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Las llaves de nuestra montaña: memoria, acceso y una nueva relación con los Andes
El problema del acceso a la montaña se lleva discutiendo por décadas en Chile. En esta nota, se aborda el desafío de construir una cultura de montaña que reconozca la historia, el encuentro con la cordillera y que comprenda que los accesos van de la mano con el conocer, respetar y proteger. Para ello, reunimos voces de mundos diferentes para descifrar cuál sería la “llave del acceso a la montaña”.
La montaña y la posibilidad de recorrerla sin barreras ni candados se han convertido en una suerte de tópico literario entre quienes somos asiduos a los paisajes de nuestra monumental cordillera andina. Entre cumbres y valles, naturalistas, científicos, montañistas, investigadores, deportistas y amantes de la naturaleza sortean portones y cercos, gestionan permisos y buscan alternativas para abrirse paso por antiguos caminos de los Andes, movidos por distintos objetivos, anhelos y aventuras.

Durante décadas hemos discutido el problema del acceso a la montaña en Chile. Hemos identificado los obstáculos que dificultan un acceso pleno, debatido posibles soluciones y puesto sobre la mesa los beneficios y riesgos de abrir nuevos caminos hacia la cordillera. Una discusión que se vuelve todavía más compleja frente a la creciente presión humana y ecológica que experimentan estos territorios, impulsada también por la masificación de los deportes y las actividades al aire libre.
Quienes amamos la montaña volvemos una y otra vez sobre las mismas preguntas, buscando una respuesta capaz de acercarla a todos. Pero pocas veces nos detenemos con la misma intensidad a pensar en nuestra propia responsabilidad frente a ese desafío. Y de esa responsabilidad yo también quiero hacerme cargo.
Porque todos generamos un impacto. ¿Hasta dónde podemos avanzar y dónde debemos detenernos? ¿Qué espacios necesitamos dejar para que la vida silvestre continúe desarrollándose? En aquellos territorios que queremos recorrer también habitan numerosas especies de flora y fauna cuya supervivencia depende, entre muchas otras variables, de nuestra capacidad para relacionarnos responsablemente con sus ecosistemas.
Democratizar el acceso no puede significar democratizar el impacto.
Tal como en el mito de Sísifo, la roca de nuestras reflexiones parece caer una y otra vez hacia el valle antes de permanecer en la cumbre. El debate regresa, cambian algunos actores, aparecen nuevas iniciativas, pero la pregunta continúa abierta. ¿Dónde está, entonces, la llave que permita abrir ese candado?
Llevo varias semanas pensando en este tema después de asistir al seminario «Acceso a la Montaña en Chile: cerrar brechas, abrir caminos”, organizado por la Asociación Parque Cordillera y la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la Universidad Adolfo Ibáñez. Fue una instancia que reunió voces del mundo ambiental, académico y del montañismo para pensar un problema que lleva décadas esperando respuestas.
El diagnóstico fue sólido y las conversaciones profundas. Aun así, no pude evitar una sensación incómoda: después de vivir diez años fuera de Chile, regresaba a un país donde la pregunta de fondo seguía siendo prácticamente la misma.
La voluntad de avanzar existe, y merece ser reconocida. Celebro que disciplinas, instituciones y experiencias distintas comiencen a encontrarse para pensar nuestra cordillera y su futuro. Porque resolver este desafío necesitará precisamente eso: conocimiento, educación, ciencia, infraestructura, propietarios, comunidades, montañistas, instituciones y Estado.
Y, sin embargo, creo que seguiremos empujando la roca cuesta arriba si olvidamos una dimensión esencial.
Hay algo que los chilenos hemos dejado atrás y que, a mi juicio, debe volver al centro de la discusión: la memoria histórica de nuestra cordillera.
La montaña no es solamente un territorio de paisajes imponentes, glaciares, minerales, ríos o aventuras de fin de semana. Es también uno de los grandes reservorios de la memoria de quienes habitaron y recorrieron este territorio mucho antes que nosotros. Sus caminos, quebradas, pasos y altas cumbres conservan huellas de una relación humana milenaria con los Andes y de una dimensión profundamente andina de nuestra historia que hemos ido relegando.
Debemos dejar de mirar los Andes exclusivamente como el borde de nuestra geografía y comenzar a reconocerlos también como parte del territorio donde se escribió nuestra historia más antigua. La arqueología y las ciencias han ido reconstruyendo una presencia humana que se remonta a miles de años y una relación con la montaña que adquirió múltiples formas: fue camino y refugio; territorio de subsistencia y circulación; espacio cotidiano y también lugar cargado de significados.
Mucho antes de que existieran nuestras fronteras actuales, hubo personas atravesando esos pasos, habitando sus valles y encontrando significado en sus cumbres.
Durante siglos, las transformaciones coloniales, económicas, agrícolas y posteriormente urbanas modificaron profundamente esa relación. Hoy millones de personas vivimos frente a la cordillera y, paradójicamente, podemos pasar buena parte de nuestras vidas sin realmente conocerla.

