vio volar a un ejemplar que se refugió en una turbera anegada. Para evitar ahuyentarlo, decidieron rodear el sector y, tras localizarlo nuevamente, uno de los integrantes del equipo se quedó vigilándolo mientras el resto preparaba las redes de niebla. Fue entonces cuando, mientras se dirigía hacia ellas, vieron a otra ave levantar vuelo desde el suelo, muy cerca de donde se encontraba. El comportamiento les llamó la atención, ya que podía ser una señal de que había un nido en las inmediaciones. “Acerco la mirada al matorral y veo allí la nidada”, cuenta Víctor. “La felicidad hecha realidad”.

(a) Placa de incubación activa en un ejemplar adulto de becasina fueguina (*Gallinago stricklandii*) durante la incubación. Créditos: Nelson Contardo; (b) estructura y composición del nido vistas desde arriba; nótese que los materiales no difieren de la composición vegetal del entorno del nido. Créditos: Benjamín Gallardo; (c) huevos de becasina fueguina, Parque La Tapera, Aysén. Créditos: Víctor Raimilla; (d) un ejemplar adulto que podría estar incubando (el ave sin GPS) fue observado cerca del nido. Créditos: Víctor Raimilla.
(a) Placa de incubación activa en un ejemplar adulto de becacina grande (Gallinago stricklandii) durante la incubación. Créditos: Nelson Contardo; (b) estructura y composición del nido vistas desde arriba. Créditos: Benjamín Gallardo; (c) huevos de becacina grande, Parque La Tapera, Aysén. Créditos: Víctor Raimilla; (d) un ejemplar adulto que podría estar incubando (el ave sin GPS) fue observado cerca del nido. Créditos: Víctor Raimilla.

La sorpresa fue evidente. Hasta entonces, sólo se conocían dos nidos documentados de becacina grande, ambos registrados en el archipiélago del Cabo de Hornos. El nuevo hallazgo se convirtió así en el tercer nido documentado de la especie y el primero registrado en el extremo norte de su zona reproductiva, a unos 930 kilómetros del Cabo de Hornos.

El equipo tuvo que contener la emoción para concentrarse en el trabajo y evitar perturbar a las aves. Mientras algunos integrantes preparaban las redes para continuar con las capturas, se registraron las características de los huevos y se tomaron fotografías antes de retirarse rápidamente del lugar.

Ejemplar adulto y cría de becacina grande. Créditos: (a) Pablo Gutiérrez y (b) Benjamín Gallardo
Ejemplar adulto y cría de becacina grande. Créditos: (a) Pablo Gutiérrez y (b) Benjamín Gallardo
Redes de niebla. Créditos: Victor Raimilla
Redes de niebla. Créditos: Benjamín Gallardo

El hallazgo del nido en 2024 fue parte de una búsqueda que Víctor había comenzado años antes. En 2017, se encontró con una becacina grande en la Región de Aysén, donde el único registro conocido hasta entonces databa de marzo de 1939, en el sector de Ventisquero Steffens, en Puerto Huemules.

Años después, el 23 de marzo de 2021, volvió a observarla en el Parque La Tapera. Estos encuentros lo llevaron a contactar a la ROC para investigar la presencia de la especie en la zona y determinar si se reproducía allí, una búsqueda que finalmente aportaría nuevos antecedentes con el hallazgo del nido.

En la más reciente campaña, los investigadores describieron y midieron los huevos, observando características similares a las registradas anteriormente. Sin embargo, las fotografías obtenidas constituyen un aporte inédito para el conocimiento de la especie. Además, sus dimensiones y coloración difieren considerablemente de las de la becacina común (Gallinago magellanica) y la becacina de la puna (Gallinago andina), otras dos especies que habitan en sudamérica. Los nuevos huevos encontrados eran ovoides, de color café pálido con matices amarillentos y abundantes manchas rojizas y otras más claras, de tono canela.

Sobre los procesos de reproducción y nidificación, Fernando Medrano de la ROC, otro de los investigadores que participó del hallazgo, comenta que “tras nuestro descubrimiento, la mayoría de los aspectos de la biología reproductiva siguen sin descubrirse y hacen falta más estudios para conocer mejor su cuidado parental, y el cómo lidia con la reproducción en climas tan fríos”.

