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Las guardianas de los roqueríos: Descubriendo el desconocido mundo de las chinchillas de Chile y las amenazas que enfrentan
Las chinchillas son uno de los roedores más desconocidos y amenazados de Chile. Adaptadas a algunos de los ambientes más extremos del país, logran sobrevivir entre roqueríos del desierto, quebradas costeras y laderas altoandinas. Aunque durante décadas se creyó que muchas de sus poblaciones habían desaparecido, recientes hallazgos han renovado el interés científico por estas especies tan emblemáticas como escurridizas.
Entre roqueríos del desierto, laderas cordilleranas y quebradas azotadas por temperaturas extremas habita uno de los animales más escurridizos y amenazados de Chile: la chinchilla. Las integrantes del género Chinchilla forman parte de las cerca de 80 especies de roedores registradas en el país —cinco de ellas introducidas—, un grupo de mamíferos que ocupa ambientes tan diversos como el altiplano andino, las zonas costeras del desierto y los bosques australes.
Más allá de esa diversidad, los roedores cumplen funciones fundamentales para los ecosistemas: dispersan semillas, airean el suelo al construir madrigueras y son una fuente clave de alimento para aves rapaces y otros carnívoros. Lamentablemente, pese a su importancia ecológica, todavía existen grandes vacíos de conocimiento sobre muchos de ellos. Aspectos básicos de su comportamiento, reproducción y dinámica poblacional continúan siendo poco conocidos. En el caso de las chinchillas, la falta de información es aún más evidente debido a lo reducidas y fragmentadas que son actualmente sus poblaciones silvestres.
Dentro de este grupo, las chinchillas destacan tanto por su historia como por sus extraordinarias adaptaciones. Son animales capaces de sobrevivir en algunos de los ambientes más extremos del país. Algunas poblaciones viven en zonas áridas con escasa vegetación, temperaturas bajo cero y altos niveles de radiación solar, dependiendo de refugios naturales entre rocas y de una compleja organización social para resistir esas condiciones.

Actualmente se reconocen dos especies silvestres, las que durante los siglos XIX y XX experimentaron una drástica disminución de sus poblaciones debido a la caza comercial. Durante décadas fueron capturadas intensamente por poseer una de las pieles más cotizadas del mundo, hasta desaparecer de gran parte de los territorios que habitaron históricamente en Sudamérica.
Sin embargo, el redescubrimiento de colonias aisladas abrió nuevas esperanzas para su conservación. Al mismo tiempo, también se evidenció lo frágiles que son sus poblaciones y los riesgos que enfrentan actualmente. Entre ellos, uno de los temas más debatidos es la translocación de individuos en el contexto de proyectos extractivos, una medida que ha generado cuestionamientos científicos y éticos sobre el futuro de estas especies amenazadas.

Supervivientes de los paisajes extremos
Las chinchillas pertenecen a la familia Chinchillidae. En Chile habita la chinchilla de cola corta o cordillerana (Chinchilla chinchilla), presente en sectores altoandinos del norte del país, y la chinchilla de cola larga o chinchilla chilena (Chinchilla lanigera), endémica y distribuida actualmente en algunas localidades del norte chico.
Aunque ambas especies comparten rasgos similares, también presentan diferencias importantes. La chinchilla cordillerana es más robusta y posee orejas y cola más cortas, mientras que la chinchilla chilena tiene un cuerpo más pequeño, orejas más largas y una cola relativamente extensa. Las dos destacan por su pelaje extremadamente denso y suave.
La chinchilla de cola corta vive principalmente en zonas altoandinas entre los 2.500 y 5.000 metros de altitud, encontrándose presente en Chile, pero también en Perú, Bolivia y Argentina. Habita laderas rocosas con escasa vegetación, bajas temperaturas y una gran amplitud térmica. En estos ambientes encuentra refugio entre grietas y cuevas naturales, donde pasa gran parte del día para evitar depredadores y condiciones climáticas extremas. Durante la noche sale a alimentarse de hierbas, semillas, arbustos y cortezas.

