A simple vista, hay momentos en que el Desierto de Atacama parece completamente inmóvil. La arena se extiende entre cerros y quebradas, las plantas parecen pequeños esqueletos secos y, durante meses —o incluso años—, prácticamente no cae una gota de lluvia. El calor, la radiación y la falta de agua hacen difícil imaginar que bajo aquella superficie pueda esconderse algo más que tierra y piedras.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

Pero basta que las condiciones cambien para que esa impresión se derrumbe.

Cuando llegan las lluvias, semillas que permanecieron durante años ocultas bajo tierra germinan. Bulbos y tubérculos vuelven a desarrollarse. Y así, las laderas se cubren de añañucas, patas de guanaco, suspiros y decenas de otras especies. Es la expresión más evidente de una característica fundamental del desierto: gran parte de su vida no desaparece durante los períodos aparentemente estériles. Espera.

Y las plantas no están solas.

Bajo la arena permanecen también larvas de insectos, arácnidos, pequeños vertebrados y otros organismos que aprovechan esas breves ventanas de humedad para alimentarse, moverse o reproducirse. Entre ellos existe un grupo especialmente desconcertante: caracoles terrestres.

No se trata de una rareza aislada. Según la síntesis más reciente realizada por los investigadores Ricardo Catalán Garrido y Juan Francisco Araya, actualmente se reconocen alrededor de 41 especies nativas de caracoles terrestres en la Región de Atacama, convirtiéndola, con el conocimiento disponible hasta ahora, en la región con la mayor diversidad de estos moluscos en Chile. La revisión de 2024 los describe precisamente como un “tesoro malacológico desconocido”.

Algunos poseen conchas altas y blanquecinas; otros presentan tonos cafés, bandas o diseños más llamativos. Hay especies que viven principalmente sobre arena, otras se refugian bajo piedras y algunas aparecen estrechamente asociadas a cactus, tillandsias y pequeños parches de vegetación. Muchas, además, son endémicas y presentan distribuciones extremadamente reducidas.

Y, pese a llevar allí posiblemente cientos de miles de años, sabemos sorprendentemente poco sobre ellas.

«El desierto tiene vida, tiene habitantes, tiene seres milenarios con lo que estamos empezando recién a dar los primeros pasitos. Somos unos bebés en el entendimiento de los caracoles. Tenemos todo por descubrir todavía», resume César Pizarro, biólogo e integrante del grupo de investigadores que actualmente estudia estas especies en la Región de Atacama.

Miles de conchas, pero ningún caracol

Para Ricardo Catalán Garrido, biólogo marino, malacólogo y profesional del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), el misterio comenzó muchos años atrás, poco después de llegar a vivir a Caldera.

Durante sus recorridos por los alrededores empezó a encontrarse con algo extraño. En algunos sectores aparecían cientos e incluso miles de pequeñas conchas blancas desperdigadas por el suelo.

La explicación que escuchaba recurrentemente era que se trataba de fósiles o incluso de antiguas conchas marinas. Pero al observarlas con atención, Catalán llegó a otra conclusión: eran caracoles terrestres.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega

El problema era evidente.

Había conchas por todas partes. ¿Pero dónde estaban los animales?

«Yo había estudiado mucho los moluscos marinos, pero me empecé a encontrar con esto y no una vez, sino que en muchas salidas. Entonces, además la gente decía que eran fósiles, cómo esos caracoles habían llegado hasta ahí, que eran conchas marinas, que estaban fosilizadas. Y cuando empecé a observar bien, eran efectivamente caracoles terrestres, pero ¿dónde estaban?», recuerda.

La pregunta lo llevó a comenzar a buscarlos sistemáticamente. Hasta que un día levantó una roca y encontró uno vivo.

«De inmediato empezó la curiosidad porque primero era saber dónde estaban, dónde estaban viviendo, y después cuántas especies eran», relata.

Algo parecido ocurrió, algunos años después, con César Pizarro. Desde 2018 había comenzado a recorrer diferentes sectores de Atacama levantando información de biodiversidad. Entre sus registros aparecían repetidamente conchas de distintas formas y tamaños.

