Los Valles Calchaquíes no saben de fronteras administrativas, aunque los mapas oficiales insistan en dividirlos. Se despliegan como una cuña de más de 500 kilómetros que une tres provincias del norte argentino: Catamarca en su extremo austral, el breve y fértil respiro de Tucumán a la altura de Amaicha y Quilmes, y por último, Salta, dueña del tramo más extenso, árido y deslumbrante del sistema. Es este sector salteño de casi 300 kilómetros el que nos convoca. Una franja de tierra donde la geografía parece esculpida por los caprichos de un dios silente y donde la Ruta Nacional 40 deja de ser un simple camino pavimentado para convertirse en la columna vertebral de ripio, polvo y memoria prehispánica que los recorre de punta a punta.

Toda expedición por estos parajes se concibe en un círculo perfecto que nace y muere en la ciudad de Salta, a 1.500 kilómetros de Buenos Aires. La partida hacia el sur, abandonando el Valle de Lerma por la Ruta Nacional 68, ofrece una antesala colosal antes de tocar el corazón del valle: la Quebrada de las Conchas.

Allí, erosionada por arroyos extintos, se abre paso la imponente Garganta del Diablo. No se trata de un mirador panorámico como sucede con su homóloga misionera, sino una herida vertical en la montaña, un cañón angosto y sombrío cuyas paredes de arenisca rojiza se alzan a más de cincuenta metros de altura, cerrándose sobre el cielo hasta convertirlo en una hendidura delgada de luz diurna. Caminar por su lecho seco exige mirar hacia arriba en uno de los principales atractivos turísticos del viaje. Los estratos de piedra muestran curvaturas inverosímiles, testigos fósiles del empuje tectónico que levantó la cordillera hace millones de años.

Muy cerca de ese lugar, la naturaleza dispuso otra maravilla geológica complementaria: el monumental Anfiteatro, una cavidad que evoca la solemnidad de un templo natural. Se trata de un socavón semicircular inmenso, de bóvedas rojizas y paredones cóncavos estriados que se elevan como columnas labradas a mano por milenios de erosión. El recinto posee una acústica casi perfecta, y un par de músicos la aprovechan para tocar el tambor y cantar canciones para los turistas que filman y dejan algo de propina mientras recorren el lugar.

El viaje suele continuar con el espejismo refinado de la ciudad de Cafayate, en el extremo sur de la provincia de Salta. Rodeada de parrales de torrontés, hoteles boutique y bodegas de renombre internacional, la ciudad se ha consagrado como el imán turístico por excelencia de la zona. Sin embargo, apenas unos 20 kilómetros hacia el norte, cruzando el río Calchaquí por un asfalto que pronto se rinde ante la grava, se ingresa a San Carlos y la dinámica cambia de forma drástica.

San Carlos funciona como el hermano tímido de Cafayate. Mientras el centro vitivinícola bulle con contingentes extranjeros y copas de cristal, en San Carlos no hay recorridos programados ni cartelería pretenciosa. El pueblo, conocido históricamente como la “Villa de los Cinco Nombres” debido a las sucesivas refundaciones y destrucciones que sufrió durante las sangrientas guerras calchaquíes, vive hoy en un letargo imperturbable.

Su plaza principal, inmensa y desproporcionada para la escala del pueblo, está custodiada por tipas añosas y construcciones de adobe encalado con galerías sombreadas, como es el caso de la municipalidad, con imponentes recovas de arcos de medio punto. En torno a ella, apenas un par de comedores modestos ofrecen empanadas salteñas, la joya gastronómica que nos acompañará durante todo el viaje, junto a las humitas y tamales . El viajero apurado suele esquivar este lugar porque carece de atracciones estridentes; ignora que su mayor virtud reside precisamente en esa ausencia. El encanto de caminar por calles de tierra desiertas bajo la luz del atardecer que proyecta las sombras del cerro a su paso.

Una vez asentados sobre el trazo de la Ruta 40, el rumbo norte se vuelve implacable. El camino se transforma en un arenal consolidado que avanza entre cardonales gigantescos, cruza los filos inclinados a 45° de la Quebrada de las Flechas y desemboca, tras vadear lechos de ríos secos, en el histórico pueblo de Molinos.

Molinos ostenta una jerarquía distinta. Es más amplio y señorial que San Carlos, una cualidad que heredó de su pasado colonial, cuando funcionaba como una posta de encomienda clave en el camino real hacia el Alto Perú. Frente al hotel Molinos se encuentra la Iglesia de San Pedro Nolasco, declarada Monumento Histórico Nacional. Con su fachada blanca de dos torres gemelas, su balcón de madera enmarcado por un gran arco y muros de adobe de casi un metro de espesor, el templo custodia los restos momificados de Nicolás Severo de Isasmendi, el último gobernador realista de Salta.