Por su parte, la chinchilla chilena habita ecosistemas áridos y pedregosos de la cordillera de la Costa y sectores interiores del norte chico. Actualmente sus poblaciones silvestres más conocidas se concentran en la Región de Coquimbo, especialmente en la Reserva Nacional Las Chinchillas, aunque también existen registros recientes más al norte, incluyendo hallazgos en la Región de Atacama y sectores cercanos a Paposo.
Uno de los aspectos más llamativos de estas especies es su comportamiento social. Las chinchillas suelen vivir en colonias y mantienen una estrecha relación entre individuos. Además, poseen adaptaciones muy particulares para sobrevivir en ambientes secos y fríos: realizan baños de polvo para mantener limpio y aireado su pelaje, tienen una excelente audición y visión nocturna, y son capaces de aprovechar recursos vegetales escasos en lugares donde pocas especies podrían subsistir.
«Las chinchillas viven en colonias, en grupos familiares. Ambas tienen una conducta relativamente parecida. La diferencia es que la chinchilla chilena habita en zonas más bien bajas, en cambio, la chinchilla de cola corta, que es la que compartimos con otros países, vive principalmente en la zona altiplánica, en zonas a grandísima altura. Esa es una de las características también de la especie, que es capaz de sobrevivir en ambientes extremos. Por ejemplo, la chinchilla de cola corta vive en zonas altiplánicas donde las temperaturas en la noche bajan abruptamente y durante el invierno son temperaturas bajo cero extremas. Además, son ambientes muy pobres en términos de la cobertura vegetal», señala Eduardo Pavez, médico veterinario y Doctor en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias de la Universidad de Chile.

«Las chinchillas, al ser roedores y tener cierto tipo de alimentación, son dispersoras de semilla y además de forma natural son presa de varias especies de depredadores, principalmente zorros. Los zorros depredan muchísimo sobre la chinchilla. Hay que pensar que antiguamente las poblaciones de chinchilla eran muy abundantes, muy abundantes. Ahí cumplían un rol superimportante como especie de presa. Además tienen un rol importante como modeladores de la vegetación. Probablemente hoy día es un rol secundario considerando la escasez que tienen. En la medida en que ellas aumenten de número, van a empezar a retomar al rol ecológico que les corresponde», agrega.
Sin embargo, a pesar de su relevancia ecológica y cultural, todavía existe un enorme vacío de información sobre ellas. Muchos aspectos de su comportamiento, reproducción, desplazamientos y dinámica poblacional siguen siendo poco conocidos. Incluso en especies relativamente estudiadas, como algunos roedores chilenos, aún quedan preguntas básicas sin resolver. Esto ha llevado a diversos investigadores a insistir en la necesidad de ampliar los estudios científicos sobre las chinchillas y sus ecosistemas.
Los registros recientes de nuevas colonias también han cambiado parte de lo que se creía sobre su distribución. En el caso de la chinchilla chilena, por ejemplo, durante mucho tiempo se pensó que había desaparecido completamente del norte de Chile. Sin embargo, monitoreos con cámaras trampa permitieron detectar individuos en zonas costeras cercanas a Paposo, ampliando considerablemente el rango conocido para la especie. Estos hallazgos abren nuevas interrogantes sobre su ecología y sobre la capacidad que aún tienen estas poblaciones para persistir en ambientes poco explorados.
«Hasta hace poco se consideraba que estas dos especies estaban casi a punto de extinguirse. Aparecieron unos ejemplares de cola larga en Aucó, en Illapel. A partir de eso han aparecido ejemplares de esta especie a lo largo de toda la costa. Esta especie siempre para los cazadores se llamaba costina. Le llamaban costina porque era de la costa y efectivamente es de la costa. Entonces, ahí ahora se sabe que hay ejemplares, que van desde 20 km al sur de Antofagasta hasta Aucó en Illapel. Pero es un hábitat que es pobre en alimentación y, por lo tanto, no hay grandes poblaciones. Entonces, no estamos hablando de una gran cantidad de individuos», afirma Juan Agustín Iriarte, biólogo de vida silvestre, especialista en ecología de carnívoros y de especies exóticas asilvestradas.
«En el caso de la chinchilla de cola corta, nosotros creemos que hay más individuos que la de cola larga. Siempre se ha pensado lo contrario, pero en Atacama han aparecido muchas poblaciones, en diferentes estudios que se han hecho. Entonces, en estos momentos, en todo el altiplano de Atacama y parte del altiplano de Antofagasta, vive esta especie de cola corta», añade.