Además del registro del nido, el uso de una cámara trampa permitió al equipo obtener nuevos antecedentes sobre la becacina grande y observar aspectos de su comportamiento durante la incubación. Su revisión también deparó una sorpresa que ayudó a reconstruir la historia de una de las parejas estudiadas, como recuerda Víctor:

“Fue interesante sumar la cámara trampa. Adicionalmente a conocer que ambos padres incuban, la duración del proceso, también nos permitió individualizar a los adultos. En las fotos pudimos encontrar que ambos adultos estaban anillados, pero solo uno con el GPS. ¿Cómo era eso posible? Luego de un sorbo de mate y pensar mientras analizaba la foto, era obvio: la pareja del adulto gepeseado era uno de la campaña 2021. En esa oportunidad capturamos a una pareja y anillamos ambos. ¡Caso cerrado y otro sorbo de mate!”.

Los hallazgos y antecedentes recopilados fueron finalmente publicados en 2026 en el estudio «Notes on the breeding biology of the Fuegian Snipe (Gallinago stricklandii) in Northern Patagonia«, en el Bulletin of the British Ornithologists’ Club.

Qué sabemos y qué falta por descubrir

“Descubrir cosas y colaborar en el crecimiento del conocimiento de las especies es el motor de muchos de nosotros y era el ánimo del equipo”, comenta Víctor. “Se respiraba ese compromiso. Algunos de los del equipo de la ROC fueron como voluntarios así que eso lo ejemplifica todo”.

Más allá de la sorpresa del hallazgo, el nido permitió ampliar el conocimiento sobre la reproducción de la becacina grande. Hasta entonces, los antecedentes sobre su nidificación eran escasos, por lo que documentar los huevos, la estructura del nido y las características del entorno aportó nuevas referencias para reconocer futuros sitios reproductivos.

Sobre esto, Víctor señala que “conocer su coloración y tamaño y comparar estas diferencias con la de especies como la becacina común servirá para que cuando en Patagonia, en hábitats idóneos, se encuentren nidos, el huevo ya se conozca y se pueda identificar. Se necesita conocer un mayor número de nidos para comprender de mejor manera su fenología reproductiva, así que este hallazgo colaborará en ello. Esto es similar al registro de una vocalización de un ave nocturna o de un anfibio: como no los vemos, si no supiéramos que es, pasaría inadvertido. Además describimos el nido y el hábitat circundante, entonces permite reducir la búsqueda para nuevos sitios”.

Sin embargo, todavía quedan muchas preguntas por resolver. Se desconoce con precisión cómo se desplazan sus distintas poblaciones, cuáles son sus principales zonas de invernada y hasta dónde se extiende su área reproductiva. También es necesario investigar mejor su situación poblacional: aunque los registros históricos sugieren que sería menos abundante que décadas atrás, aún no se conocen las causas de esta posible disminución.

A estas interrogantes se suman las amenazas que enfrenta en sus hábitats, como la presencia del visón americano y la pérdida de humedales. Comprender cómo afectan estos factores a la especie resulta fundamental para orientar futuras acciones de conservación, especialmente en una región donde sus hábitos esquivos dificultan el seguimiento de sus poblaciones.

Tanto la Red Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile como los investigadores de la Fundación Parque La Tapera siguen avanzando en el estudio de la becacina grande. ¿Qué queda por avanzar?

“Conocer nuevas zonas de invernada en La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos; esclarecer el estatus de las poblaciones de Chiloé, ¿serán reproductivas o solo invernales?; conocer el límite de distribución reproductivo, que parece estar más al norte de lo propuesto, y conocer sus rutas migratorias”, explica Víctor.

“Como investigador de la Fundación, quedan los desafíos de conocer y encontrar nuevos territorios reproductivos dentro del parque y de paso mejorar las técnicas de búsqueda”, concluye.

Becacina grande. Créditos: Victor Raimilla
Becacina grande. Créditos: Victor Raimilla

Por ahora, cada nuevo registro ayuda a completar una historia que todavía tiene muchas páginas en blanco. El hallazgo en el Parque La Tapera demuestra que incluso una observación puntual puede aportar información valiosa sobre una especie poco conocida y, al mismo tiempo, abrir nuevas rutas para seguir investigándola. Entre la vegetación patagónica, la becacina grande sigue su sigiloso curso, recordándonos que la naturaleza aún tiene mucho por revelar, muchas a veces donde menos esperamos.

*El equipo de la expedición fue conformado por Nelson Contardo, Benjamín Gallardo, Pablo Gutiérrez, Bernardita Muñoz, Eduardo Quintanilla y Fernando Medrano, de la Red de observadores de aves y vida silvestre de Chile (ROC), Mauricio Melgarejo y Víctor Raimilla de la Fundación Parque La Tapera.

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