La revisión de literatura lo llevó hasta los trabajos de Juan Francisco Araya, malacólogo e investigador del Departamento de Zoología de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas de la Universidad de Concepción, quien llevaba años estudiando y describiendo los moluscos terrestres del norte de Chile.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega

La conclusión era fascinante: aquellos caracoles no estaban extintos. Debían encontrarse en alguna parte del desierto.

Entonces Pizarro comenzó a observar el paisaje intentando pensar como uno de ellos.

Si necesitaban humedad, ¿en qué momento podían conseguirla? ¿Cuándo podían desplazarse sin deshidratarse? ¿Por qué aparecían tantas conchas en ciertos lugares y prácticamente ninguna en otros?

La respuesta empezó a aparecer entre la niebla.

Pizarro comenzó a acampar en aquellos sectores, programar una alarma para las cinco de la mañana y salir con una linterna a recorrer el desierto antes de que amaneciera. Finalmente, los encontró.

«Hay que saber cómo leer ese momento y cómo encontrarlos para poder observarlos y registrarlos», explica.

Aquellas observaciones comenzaron a reunir a distintos investigadores. Catalán y Araya aportaron años de conocimiento taxonómico; Rodrigo Barahona-Segovia, doctor en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias y académico del Departamento de Ciencias Biológicas y Biodiversidad de la Universidad de Los Lagos, comenzó a estudiar aspectos ecológicos; y Roberto Contreras-Díaz, investigador del Centro Regional de Investigación y Desarrollo Sustentable de Atacama (CRIDESAT) de la Universidad de Atacama, incorporó una herramienta que hasta entonces prácticamente no existía para estos animales: la genética.

De estudiar conchas pasaron entonces a encontrar individuos vivos, observar su comportamiento, investigar sus hábitats y, finalmente, leer parte de la información escrita en su ADN.

Caracoles que persiguen la niebla

La existencia de caracoles terrestres en Atacama parece paradójica por una razón sencilla: los caracoles pierden agua con facilidad. Su cuerpo blando necesita humedad, de manera que nuestra imagen cotidiana de estos animales está vinculada a la lluvia, los jardines mojados, la hojarasca o los bosques.

No obstante, lo cierto es que los caracoles de Atacama no han dejado de necesitarla. Lo extraordinario es dónde y cuándo aprendieron a encontrarla.

Uno de sus principales aliados sería la camanchaca, la espesa niebla costera que durante determinadas épocas ingresa desde el océano y cubre distintos sectores del norte de Chile.

«Los caracoles del desierto están asociados a condiciones húmedas, solo que esas condiciones húmedas en el desierto de Atacama ocurren en momentos muy específicos del día donde la mayoría de la gente no los ve», explica Barahona.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

Muchas veces aquella ventana se abre durante la madrugada y las primeras horas de la mañana. La humedad se condensa sobre la vegetación, las piedras y la superficie del suelo y genera condiciones radicalmente distintas a las que habrá pocas horas después bajo el sol.

Pizarro ha observado esa relación repetidamente en terreno. Incluso en años sin lluvias importantes ha conseguido encontrar ejemplares activos durante periodos de camanchaca intensa. Aunque esa relación todavía está siendo estudiada y sus resultados no han sido publicados, sus observaciones apuntan a la niebla como una de las grandes condicionantes de la actividad de estos animales en Atacama.

Cuando las gotas cubren la superficie, los caracoles emergen.

Algunos suben lentamente por pequeñas ramas para raspar líquenes. Otros recorren el suelo, se acercan a la vegetación o aprovechan el agua condensada. Pero tienen poco tiempo.

«Cuando aparece la camanchaca, una camanchaca que moja bastante, los caracoles aprovechan para reproducirse. Hemos visto cómo se aparean y nunca ha cesado la dependencia de la humedad para buscar pareja o para alimentarse», relata Barahona.

Después comienza a amanecer.

La niebla se disipa, aumenta rápidamente la temperatura y el mismo paisaje que, pocas horas antes permitió que un caracol se desplace, puede transformarse en una amenaza mortal.

Pizarro incluso ha observado individuos que apenas alcanzan a salir, comienzan a alimentarse y deben regresar poco después hacia su refugio.

«A veces tienen ventanas muy cortas. A veces la camanchaca dura poco y han recién salido, se han desenterrado y van a una ramita a comer liquen (…), vuelven a bajar de la ramita y vuelven a enterrarse», cuenta.

