Para los antiguos mayas, los manglares eran más que el límite entre la tierra y el mar. De ellos obtenían alimento, madera y sal; sus apacibles canales funcionaban como rutas comerciales que conectaban diferentes regiones de Mesoamérica. Incluso las abejas meliponas (sin aguijón) ocupaban un lugar especial en ese mundo: el Códice de Madrid documenta prácticas apícolas y el dios Ah Mucen Kab era venerado como protector de la miel y también de quienes la producían.

El Complejo Barra de Santiago es un humedal de importancia para la biodiversidad de El Salvador. Sus más de 11,500 hectáreas fueron declaradas Área Natural Protegida en 2006. Foto: Jorge Rodríguez.
El Complejo Barra de Santiago es un humedal de importancia para la biodiversidad de El Salvador. Sus más de 11,500 hectáreas fueron declaradas Área Natural Protegida en 2006. Foto: Jorge Rodríguez.

Más de mil años después, los bosques salados centroamericanos continúan siendo una fuente de vida y sustento para miles de familias costeras. Sin embargo, a diferencia de sus antiguos pobladores, hoy enfrentan amenazas como el cambio climático, la expansión agrícola, la contaminación y el desarrollo costero no planificado. La pesca ya no es suficiente para proveer a las comunidades, lo que ha llevado a las abejas a recuperar un rol protagonista que había quedado olvidado.

La producción de miel se ha convertido en una nueva apuesta para demostrar que conservar el manglar también puede ser una forma de construir medios de vida.

Los manglares representan, aproximadamente, el 2% de la cobertura boscosa de toda Centroamérica, con un poco menos de 500 mil hectáreas de extensión. Si bien ese porcentaje podría parecer residual, lo cierto es que cada hectárea de mangle captura hasta cuatro veces más carbono que la de un bosque tropical. 

Más allá de su capacidad para almacenar carbono, los manglares funcionan como verdaderas guarderías marinas. Entre sus raíces crecen las primeras etapas de vida de pargos, meros e incluso algunas especies de tiburón. Allí también encuentran refugio moluscos, crustáceos y cientos de organismos de los que dependen tanto la pesca como la seguridad alimentaria de miles de familias costeras. 

Pero esa importancia ecológica no ha sido suficiente para protegerlos. Durante décadas, los manglares centroamericanos han cedido terreno frente a la expansión agrícola, el desarrollo costero, la contaminación y el cambio climático. En países como Guatemala, El Salvador y Costa Rica, la expansión de la caña de azúcar ha reducido su cobertura y alterado la conectividad hídrica mediante el desvío de ríos. En otras zonas, la tala para obtener leña y carbón vegetal continúa degradando estos ecosistemas. 

En la Barra de Santiago se registran seis especies de manglar. El mangle rojo (Rhizophora mangle), que florece entre junio y octubre de cada año, es el más abundante y del que las abejas extraen la mayor cantidad de néctar para la miel. Créditos: Jorge Rodríguez.
En la Barra de Santiago se registran seis especies de manglar. El mangle rojo (Rhizophora mangle), que florece entre junio y octubre de cada año, es el más abundante y del que las abejas extraen la mayor cantidad de néctar para la miel. Créditos: Jorge Rodríguez.

El cambio climático añade una amenaza adicional. En el Pacífico costarricense, el aumento de la temperatura del agua afecta la sobrevivencia de los propágulos de mangle rojo. En diferentes zonas del istmo, las lluvias más intensas acarrean escombros y sedimentos que alteran la dinámica de estos bosques de sal. Además, las redes de pesca abandonadas, o redes fantasma, incendios y otras presiones, obligan a las personas a replantear la manera en la que conviven con el manglar.  

El 90% de los manglares del mundo se encuentran en países en vías de desarrollo, en donde las amenazas antropogénicas avanzan rápidamente y sin control. Pero, en los últimos años, la cultura de restauración ya forma parte de las comunidades costeras. La presencia de diferentes proyectos impulsados por la cooperación internacional y, en algunos casos, el apoyo gubernamental, han introducido una variedad de técnicas destinadas a recuperar la salud de los bosques. Sin embargo, en la mayoría de las comunidades, la restauración es voluntaria.

El siguiente reto es que todo este esfuerzo se traduzca en la generación de medios de vida para las comunidades. La producción de miel es una alternativa innovadora y con muchas posibilidades. En Costa Rica, Apimangle demostró cómo la restauración hidrológica aceleró el regreso de la flora nativa, poblando el paisaje con árboles de mangle que hoy alimentan colmenas elevadas sobre el agua. Los análisis químicos revelan una miel única, con un 30% de polen de mangle y alta concentración de minerales debido al néctar salobre. 