Recuperar esa memoria no significa idealizar el pasado ni pretender regresar a una relación con la montaña que pertenece a otro tiempo. Significa reconocer que nuestro vínculo con ella no comenzó con el esquí, el trekking, el montañismo moderno ni el turismo. Es muchísimo más antiguo. Y comprenderlo puede cambiar algo fundamental: el sentido de pertenencia. Conocer puede generar pertenencia; pertenecer genera voluntad de cuidar; y cuidar puede transformarse, finalmente, en una responsabilidad colectiva.
No necesitamos que todos los chilenos se conviertan en montañistas. Necesitamos que todos tengan la posibilidad de comprender qué significa vivir en un país de montañas; que un niño pueda conocer la nieve, que una familia pueda caminar por la precordillera, que un estudiante pueda descubrir la biodiversidad de una quebrada, que nuestros sitios arqueológicos puedan enseñarnos quiénes estuvieron aquí antes y que quienes decidan internarse en estos territorios comprendan también la responsabilidad que aquello implica.
El acceso pleno no es simplemente acceso libre
Es acceso con educación, conocimiento, seguridad y responsabilidad. Es infraestructura donde corresponde y protección donde la fragilidad de los ecosistemas exige límites. Es ciencia para decidir dónde entrar y dónde no hacerlo. Es información para reducir riesgos. Es diálogo con propietarios y comunidades. Es gestión territorial. Es formar guardaparques, guías, rescatistas, educadores y profesionales capaces de sostener una nueva relación con la montaña. Y, finalmente, es una política pública robusta que permita transformar experiencias aisladas en una visión de país.
Consolidarnos como un verdadero país de montaña no sólo permitiría recuperar uno de nuestros grandes elementos diferenciadores en el mundo. Podría abrir nuevas oportunidades científicas, educativas, sociales, culturales y laborales vinculadas al turismo responsable, la conservación, la investigación, el patrimonio, la educación ambiental, la seguridad y el rescate, entre muchas otras áreas.
Por eso son fundamentales las universidades y centros de investigación; las organizaciones territoriales y ambientales; los propietarios; los municipios y el Estado; los científicos y arqueólogos; los montañistas y deportistas; las comunidades locales y, sobre todo, los ciudadanos que durante demasiado tiempo han permanecido fuera de esta conversación.

Si la montaña va a ser de todos, todos debemos formar parte de la construcción de esa nueva relación con ella.
Esa es la razón por la que he querido reunir en este artículo voces provenientes de mundos diferentes. Ninguna posee por sí sola “la llave del acceso a la montaña”. La arqueología puede ayudarnos a recuperar su memoria; la ciencia, a comprender sus límites; la educación, a construir cultura; la ingeniería, a diseñar soluciones; las organizaciones territoriales, a gestionarlas; los montañistas y ciudadanos, a aportar experiencia y responsabilidad; y el Estado, a transformar esos aprendizajes en políticas capaces de permanecer en el tiempo.
Quizás hemos buscado durante demasiado tiempo una sola llave para abrir el candado, cuando el desafío exige muchas. El desafío es construir algo capaz de permanecer: una cultura de montaña que reconozca nuestra historia, democratice el encuentro con los Andes y comprenda que acceder significa también conocer, respetar y proteger.
Donde comienza nuestra memoria andina
“Chile es, en realidad, una gran montaña que comienza en las altas cumbres y termina en el mar”. La imagen pertenece a Luis Cornejo, arqueólogo y montañista, quien ha dedicado parte importante de su trabajo a estudiar las huellas dejadas por quienes habitaron y recorrieron la cordillera de Chile central mucho antes de la conformación del país que conocemos hoy.
Mirada desde la arqueología, la cordillera deja entonces de ser el gran telón de fondo de Santiago para recuperar una dimensión mucho más profunda: es territorio humano desde hace miles de años. Según Cornejo, las primeras evidencias de ocupación aparecen a medida que retroceden los glaciares del Pleistoceno, hace unos 11.000 años. Sitios como el alero El Manzano 1, en el Cajón del Maipo, o la Cueva de Piuquenes, en Río Blanco, Aconcagua, permiten rastrear esa presencia temprana y un vínculo con la montaña que distintas sociedades mantendrían a lo largo del tiempo.

La cordillera tampoco fue una frontera en el sentido contemporáneo. Antes de que existieran Chile y Argentina y de que una línea política dividiera ambos lados de los Andes, fue un territorio de circulación. Por sus pasos se desplazaron personas, bienes e ideas; en sus valles se desarrollaron formas particulares de vida y, en determinados momentos, sus quebradas y refugios acogieron a grupos que permanecieron al margen de las transformaciones que ocurrían en el valle central.
Las altas cumbres adquirieron también significados que trascendieron su ocupación material. Cornejo destaca la dimensión ideológica de las montañas, especialmente visible durante el período Inka y su culto a los cerros. La montaña era, por tanto, camino y refugio, espacio cotidiano y territorio cargado de significado.
Esa profundidad histórica cambia la pregunta contemporánea sobre el acceso. Si durante milenios la cordillera fue recorrida, habitada y significada por distintas sociedades, recuperarla hoy no consiste únicamente en abrir senderos para la recreación. Significa también reconocer un territorio que forma parte de nuestra historia mucho antes de que existieran las fronteras, las ciudades y las formas actuales de relacionarnos con él.
Cornejo identifica, sin embargo, una ruptura. A su juicio, nuestra historia agrícola, campesina y posteriormente urbana terminó construyendo una sociedad cuya conciencia espacial quedó fuertemente concentrada en los valles. La montaña permaneció físicamente allí, pero comenzó a alejarse de nuestro imaginario cotidiano.

