Están en medio de la vegetación del bosque, escondidos o mimetizados con el sustrato o las hojas. Pueden ser pequeños; tan milimétricos que parecen roquitas. O irse a otro extremo, midiendo 10 centímetros, como un pequeño y silencioso gigante. Hablamos de los caracoles terrestres, moluscos que son relevantes para la ecología del suelo y de los cuales, en Chile, existe una gran deuda de conocimiento.

Charopidae. Créditos: Vicente Valdes
Charopidae. Créditos: Vicente Valdes

Dentro de lo que sí hay alguna idea, de acuerdo con lo que explica Rodrigo Barahona, Dr. en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias, es que en Chile existen aproximadamente 120 especies de caracoles terrestres. Eso sí, no existe un inventario actualizado, por lo que este número podría ir variando.

“Probablemente queden más especies por conocer, especialmente de los Charopidae, que son caracoles terrestres pequeñísimos. Del mismo modo, quizás hayamos sufrido de la extinción de caracoles terrestres sin siquiera describir las especies debido a la pérdida de hábitat y la fragmentación”, explica Rodrigo.

Caracoles en el bosque

Probablemente, al escuchar hablar de caracoles, a muchos les resulte familiar el clásico caracol de jardín (Cornu aspersum). Esta es una especie introducida, conocida por ser plaga en las huertas familiares, comiéndose verduras como lechugas, tomates o repollos. Sin embargo, en los bosques nativos, son otros los protagonistas.

Entre ellos, uno de los más emblemáticos, según explica Barahona, es el caracol negro (Macrocyclis peruvianus) “debido a su imponente tamaño y conspicuo color negro. Es propio de los macroinvertebrados de bosques más grandes del país y habita la zona centro y sur de Chile. A pesar de una especie muy llamativa, posee una baja abundancia”. A esta especie suman los caracoles de matorral o arborícolas del género Plectostylus de la zona centro-sur de Chile, que destacan por su tamaño y son usualmente vistas por las personas que hacen trekking. Otra especie de las más raras de observar son los Chiliborus que, a pesar de ser grandes, también poseen baja abundancia. Por otro lado, babosa de gayi (Phyllocaulis gayi) también destaca porque es la única especie de babosa endémica del país, que puede tener colores variables, desde el color blanquecino hasta el negro.

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Plectostylus mariae. Créditos Vicente Valdés.
Plectostylus mariae. Créditos Vicente Valdés.

Toda esta diversidad resulta clave para la degradación de la materia orgánica. Existen especies dentrívoras, fungívoras o herbívoras y, al alimentarse de esos recursos, sus heces se depositan en el suelo, dejando nutrientes que son claves para el ciclo de nutrientes. Así, ayudan a mantener a los ecosistemas, en especial bosques y selvas. “Esto también determina la composición de las plantas. Los caracoles son, a la vez, eslabones importantes en la mantención de cadenas tróficas porque son alimento de insectos, mamíferos y aves”, dice Barahona.

Una deuda pendiente

En la actualidad, todavía falta estudiar y conocer más sobre los caracoles terrestres. Barahona menciona que “casi no hay estudios en tema de historia evolutiva de caracoles chilenos y falta mucho conocer sobre la ecología de estas especies”. En esa línea, de acuerdo con lo que opina el investigador, los desafíos en esta materia se relacionan con mantener a las especies en sus actuales ecosistemas y evitar su extinción.

En ese sentido, su principal amenaza es la pérdida de hábitat. “Los caracoles no son capaces de moverse rápidamente por lo que miles mueren aplastados por la remoción de la tierra o la tala de bosque. Los que viven en hojarasca son afectados por el trekking desregulados y la gente que sale de caminos establecidos, la remoción de la hoja para ‘tierra de hojas’ y por las especies invasoras de babosas y caracoles. Además, el cambio climático afecta a las especies del norte y centro de manera más significativa ya que los caracoles se activan a temperaturas y humedades específicas, las cuales están cambiando producto de las emisiones de CO2 que se han liberado desde la era industrial”, opina Rodrigo.

Chiliborus rosaceus. Créditos Vicente Valdés
Chiliborus rosaceus. Créditos Vicente Valdés

A esto, agrega que una forma de evitar futuras extinciones es restaurar bosques y tener una política de conservación de moluscos terrestres que impida la introducción de nuevas especies invasoras.

De esta forma, para la próxima visita al bosque, se puede estar atento a un eventual encuentro con conchas de diferentes tamaños y unos lentos seres que, casi inadvertidos, cumplen una importante función.

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