En la Barra de Santiago se registran seis especies de manglar. El mangle rojo (Rhizophora mangle), que florece entre junio y octubre de cada año, es el más abundante y del que las abejas extraen la mayor cantidad de néctar para la miel. Créditos: Jorge Rodríguez.
En la Barra de Santiago se registran seis especies de manglar. El mangle rojo (Rhizophora mangle), que florece entre junio y octubre de cada año, es el más abundante y del que las abejas extraen la mayor cantidad de néctar para la miel. Créditos: Jorge Rodríguez.

En El Salvador, la comunidad de El Mango vivió un quiebre similar: tras limpiar hectáreas de bosque salado a pura voluntad, descubrieron una floración tan rica que multiplicó sus colmenas, permitiendo a los pobladores íntimos conocimientos sobre el ciclo de las abejas. Sin embargo, la variabilidad climática y la partida del financiamiento internacional los han obligado a adaptarse nuevamente y buscar la manera de sostener una actividad con muchos beneficios y que no daña al bosque salado. 

El desafío actual de las comunidades en Costa Rica y El Salvador ya no es demostrar que el manglar puede recuperarse, sino encontrar la fórmula para construir mercados locales justos que sustituyan los subsidios internacionales. 

Mil años después de que los antiguos mayas navegaran estas mismas aguas, el destino de los bosques salados de Centroamérica vuelve a entrelazarse con el de las abejas. En esa resistencia cotidiana, el dulce salitre deja de ser solo un producto único de la biodiversidad para convertirse en el símbolo de una economía costera que se niega a desaparecer, endulzando el futuro de un ecosistema que es vital para el planeta. 

El Salvador

Miel de manglar: la apuesta de los pescadores salvadoreños por vivir de la restauración 

Tras más de dos décadas restaurando el manglar de Barra de Santiago, comunidades del Pacífico salvadoreño encontraron en la apicultura una alternativa para fortalecer su economía. Hoy, el cambio climático y el fin de la cooperación internacional ponen a prueba la continuidad de un modelo que busca demostrar que conservar también puede generar medios de vida.

Mapaches, iguanas y cangrejos, incluso la pesadez de los cocodrilos. Por increíble que parezca, estas no son las huellas más exóticas en el suelo del bosque salado de la costa del Pacífico salvadoreño. No, en realidad ese honor se lo llevan las botas de hule de los pescadores locales, que buscan cangrejos entre el fango. “Usamos estas trampas para atrapar cangrejos azules”, dice Carlos Martínez mientras se agacha para comprobar si alguno cayó. 


Desde el inicio del siglo XXI, las comunidades de Barra de Santiago decidieron realizar trabajo comunitario voluntario para restaurar el manglar. Antes de eso, recuerda Martínez, lo normal era la tala del bosque, la expansión de la agricultura y la acumulación de sedimentos y escombros cuenca arriba. “No sabíamos lo que un bosque degradado significa para nuestras vidas”, dice. Sin embargo, el esfuerzo de las personas ayudó a revertir esa situación y, con el tiempo, la tala se redujo considerablemente, las poblaciones de cangrejos comenzaron a recuperarse y las personas empezaron a proteger especies como los loros, los cocodrilos y los lagartos. 

La Escuela Nacional de Agricultura capacitó a pobladores de las comunidades de Barra de Santiago en temas como la gestión del agua y las técnicas de apicultura. Foto: Escuela Nacional de Agricultura. Créditos: Jorge Rodríguez.
La Escuela Nacional de Agricultura capacitó a pobladores de las comunidades de Barra de Santiago en temas como la gestión del agua y las técnicas de apicultura. Foto: Escuela Nacional de Agricultura. Créditos: Jorge Rodríguez.

Pero la recuperación ecológica no resolvió el otro gran desafío para estas comunidades. “Los productos del manglar no estaban dando los resultados económicos que esperábamos”, dice William Recinos, otro pescador de la zona.

Restaurar el bosque había sido posible. Vivir de él era otra historia. 

La búsqueda de nuevas alternativas coincidió con la llegada, en 2017, de varios proyectos impulsados por organizaciones locales e internacionales que promovían actividades sostenibles dentro del bosque salado. Entre las propuestas, había una poco común en los manglares de Centroamérica: la producción de miel. Pero hasta entonces, nadie en la comunidad la consideraba una alternativa productiva. “No teníamos ningún vínculo con las abejas y nadie creía que iba a funcionar”, cuenta Recinos. 