Por eso recuperar su historia puede tener consecuencias que van más allá de la arqueología.
“Revelar la antigua historia de la cordillera y su valor patrimonial puede ser un punto de partida para que las personas piensen de una manera diferente el territorio que habitamos”, comenta.
Quizás allí exista una pieza que ha permanecido ausente en la discusión sobre el acceso a la montaña en Chile. Antes de recuperar el acceso, necesitamos también recuperar la memoria.
La cordillera que nos sostiene
Pero recuperar nuestra relación con la montaña exige también comprender aquello a lo que estamos intentando volver. Para María Paz Acuña-Ruz, ecóloga, ingeniera en Recursos Naturales Renovables, magíster en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza y doctora en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias, uno de nuestros problemas comienza precisamente en la forma en que hemos aprendido a mirar la cordillera: como paisaje, como límite, como una postal que reaparece detrás de los edificios cuando la lluvia limpia el aire de nuestras ciudades. Mucho menos frecuente es reconocer que ese enorme territorio sostiene silenciosamente buena parte de nuestra vida cotidiana.
“Desde los Andes nacen las aguas que recorren el país, alimentando ríos, humedales, acuíferos, ciudades y agricultura, hasta desembocar en el océano Pacífico a lo largo de todo Chile. La montaña no es el borde del país, sino una columna vertebral ecológica”, dice.
La imagen cambia radicalmente nuestra posición frente a ella. Si la montaña es parte del sistema que permite nuestra existencia, acceder no puede significar simplemente entrar. Implica primero comprender las relaciones que hacen posible ese territorio: el agua que desciende desde las alturas, la nieve que se acumula, los acuíferos que se recargan, la vegetación que protege los suelos y captura carbono, y las especies que utilizan quebradas, bosques, vegas y laderas como refugios y corredores.

Acuña propone además mirar hacia atrás. Mucho antes de que existieran conceptos contemporáneos como biodiversidad, servicios ecosistémicos o cambio climático, los pueblos andinos ya habían construido formas culturales de comprender la montaña como un territorio vivo. Los Apus o cerros tutelares, y figuras como el cóndor o el puma, expresaban una cosmovisión en la que naturaleza y bienestar humano no constituían mundos separados. La montaña no era solamente observada: era habitada y significada.
Cinco siglos después, la ciencia permite dimensionar desde otro lenguaje la extraordinaria complejidad de ese territorio. Chile funciona como una isla biogeográfica, delimitada por grandes barreras naturales que durante millones de años condicionaron la evolución de sus especies. En la zona central, uno de los escasos ecosistemas mediterráneos del planeta, esa historia se expresa en niveles excepcionales de endemismo y biodiversidad.
Cada cambio de altura, cada quebrada y cada ladera puede contener comunidades biológicas diferentes. Acuña-Ruz destaca que en la montaña mediterránea de la Región Metropolitana el endemismo alcanza cerca de un 25%, mientras que el Parque Nacional Río Clarillo, a unos 45 kilómetros de Santiago, alberga alrededor de 600 especies de plantas, aproximadamente 480 de ellas nativas.
“No son cerros vacíos; son millones de años de historia evolutiva concentrados en un paisaje”, asegura.
Y esa vida no permanece inmóvil. Se desplaza a través de una infraestructura natural formada por quebradas, bosques esclerófilos, vegas, bofedales y ambientes de montaña que conectan las alturas con los valles. Acuña-Ruz recuerda que el Proyecto GEF Montaña registró en la zona central las ocho especies de carnívoros nativos presentes en la región utilizando estos ambientes como refugio y rutas de desplazamiento.
La montaña también trabaja silenciosamente para quienes vivimos kilómetros más abajo. Regula el ciclo del agua, almacena nieve, contribuye a la recarga de acuíferos, estabiliza laderas, captura carbono y reduce la erosión. Incluso el bosque esclerófilo que cubre parte de nuestra precordillera puede contribuir a remover material particulado del aire. La frontera que solemos establecer entre ciudad y montaña es, desde una perspectiva ecológica, mucho menos real de lo que imaginamos.
Pero esa interdependencia obliga también a introducir un límite fundamental en la discusión sobre democratización. Acceder más no puede significar impactar más. Los ecosistemas cordilleranos ya enfrentan los efectos del cambio climático y distintas presiones humanas. Por eso, para Acuña-Ruz, la discusión no debería reducirse a escoger entre abrir o cerrar senderos, sino a responder una pregunta bastante más profunda: cómo volvemos a habitar la montaña sin urbanizarla.

Ese cambio de enfoque transforma también las posibles soluciones. Senderos de bajo impacto, restauración de quebradas, pasos de fauna, control de perros, monitoreo de biodiversidad y educación ambiental desde la infancia son algunas de las herramientas que permitirían acercar a las personas sin desconocer los límites ecológicos del territorio.
La ciencia, además, dispone hoy de herramientas que permiten tomar decisiones con una precisión antes impensada. Satélites, cámaras trampa, sensores, inteligencia artificial y modelos predictivos pueden ayudar a determinar dónde concentrar visitantes, dónde restaurar ecosistemas, qué territorios necesitan mayor protección y dónde simplemente no deberíamos intervenir. “Datos hay. Lo que falta es convertir ese conocimiento en decisiones: dónde entrar, dónde restaurar, dónde no intervenir y cómo compartir un territorio del que también somos parte”, asegura.
Y quizás allí se encuentre una de las claves para reconciliar acceso y conservación. Democratizar la montaña no significa democratizar su intervención, ni asumir que todos sus espacios deben estar disponibles de la misma manera. Significa también entregar a la sociedad el conocimiento necesario para comprender por qué algunos lugares pueden recibirnos y otros necesitan permanecer protegidos.
“La cordillera no necesita ser conquistada. Necesita ser comprendida. Si queremos acercarnos a la montaña, hagámoslo con ciencia, con respeto y con cultura”, finaliza María Paz.
Una cordillera detrás de las barreras: la deuda pendiente del acceso
Para quienes llevan décadas recorriendo los Andes, la discusión sobre el acceso no es abstracta. Tiene nombres, lugares y recuerdos. José Mena, director de AndesHandbook, plataforma especializada en montañismo y exploración de la cordillera de los Andes que recopila y difunde información sobre cerros, rutas y senderos, describe el problema como uno de los grandes dolores de la comunidad de montaña chilena: lugares que alguna vez fueron recorridos por generaciones hoy permanecen cerrados, restringidos o, en algunos casos, prácticamente fuera del alcance de quienes quieren conocerlos.
“El tema del acceso es, sin duda, un dolor para la comunidad de montaña, que ha visto cómo durante las últimas décadas se han ido cerrando accesos a valles y montañas emblemáticas que forman parte de nuestra historia; esas mismas que fueron recorridas por nuestros padres, madres, abuelos y pioneros”, sostiene Mena.