Conservación, minería y el debate sobre la translocación
La historia reciente de las chinchillas está marcada por una recuperación lenta y frágil. Después de décadas de explotación por la industria peletera, ambas especies quedaron reducidas a poblaciones pequeñas y fragmentadas. Algunas incluso fueron consideradas extintas en estado silvestre durante parte del siglo XX, hasta que nuevas colonias fueron redescubiertas años más tarde.
«Estuvieron a punto de extinguirse debido a la caza para la piel. Desde el año 1828 que hay registros hasta 1910, se cazaron mucho para exportar su piel para Europa y Estados Unidos. Eso hizo que casi se extinguieran. En 1910, Perú, Bolivia, Argentina y Chile impulsaron un decreto para prohibir la exportación de estas especies para siempre. Durante años no se supo de ningún ejemplar vivo, hasta que el año 60 una norteamericana vino y pilló los primeros ejemplares en Aucó», explica Iriarte.
«Las dos especies llegaron a un estado crítico de supervivencia y ahora se han empezado a recuperar, pero han pasado más de 100 años, 116 años desde que se prohibió totalmente su caza. Ahora, ¿qué es lo que pasa? En la década de finales del siglo XIX y comienzos del XX apareció un norteamericano, que era un ingeniero que trabajaba para una mina de fierro al norte de la Serena, y él empezó a criar en cautiverio especímenes de chinchilla de cola larga. Después se las llevó a California. Antes se hablaba de 60 millones de ejemplares en cautiverio, pero ahora, como hay una imagen muy negativa del uso de pieles, ese número ha bajado sistemáticamente. Además, al estar en cautiverio, se trata de ejemplares de mucho mejor calidad, por lo que ya dejaron de ser cazadas las silvestres. Entonces, jugó a favor la cría en cautiverio», agrega.

De igual modo, actualmente las chinchillas enfrentan múltiples amenazas. La pérdida y fragmentación de hábitat, la caza ilegal y la expansión de actividades humanas continúan afectando a poblaciones que ya son reducidas. A esto se suma un problema que ha generado creciente preocupación entre científicos y organizaciones ambientales: el avance de proyectos mineros en sectores donde habitan colonias silvestres.
«La chinchilla de cola corta depende en gran medida de la existencia de roqueríos adecuados donde ellas puedan refugiarse y donde puedan reproducirse. Y esta es una de las problemáticas complejas que se desarrollan hoy día, porque estas chinchillas ocupan, durante un periodo indeterminado de tiempo, roqueríos puntuales, hasta que aparentemente los ejemplares agotan los recursos vegetales que hay en el entorno y se trasladan a otras zonas, a otros roqueríos. Entonces, es bien frecuente encontrar roqueríos que han sido ocupados por chinchillas, pero que ahora no están ocupados. Aparentemente se van desplazando. Por ejemplo, cuando se creó la reserva de la chinchilla en Aucó, que se creó específicamente para la protección de una de las últimas poblaciones que quedaban de chinchilla chilena, esta chinchilla se comenzó a desplazar y a salir de la reserva. Es un tema complejo que hay que estar monitoreando», profundiza Pavez.
«Se han hecho estudios de las chinchillas, pero igual se sabe relativamente poco. Hoy día una de las principales amenazas para las chinchillas son las actividades asociadas a las industrias mineras. Lo más fuerte es la ocupación de áreas donde hay colonias de chinchillas, en donde hay actividades mineras que implican apertura de rajos abiertos, donde hay que remover todo el sustrato, y en ese sentido se pierde el ambiente de la chinchilla. Es una situación muy difícil de manejar, porque se pueden plantear una serie de medidas, pero es una especie muy sensible y hasta el momento las medidas que se han propuesto y que se han implementado no han sido exitosas», añade.