Un refugio bajo la arena

Apenas unos centímetros pueden marcar una diferencia enorme.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega

En un día despejado, explica Barahona, la superficie arenosa puede alcanzar fácilmente temperaturas cercanas a 30 o 35 °C, mientras que al profundizar en el suelo la temperatura disminuye y puede conservarse una mayor humedad.

Para un animal ectotermo y particularmente vulnerable a la pérdida de agua, enterrarse puede convertirse en una estrategia de supervivencia.

«Evitar perder agua es poder sobrevivir un día más. Entonces, se entierran con la finalidad de encontrar temperaturas más bajas y evitar la pérdida de agua. Esa sería una estrategia tanto conductual como fisiológica que es combinada», explica el investigador.

A esos refugios se suman piedras, grietas y la propia vegetación.

Cactus y plantas aparentemente secas pueden producir pequeños oasis a otra escala. La camanchaca se condensa en sus superficies; musgos y líquenes crecen sobre algunas ramas y rocas; y bajo determinadas plantas persiste un microambiente más húmedo que el terreno completamente expuesto.

«La gran mayoría de los caracoles que hemos encontrado en algún momento a lo largo de todos estos años siempre están asociados con un ecosistema latente, que es el ecosistema del Desierto Florido o las plantas del Desierto Florido que están enterradas», señala Barahona.

La imagen modifica por completo la forma de mirar un paisaje aparentemente seco.

Una rama sin hojas no necesariamente representa una planta muerta. Bajo ella puede existir un bulbo vivo. Sobre su superficie pueden crecer líquenes microscópicos. A centímetros de sus raíces puede haber un caracol enterrado. Y alrededor, semillas, insectos y otros organismos pueden permanecer esperando exactamente lo mismo: agua.

Un tesoro de más de 40 especies 

Cuando Juan Francisco Araya comenzó a estudiar los caracoles de Atacama, buena parte de la información disponible tenía más de un siglo.

Muchos moluscos terrestres chilenos fueron descritos por naturalistas extranjeros durante el siglo XIX, en ocasiones a partir de unas pocas conchas recolectadas durante expediciones. Algunas descripciones fueron realizadas en latín y los ejemplares utilizados para definir formalmente aquellas especies todavía se encuentran en museos europeos.

Eso transforma la identificación en un trabajo casi detectivesco.

«Si tú encuentras, por ejemplo, una concha en el desierto, ¿quién sabe qué especie es? Lo que se tiene que hacer primariamente es comparar esa concha con la descripción de todas las especies que se conocen del lugar», explica Araya.

Durante años ha solicitado fotografías de ejemplares depositados en museos extranjeros, revisado publicaciones antiguas y comparado minuciosamente formas, tamaños, aperturas y ornamentaciones.

Y, a veces, no encuentra ninguna coincidencia.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega

Así han aparecido nuevos registros e incluso especies desconocidas para la ciencia.

Uno de los hallazgos más sorprendentes ocurrió en Paposo, en la Región de Antofagasta, donde Araya y otros investigadores encontraron caracoles que no correspondían a los géneros tradicionalmente reconocidos para Chile. La revisión terminó identificándolos como representantes de Scutalus, un género conocido en Perú, Bolivia y Argentina, pero que hasta entonces no había sido registrado en territorio chileno.

Para Araya, lugares como Paposo pueden haber funcionado como refugios costeros, conservando linajes antiguos gracias a la humedad aportada por la camanchaca.

En Atacama, entretanto, el número conocido continuó creciendo.

La síntesis publicada en 2024 contabiliza 41 especies de caracoles terrestres, superando a Juan Fernández como el territorio con mayor diversidad de estas especies registrada hasta ahora en el país. Sin embargo, los propios autores advierten que este resultado también podría esconder un sesgo: Atacama es justamente uno de los lugares donde ellos han buscado con mayor intensidad.

«Como hemos estado trabajando en la región, hemos encontrado muchas cosas. Si nos ponemos a buscar, no sé, en la Región de Coquimbo, probablemente encontremos una cantidad igual, superior, no sabemos», reconoce Araya. 

Lo que sí parece claro es que aún queda mucho por descubrir.