El problema, advierte, no consiste solamente en que un montañista ya no pueda alcanzar determinado cerro. Los sucesivos cierres también han terminado por borrar parte de la cordillera del horizonte de posibilidades de una generación completa. Lugares de enorme valor paisajístico, deportivo y cultural simplemente dejaron de formar parte de aquello que muchos santiaguinos imaginan como territorio disponible para conocer y recorrer.
“Hay una deuda de Chile con sus ciudadanos. Existe toda una generación que no ha incorporado enormes secciones de nuestra cordillera, de gran belleza, al imaginario colectivo de lo que podemos conocer y hacer”, comenta.
Las causas son diversas. Propiedades privadas, restricciones de ingreso, accidentes, conflictos entre propietarios y visitantes y el propio crecimiento del montañismo han ido tensionando una relación que, según Mena, no necesariamente tiene que permanecer enfrentada. Desde AndesHandbook han participado en experiencias de difusión y facilitación de información sobre accesos, y observa que existen casos donde la gestión y el diálogo han permitido avanzar.
Pero también permanecen heridas abiertas. Mena menciona el cerro El Roble, en Caleu, como uno de los ejemplos emblemáticos: un lugar cuyo cierre no afecta únicamente a montañistas, sino también a familias y visitantes que históricamente encontraban allí una forma de acercarse a la naturaleza.
La periodista Carolina Fernández, creadora del podcast Montaña para Todos, pone el foco precisamente en la tensión que aparece cuando la voluntad de llegar a la montaña termina enfrentándose a un portón, un cerco o una propiedad privada. Para Fernández, negar que algunos montañistas han buscado formas de sortear esas restricciones sería desconocer una realidad instalada desde hace años.

“Todos, en algún momento, nos hemos enterado de cómo vulnerar ciertos cierres que son válidos, porque se trata de terrenos privados. Ahí se produce un cruce muy importante, un conflicto de larga data que hasta ahora no hemos podido resolver”, asegura.
La contradicción es compleja. Por una parte, está la aspiración de las personas de acceder a la naturaleza y a una cordillera que recorre buena parte del territorio nacional. Por otra, existen propietarios, empresas y concesiones que legítimamente se preguntan por qué deberían permitir el tránsito de desconocidos a través de sus terrenos y asumir los riesgos que aquello eventualmente implica.
Es allí donde Fernández introduce una dimensión fundamental: el acceso también exige responsabilidad.
La experiencia demuestra que algunos cierres no surgen exclusivamente de una voluntad por excluir. Basura, incumplimiento de normas, deterioro del entorno o conductas irresponsables pueden terminar destruyendo la confianza necesaria para mantener abiertos determinados lugares.
Pero el argumento contiene una paradoja. Si la respuesta frente al riesgo es simplemente cerrar, nuevas generaciones seguirán creciendo sin conocer aquellos territorios y, por tanto, sin desarrollar necesariamente un vínculo afectivo con ellos.
Por eso, avanzar hacia un acceso pleno requiere construir obligaciones a ambos lados del portón.
Para Fernández, allí educación y acceso vuelven a encontrarse: “En la medida en que permites a las nuevas generaciones acercarse a la montaña, les estás enseñando a quererla y, por ende, a cuidarla. Creo que ese es el foco. A medida que vamos presentándoles estos territorios, una educación consecuente tiene que ir de la mano”.
Mena lleva el diagnóstico un paso más adelante. Los seminarios, conversaciones y encuentros entre actores han sido necesarios para instalar el problema, pero la discusión debe comenzar a traducirse en soluciones concretas. Considera que Chile necesita abordar institucionalmente la relación entre propiedad, territorio rural y acceso a la montaña.
“Hay una oportunidad muy bonita como país para construir puentes hacia la montaña. Y la piedra angular de esa estrategia sería contar con una política pública para el uso de las zonas rurales y el acceso a la montaña en general”, asegura.
Así, el desafío no consiste simplemente en abrir todos los portones ni en aceptar que permanezcan indefinidamente cerrados. Consiste en construir reglas, responsabilidades e instituciones que permitan que acceder y cuidar dejen de entenderse como objetivos contrapuestos.
Hacia la democratización de la montaña: la vía hacia un acceso pleno
Federico Scheuch, gerente de Andes Santiago, lidera uno de los programas con que el Gobierno de Santiago busca transformar la relación de los habitantes de la capital con la cordillera. Andes Santiago apunta a consolidar a la Región Metropolitana como un referente latinoamericano del turismo de montaña, promoviendo una cultura de montaña basada en el acceso, la educación, la seguridad y el desarrollo sustentable.