Pero posee también una vida sonora que escapa a lo solemne. Cada atardecer, cuando el sol cae detrás del cordón occidental del valle y la temperatura desciende de golpe, bandadas enteras de loros barranqueros (Cyanoliseus patagonus) se instalan en las copas de los eucaliptos que rodean el pueblo y los bordes del río. Para el forastero el alboroto puede resultar ensordecedor, pero para los habitantes de Molinos es cotidiano. Los loros, y en muchas ocasiones también los burros, son los vecinos más ruidosos y queridos de la villa; un recordatorio silvestre de que el monte calchaquí sigue gobernando las alturas.

Apenas a unos veinte kilómetros de distancia, remontando un desvío arenoso hacia el noroeste, la geografía se comprime todavía más para cobijar a Seclantás. Es un caserío mínimo, pulcro y silencioso, apiñado a orillas del río Calchaquí: “La sencillez más encantadora preside a esa hospitalidad; se es recibido como viejo amigo; uno se encuentra con su casa”, escribió sobre este lugar el arqueólogo Juan Ambrosetti, en su conferencia “Por el Valle Calchaquí”, hace casi 130 años. Característica que al día de hoy persiste.

Seclantás es célebre en todo el noroeste por ser la cuna indiscutida del poncho salteño: en los patios de sus casas de adobe, los artesanos aún trabajan en telares de pedal de algarrobo, hilando y tiñendo la lana con pigmentos naturales extraídos de cortezas y raíces para llegar a ese rojo escarlata inconfundible con su franja negra.

Desde su trazado de calles angostas parte la solitaria huella de ripio que se interna hacia el oeste, en dirección al misterioso y remoto Valle de Luracatao: una comarca de lagunas de altura, pastizales amarillos azotados por el viento y estancias aisladas donde la civilización moderna apenas si proyecta una sombra lejana. Pero internarse en Luracatao y seguir el cartel que indica los 40 kilómetros hasta su final será motivo de otra aventura.

Dejando atrás Seclantás y superando la postal del nevado de Cachi y de la ciudad atiborrada de turistas, la Ruta 40 continúa su ascenso hacia el norte. Apenas diez kilómetros más adelante, a casi 2.600 metros sobre el nivel del mar, el valle se ensancha y entrega su último enclave vital antes de que la puna empiece a reclamar el terreno: Payogasta.

Se trata de una de las localidades más antiguas del valle, erigida sobre asentamientos del Imperio Incaico. Pero lejos de quedarse anclado en los libros de historia, el pueblo late al ritmo de un monocultivo que define su identidad: el pimiento para pimentón.

Entre principios del verano y mediados del otoño, el paisaje ocre y árido se parte. En las laderas, las terrazas de cultivo, los patios de las casas y a la vera de la ruta se extienden hectáreas enteras cubiertas de pimientos recién cosechados puestos a secar al rayo del sol andino. Es un espectáculo visual único. Mantos de un rojo furioso que contrastan contra el cielo azul puro.

Dejar atrás Payogasta implica despedirse de la aridez calchaquí para emprender el regreso hacia el Valle de Lerma, por la Ruta Provincial 33. Tras superar los casi 20 kilómetros de la traza incaica en la Recta del Tin Tin, y luego de dejar atrás el ingreso al Parque Nacional Los Cardones, el camino trepa con paciencia hasta alcanzar la Piedra del Molino, a 3.348 metros sobre el nivel del mar. Es el punto más alto del trayecto y el umbral de una transformación climática y geológica asombrosa: la Cuesta del Obispo.

Pararse en ese filo antes de iniciar la bajada ofrece uno de los espectáculos más sobrecogedores del norte argentino. Hacia el este, la montaña cae y el mundo desaparece por completo bajo un colchón compacto y níveo. No se ven valles, ni pueblos, ni cauces de ríos: solo un mar infinito de nubes blancas que reposa atrapado contra la ladera precordillerana.

Desde la cumbre, bajo un cielo de un azul seco, se contempla ese océano blanco con la certeza de estar suspendido por encima de la atmósfera cotidiana. La bajada arranca entonces como un caracol vertiginoso de curvas y contracurvas al borde del abismo. A medida que el vehículo avanza se sumerge en esa masa nubosa que parecía estática pero empieza a levantarse a los costados. El ingreso es repentino: en una curva cerrada, la luminosidad andina se apaga de golpe. El sol desaparece, el calor de la roca se disuelve en una humedad densa y fría, y el vehículo se mete de lleno en las entrañas de la nube. La visibilidad se reduce a unos pocos metros; el horizonte se borra y las paredes de piedra roja quedan tamizadas por una niebla espesa que invade el ambiente.

Durante todo ese tramo, la cuesta desciende más de dos mil metros enroscada sobre sí misma hasta desembocar en la Quebrada de Escoipe, donde la niebla se abre por fin para dar paso a la selva de yungas. El viaje por los Valles Calchaquíes concluye así, en un descenso que conecta el desierto con la selva, tras haber cruzado el cielo de lado a lado.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur


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