«Yo estoy 100% seguro de que hay muchas más», afirma Catalán.

Islas diminutas en medio del desierto

Parte de aquella diversidad puede explicarse por una característica poco favorable para cualquier viajero: los caracoles se desplazan muy poco.

Su movimiento depende además de esas breves ventanas en que existen condiciones suficientes de humedad.

«Si tú vienes a pensar que la camanchaca aparece a las dos o tres de la mañana y se va desplazando lentamente hasta las diez, once máximo en algunos días, los caracoles tienen solamente esas ventanas de horas para poder moverse», señala Barahona.

A ello se suma un territorio marcado por cerros, quebradas, dunas y pequeñas cuencas, capaces de separar poblaciones durante tiempos evolutivos muy prolongados.

Una población puede quedar confinada a una quebrada; otra, al otro lado de un cerro. Con el paso de miles de generaciones y poca posibilidad de intercambio, ambas pueden comenzar a diferenciarse.

De esa forma surgen los microendemismos: especies cuya distribución puede quedar restringida a superficies sorprendentemente pequeñas.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

«Algunos habitan en unos pocos kilómetros, asociados a dunas o asociados a zonas con roca, pero te alejas un poco y después ya no existen», explica Catalán.

Esto significa que la pérdida de un parche minúsculo de hábitat puede tener consecuencias muy distintas a las que tendría para una especie capaz de recorrer kilómetros. Entonces, para un caracol microendémico, unos pocos kilómetros pueden constituir prácticamente todo su mundo.

Caracoles que llevan cientos de miles de años en Atacama

Ese pequeño mundo puede tener una historia extraordinariamente antigua.

Araya relata que junto a otros investigadores cuentan con un registro fósil aún no publicado formalmente correspondiente a un caracol terrestre encontrado en Caldera, cuya antigüedad estaría en el orden de cientos de miles de años.

Más allá de la cifra precisa —que deberá quedar respaldada cuando el hallazgo sea publicado—, los registros fósiles permiten abrir otra línea de investigación: utilizar estos moluscos para reconstruir cómo eran los paisajes y climas del pasado.

Catalán los compara, en ese sentido, con otros organismos utilizados como bioindicadores. «Como los anfibios, los caracoles son bioindicadores porque son especies muy sensibles, muy vulnerables. Entonces, pueden demostrar, a través de su aparición o no aparición en algunos momentos, cómo se estaba comportando el clima en ese tiempo», explica Catalán.

Una concha encontrada en determinado estrato puede entregar pistas sobre las condiciones ambientales existentes cuando aquel animal estaba vivo. Y si especies emparentadas actualmente se encuentran separadas por grandes barreras geográficas, su historia evolutiva podría ayudar a comprender cómo cambiaron el relieve y el clima del norte chileno.

Sin embargo, son preguntas que todavía están lejos de resolverse. Porque incluso sobre los caracoles actuales persisten interrogantes mucho más elementales.

No sabemos cuánto viven.

No está claro cuánto tiempo pueden permanecer enterrados.

Se desconoce con precisión dónde depositan sus huevos o cuánto demora su desarrollo.

Tampoco sabemos en detalle qué comen las distintas especies, cuáles son sus depredadores o hasta qué punto dependen de determinadas plantas.

«Son tantas las cosas que no sabemos de ellos», reconoce Barahona. Araya coincide. En otros países se han registrado caracoles capaces de vivir varios años, pero para muchas especies chilenas ni siquiera existen estudios de longevidad. «Estarán un año bajo la tierra, estarán dos años, saldrán solamente en la madrugada…», enumera.

Todavía no lo sabemos.

Los posibles “jardineros” del desierto

Entre las incógnitas que existe, está una especialmente relevante: qué hacen los caracoles dentro del ecosistema.

Las primeras observaciones entregan algunas pistas.

Los investigadores los han registrado alimentándose de líquenes, musgos y posiblemente otros microorganismos asociados a plantas y rocas. En sectores con cactus también han sido vistos refugiándose entre pequeños cúmulos de musgo y aprovechando microambientes donde se conserva humedad.

Después de alimentarse, inevitablemente, devuelven parte de esos nutrientes al suelo.