Dentro de esa estrategia se inserta Montaña para Todos, iniciativa que busca disminuir las barreras que históricamente han mantenido a una parte importante de la población alejada de la cordillera. A través de experiencias de montaña dirigidas especialmente a niños y jóvenes de distintas comunas de la Región Metropolitana, el programa propone algo que va más allá de llevar personas a los senderos: generar conocimiento, pertenencia y cultura de montaña desde edades tempranas.
¿Cómo puede un programa que democratiza el acceso a la montaña contribuir a avanzar hacia un acceso pleno, protegido y universal en Chile?
Para Scheuch, el primer paso es reducir las desigualdades que determinan quiénes pueden —y quiénes no— acceder actualmente a la montaña: “Democratizar la montaña significa disminuir las barreras de entrada y nivelar la cancha para aquellas comunas que no cuentan con los mismos recursos ni las mismas oportunidades. Si logramos abrirles la montaña a esas comunidades, también estamos contribuyendo a construir una ciudad más justa”.
Pero abrir el acceso, plantea, no es suficiente. Para que esa apertura pueda sostenerse en el tiempo debe ir acompañada de un proceso educativo capaz de construir una verdadera cultura de montaña.
“El camino es educar, educar y no cansarse de educar. Cuando las personas conocen y entienden la montaña, toman conciencia de su valor y de cómo relacionarse con ella. Y esa educación es, precisamente, la que va pavimentando el camino hacia un acceso más amplio”, explica, asegurando que buscan “nivelar la cancha”.
Scheuch vincula así las actuales brechas de acceso con una desigualdad anterior: no todas las personas han tenido las mismas oportunidades para conocer, comprender y experimentar la cordillera.
Esa estrategia, explica, no termina con las salidas a terreno. Montaña para Todos contempla también espacios de formación, seminarios y actividades destinadas a fortalecer comunidades de montaña, además del apoyo a eventos que permitan que niños y jóvenes puedan experimentar directamente este territorio.
Cuando la montaña se transforma en la roca del cambio social
Para Luis “Lucho” Birkner, uno de los escaladores chilenos con mayor experiencia en apertura de rutas y fundador de Climbing for a Reason, una roca nunca es solamente una roca. Puede ser un lugar de encuentro, una oportunidad, una fuente de trabajo o, incluso, el comienzo de una transformación personal. Durante cerca de una década, la organización que creó junto al documentalista Mateo Barrenengoa ha llevado esa convicción a comunidades de distintos lugares del mundo, utilizando la escalada como herramienta para conectar a niños y jóvenes con el territorio que habitan.
La misión parece sencilla: convertir a las comunidades locales en escaladores de sus propias rocas. Pero la escalada es apenas el punto de partida.
“Al final, la escalada es una excusa. Además de traer alegría y conexión de los niños con su entorno, es una excusa para traer recursos y voluntarios que se enamoren de esa comunidad”, resume Birkner.

Climbing for a Reason es una organización chilena sin fines de lucro que utiliza la escalada como una herramienta de transformación social, educación y conexión con el territorio. Fundada por el escalador Luis “Lucho” Birkner, durante cerca de una década ha desarrollado proyectos junto a comunidades de distintos países de América, África y Asia, abriendo rutas y formando escaladores locales, pero también creando oportunidades educativas, redes de voluntariado y nuevas posibilidades de desarrollo en lugares muchas veces marcados por la falta de recursos. Su propósito trasciende el deporte: busca que niños y comunidades descubran el valor de los territorios que habitan, construyan vínculos de pertenencia con ellos y encuentren, a través de la montaña y la naturaleza, espacios de encuentro, propósito y oportunidades capaces de transformar sus vidas.
Créditos (CC-BY): Cortesía de Luis “Lucho” Birkner y Mateo Barrenengoa.
La imagen que utiliza para explicarlo proviene de Angola. Allí encontró comunidades asentadas entre gigantescas paredes de granito, rodeadas por un paisaje que, a los ojos de un escalador, podría constituir un destino extraordinario. Los niños jugaban fútbol descalzos sobre una cancha de tierra y, cuando no tenían pelota, improvisaban una con paja. A pocos metros se levantaban enormes paredes de roca.
Para Birkner, la paradoja era evidente: aquellos niños vivían en medio de un extraordinario territorio para la escalada, pero nadie les había enseñado siquiera que esa posibilidad existía.
Climbing for a Reason comenzó entonces a abrir rutas y enseñar técnicas, pero también a formar capacidades locales. El objetivo no era llevar escaladores extranjeros para apropiarse deportivamente de esas paredes, sino que quienes habían crecido junto a ellas pudieran descubrirlas desde otra perspectiva. Con el tiempo, los proyectos comenzaron a atraer voluntarios, generar vínculos con visitantes y abrir oportunidades educativas y turísticas. En India, uno de los jóvenes vinculados al proyecto terminó desarrollando su propia actividad ligada al turismo. En otros lugares, algunos niños han podido continuar sus estudios o aprender inglés.
Por eso, cuando Birkner habla de acceso a la montaña en Chile, su respuesta comienza mucho antes de un sendero, un portón o una regulación. Comienza en la infancia.
“Creo que todo parte por la educación desde chicos. Estamos muy desconectados de nuestro entorno”, sostiene.
Lo comprobó en Santiago. Durante un proyecto que llevó a niños de la comuna de Independencia a escalar a Farellones, uno de ellos miró por la ventana del bus y le dijo que era la primera vez que veía un río. También fue la primera vez que veía un zorro. Tenía 14 años.
Birkner recuerda asimismo haber conocido adultos santiaguinos de más de 50 años que nunca habían visto la nieve. La constatación cuestiona una idea profundamente instalada sobre lo que significa acceder a la cordillera. Porque la montaña no comienza cuando alguien se pone esquís, zapatillas de trail o un arnés. “No estoy hablando de ir a la nieve a esquiar. Estoy hablando de ir a tocarla, ir con una bolsa y tirarte por una bajada. Eso también es conexión con el medio”, dice.
Para Birkner, habitar la montaña puede significar algo mucho más elemental: sentarse, tomar un té mirando el horizonte, tocar la tierra, observar una flor, escuchar los pájaros o jugar con nieve junto a la familia. El problema aparece cuando generaciones completas crecen percibiendo ese territorio como algo lejano, costoso, técnicamente complejo o reservado para otros.
La barrera deja entonces de ser solamente física. También es económica, educativa, cultural y mental. Y es justamente el encuentro el que puede comenzar a derribarla.
Birkner lo ha visto repetirse en los niños que participan de los proyectos de Climbing for a Reason. Algunos llegan sin haber escalado jamás y, después de una primera jornada en la roca, le han dicho algo que todavía lo conmueve: “Tengo niños de trece o catorce años que se me acercan y me dicen: ‘Lucho, este es el mejor día de mi vida’. Eso es fuerte”.
Pero la transformación más profunda ocurre después.
Uno de los jóvenes que participó durante años en uno de sus proyectos le explicó que la escalada había cambiado la forma en que observaba el lugar donde había crecido. Antes caminaba hacia la escuela y veía rocas. Nada más. Después de aprender a escalar comenzó a descubrir líneas, imaginar movimientos y pensar por dónde podría subirlas.