 Además de comercializarla, algunas familias la utilizan como remedio tradicional. Líderes comunitarios consideran que una mayor investigación e inversión podrían convertir este producto en una nueva oportunidad económica vinculada a la conservación del manglar. Créditos: Jorge Rodríguez.
Además de comercializarla, algunas familias la utilizan como remedio tradicional. Líderes comunitarios consideran que una mayor investigación e inversión podrían convertir este producto en una nueva oportunidad económica vinculada a la conservación del manglar. Créditos: Jorge Rodríguez.

Más allá de sus dudas iniciales, los pescadores aceptaron el reto. Siete comunidades, entre ellas El Mango, a la que pertenecen Martínez y Recinos, participaron en un proyecto piloto apícola. Recinos recibió capacitación técnica en la Escuela Nacional de Agricultura y se repartieron 30 colmenas entre las comunidades. Cada grupo recibió cinco colmenas y el equipo necesario para iniciar la producción. Pero la incertidumbre continuaba. “[Después de recibir la certificación] yo volví sin creer en las abejas”, confiesa el hoy apicultor.

De las siete cooperativas comunitarias creadas durante el proyecto del FIAES, solo el grupo de El Mango continúa vigente. Pero incluso ellos han visto disminuir el número de miembros: “es un tema de ingresos”, dice William Recinos (a la izquierda). Créditos: Jorge Rodríguez.
De las siete cooperativas comunitarias creadas durante el proyecto del FIAES, solo el grupo de El Mango continúa vigente. Pero incluso ellos han visto disminuir el número de miembros: “es un tema de ingresos”, dice William Recinos (a la izquierda). Créditos: Jorge Rodríguez.
Créditos: Jorge Rodríguez.
Créditos: Jorge Rodríguez.

La desconfianza no era infundada. Durante décadas, las familias de Barra de Santiago habían vivido de la pesca, la agricultura de subsistencia y la construcción. Las abejas nunca formaron parte de su día a día. Sin embargo, los años de trabajo restaurando el manglar —recogiendo plumillas de mangle rojo, sembrando árboles y recorriendo el bosque salado— les permitieron observar algo que antes había pasado desapercibido.  

“Vimos que el manglar era rico en floración”, resalta Recinos.

El piloto se potenció con la llegada del Proyecto Regional de Biodiversidad Costera liderado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que aumentó el número de colmenas y benefició a 32 familias de la región. Al principio, el aprendizaje fue técnico: cómo dar mantenimiento a las colmenas, controlar plagas y manipularlas para extraer miel. 

Para 2020, ya habían logrado dos cosechas y un total de 132 litros de miel producidos. El Mango llegó a tener más de 80 colmenas, que producían hasta 300 botellas por temporada. Ahora las abejas ya formaban parte de la vida cotidiana de las personas. 

Mientras el financiamiento internacional estuvo presente, el modelo logró mantenerse. Cuando empezó a disminuir, se empezaron a ver grietas importantes. “Los insumos para la apicultura son carísimos”, expresa Martínez. Aunque los ingresos contribuían a mejorar la economía familiar, los costos de producción superaban las ganancias que generaban. 

La restauración del manglar

Cerca del mediodía, William, junto a su hermano Armando, Daniel y Blanca, se alista para ir al apiario que tienen en el cantón Guayapa, una zona distinta del manglar donde comenzaron a trabajar años atrás. Cargan cajas, revisan el equipo y se preparan para inspeccionar las colmenas.

Mientras alistan los ahumadores, queda claro que los trajes no alcanzan para todos. “La clave es no tenerles miedo, porque si no, lo pican a uno”, cuenta Armando mientras se estira las mangas de la camisa y se coloca un casco protector.

El grupo El Mango ha tenido que ampliar su trabajo más allá del bosque salado. Las condiciones climáticas recientes y el cierre de algunos apoyos técnicos los obligaron a ajustar su estrategia.

Luego de perder más de la mitad de sus colmenas por las torrenciales lluvias de inicios de año, los miembros de la cooperativa comunitaria El Mango están dispuestos a invertir parte de sus recursos para recuperar lo perdido. Son los únicos sobrevivientes de la iniciativa de miel de manglar. Créditos: Jorge Rodríguez.
Luego de perder más de la mitad de sus colmenas por las torrenciales lluvias de inicios de año, los miembros de la cooperativa comunitaria El Mango están dispuestos a invertir parte de sus recursos para recuperar lo perdido. Son los únicos sobrevivientes de la iniciativa de miel de manglar. Créditos: Jorge Rodríguez.

