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Pablo Montaño: un narrador del territorio vivo y sus luchas
Antes de escribir libros sobre la crisis climática, producir documentales o acompañar comunidades que defienden sus territorios, Pablo Montaño fue un estudiante universitario que se quedó reflexionando un largo rato después de escuchar un podcast. Era The Hot Take, conducido por Amy Westervelt y Mary Annaïse Heglar. Lo que escuchó aquella vez no fue una explicación académica sobre el dióxido de carbono, sino una idea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda. Las podcasteras, relata Pablo, mencionaron cómo la crisis climática también se decide en las historias que contamos sobre ella.
Hoy, como director de Conexiones Climáticas, sigue convencido de que cambiar la conversación es también una forma de incidir en la lucha climática. Politólogo por el ITESO y maestro en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable por la University College London, el comunicador y explorador de la National Geographic Society ha dedicado los últimos años a reflexionar sobre la relación entre la crisis ambiental, el lenguaje y la política.
Su trabajo parte de la convicción de que los datos son indispensables, pero por sí solos es difícil que movilicen. Antes hace falta comprender qué historias justificaron el modelo que nos llevó hasta aquí y cuáles pueden ayudarnos a imaginar un futuro distinto. Fuera de las conferencias y los libros, su vida transcurre entre un huerto familiar, la crianza (dice, accidental) de mariposas monarca y los paisajes del norte mexicano, donde decidió construir su hogar. Esa cercanía con el terreno le ha hecho entender la crisis climática como una experiencia cotidiana que atraviesa comunidades, paisajes y distintas formas de vida.
«La crisis climática cuenta la historia de la voracidad de un modelo capitalista que ha optado por priorizar las ganancias a costa de la vida del planeta entero».
Por eso, cuando se le pide explicar la crisis climática sin recurrir a palabras como CO₂, emisiones o transición energética, Montaño no comienza hablando desde informes o papers. Habla de poder. Habla de una economía que convirtió la acumulación de riqueza en una prioridad por encima de la vida y que encontró en el colonialismo, el racismo y el extractivismo distintas formas de reproducirse. Para él, la crisis climática no representa una falla del sistema. Es la consecuencia de una historia de injusticias que terminó por alcanzar los límites físicos del planeta.

Para él, esa lectura también modifica la manera de comunicar el problema. Más que centrar la conversación en indicadores o tecnologías, propone preguntarse qué historias han legitimado ese modelo y cuáles pueden ayudar a transformarlo. Como director y cofundador de Conexiones Climáticas, su trabajo consiste precisamente en construir narrativas que acerquen la crisis ambiental a la experiencia cotidiana. Por lo tanto, Montaño busca disputar el relato que durante décadas presentó la crisis climática como un fenómeno técnico, distante o inevitable.
«Un error fue comunicar la lucha climática en términos de emisiones. Esto no es un problema de CO₂; es un problema de un modelo que sacrifica territorios».
Contrario a muchos actores dentro del panorama climático, para Pablo la tecnología tampoco ocupa un lugar central en su diagnóstico. Aunque reconoce su importancia, considera que ninguna innovación resolverá por sí sola un problema cuya raíz es política y económica. En su opinión, el reto consiste en cambiar las prioridades de un sistema que ha puesto el crecimiento económico por encima de los límites ecológicos. «El problema de fondo es que antes de salvar al planeta y a los sistemas de vida, se ha procurado salvar primero al modelo económico. Y la matemática no da» señala.

Cambiar la conversación
Durante años, recuerda Montaño, buena parte de la comunicación ambiental presentó el cambio climático como un problema lejano, representado por glaciares que se derriten o especies amenazadas en regiones remotas. Esa estrategia ayudó a instalar el tema en la agenda pública, pero también dificultó que muchas personas lo relacionaran con su propia vida.
Y si las historias generan miedo, resignación o distancia, resulta difícil construir participación. Por eso, proyectos como 2050: El fin que no fue y Humo: Señales para otros mundos posibles buscan exponer la conversación climática desde las emociones, la cultura y la experiencia de quienes viven los cambios en sus territorios.
«La narrativa desempoderante de ‘ni modo, es lo que nos tocó vivir’ no te da agencia ni espacio para la acción. Esta es una historia en la que tenemos parte» subraya el comunicador climático.

En el contexto mexicano, Pablo hace la observación de que si bien la mayoría de la población reconoce que el cambio climático es un problema, muchas decisiones públicas siguen apostando por un modelo energético basado en combustibles fósiles.
Para Montaño, esa contradicción responde a una narrativa que todavía presenta al petróleo como el principal motor del desarrollo nacional. «Nos contamos el mito de que somos un país petrolero, pero no lo somos. Ya no existe la materia prima en el subsuelo para la infraestructura que se está construyendo» explica.
También mantiene una perspectiva crítica sobre las negociaciones internacionales. Considera que las Conferencias de las Partes (COP) han avanzado lentamente en reconocer el papel de los combustibles fósiles y que buena parte de las soluciones planteadas siguen confiando en tecnologías que, todavía, no existen a la escala necesaria.
«¿Cómo es posible que pretendamos resolver un problema climático propiciado por combustibles fósiles cuando no somos capaces ni de nombrarlos? Ese fracaso es una vergüenza».

El territorio como punto de partida
Al salir de la retórica institucional y de los acuerdos internacionales, Montaño encuentra mayores razones para ser optimista cuando ve a las comunidades organizadas y su trabajo. Muchas de las transformaciones más significativas, comenta, ocurren en los territorios donde las personas defienden el agua, los bosques o las costas frente a varios proyectos extractivos.
Casos como Topolobampo, Ohuira o Loreto muestran, dice, que la organización comunitaria puede modificar decisiones que parecían inevitables. A ello se suman experiencias como los huertos comunitarios en la región carbonífera de Coahuila, donde la defensa del territorio también implica construir alternativas para habitar esos espacios.

Desde Conexiones Climáticas, parte de su trabajo consiste en acompañar esos procesos y conectar experiencias que, aunque ocurren en distintos lugares del país, enfrentan desafíos similares. «Donde sea que hay defensa y resistencia hay esperanza, porque es ahí donde se está ganando a proyectos gigantescos frente a comunidades organizadas» comenta con una sonrisa.
Cuando piensa en el camino recorrido y hace un ejercicio de retrospección, Montaño dice que, quizá, insistiría en la necesidad de escuchar más. Escuchar a las comunidades, a quienes conocen el territorio y a quienes llevan años cuidándolo. Para él, la comunicación ambiental comienza ahí, no con las conferencias o informes anuales.
«Le diría a mi yo más joven que escuche mucho, que aprenda a apreciar los territorios, porque ahí es donde vamos a dedicar nuestra energía: en el territorio vivo».

Mariana Mastache