La transformación no quedó en la pared. Birkner relata que profesores comenzaron a observar niños más concentrados; las familias, más motivados; y las comunidades, nuevos espacios de encuentro. En algunos lugares surgieron incluso las primeras comunidades locales de escaladores. En Angola, jóvenes que pocos años antes prácticamente no habían salido de su aldea han podido viajar durante varios días para participar en encuentros de escalada junto a personas provenientes de diferentes partes del mundo. “Las oportunidades que crea este sistema son infinitas”, dice.
Hay, sin embargo, otra consecuencia que resulta especialmente relevante para Chile y para el debate sobre el acceso a la cordillera: cuando una persona establece un vínculo con un territorio, también aparece la voluntad de protegerlo.
Birkner lo explica de una manera elemental: si alguien camina frecuentemente por una montaña, aprende a conocerla: “Cuando lo tocas, lo quieres. Si yo caminara todos los días por la montaña y viera un zorrito, querría que esa montaña estuviera protegida para poder seguir viendo esos ojos ahí.”
Esa frase contiene una de las claves del debate sobre el acceso.
De la academia al territorio: diseñar el acceso a la montaña
Si avanzar hacia un acceso pleno a la montaña requiere educación, responsabilidad y políticas públicas, existe también una pregunta inevitable: ¿cómo se construye materialmente ese acceso? Para Claudio Seebach, decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la Universidad Adolfo Ibáñez, las universidades tienen un papel fundamental en responderla. Desde la investigación, la formación de profesionales y la ingeniería, la academia puede contribuir a demostrar que acceso, conservación, seguridad y desarrollo no necesariamente representan intereses contrapuestos, sino dimensiones que pueden —y deben— ser planificadas conjuntamente.
“Las universidades, especialmente aquellas que imparten carreras de ingeniería y realizan investigación de vanguardia, tienen la misión de demostrar con evidencia que la montaña puede convivir armónicamente con múltiples usos de manera sostenible”, sostiene Seebach.
El desafío consiste entonces en trasladar el conocimiento desde las aulas y laboratorios hacia el territorio. Senderos de bajo impacto, señalética adecuada, refugios e infraestructura pública, sistemas de monitoreo y sensores para la prevención de riesgos o una mejor planificación de los flujos de visitantes son algunas de las herramientas que, según Seebach, permitirían ordenar el acceso y hacerlo compatible con la protección de ecosistemas frágiles. No se trata simplemente de llevar más personas a la montaña, sino de diseñar las condiciones para que puedan acceder a ella de manera segura, responsable y sostenible.
La ingeniería adquiere así una dimensión que trasciende la construcción de infraestructura. Puede ayudar a anticipar riesgos, ordenar los usos del territorio, reducir impactos y generar información para tomar mejores decisiones. Y las universidades, como espacios de investigación y formación de las próximas generaciones de profesionales, pueden convertirse en laboratorios desde donde imaginar y probar soluciones para una relación con la montaña que Chile todavía no termina de construir.