Ya no caminan entre el fango, sino que ahora lo hacen colina arriba. Los frondosos árboles de mangle quedan atrás y dan paso a sauces, almendros y otros árboles frutales. El sol se siente más fuerte que en el bosque salado. Durante la caminata, los hermanos Recinos cuentan cómo las fuertes lluvias que cayeron en la región a inicios de año tuvieron un impacto negativo en su actividad. Pasaron de tener 80 colmenas a solo 43.

Esta pérdida se suma a una larga lista que se ha vuelto más evidente desde finales de la década de 1990. Cuando el huracán Mitch azotó Centroamérica, algunas regiones de El Salvador recibieron el equivalente a cuatro meses de lluvia concentrados en un solo evento climático. Los ríos se desbordaron y los escombros hicieron colapsar la conectividad hídrica hacia el bosque salado.

Entonces, un grupo de 36 mujeres se organizó bajo el nombre de Asociación de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS), con el único fin de restaurar la salud del bosque salado. Al principio, cuenta Rosa Aguilar, una de las fundadoras, la decisión de agruparse les permitió enfocarse en erradicar la tala de mangle y en legitimar al grupo mediante la creación de los actuales Planes Locales de Aprovechamiento Sostenible (PLAS). “Inicialmente se les llamaba PLES. Ahí fue donde comenzó realmente la iniciativa”, dice Recinos. 

AMBAS sirvió, por decirlo de alguna manera, como piloto para la implementación de mecanismos de inversión para el desarrollo de Barra de Santiago. En 2006, el grupo se convirtió en co-manejador del manglar de Barra de Santiago y Metalío, años antes incluso de su declaración como sitio Ramsar. “Tenemos un convenio para cinco años como co-manejadoras del área y ahora no pueden venir a tocarlo. Aspiramos a  que se convierta en un santuario”, asegura Aguilar.  

Estas acciones, financiadas por la Unión Europea, se extendieron a las siete comunidades de Barra de Santiago, incluida El Mango. Fue entonces cuando nacieron los comités locales con los que tuvieron acceso a recursos técnicos y financieros para restaurar el bosque y así recuperar las poblaciones de cangrejo azul y cangrejo punche, dos especies de gran importancia para la subsistencia de la región. Inicialmente AMBAS logró restaurar 8 hectáreas del manglar, y a la fecha elevaron esa cifra a 12. 

Eso se consiguió gracias a la participación de todos. Cada comunidad se organizó para realizar distintas tareas según su ubicación geográfica. Unos se dedican al raleo de los canales para evitar obstáculos y asolvamientos. Otros grupos recolectan los desechos sólidos de los ríos.

“Pero lamentablemente, los proyectos sólo duran cinco años”, se lamenta Recinos. Sin apoyo institucional, comprendieron que los comités de desarrollo local no bastaban para proteger el mangle. Volvieron a organizarse y conformaron la asociación comunitaria ProBosque. “Ya estamos bien estructurados”, añade.

La labor incesante

Cosechar la miel es un trabajo en equipo. Mientras Blanca ahuma el apiario, William, Armando y Daniel revisan los cajones y recogen los panales listos para ser cosechados. “Luego elegimos la casa de alguno de los asociados para colar y envasar la miel. No tenemos una sede fija”, comenta Recinos.

El fin del financiamiento internacional tuvo un impacto inmediato en Barra de Santiago. De los siete comités comunitarios, solamente El Mango continúa activo, aunque con bajas significativas. «Habíamos muchos y ahora hay pocos», se lamenta Armando. El grupo pasó de tener 15 miembros a solo cinco. 

Créditos: Jorge Rodríguez.
Créditos: Jorge Rodríguez.

Todo esto generó una reacción en cadena: tuvieron que mudar el apiario lejos del manglar, por lo que tuvieron que enfocar su producción en otro tipo de miel más tradicional. Además, la pérdida de la mitad de las colmenas provocó una reducción considerable de las ganancias por botella. De acuerdo con Recinos, invierten $12,50 para producir una botella  y la venden por apenas $6. 

Las adversidades no son, sin embargo, suficientes para que abandonen la iniciativa. Porque, como recuerda Armando, ellos nunca dejarán de luchar por proteger el manglar. “Lo que necesitamos son políticas públicas que nos apoyen a las comunidades. El gobierno se ha enfocado en la seguridad, pero se ha descuidado en otras áreas”. Y los números lo respaldan. Desde 2021, el Ministerio de Ambiente ha visto recortado su presupuesto durante cuatro años consecutivos.

Pero ellos están decididos a continuar. Por una parte, se han aventurado a innovar con productos asociados a la miel: jabones, bálsamos y la curcumiel, una mezcla de miel y cúrcuma con fines medicinales. También crearon su propia página en Facebook, donde publican sobre las actividades en los apiarios. Esto, además de seguir cuidando la salud del bosque salado. 

