En el centro de México, en puertos montañosos (como el histórico Paso de Cortés) el verde oscuro del bosque de pino-encino se metamorfosea en grandes extensiones de zacatón, que son hierbas y pastos nativos de América. Ahí, con volcanes y nieve de fondo, gramíneas ocres pueden formar una cubierta densa, áspera y de más de medio metro de altura. Casi a ras de ese suelo dorado, vive un pequeño habitante de color grisáceo, ojos inquietos y grandes orejas. Hablamos del teporingo o zacatuche (Romerolagus diazi).

El teporingo, especie endémica, se distribuye en la Sierra del Chichinautzin y la Sierra Nevada, en las montañas entre Morelos, la Ciudad de México y las inmediaciones de los volcanes Popocatépetl y el Iztaccíhuatl –de ahí que se le llame el conejo de los volcanes–. Justamente en el estado de Morelos, al sur de la Ciudad de México, investigadores de su Universidad Autónoma (la UAEM) han estudiado sus poblaciones y los cambios en su dinámica.

Hoy, sin embargo, aquel seguimiento ya no ofrece una visión completa de la especie y el hábitat del teporingo continúa fragmentándose por la agricultura y los incendios forestales. Investigadores de la UAEM explican que no basta con que exista pastizal pues la distribución del teporingo está restringida a zacatonales muy específicos; aquellos situados por encima de los 2,900 metros sobre el nivel del mar.

Volcán Iztaccíhuatl, a su alrededor, zacatonal. Créditos: Astrid Sosa
Volcán Iztaccíhuatl y, a su alrededor, zacatonal. Créditos: Astrid Sosa

Entrevistamos al Dr. José Antonio Guerrero Enríquez, quien se enfoca en el estudio de la ecología, genética y conservación de mamíferos y es, además, biólogo egresado de la UAEM. Su trabajo ha estado enfocado en lagomorfos, el orden donde se agrupan conejos, liebres y picas.

Guerrero explica que, para que el teporingo prospere, el zacate debe superar los 50 centímetros de altura y mantener una cobertura vegetal mayor al 80 %. Cuando el fuego arrasa con esa estructura, los conejos pueden desplazarse mientras la vegetación se recupera; pero cuando no tienen hacia dónde ir, quedan expuestos a un ambiente que puede comprometer su bienestar.

Asimismo, el investigador subraya que actualmente existe un vacío importante de datos sobre esta especie. Guerrero, como miembro del Grupo de Especialistas en Lagomorfos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), realizó durante casi ocho años un monitoreo continuo de las poblaciones. Pero hace alrededor de cinco años el equipo perdió la visión global de lo que ocurría a lo largo de toda el área de distribución.

«Actualmente existen datos producidos por algunas brigadas comunitarias, pero corresponden a territorios pequeños y no se concentran ni analizan de manera integral para conocer la situación de la especie en su conjunto», explica Guerrero.

El teporingo en un hábitat cada vez más fragmentado

El problema, explica el investigador, es especialmente delicado porque el teporingo es un especialista de hábitat. Específicamente hablando del Chichinautzin, donde ha trabajado Guerrero, los zacatonales se encuentran fragmentados por la agricultura y los incendios recurrentes.

Aunque el área general de distribución de la especie se estima en alrededor de 350 kilómetros cuadrados, Guerrero cuenta que, al analizar los fragmentos que realmente ocupa la superficie, se reduce a menos de la mitad. Además, muchos de esos fragmentos son demasiado pequeños para conservar las condiciones necesarias para mantener una población en el largo plazo.

De igual manera, los últimos datos obtenidos por el equipo de Guerrero Enríquez mostraban reducciones de hasta la mitad en las densidades de algunas poblaciones del Chichinautzin respecto de las registradas cuando comenzaron los trabajos.

“Es una especie que requiere atención prioritaria», subraya el investigador.

Debido a las características de la especie y a la dificultad de monitorearla, los investigadores suelen recurrir a índices ecológicos de abundancia y densidad para comparar diferentes sitios. Gracias a estos análisis, fue que la evaluación de la UICN realizada en 2018 clasificó al teporingo como EN-Endangered (es decir, en peligro) y señaló una tendencia poblacional decreciente, así como poblaciones severamente fragmentadas.