Esa necesidad se vuelve particularmente evidente en Santiago. La cordillera domina visualmente la ciudad y condiciona profundamente el territorio que habitamos, pero esa proximidad no necesariamente se traduce en una relación cotidiana con ella.
“El principal desafío es romper con la desconexión física y cultural que transforma a la cordillera en un simple telón de fondo y no en el territorio complejo, profundamente integrado con nuestro diario vivir, que en realidad es”, dice Seebach.
La imagen sintetiza una de las grandes paradojas de la capital: Santiago vive bajo la cordillera, pero no necesariamente vive la cordillera. Para Seebach, superar esa desconexión exige enfrentar las barreras físicas y regulatorias que dificultan el acceso a lugares tradicionalmente vinculados a la vida de montaña y, al mismo tiempo, dejar de concebir los Andes como un espacio separado de la planificación urbana.
La relación es mucho más profunda. La montaña forma parte de la cuenca de la cual depende la ciudad, presta servicios ecosistémicos esenciales y contiene recursos naturales fundamentales para la economía del país. Por eso, sostiene Seebach, tampoco basta con reemplazar una visión exclusivamente extractiva por otra meramente contemplativa. Ambas resultan insuficientes para comprender la complejidad del territorio.
El desafío consiste en avanzar hacia una gobernanza territorial integrada, capaz de reconocer simultáneamente conservación, acceso ciudadano, infraestructura, seguridad, desarrollo económico y protección de los ecosistemas. En esa ecuación, la educación ambiental, la investigación científica, las normativas y el diseño de infraestructura deben actuar conjuntamente.
La discusión sobre acceso adquiere entonces una dimensión adicional. Abrir la montaña no significa abandonarla a su suerte. Un acceso verdaderamente democrático necesita planificación, conocimiento, infraestructura y recursos; necesita saber dónde se puede caminar, cómo minimizar impactos, cómo enfrentar emergencias y cómo proteger aquello que precisamente queremos acercar a las personas.
Y es aquí donde las universidades pueden desempeñar un papel decisivo: no sólo estudiando la montaña, sino ayudando a diseñar la manera en que una sociedad vuelve a relacionarse con ella. Es que el acceso pleno no puede ser improvisado: también tiene que ser diseñado.
No basta con abrir: el desafío de gestionar el acceso
Abrir la cordillera tampoco puede significar simplemente eliminar barreras. Entre el principio de garantizar un mayor acceso a la montaña y hacerlo posible en el territorio existe un desafío mucho más complejo: gestionarlo. Para Santiago Flores, encargado de Estrategia y Desarrollo de la Asociación Parque Cordillera, uno de los primeros errores sería pensar que el problema puede resolverse mediante una fórmula única aplicable a todo Chile.
La geografía y la propiedad de los territorios de montaña hacen imposible esa simplificación. Cerros isla, precordillera urbana, valles cordilleranos, terrenos fiscales, predios privados, áreas de conservación, zonas productivas y cuencas estratégicas conviven con distintos niveles de riesgo, presión de visitantes y fragilidad ambiental. Cada territorio plantea, por tanto, problemas y actores diferentes.
“El acceso responsable no es simplemente acceso libre: es acceso con información, reglas claras, seguridad, operación, cuidado ambiental y responsabilidades bien distribuidas”, comenta Flores.

Más que una apertura general e indiferenciada, Flores plantea la necesidad de construir un sistema capaz de identificar problemas comunes y, al mismo tiempo, desarrollar soluciones adaptadas a las particularidades de cada lugar. Y para conseguirlo existe un recurso que Chile ya posee, pero que todavía no necesariamente convierte en decisiones: información.
Mapas, propiedad de los terrenos, rutas, usos existentes, riesgos, valores ambientales y presión de visitantes constituyen piezas de un enorme rompecabezas territorial. El problema, explica Flores, es que esos antecedentes suelen encontrarse dispersos y no siempre permiten responder las preguntas concretas que aparecen cuando se intenta habilitar un acceso: ¿por dónde se puede entrar?, ¿quiénes deben participar?, ¿qué riesgos existen?, ¿cuánto cuesta operar?, ¿qué impactos pueden producirse?, ¿quién asume las responsabilidades y qué acuerdos permiten sostenerlo?
Cerrar las brechas de acceso exige entonces transformar información territorial en evidencia para la gestión. No basta con saber que existe un sendero o identificar quién es propietario de un predio. Es necesario convertir esos datos en criterios, protocolos, acuerdos y experiencias concretas que permitan determinar qué modelo funciona para cada territorio.
El desafío se vuelve particularmente sensible cuando el camino hacia la montaña atraviesa terrenos privados. Para Flores, “muchos accesos relevantes pasan por predios privados o territorios con usos previos, y eso debe abordarse con seriedad. No se trata de desconocer la propiedad ni de cargar responsabilidades difusas sobre terceros, sino de generar instrumentos, acuerdos, resguardos e incentivos que permitan compatibilizar interés público, seguridad, conservación y derechos de los propietarios.”
En esa ecuación aparece nuevamente una palabra que atraviesa buena parte del problema del acceso en Chile: confianza. Para abrir caminos de manera permanente se necesitan reglas estables, responsabilidades identificables, una operación seria y una institucionalidad capaz de garantizar que los acuerdos no dependan exclusivamente de la voluntad circunstancial de propietarios, organizaciones o autoridades.
Es precisamente allí donde la experiencia de Asociación Parque Cordillera adquiere valor. Su aporte, explica Flores, no está en pretender resolver por sí sola un problema de escala nacional, sino en algo mucho más concreto: haber acumulado experiencia administrando accesos reales a la precordillera y cordillera de Santiago.
Recibir visitantes, mantener senderos, ordenar flujos, coordinarse con municipios, educar a quienes ingresan, gestionar riesgos, asumir costos y operar en ecosistemas ambientalmente sensibles permite observar el acceso desde una perspectiva diferente. Ya no solamente como un derecho, una aspiración o una discusión jurídica, sino como una tarea cotidiana de gestión territorial.
“La Asociación Parque Cordillera puede aportar desde una experiencia concreta de administración territorial. Su valor está en haber acumulado aprendizaje práctico sobre lo que significa operar accesos reales a la cordillera y precordillera”, comenta.
La Región Metropolitana podría convertirse, desde esa perspectiva, en un verdadero laboratorio para buscar soluciones. En un mismo territorio convergen una enorme demanda ciudadana por acceder a la montaña, presión urbana, ecosistemas de alto valor, municipios, universidades, propietarios públicos y privados y situaciones territoriales muy diferentes entre sí. Esa complejidad, lejos de ser solamente un obstáculo, ofrece la posibilidad de probar modelos.
Flores propone que Parque Cordillera pueda contribuir precisamente desde allí: generando evidencia, desarrollando experiencias piloto, vinculando capacidades técnicas y documentando aprendizajes que posteriormente puedan ser utilizados en otros territorios del país.
Pero establece también un límite importante. Parque Cordillera no reemplaza al Estado, no representa la totalidad de los territorios de montaña ni puede construir por sí sola una política nacional. Su contribución está en entregar algo que una futura institucionalidad necesitará para tomar mejores decisiones: experiencia territorial verificable.
“Si logramos transformar la operación diaria de parques y accesos en evidencia, protocolos, criterios de gestión y aprendizajes transferibles, podemos contribuir a que Chile avance desde accesos informales o resueltos caso a caso hacia un sistema más responsable, seguro y colaborativo de relación con la montaña”.
Ese tránsito puede ser fundamental. Porque si durante décadas buena parte del acceso a la cordillera ha dependido de acuerdos particulares, permisos informales, conocimiento transmitido entre montañistas o simplemente de encontrar un portón abierto, el desafío ahora es transformar esas excepciones en un sistema.
Democratizar la montaña, entonces, no significa abrirla sin condiciones. Significa construir las condiciones para que pueda permanecer abierta.
El caso canadiense: acceso como política pública
Canadá entiende el acceso a la naturaleza como parte de una política pública de conservación y educación. Los parques nacionales son administrados por Parks Canada, una agencia federal creada en 1911 —la primera institución de este tipo en el mundo— cuya misión legal es proteger el patrimonio natural y cultural del país y, al mismo tiempo, garantizar que las personas puedan conocerlo, recorrerlo y disfrutarlo de manera compatible con su conservación. La protección ecológica y el acceso público no se conciben como objetivos opuestos, sino complementarios.