Luego de revisar las colmenas —“aún faltan unas semanas para poder realizar la cosecha”, expresa el grupo—, se preparan para realizar la otra actividad esencial para que todo esto funcione: dar mantenimiento a la cuenca del río. “Este fin de semana iremos a construir una barda. Nosotros compramos los sacos y el combustible y utilizamos nuestro propio transporte. Vamos a invertir unos $800 en materiales, más la mano de obra”, dice Recinos. 

La resistencia se fundamenta en algo más que en la conciencia ambiental. En 2019, solicitaron ante el MARN el co-manejo del manglar de Barra de Santiago y Metalio, y aunque el co-manejo sigue exclusivamente a cargo de AMBAS, la solicitud aún continúa vigente. Además, la asociación Probosque formó parte de otro proyecto, financiado por la Unión Europea, destinado a potenciar sus procesos productivos para garantizar la seguridad alimentaria en Barra de Santiago.

Además, les ha permitido al grupo crear una relación íntima con las abejas y ahora las consideran sus mejores aliadas para generar ingresos y desarrollo para sus familias. “Antes les tenía mucho miedo, pero ahora sé que no son agresivas. Yo ya conozco el trabajo de la reina, de las obreras. La apicultura también es una actividad en la que podemos participar las mujeres”, señala Blanca.

Mientras guardan el equipo, los trajes y los ahumadores, Recinos y el Grupo El Mango miran hacia adelante, con el anhelo de recuperar las colmenas perdidas y poder regresar al manglar para producir esta miel tan peculiar. “Al igual que las abejas, nosotros nos apoyamos en el trabajo del otro para salir adelante. Seguimos en eso”, finaliza.

Costa Rica

Manglar en Puntarenas agradece su restauración ecológica con miel

Rescatar el estero fue solo el comienzo. En medio de la amenaza que representa el vandalismo para el ecosistema, la comunidad de El Establo se aferra a la miel como alternativa económica y también de conservación. 

En los humedales del Estero de Puntarenas, donde el agua dulce de los ríos se encuentra con la salinidad del mar, un murmullo persistente se dejó escuchar en el manglar cercano a la comunidad de El Establo. No eran voces, sino el aleteo de cientos de abejas.

Manglar del Estero de Puntarenas, visto desde la ciudad del mismo nombre. Créditos: Nina Cordero.
Manglar del Estero de Puntarenas, visto desde la ciudad del mismo nombre. Créditos: Nina Cordero.

—¡Corraaan!

Los trabajadores dejaron las palas de lado, sacaron las botas del barro y se alejaron del sitio a toda prisa, alertando a su paso a otros compañeros que también abrían canales en el lodo para favorecer la entrada de la marea y, con ella, la llegada de las semillas de mangle.

En el sector Aranjuez se excavaron 2.540 metros de canales, cuyas dimensiones eran de tres metros de ancho por un metro de profundidad. Esto facilitó la entrada de la marea y la dispersión de propágulos. Créditos: Nina Cordero.
En el sector Aranjuez se excavaron 2.540 metros de canales, cuyas dimensiones eran de tres metros de ancho por un metro de profundidad. Esto facilitó la entrada de la marea y la dispersión de propágulos. Créditos: Nina Cordero.
Tras pasar la comunidad El Palmar, los rótulos en el camino de tierra llevan a Apimangle en El Establo de Pitahaya, Puntarenas. Créditos: Nina Cordero.
Tras pasar la comunidad El Palmar, los rótulos en el camino de tierra llevan a Apimangle en El Establo de Pitahaya, Puntarenas. Créditos: Nina Cordero.

Ya a salvo, y mientras esperaban a que el enjambre se calmara para retomar labores, uno de los biólogos del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) se acercó a Jesús López con una pregunta que sonaba a propuesta: ¿Por qué no aprovechan ustedes que  hay abejas aquí?

Esa pregunta, aunque casual, no solo fundó Apimangle sino que consolidó una línea de defensa para un humedal asediado por el fuego y el abandono. También hizo soñar a los siete miembros del proyecto con multiplicar colmenas, pero no será fácil; aún deben resolver cómo consolidar un modelo de negocio capaz de sostenerse solo antes de que el financiamiento externo se agote y la amenaza del vandalismo termine por reducir a cenizas su fuente de vida.