Guerrero se ha respaldado en la genética de la conservación como una alternativa más para entender qué sucede con estos pequeños mamíferos. Así, mediante marcadores moleculares de ADN y la secuenciación de fragmentos de ADN mitocondrial, los investigadores han reconstruido parte de la historia evolutiva del teporingo y han identificado cuatro o cinco grupos genéticos diferenciados. Dicha estructura estaría relacionada con los ciclos glaciares del Pleistoceno, cuando las poblaciones descendían hacia zonas de menor altitud y posteriormente regresaban a las montañas conforme cambiaban las condiciones climáticas.

Los análisis también permiten estimar el «tamaño efectivo de la población«, que para el teporingo se calcula en alrededor de 4,000 animales. Cabe señalar que esta cifra representa a los individuos que contribuyen genéticamente a la reproducción y no equivale al número total de ejemplares.

El ADN y sus variaciones permiten reconstruir la separación de las poblaciones de teporingo y estimar cuántos individuos contribuyen actualmente a su reproducción. Créditos: SEMARNAT
El ADN y sus variaciones permiten reconstruir la separación de las poblaciones de teporingo y estimar cuántos individuos contribuyen actualmente a su reproducción. Créditos: SEMARNAT

Cómo la genética desmintió la extinción del teporingo

Una de las historias más difundidas sobre el teporingo ocurrió en el Nevado de Toluca, en el Estado de México, donde en años recientes circularon publicaciones que afirmaban que la especie se había extinto en esa región.

Pero hablar de extinción, explica Guerrero, implica asumir que existió allí una población natural…y la evidencia disponible apunta en otra dirección. De acuerdo con el biólogo, los primeros investigadores que trabajaron con el zacatuche desde finales de los años setenta y durante los ochenta determinaron que los ejemplares registrados en esa zona habían sido introducidos después de un decomiso por parte de las autoridades.

Ante registros posteriores basados en excretas, pero sin observaciones directas ni fotografías que confirmaran la presencia del animal, Guerrero Enríquez y otros investigadores analizaron genéticamente materiales recolectados en el Nevado de Toluca.

“Ninguno pertenecía a teporingo, sino a otros conejos del género Sylvilagus«, cuenta Guerrero.

Por ello, el investigador precisa que requiere una rectificación hablar como tal de una extinción del teporingo en el Nevado de Toluca, pues no existe evidencia sólida de que hubiera allí una población natural establecida.

“La presencia del zacatuche en esa zona siempre fue muy anecdótica», menciona.

Cuando le preguntamos por acciones concretas para proteger a esta especie, Guerrero Enríquez considera que una de las más urgentes es restaurar los zacatonales, algo que los programas tradicionales de reforestación no suelen contemplar.

También, explica, es necesario fortalecer la protección efectiva del hábitat que ya existe dentro de áreas naturales protegidas como el Corredor Biológico Chichinautzin y el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl.

El teporingo, además, forma parte de la red alimentaria de las montañas ya que en las zonas altas puede representar hasta 80 % de la dieta del lince y también es presa de coyotes. Si los teporingos desaparecieran del mapa, los linces tendrían que desplazarse o buscar presas alternativas. Como explica el investigador Guerrero, se trata de toda una dinámica ecológica en el zacatonal que podría tambalearse si sus poblaciones continúan bajando.

Guerrero y su equipo también se han aliado con las comunidades aledañas a las zonas de distribución del teporingo: “las comunidades locales conocen a los animales por experiencia directa y valoran su presencia».

Quienes conocen el territorio, relata el investigador, recuerdan haber visto muchos más teporingos en el pasado. Para la ciencia, el desafío ahora es convertir ese conocimiento y los registros dispersos en información sistemática que permita saber qué poblaciones sobreviven y dónde es prioritario intervenir.

“Al ser una especie endémica de México, es nuestra responsabilidad exclusiva conservarla», concluye.

El teporingo (Romerolagus diazi). Créditos: Secretaría de Medio Ambiente
Perfil del teporingo (Romerolagus diazi). Créditos: Secretaría de Medio Ambiente

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