El sistema canadiense distingue claramente entre tierras privadas y tierras públicas. Una parte importante del territorio corresponde a Crown Land (tierras de la Corona), administradas por los gobiernos provinciales o federal. En gran parte de estas tierras públicas el acceso recreativo está permitido y regulado para actividades como senderismo, esquí de montaña, ciclismo o camping, aunque las normas varían según la provincia y pueden existir restricciones por razones ambientales, de seguridad, manejo del territorio o derechos indígenas. En los parques nacionales el acceso se regula mediante un sistema de pases, infraestructura, educación ambiental y normas de uso, pero el principio general es facilitar el disfrute público sin comprometer la conservación del territorio.
Este modelo descansa sobre una fuerte inversión pública en infraestructura: senderos señalizados, estacionamientos, centros de visitantes, guardaparques, rescate, interpretación patrimonial y educación ambiental. El visitante paga por servicios de administración y conservación, no por obtener autorización de terceros para llegar a la montaña. La experiencia de acceso forma parte de una política nacional de patrimonio y recreación al aire libre, más que de una negociación caso a caso.
El modelo canadiense demuestra que la pregunta nunca ha sido si es posible compatibilizar conservación y acceso, sino cómo construir las instituciones, la infraestructura y la voluntad política para hacerlo.

La realidad chilena es muy distinta. Aunque el Estado protege extensas áreas mediante parques nacionales y otras categorías de conservación, gran parte de los accesos a la cordillera atraviesan predios privados o carecen de infraestructura y servidumbres claramente establecidas. A ello se suman la fragmentación institucional, los conflictos entre conservación y propiedad, la escasa planificación de accesos públicos y la ausencia de una política nacional integral sobre acceso a la montaña. El resultado es que, en numerosos valles cordilleranos, el principal obstáculo no es la montaña, sino llegar a ella.
Volver a reconocernos en los Andes
Tal vez el problema del acceso a la montaña nunca haya sido solamente territorial. Los portones, la propiedad, la falta de infraestructura y la ausencia de una política pública son expresiones concretas de una distancia más profunda: hemos aprendido a vivir frente a la cordillera sin necesariamente comprender qué significa vivir con ella. Y esa distancia no se resuelve únicamente abriendo caminos. Requiere reconstruir una relación cultural con un territorio que fue habitado, recorrido y significado miles de años antes de que nosotros comenzáramos a discutir quién puede entrar, por dónde y bajo qué condiciones.
Las distintas voces reunidas en estas páginas muestran que no existe una llave única para resolver esa contradicción. La arqueología devuelve profundidad a nuestra memoria; la ciencia establece los límites de nuestra intervención; la educación transforma el acceso en pertenencia; la ingeniería permite imaginarlo materialmente; la gestión territorial demuestra que abrir exige también administrar; y la política pública puede convertir esas experiencias dispersas en un proyecto colectivo. Pero ninguna de esas llaves bastará si seguimos entendiendo la cordillera como un territorio ajeno que comienza exactamente donde termina la ciudad. Los Andes no están fuera de nuestra historia: han sido una de las geografías donde esa historia se ha construido.
Quizás por eso recuperar la montaña sea, en último término, un ejercicio de memoria. No se trata de volver al pasado, sino de recuperar desde él una conciencia que permita imaginar otra relación con el territorio que habitamos. Una sociedad que conoce su cordillera tendrá mejores razones para exigir acceso a ella, pero también mayores razones para aceptar sus límites, protegerla y asumir la responsabilidad de recorrerla.
Rodrigo Herrera Rubio, Andes Journal