Justo allí está la mecha de la resistencia de El Establo. La historia de Apimangle es el reflejo de la tenacidad de quienes, tras años de trabajar la tierra ajena, decidieron convertir su profundo conocimiento del territorio en una herramienta de protección propia. Para entender cómo un grupo de trabajadores de la caña terminó convirtiéndose en guardianes del ecosistema, hay que mirar atrás, al camino que López y sus compañeros recorrieron mucho antes de que el aleteo de las abejas les marcara el rumbo.

Este es un marco con crías, por lo que no es apto para la extracción de miel. Debe permanecer dentro de la colmena para asegurar el desarrollo de las abejas. Créditos: Nina Cordero.
Este es un marco con crías, por lo que no es apto para la extracción de miel. Debe permanecer dentro de la colmena para asegurar el desarrollo de las abejas. Créditos: Nina Cordero.
Melissa Obregón traslada el panal al carretillo que los transportará a la sala de extracción. Créditos: Nina Cordero.
Melissa Obregón traslada el panal al carretillo que los transportará a la sala de extracción. Créditos: Nina Cordero.

Un enjambre de oportunidades

López llegó a El Establo en 1978, atraído por la zafra como opción de empleo. Trabajó para el Ingenio El Palmar hasta que se pensionó, y ya jubilado aprendió sobre apicultura para cofundar Apimangle junto a Andrea Sánchez. 

El proyecto inició con 20 personas en 2022, pero se fueron desvinculando hasta quedar siete —entre adultos jóvenes, mujeres y adultos mayores—, quienes actualmente se encargan del cuidado de las colmenas, la extracción y envasado de la miel. 

 Melissa Obregón (de frente) y Vivian López (de espaldas) proceden a retirar la cera de los cuadros para así facilitar la extracción de la miel. Créditos: Nina Cordero.
Melissa Obregón (de frente) y Vivian López (de espaldas) proceden a retirar la cera de los cuadros para así facilitar la extracción de la miel. Créditos: Nina Cordero.
Melissa Obregón coloca los marcos en la centrífuga, la cual gira para facilitar la extracción de la miel. Créditos: Nina Cordero.
Melissa Obregón coloca los marcos en la centrífuga, la cual gira para facilitar la extracción de la miel. Créditos: Nina Cordero.

Entre semana, todos trabajan dentro o fuera del hogar. Algunos también estudian. A las abejas se les dedica el domingo, cuya jornada inicia a las seis de la mañana. Ingresan al manglar ataviados con trajes protectores, allí revisan las colmenas para retirar los panales con miel, los cuales depositan en cajas que serán trasladadas a la sala de extracción que se ubica a unos 100 metros sobre el camino de tierra. En la sala, sustituyen el traje de apicultor por guantes, cubrebocas y mallas para el cabello. Se retira la cera del panal antes de ingresarlo a una centrífuga que facilita la extracción. El panal sin miel se devuelve a la caja porque regresará al manglar y la miel se filtra para envasarla. Todo el proceso termina a eso de las tres de la tarde. 

María Borges revisa cuidadosamente los cuadros a los que se les retirará la cera. Créditos: Nina Cordero.
María Borges revisa cuidadosamente los cuadros a los que se les retirará la cera. Créditos: Nina Cordero.

Desde su fundación en 2022, Apimangle ha priorizado la formación y profesionalización de sus integrantes. El equipo ha completado capacitaciones en apicultura, manipulación de alimentos y primeros auxilios, además de fortalecer sus capacidades en asociatividad, contabilidad, diseño de planes de negocio y comercialización. Este proceso de fortalecimiento ha contado con el respaldo técnico de la Fundación Corcovado (2022) y, posteriormente, de la Fundación MarViva (2023-2026). Actualmente, el proyecto avanza hacia la obtención del Certificado Veterinario de Operación (CVO), previsto para este año.

Tras cuatro años, Apimangle ya comercializa miel pura y mezclas con chile, jengibre y eucalipto. Análisis del Centro de Investigaciones Apícolas Tropicales de la Universidad Nacional (CINAT-UNA) revelaron que esta miel contiene 30% de polen de especies de mangle, por lo que es multifloral. Es tan diversa como el entorno de donde proviene.

Luis Sánchez, investigador del CINAT-UNA, destacó que la miel de manglar posee una composición química única precisamente debido a este ecosistema. Al recolectar un néctar que es naturalmente salobre, las abejas producen una miel con una concentración de minerales mucho más alta que las mieles del interior del país, lo que la vuelve notablemente rica en micronutrientes y trazas beneficiosas para la salud.