Por eso Barahona plantea una hipótesis que el equipo espera estudiar con mayor profundidad: que estos caracoles formen parte de un conjunto de pequeños organismos que podrían actuar como “jardineros del desierto”.

«Mucho de lo que ellos consumen son líquenes, o microalgas que están asociadas a los líquenes, musgos, películas bacterianas, inclusive. Por lo tanto, todo ese material vegetal que, entre comillas, ellos están comiendo, después lo depositan en la caca. Literalmente, esta caca es un abono, es un guano básicamente, y este guano queda disponible para que el ecosistema desértico sea ocupado por las plantas posteriormente. Quizás hemos hipotetizado que estos organismos podrían ser, en parte, de este grupo de organismos que nosotros llamamos los “jardineros del desierto” (…). Los caracoles son parte un poco de eso, están ayudando a que parte de los nutrientes que ellos mismos consumen y que no se quedan en el metabolismo del caracol pasen y queden en el ecosistema», explica Barahona. 

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©Alexis Vega

Además, los caracoles son potenciales presas para aves, reptiles, mamíferos y otros habitantes del desierto, incorporándose así a redes tróficas que permanecen todavía poco estudiadas.

«Los caracoles son también presa de otros organismos. Entonces, ayudan a mantener las redes tróficas, tanto en momentos donde hay alta abundancia en el Desierto Florido como en momentos donde hay poca abundancia. Eso les va a servir a los zorros, a las bandurrias y a otros organismos depredadores para poder alimentarse también de ellos», señala Barahona.

No obstante, los propios investigadores son cuidadosos: buena parte de estas interacciones sigue siendo hipotética o basada en observaciones preliminares y requerirá estudios ecológicos específicos.

De mirar una concha a leer su ADN

Durante casi dos siglos, la principal herramienta para diferenciar estos caracoles fue su concha.

No es una mala herramienta. Su forma puede ser tan característica que Barahona la compara con una huella digital. Sin embargo, tiene límites.

El ambiente puede modificar ciertas características morfológicas y especies poco emparentadas pueden desarrollar rasgos parecidos por estar sometidas a condiciones similares. Al mismo tiempo, dos especies genéticamente diferentes pueden parecer casi idénticas.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

Por eso el equipo decidió incorporar una nueva capa de información.

En un estudio liderado por Roberto Contreras-Díaz y realizado junto a Rodrigo Barahona-Segovia, Ricardo Catalán-Garrido, Juan Francisco Araya, Mariana Arias-Aburto y César Pizarro-Gacitúa, los investigadores lograron ensamblar y analizar los genomas mitocondriales completos de dos caracoles terrestres de Atacama: Bostryx erythrostoma y Plectostylus broderipii.

Los ejemplares fueron recolectados en Barranquilla y Totoral, respectivamente, y posteriormente identificados mediante su morfología antes de extraer ADN del tejido del pie.

¿Y qué significa secuenciar un genoma mitocondrial?

Contreras lo explica como una especie de “manual” pequeño y compacto contenido dentro de las mitocondrias, las estructuras celulares encargadas de producir buena parte de la energía que necesita un organismo.

En Bostryx erythrostoma, ese manual tiene 15.525 pares de bases; en Plectostylus broderipii, 14.978. Ambos contienen los 37 genes característicos del genoma mitocondrial animal: 13 asociados a proteínas, 22 ARN de transferencia y dos ARN ribosomales.

«Para dimensionarlo: el ser humano también tiene su propio genoma mitocondrial y mide aproximadamente 16.500 pares de bases, es decir, prácticamente del mismo orden de tamaño que el de estos caracoles», explica Contreras.

La comparación permite hacer algo imposible observando únicamente una concha: reconstruir relaciones evolutivas.

En los análisis realizados por el equipo, Bostryx erythrostoma se agrupó estrechamente con otro representante de Bostryx, mientras que Plectostylus broderipii apareció como un linaje relacionado, pero separado dentro del conjunto analizado.

Pero hubo algo más.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

En Bostryx erythrostoma los investigadores detectaron diferencias en la organización local de ciertos genes mitocondriales, una señal que también apareció en otro mitogenoma de Bostryx estudiado previamente por el equipo.

