-
OPINIÓN | Proyecto de interconexión eléctrica amenaza la supervivencia de la rana del Pehuenche
3 de agosto, 2026 -
OPINIÓN | El agua olvidada: Lo que Valdivia puede enseñarnos sobre resiliencia urbana
28 de julio, 2026 -
OPINIÓN | Diez años del Derecho Real de Conservación: celebrando una conservación sensible e inclusiva
28 de julio, 2026
OPINIÓN | De la Odisea a los temporales: el viaje que Chile aún no emprende
A partir de los temporales que han vuelto a golpear al país y el reciente estreno de la película «La Odisea», adaptación cinematográfica del poema de Homero, Fernanda Valencia reflexiona sobre la forma en que Chile ha ocupado su territorio, las consecuencias de intervenir la naturaleza sin comprenderla y la necesidad de avanzar hacia un desarrollo más resiliente y respetuoso.
Los temporales que han afectado nuevamente a nuestro país han dejado imágenes conocidas: ríos que recuperan antiguos cauces, humedales que absorben parte del exceso de agua mientras otros, rellenados o degradados, dejan paso a inundaciones, infraestructura colapsada y comunidades que vuelven a preguntarse por qué seguimos sorprendidos frente a fenómenos que cada invierno parecen repetirse.


Sin embargo, quizás la pregunta correcta no sea por qué ocurren estos eventos, sino qué nos revelan sobre la manera en que hemos decidido habitar el territorio. Los temporales no son únicamente un fenómeno climático; también ponen en evidencia las consecuencias de décadas de decisiones que buscaron dominar la naturaleza antes que comprenderla.
En medio de esta contingencia, el anuncio de una nueva adaptación cinematográfica de La Odisea ha despertado un renovado interés por una de las obras fundacionales de la cultura occidental. Más allá del espectáculo que promete la película, su mayor mérito puede ser recordarnos que los grandes clásicos permanecen vigentes porque siguen iluminando los desafíos de cada época.
La travesía de Odiseo no es solamente el relato de un héroe que busca regresar a Ítaca. Es la historia de un hombre que descubre, una y otra vez, que existen fuerzas que no puede controlar. El mar, las tormentas y la naturaleza no son un escenario pasivo, sino protagonistas de un viaje donde la verdadera inteligencia consiste menos en imponerse que en reconocer los propios límites.


Durante siglos, Occidente pareció olvidar esa enseñanza. Inspirados por la figura de Prometeo, abrazamos una idea de progreso basada en la conquista de la naturaleza. El fuego robado a los dioses simbolizó la confianza en que la técnica, la ingeniería y el crecimiento económico serían suficientes para corregir cualquier límite impuesto por el territorio. Gracias a esa visión alcanzamos avances extraordinarios, pero también comenzamos a considerar ríos, humedales, bosques y paisajes como obstáculos que podían rellenarse, canalizarse o reemplazarse.
Los temporales de este invierno vuelven a recordarnos el costo de esa mirada. Cuando un humedal desaparece bajo el hormigón, cuando un cauce pierde su espacio natural o cuando un bosque ribereño es reemplazado por urbanizaciones, no solo disminuye la biodiversidad: aumenta también nuestra propia vulnerabilidad. Paradójicamente, aquello que muchas veces fue visto como un freno al desarrollo era, en realidad, parte de la infraestructura natural que protegía a nuestras comunidades.
Quizás por eso hoy resulte necesario recuperar otra figura de la tradición clásica: Orfeo. A diferencia de Prometeo, Orfeo no transforma el mundo mediante la fuerza ni mediante el dominio técnico. Lo hace desde la escucha, la sensibilidad y la armonía. Su música representa una forma distinta de relacionarse con la naturaleza: no como un objeto de explotación, sino como una realidad con la cual es posible convivir.
Ese tránsito —desde Prometeo hacia Orfeo— comienza a reflejarse en muchas de las discusiones contemporáneas sobre planificación territorial y desarrollo sostenible. La protección de humedales, las soluciones basadas en la naturaleza, la restauración ecológica y la creciente valoración del paisaje responden a una convicción cada vez más sólida: conservar no es oponerse al desarrollo, sino hacerlo más seguro y resiliente.


La contingencia nos ofrece, entonces, una oportunidad que trasciende la reconstrucción de caminos, puentes o viviendas. Nos invita a reconstruir nuestra manera de pensar el territorio; a comprender que los ecosistemas prestan servicios esenciales, que el paisaje no es un lujo estético sino una infraestructura indispensable y que prevenir, muchas veces, significa conservar.
Quizás esa sea la enseñanza más vigente de La Odisea. El viaje que Chile necesita emprender no consiste simplemente en recuperar lo perdido tras cada temporal. Consiste en abandonar la ilusión prometeica de que todo puede ser conquistado y avanzar hacia una cultura capaz de contemplar, comprender y cuidar aquello que hace posible nuestra propia existencia.
Porque, al final, la naturaleza siempre termina recordándonos que no somos sus dueños. Como Odiseo frente al mar, nuestra mayor sabiduría no consiste en creer que podemos dominarla, sino en aprender a navegar con ella.
Fernanda Valencia Rincón