Pero, Apimangle no quiere vender solo miel. El turismo es una de las alternativas de diversificación en que está incursionando la asociación. Las visitas guiadas se dan a estudiantes y turistas para que conozcan las colmenas, aprendan sobre la restauración del manglar, los servicios ecosistémicos y degusten la miel con intención de compra. Andrea Sánchez —cofundadora y presidenta de Apimangle— es barista de profesión e ideó un servicio de “café gourmet” que incluye degustación y repostería casera durante los tours educativos

Eso sí, para que las colmenas prosperen y se pueda escalar el proyecto, las abejas (Apis mellifera) necesitan que se mantenga el flujo constante de la marea para que el bosque salado florezca. Esto aplica hasta los 5 km, distancia que marca el desplazamiento máximo que hacen los insectos en busca del néctar salobre. 

Justamente a 3 km, yace el sector de manglar que López ayudó a restaurar. 

El renacer del manglar

El Humedal Estero de Puntarenas es un área silvestre protegida en el distrito de Pitahaya, donde se ubica El Establo. Con una extensión actual de 5.241,16 hectáreas (el equivalente a 7.340 canchas de fútbol con medidas FIFA), el 61% de su superficie está cubierta por especies como mangle rojo (Rhizophora mangle), mangle blanco (Laguncularia racemosa), botoncillo (Conocarpus erectus) y piñuela (Pelliciera rhizophorae), entre otras.

Tras finalizar la inspección, los miembros de Apimangle se someten a una ronda de humo para ahuyentar a las abejas y estas no los sigan. Créditos: Nina Córdero.
Tras finalizar la inspección, los miembros de Apimangle se someten a una ronda de humo para ahuyentar a las abejas y estas no los sigan. Créditos: Nina Córdero.

Durante 80 años, este ecosistema estuvo sujeto a la sedimentación, la expansión agrícola, la contaminación y las quemas, resultando en una pérdida histórica de 865,7 hectáreas que representa aproximadamente el 76% de la cobertura original en dicho sector.

Durante la elaboración del plan de manejo en 2018, el SINAC identificó la urgencia de restaurar el ecosistema, por lo que pidió ayuda al Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE) y Conservación Internacional (CI). 

Se optó por la restauración hidrológica, por lo que se debían cavar 23,7 km de canales para devolver el flujo de la marea a zonas muertas. “En otras palabras, necesitábamos gente volando pala”, dice Jairo Quirós, coordinador del Programa Marino de CI. Fue así como, en 2021 y 2022, una cuadrilla de 20 personas de El Establo, liderada por López, le hizo camino al agua. “En nuestro sector hicimos más de 400 metros para adentro a pura pala. La tarea que se le daba a cada persona era trabajar tres metros”, cuenta el capataz.

Quirós admite que la experiencia de trabajar con los comunitarios fue enriquecedora, ya que aportaron técnicas valiosas y un profundo conocimiento empírico para controlar la entrada de agua durante la excavación.

“Muchos de ellos trabajan en fincas de caña en la parte de riego”, menciona Quirós. “Fueron muy buenos sugiriendo cómo manejar la dirección del agua. Ellos hacían bloques: abrían un canal, pero dejaban un pedazo sin tocar para asegurarse de que el agua no se filtrara y bloqueara el flujo que venía. Una vez que terminaban ese sector, abrían el paso y esa parte se llenaba de agua. Fueron muy oportunos con todas sus sugerencias”.

A los pocos meses de finalizada la labor, ya se veían propágulos de mangle blanco y botoncillo. “Llegaban y se sembraban solitos”, comenta Quirós. “El manglar es sumamente agradecido; le devolvés las condiciones idóneas e inmediatamente se restablece”.

Iraselma López rodeada de abejas durante la cosecha de miel. Créditos: Nina Cordero.
Iraselma López rodeada de abejas durante la cosecha de miel. Créditos: Nina Cordero.

No todo es dulce

El domingo 3 de mayo de 2026, López volvió al sector restaurado tras nueve meses de no visitarlo y la caminata lo enfrentó con una realidad desoladora: sobre el suelo grisáceo, aún humeaban los vestigios negros de una quema provocada. “Es una lástima ver cómo la vagancia de las personas le mete fuego a lo que tanto nos costó recuperar”, se lamentó.

En los meses de verano, que van de enero a abril, algunas zonas del sector Aranjuez sufrieron por una quema ilegal. Créditos: Nina Cordero.
En los meses de verano, que van de enero a abril, algunas zonas del sector Aranjuez sufrieron por una quema ilegal. Créditos: Nina Cordero.

En Costa Rica, y según datos del SINAC, cerca del 42% de los incendios forestales son causados por vandalismo y quemas intencionales, como venganza contra los guardaparques o para distraerlos mientras se realizan otros ilícitos.

