Ladera Sur Cabo Polonio, un destino especial en Uruguay
Cabo Polonio, un destino especial en Uruguay

Cabo Polonio, un destino especial en Uruguay

Cabo Polonio es pequeño pueblo costero de Uruguay, que no tiene acceso a electricidad ni conectividad con la carretera, entre otras cosas. Sobre él nos relata nuestra colaboradora Carolina Brown, quien nos habla sobre lo especial que es este lugar, en el que “todo pareciera ocurrir a un ritmo meditabundo, risueño, a pie y en efectivo”. Aquí nos comparte más sobre él.

A poco más de dos horas en auto desde Punta del Este, el balneario más famoso de Uruguay, se encuentra Cabo Polonio: un pequeñísimo pueblo costero ubicado en el corazón de un parque nacional que lleva el mismo nombre. Se trata de un caserío sin acceso a electricidad ni conectividad con la carretera, enclavado entre dos gigantescas playas de arena blanca y en donde es posible olvidarse por completo del mundo exterior.

Era nuestra primera visita a Uruguay y el nombre Cabo Polonio aparecía una y otra vez cuando hablábamos con cualquier persona sobre nuestros planes. Generalmente iba asociado a la frase “no podés no ir”. Cuando tratábamos de seguir indagando, nuestro interlocutor se limitaba a suspirar, entrecerrando los ojos mientras accedía a sus preciados recuerdos y mencionaba algún dato suelto, como para aumentar nuestra curiosidad: “no hay luz”; “se llega en camiones”; “es el lugar más lindo de Uruguay”.

Lógicamente uno no puede pasar de algo así. Estábamos intrigados.

Cabaña en Cabo Polonio ©Carolina Brown
Cabaña en Cabo Polonio ©Carolina Brown

Hay dos maneras de llegar al Parque Cabo Polonio: en auto o en bus. Desde Punta del Este, se recorren 146kms de sinuosas carreteras de una pista (máxima de velocidad entre 80-90 kms/hora). El camino está en su mayoría pavimentado y no hay mayores complicaciones. En bus hay salidas desde Montevideo, el Aeropuerto Internacional Ángel S. Adami o Punta del Este.

Al llegar al parque, quienes vienen en auto particular deben dejarlo en el estacionamiento, que tiene un costo adicional de $5 US diarios (no es posible entrar en auto sin un permiso especial). La entrada al parque está junto a la carretera, a 7 kms del pueblo y solo se puede acceder en unos camiones destinados para eso. Hay salidas cada media hora o una hora (según horario y temporada). La entrada al parque tiene un costo de $150 UY y el pasaje ida y vuelta en el camión $250 UY (guarden el ticket para el regreso). El trayecto dura alrededor de 20 minutos y es posible realizarlo en unas butacas plásticas instaladas en la parte posterior de la máquina o, para máxima aventura, sobre el techo, lo que permite una excelente panorámica del paisaje.

En el último kilómetro antes de llegar, se observa una amplia playa de arenas blancas. Es posible ver el pueblo desde acá, un montoncito de casas blancas, apiñadas en una punta que se levanta sobre la arena. Hacia el norte y hacia el sur de Cabo Polonio hay aproximadamente 7 Kilómetros de playas ininterrumpidas por las que se puede caminar hasta dejar de sentir las piernas. Es muy recomendable recorrer los casi ocho kilómetros que separan a Cabo Polonio de Barra de Valizas, el siguiente pueblo hacia el norte.

©Carolina Brown
©Carolina Brown

Las casas del Polonio son por lo general pequeñas, sencillas, de un piso y paredes blancas, construidas con materiales y formas rudimentarios. Muchas tienen pequeños porches con hamacas que miran directamente al Atlántico y que invitan a sentarse a leer o simplemente a estar. Hay otras construcciones que son destartaladas, rebeldes, armadas con creatividad a partir de materiales de desechos, pintadas con consignas ambientalistas o filosóficas. Cabo es famoso por ser un reducto de hippies, aventureros y artistas. Caminando por él, uno puede hacerse una idea del carácter y fuerza de su población permanente (95 personas).

Acá no hay caminos (salvo la entrada al pueblo, junto a la parada de los camiones), no hay alcantarillado, tampoco hay luz eléctrica, ni agua potable. Las duchas son un lujo salobre (y por regla general compartidas, es imposible conseguir un baño con ducha privada). Todo pareciera ocurrir a un ritmo meditabundo, risueño, a pie y en efectivo.

Al atardecer, especialmente si está despejado, es muy recomendable subir al Faro de Cabo Polonio ($30 UY – abierto hasta que se pone el sol). Después de una claustrofóbica subida por las escaleras en espiral, es posible tener una espectacular vista de la playa, el pueblo y los roqueríos (donde hay una gigantesca colonia de sonoros lobos marinos).

Faro Cabo Polonio ©Carolina Brown
Faro Cabo Polonio ©Carolina Brown

Con respecto al alojamiento, es posible reservar posadas en Booking.com y AirB&B. Son lugares pequeños y sencillos, con capacidad de tres o cuatro piezas y comodidades básicas. Es muy raro que tengan acceso a cocina o baño privado. También es posible arrendar una de las casas del pueblo. No está permitido hacer camping. En cuanto a la alimentación, la mayoría de los uruguayos viajan con grandes coolers repletos de bebidas y sándwiches, pero también es posible encontrar restaurantes y puestos de comida al paso en el pueblo. Supermercados o almacenes casi no existen, salvo kioskos con productos básicos. Si quieren quedarse un par de días, recomiendo hacer la reserva con anticipación, especialmente en temporada de vacaciones en Uruguay (enero). Los precios son un poco más altos que en el resto del país: $100 US diarios por habitación doble con baño privado (ducha exterior compartida pero muy limpia). Muchos alojamientos ofrecen además servicio de almuerzo o cena por un precio conveniente.

Desayuno en el Jardín de Eli, Cabo Polonio ©Carolina Brown
Desayuno en el Jardín de Eli, Cabo Polonio ©Carolina Brown

La última noche que pasamos en Polonio nos quedamos afuera hasta que se puso el sol. Daba gusto observar las malezas meciéndose entre las dunas, bailando en el viento. Sobre la hierba, vimos pasar rauda una forma negra manchada de amarillo vivaz: hacía su aparición el sapito de Darwin, el animal estrella del Parque (no confundir con la ranita de Darwin que está en Chile y Argentina). Pasamos los minutos callados, prestando atención a los sonidos, esos que no se escuchan en la ciudad y que a uno se le olvida que existen: las cigarras, los grillos, el rugido lejano de la costa abierta del Atlántico. Cuando se fue la luz, nos quedamos un buen rato disfrutando las estrellas.

*Esta ruta se realizó antes de las medidas de cuarentena y confinamiento del covid-19. Recuerda sólo realizar estas travesías cuando esté permitido y con las medidas sanitarias correspondientes.

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