Para descartar que se tratara de un error computacional, utilizaron distintos programas de ensamblaje, anotación y validación. El hecho de encontrar patrones coincidentes refuerza la posibilidad de que se trate de una característica real de ese linaje, una interrogante que ahora deberá investigarse incorporando más especies.

«Tener secuencias de ADN agrega una fuente de evidencia completamente independiente de la concha. Nos permite poner a prueba si los agrupamientos tradicionales realmente reflejan parentesco evolutivo real, o si hay especies “escondidas” o complejos de especies crípticas que se ven prácticamente idénticas por fuera, pero son genéticamente muy distintas entre sí», explica Contreras.

Y aquel podría ser solamente el comienzo.

La secuenciación realizada no recuperó únicamente ADN mitocondrial. El equipo obtuvo también grandes cantidades de información correspondiente al genoma nuclear. Procesar esos datos es considerablemente más complejo, pero podría abrir nuevas preguntas, incluso sobre las adaptaciones que permiten a estos animales sobrevivir en condiciones tan extremas.

Especies que podrían desaparecer antes de que sepamos que existen

Existe una carrera silenciosa detrás de todo este trabajo.

Mientras los investigadores intentan descubrir cuántas especies existen, dónde viven y qué función cumplen, sus hábitats continúan cambiando.

Carreteras, caminos informales, minería, urbanización, parcelaciones, microbasurales y tránsito vehicular pueden transformar territorios donde un caracol quizás solo ocupa unos pocos kilómetros.

Y existe un problema adicional: por lo general, no se sabe que están ahí. 

Una máquina puede remover la superficie y encontrar decenas de pequeñas conchas blancas. Para una persona que desconoce su biología, pueden parecer simplemente restos de animales muertos.

Pero debajo podrían existir individuos vivos.

«Desconocer algo significa no ser capaz de posteriormente reconocerlo y protegerlo», advierte Barahona.

La vulnerabilidad aumenta debido a la limitada movilidad de los caracoles. Una carretera que para un ave representa apenas unos segundos de vuelo puede convertirse para estos pequeños moluscos en una barrera prácticamente infranqueable.

Y durante el Desierto Florido aparece una amenaza mucho más cotidiana.

Mientras miles de personas llegan atraídas por las flores, una parte importante de lo que hace funcionar ese ecosistema permanece precisamente debajo de ellas.

Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro
Caracoles del Desierto de Atacama. Créditos: ©César Pizarro

Caminar fuera de senderos o ingresar con vehículos no significa únicamente aplastar flores.

«La gente entra a los campos dunares y no sabe que están los caracoles abajo, no sabe que están los insectos abajo, solamente ve las flores. Entonces tú pisas, compactas el suelo», advierte Barahona.

Bajo una huella pueden existir bulbos, larvas, galerías de pequeños mamíferos y caracoles refugiados en la arena.

Por eso, proteger el Desierto Florido requiere cambiar también la forma en que lo imaginamos.

El ecosistema no termina donde termina la flor.

Continúa varios centímetros —y a veces mucho más— bajo nuestros pies.

Detrás de una pequeña concha blanca que durante décadas podía haber parecido un simple resto seco había un animal vivo, moviéndose de madrugada entre la niebla del desierto.

Quizás por eso los caracoles resultan una puerta especialmente bonita para comprender Atacama.

No solo porque sea sorprendente encontrarlos en un desierto.

Sino porque obligan a mirarlo de otra manera.

«El desierto tiene vida, el desierto de Atacama no es un lugar vacío», insiste Pizarro. «Tiene habitantes, tiene seres milenarios».

Durante años, algunos de ellos estuvieron literalmente ocultos a plena vista: sus conchas cubrían ciertos sectores del paisaje y, sin embargo, casi nadie sabía dónde buscar a los animales vivos.

Hoy los investigadores ya han comenzado a encontrarlos, filmarlos y leer parte de su historia genética. Pero todavía quedan preguntas tan elementales como cuánto viven, dónde ponen sus huevos, qué sucede durante los años más secos o cuántas especies faltan por descubrir.

Bajo el suelo, mientras tanto, los caracoles siguen esperando.

Y probablemente no estén solos.

Porque cuando el desierto parece vacío, tal vez el problema no sea la ausencia de vida, sino que todavía no hemos aprendido dónde mirar.

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