Chile es una tierra de ríos. A lo largo de su accidentada geografía, el agua acumulada en la nieve de la cordillera de los Andes fluye en forma de miles de esteros. Éstos se reúnen en ríos, lagos y humedales, para luego desembocar en el océano Pacífico. Justo en la mitad de la angosta geografía chilena, se extiende un enorme cuerpo de agua, el cual configura la segunda cuenca hidrográfica más grande del país. Este coloso es el río Biobío, o Butaleubú, como lo llamó el pueblo mapuche y que quiere decir “río grande”.

El río Biobío nace de las lagunas Icalma y Galletué, ubicadas en la estepa austral andina, en la zona de Lonquimay. Su cuerpo se extiende a través de cerros y valles, dando de beber a bosques, campos y ciudades, antes de entregar sus aguas al mar, en las inmediaciones del valle de la Mocha, donde se emplaza la ciudad de Concepción. Los 380 kilómetros que recorre este serpenteante río lo hacen el segundo más largo de Chile, únicamente superado por el casi extinto río Loa.

El río del cielo y la tierra 

©Beth Wald
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La importancia cultural del río Biobío se ve reflejada en la cosmovisión mapuche en donde existía un gran río terrenal y otro espiritual, correspondencia necesaria para el equilibrio entre las dos dimensiones. Dentro de esta visión, el Biobío representó durante largo tiempo el gran río terrenal, con sus cientos de brazos extendidos por el territorio, en torno al cual innumerables familias constituyeron sus linajes.

De esta forma, el gran río de la tierra, Butaleubú (o Futaleufú, dado que en mapudungún la b y la f son intercambiables; una variación geográfica de la lengua que no cambia el significado de sus palabras), tenía su equivalente en el gran río del cielo, Wenuleufú: la vía láctea para nosotros. En este plano espiritual, y en este “río galáctico», es donde vivían aquellos antepasados que poblaron la tierra en sus orígenes. “Estos antepasados de los araucanos de hoy tienen como coto de caza la inmensa Calle de los Cuentos ‘Repu Mapu’, a la cual también llaman Huenu Leufu, Río del Cielo, donde se da caza a las veloces avestruces, choiques, escapadas de los cazadores terrestres que se han refugiado en el firmamento. Aún puede verse las huellas de la pata de la avestruz en el cielo, en la Penon Choike, o como dicen los blancos, la Cruz del Sur” (Bengoa, 2003: 13).

El anterior relato pone de manifiesto el rol articulador del río Biobío para la sociedad mapuche. Luego, y durante más de 300 años, este río representó la frontera histórica entre las tropas españolas y el pueblo mapuche, siendo testigo de cruentas batallas, acuerdos y traiciones. Vida, espíritu, frontera y obstáculo; así y más se ha calificado al antiguo Biobío. Sin embargo, recientemente sus torrentosas aguas fueron reclamadas por sectores económicos, que no veían más que su potencial hidroeléctrico.

Los tres mega embalses

©Weston Boyles
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En los años 60 Endesa –entonces empresa pública–, determinó que podían construirse allí seis centrales. El bosquejo estaba hecho, pero comenzó a ejecutarse recién en los 90’, con la compañía ya privatizada. Así, en estas tres últimas décadas, el río Biobío ha pasado de ser una de las cuencas más grandes de Chile, a ser la cuenca de sacrificio más grande del país, debido a la construcción de tres megaembalses: Pangue, Ralco y la recientemente inaugurada central Angostura, inundado enormes superficies de bosque nativo y cementerios sagrados para el pueblo pehuenche.

En mayo de 1990, autorizaron la construcción de la primera megacentral hidroeléctrica, Pangue. Inmediatamente surgió una fuerte oposición al proyecto, debido al impacto en las formas de vida de siete comunidades que residían en el área de inundación del embalse, además de los irreversibles cambios ambientales que produciría en la cuenca del río. La presión ejercida por los grupos contrarios a la construcción de la central fue contundente, movimientos ciudadanos como el Grupo de Acción por el Biobío protestaron en conjunto con pobladores pehuenches, realizando demandas legales y grandes manifestaciones en contra de la construcción de Pangue. Sin embargo, a pesar de la gran desaprobación, la central Pangue comenzó a funcionar en 1996.

©Beth Wald
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Después de Pangue vino el embalse Ralco, la más grande central hidroeléctrica en Chile. Y nuevamente se repitió la misma historia de protestas y demandas, enfrentadas a los intereses privados y políticos estrechamente aliados. En 1998, durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se aprobó la construcción de la represa que fue inaugurada en 2004 durante la presidencia de Ricardo Lagos.

Es lamentable ver el actual estado de Ralco… un enorme y solitario embalse, con frecuentes derrumbes en su inestable orilla. Esto producto de los grandes cambios en el nivel del embalse, el cual llega a variar alrededor de 40 metros durante el año.

En cuanto a la última central, Angostura, fue finalizada en 2014, y fue construida a pesar de los convenios firmados el año 2004 en que el Estado chileno se comprometió ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), entre otras cosas, a no hacer más represas en tierras indígenas del Alto Biobío. Además, la central fue construida a los pies de un sitio ceremonial pehuenche, una estructura piramidal artificial denominada “kuel”, destruyendo posibles sitios arqueológicos de inconmensurable valor cultural. De hecho, cuando a comienzos del 2008 el arqueólogo canadiense Tom Dillehay —famoso por haber descubierto Monte Verde, el asentamiento más antiguo de América—, estuvo en la zona, ratificó el carácter arqueológico del sitio y su importancia espiritual para los antiguos mapuches.