Debido a lo anterior, el debate tomó fuerza especialmente a partir de 2020, cuando se conocieron antecedentes sobre el impacto de proyectos mineros sobre poblaciones de chinchilla de cola corta (Chinchilla chinchilla) en la Región de Atacama. La especie, clasificada en peligro de extinción y protegida por la legislación chilena, habita sectores donde algunas compañías buscan desarrollar proyectos de extracción de oro. El caso encendió alertas entre investigadores y conservacionistas, quienes advirtieron sobre los posibles efectos de estas intervenciones en poblaciones extremadamente frágiles.
Uno de los casos más comentados ha sido el de la minera Gold Fields, cuyos proyectos se emplazan en zonas habitadas por chinchillas cordilleranas. Como parte de las medidas de manejo ambiental, la empresa impulsó aquel año procesos de translocación, es decir, el traslado de individuos desde áreas intervenidas hacia otros sectores. Aunque este tipo de acciones son permitidas por la legislación ambiental bajo ciertas condiciones, diversos especialistas cuestionaron en su momento la falta de evidencia científica que respalde su efectividad en una especie tan poco estudiada.
Las críticas aumentaron luego de que se reportara la muerte de algunos individuos durante estos procedimientos, además de cuestionamientos relacionados con el manejo de las colonias y posibles impactos sobre su hábitat. La situación derivó en la paralización de parte de las operaciones y motivó la publicación de una carta en la revista científica Science, donde investigadores plantearon dudas sobre la viabilidad de estas intervenciones.
«Que yo sepa no existe ninguna evidencia que indique que la translocación de chinchillas se puede hacer de forma efectiva, como tampoco hay evidencia de que no se pueda hacer. En el fondo, hasta el momento la experiencia que existe es de la empresa Gold Fields, que fue en el año 2020. Fue una experiencia bastante desastrosa. Yo no estoy seguro de que en realidad no se puedan aplicar medidas adecuadas, porque yo no conozco los detalles de esa experiencia y en realidad me parece que los detalles no fueron muy públicos como para evaluar cuál fue el procedimiento que se llevó a cabo. Pero en teoría se debería poder, pero la experiencia hasta ahora es que la pérdida es inaceptable. Lo que se vio ahí es absolutamente inaceptable. Si se repiten ese tipo de procedimientos como se realizó allí, considerando la mortalidad que se dio, no son medidas que se puedan aplicar», comenta Pavez.
De esta manera, uno de los principales debates en la actualidad gira en torno a si las chinchillas realmente pueden adaptarse a nuevos territorios sin sufrir consecuencias graves. Se trata de animales altamente especializados, que viven en ambientes extremos y dependen de condiciones muy particulares para sobrevivir. Además, sus poblaciones suelen ser pequeñas, socialmente estructuradas y con tasas reproductivas relativamente bajas, lo que aumenta su vulnerabilidad frente a cualquier alteración.
«Las chinchillas son supersensibles, tienen un conocimiento acabado de su territorio, de su movimiento y todas las translocaciones son procedimientos sensibles, donde los animales sufren estrés. Las chinchillas de vida libre, digamos, para diferenciarlas de la doméstica, es muy estresable y cuando se hacen manejos de ella, incluso pueden sufrir paros cardíacos y cosas por el estilo», menciona Pavez.

«También hay otras opciones como, por ejemplo, el ofrecerle o enriquecer los ambientes con roqueríos artificiales que permitan que estas colonias, que están en lugares sensibles, se puedan ir trasladando gradualmente a estos nuevos sitios. Pero hasta el momento tampoco se han hecho experiencias al respecto», añade.
En esta línea, las críticas también apuntan a que aún existe muy poca información sobre la biología y ecología de estas especies. Diversos investigadores han advertido que no se conocen con suficiente profundidad aspectos clave como el uso del territorio, la dinámica social entre colonias o la capacidad de recolonizar ambientes. En ese contexto, trasladar individuos podría generar efectos difíciles de predecir.
Por lo mismo, para muchos especialistas, el problema no se limita únicamente a una discusión técnica, sino también ética. La pregunta de fondo es cómo compatibilizar actividades extractivas con la conservación de especies que se encuentran amenazadas y protegidas por la legislación nacional. En Chile, tanto la chinchilla cordillerana como la chinchilla chilena cuentan con categorías de conservación críticas y protección legal, incluyendo su reconocimiento como Monumento Natural.

«Hay bastantes estudios sobre translocación de especies, con distintas especies que han tenido éxito y otras que no. Yo participé en la zona de Magallanes, donde se rescataron coipos que estaban en una zona donde iban a hacer una mina de carbón. Y eso tuvo bastante éxito. Si tú los acostumbras al nuevo ambiente y los liberas ahí, pueden tener bastante éxito. Pero hay muy pocos casos, entonces no sabemos. Es superimportante aprender de esta metodología, que es nueva, para hacerlo lo mejor por posible y ojalá hacer una difusión de la experiencia. Eso es muy importante», relata Iriarte.
«Sería sumamente útil ver cómo minimizar el daño que está haciendo el ser humano. Por ejemplo, esta cosa del agua en las minas. ¿Cómo es posible minimizar este daño? Bueno, como tú sabes, ya casi todas las mineras están instalando plantas desaladoras para usar agua de mar. Obviamente eso va a ser muy importante para la supervivencia de las poblaciones de chinchilla, especialmente en la segunda y la tercera región. Entonces, yo diría que una de las cosas que, por ejemplo, sería interesante hacer, es un buen estudio genético de todas las poblaciones», agrega.
En este escenario, diversos científicos han insistido en la necesidad de aplicar el principio precautorio. Esto implica que, ante la falta de evidencia suficiente sobre los efectos de ciertas intervenciones, las decisiones deberían priorizar la protección de las especies y sus ecosistemas. También recalcan la importancia de desarrollar investigaciones independientes, revisadas científicamente y orientadas a comprender mejor el funcionamiento ecológico de estas poblaciones antes de implementar medidas de alto riesgo.

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Jǒzepa Benčina Campos