Para Quirós, las quemas por vandalismo son un peligro latente. Al igual que otras áreas protegidas, el Humedal Estero de Puntarenas sufre el abandono institucional debido a las graves limitaciones de personal. “Si el sitio se ha mantenido en pie, es gracias al interés de los líderes locales y al personal del Ingenio El Palmar”, reconoce Quirós. 

Las actividades productivas alrededor del manglar, como la producción de miel o el turismo educativo, son formas de proteger el ecosistema: cuanto más se usa de forma sostenible y más presencia haya, menos se presta para las quemas.

“Hay un potencial enorme en turismo”, señala Quirós. “A diferencia de otros manglares donde caminar es un suplicio por el barro, aquí el acceso es sumamente fácil. Hemos llevado gente en lancha cuando el camino terrestre colapsa por las lluvias, y creemos que el aviturismo es una alternativa económica viable para la comunidad”.

El otro desafío yace a lo interno de Apimangle. Con solo 20 colmenas, la producción actual se limita a un microlote (unos 200 kg anuales) y el transporte hacia centros urbanos duplica el precio final del producto. 

Los apicultores utilizan una pinza para sacar los cuadros con panal de las colmenas y así no maltratarlos. Créditos: Nina Cordero.
Los apicultores utilizan una pinza para sacar los cuadros con panal de las colmenas y así no maltratarlos. Créditos: Nina Cordero.

La estrategia que han optado es competir por valor agregado y no por precio. Para ello, buscan alianzas en paradores turísticos de Puntarenas y emprendimientos ecoturísticos como la Posada Rural Amistad en Isla Chira. Pero, Apimangle tiene el reloj en contra. Debe establecer estas alianzas antes de que los fondos internacionales expiren a finales de 2026.

Una vez finalizada la inspección de las colmenas, los miembros de Apimangle trasladan los marcos en una carretilla hasta la sala de extracción y envasado de la miel. Créditos: Nina Cordero.
Una vez finalizada la inspección de las colmenas, los miembros de Apimangle trasladan los marcos en una carretilla hasta la sala de extracción y envasado de la miel. Créditos: Nina Cordero.

Destino

López pide detener el carro a medio camino. Se adentra en la vegetación, en dirección contraria al río. A unos 50 metros se detiene para señalar una de las zanjas. Él la reconoce porque estuvo allí, trabajando, hace unos años. Ahora solo se distinguen árboles de mangle. 

La miel, en el caso de El Establo, funciona como un incentivo para la conservación, ya que la comunidad se preocupa por la salud del ecosistema que sostiene su actividad económica. Además, el hecho de que la miel provenga de un área protegida le otorga un valor diferenciado.

La extracción y envasado de la miel se realiza en una sala especial que cumple con las normas del Ministerio de Salud. Por esa razón, los panales se trasladan desde el manglar hasta la sala ubicada en el centro del pueblo. Créditos: Nina Cordero.
La extracción y envasado de la miel se realiza en una sala especial que cumple con las normas del Ministerio de Salud. Por esa razón, los panales se trasladan desde el manglar hasta la sala ubicada en el centro del pueblo. Créditos: Nina Cordero.

Desde la perspectiva del patrimonio biocultural, la miel es el testigo de una tradición de recolección y producción que se liga estrechamente al entorno natural. Sus propiedades nutritivas y medicinales son conocidas desde la época precolombina, cuando los chorotegas –pueblo indígena que habitó Costa Rica– comerciaban con ella.

En tiempos de cambio climático, los servicios ecosistémicos de regulación que proveen los manglares adquieren cada vez más importancia, así como su capacidad para fijar carbono en sus lodos, raíces, troncos y hojas.

Sobre todo esto habla López. Pronuncia la última frase y guarda silencio. Su mirada revela el enjambre de pensamientos que tiene en su cabeza. Sabe perfectamente lo que costó limpiar cada metro de lodo para hacerle espacio a la marea. También reconoce que el manglar le agradece con néctar ese esfuerzo y las abejas hacen lo mismo en forma de miel. Es consciente de la amenaza que representan las quemas, y eso le preocupa. Sabe que allí yace el camino de la resistencia a futuro.

Tras un suspiro profundo dice: “Sin manglar, estamos perdidos”.

Jesús López lideró a la cuadrilla de trabajadores que estuvo a cargo de la restauración hidrológica del sector Aranjuez. Créditos: Nina Cordero.
Jesús López lideró a la cuadrilla de trabajadores que estuvo a cargo de la restauración hidrológica del sector Aranjuez. Créditos: Nina Cordero.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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