Embalse Ralco ©Bastian Gygli
Embalse Ralco ©Bastian Gygli

En la actualidad, si bien la central Angostura ha realizado una estratégica campaña comunicacional sobre su imagen y los proyectos de mitigación para subsanar los impactos del proyecto, su construcción representa el golpe final a la cultura pehuenche y contribuye, al igual que las centrales anteriores, a un proceso que en antropología denominamos “etnocidio”, es decir, un genocidio cultural de la lengua y modo de vida pehuenche, debido a la destrucción de dos elementos articuladores y sagrados de su cosmovisión: sus cementerios y las aguas del río Biobío. El etnocidio se ejerce «por el bien del otro»: si el genocidio liquida los cuerpos, el etnocidio mata el espíritu.

Veintiocho años luego de la aprobación de la primera central, es triste saber que la comuna de Alto Biobío posee una de las mayores tasas de suicidio, alcoholismo y pobreza en Chile, según las estadísticas del Ministerio de Salud y Ministerio de Economía. Toda la riqueza prometida por Enel (ex Endesa) y Colbún se tradujo simplemente en una de las tarifas eléctricas más caras del país.

Y más por venir… 

©Weston Boyles
©Weston Boyles

A estas alturas, es altamente reconocido el esencial rol ecosistémico y cultural de los ríos, pues está comprobado, tanto por las ciencias sociales como naturales, el daño que cualquier tipo de central hidroeléctrica genera de manera irremediable a las dinámicas tróficas de los ríos. A esto se suma la pérdida de conectividad hidrológica, es decir, el flujo de sedimentos, nutrientes y organismos entre la cordillera y el mar (Pfister et al. 2009). Además, su construcción desintegra el tejido social de los grupos humanos que habitan alrededor del cuerpo fluvial, produciendo un proceso conocido como “atomización social”, es decir, la pérdida de confianza entre los miembros de una comunidad.

Actualmente, existen nuevos proyectos en carpeta que amenazan a los tributarios del río, e incluso al Biobío mismo. Esto se debe a que la cuenca del Biobío es considerada una cuenca de sacrificio, es decir, un territorio devastado ambientalmente, con perjudiciales efectos en la salud y las comunidades locales, y donde las malas prácticas industriales persisten ante la ausencia de una regularización consistente.

Por ello, en este momento están a punto de ser aprobadas dos centrales más en el río Biobío: Frontera y Rulcahue. Su negativo impacto ecosistémico se sumará al de las represas anteriores, agravando el ya alarmante estado del río. Ante los reiterados diagnósticos, que se repiten en todo el planeta, indicando a la energía hidroeléctrica como una fuente en exceso destructiva y obsoleta de energía, además de las diversas alternativas actuales de generación eléctrica… ¿Realmente es lúcido seguir construyendo centrales hidroeléctricas en las cuencas de nuestro país? Nosotros creemos que no, y por ello actuamos.

Biobío Vive y las niñas del río

©Weston Boyles
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La degradación ambiental del Biobío brinda un escenario desalentador. Sin embargo, aún es posible encontrar personas e iniciativas que buscan poner en valor a este antiguo río.

En este contexto, el turismo en la zona de Alto Biobío se plantea como una alternativa potente. Actualmente en la localidad de Ralco celebramos el festival Biobío Vive, en el que se realizan descensos en rafting para la comunidad, competencias de kayak, charlas de educación ambiental y actividades que buscan poner en valor el río Biobío. En la última versión de este festival participó un grupo de mujeres pehuenche, quienes compitieron en la categoría de rafting amateur en la II versión del festival. Grande fue la sorpresa cuando, sin entrenamiento alguno, lograron el segundo lugar en la competencia. Tras esta actividad, las participantes se entusiasmaron y decidieron crear un hermoso proyecto llamado “Malen Leubü” (“Niñas del río” en chedungún).

Este consiste en la consolidación del primer equipo de rafting de mujeres indígenas de Chile y América Latina (y quizás del mundo). Malen Leubü busca representar a la comuna de Alto Biobío en las competencias de rafting en los diversos festivales de río en Chile, pero además, sus integrantes plantean el rafting como una herramienta para involucrar a la comunidad local y sobre todo la juventud pehuenche; para educar y demostrar la importancia natural y cultural que tienen los ríos de Alto Biobío y por ende su protección.

©Weston Boyles
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Además, Fernanda Castro —miembro del equipo— participó como monitora en el intercambio de estudiantes de la ONG Ríos to Rivers, lo cual está potenciando de una manera impresionante a los actores locales de la cuenca.

Lo anterior demuestra que soplan vientos de cambio, sin embargo, si no queremos volver a cometer el error que Ralco, Pangue y Angostura representan, es necesaria una acción constante y un reconocimiento del valor de los ríos en todo Chile. Por ello actuamos, para que algún día el río Biobío —el gran río de la tierra— sea escuchado, pues quienes logren descifrar su torrentosa voz, oirán el llamado a desmantelar los bloques de hormigón que impiden su libertad.

Referencias

Bengoa, J. (2003). Historia de los antiguos mapuches del sur. Desde antes de la llegada de los españoles hasta las paces de Quilín, Santiago: Catalonia.

Pfister et al. (2009). The rivers are alive: on the potential for diatoms as a tracer of water source and hydrological connectivity. Hydrol. Process. 23: 2841–2845.

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