Hay conocimientos que no están en los libros, pero existen. Se transmiten en la práctica, en la experiencia acumulada, en la forma de habitar los territorios. En la costa de Chile, ese saber ha estado por generaciones en manos de pescadores artesanales. Durante mucho tiempo, sin embargo, la ciencia no lo incorporó como parte de su propia construcción de conocimiento.

El trabajo liderado por la investigadora Miriam Fernández, del Núcleo Milenio para la Ecología y la Conservación de los Ecosistemas de Arrecifes Mesofóticos Templados (NUTME), parte justamente desde ahí: no desde la falta de información, sino desde la pregunta del cómo integrar los saberes locales en la investigación científica.

Los arrecifes mesofóticos —ecosistemas submarinos que habitan zonas de baja luz, entre los 25 y más de 70 metros de profundidad— han sido históricamente poco estudiados en Chile. No solo por su complejidad ecológica, sino por algo mucho más concreto: investigarlos es difícil y costoso.

Y entonces aparece una intuición tan simple como potente: quizás alguien ya sabe dónde están.

Esa pregunta no se queda en una idea. Se transforma en método: salir a buscar ese conocimiento ahí donde existe, en las caletas, en la experiencia acumulada de quienes han pasado años navegando esos mismos espacios.

Lo que ocurrió después no fue solo un levantamiento de información. Fue, en el fondo, un cambio de perspectiva.

Cuando el equipo comenzó a entrevistar pescadores, esperaba encontrar datos acotados. Pero lo que apareció fue otra escala de conocimiento. “Cada pescador puede ofrecer mucha información para que la comunidad científica, de manera ordenada, podamos hacer uso de esa información”, destaca Miriam, señalando además que los datos no eran solo cantidad, eran precisión: “El primer pescador que entrevistamos nos dio información de 25 arrecifes, pero él no solo sabía dónde estaban los 25, sabía la latitud y la longitud de memoria”.

Ahí, la investigación empezó a moverse en otro registro: no el de la exploración desde cero, sino el de traducir un conocimiento ya existente.

Pero quizás uno de los momentos más reveladores tuvo que ver también con las formas de conocer. “Los pescadores mayores, lo que dicen, es que cuando el remo está en el agua, ellos se ponen el otro extremo en la oreja y por el sonido que perciben saben cuando hay rocas». Ese gesto —tan lejano de los instrumentos científicos tradicionales— no fue descartado. Fue escuchado. Por supuesto, las generaciones más jóvenes utilizan sondas acústicas que mapean el fondo, y registran en un GPS la ubicación precisa.

De la experiencia a la evidencia científica

A lo largo de casi 900 kilómetros de costa, el equipo logró identificar 1119 arrecifes mesofóticos gracias a la información entregada por pescadores.

Luego vino la validación: visitas en terreno y uso de métodos acústicos para confirmar lo que se había dicho.

El resultado fue claro: existe un 98% de correspondencia. “Esto es altísimo y da cuenta de que los pescadores nos dieron información muy precisa respecto de la ubicación”, menciona la investigadora. “La distancia entre donde dijeron que estaba el arrecife y donde nosotros lo encontramos era en promedio 90 metros de diferencia, en un mar que luce todo igual en la superficie, o sea increíblemente exacta». 

Es aquí donde el conocimiento local se convierte en dato científico, al pasar por una metodología que lo valida. Además entregaron información del tamaño de los arrecifes, tipo de roca, profundidad, especies que encuentran.

Pero este trabajo no solo permitió mapear un ecosistema poco conocido. También dejó al descubierto un problema mayor, según Miriam: “4 de 1119 sitios de pesca que describieron los pescadores están siendo actualmente protegidos, esto es muy muy bajo”. Los arrecifes mesofóticos —a pesar de su relevancia ecológica— prácticamente no están representados en las áreas marinas protegidas del país. Y eso cambia la conversación.

Volver a quienes saben

Lo interesante es que la investigación no termina en el diagnóstico. Vuelve al territorio. “Es posible tomar el conocimiento de los pescadores, usarlo para identificar un problema… y volver con ellos a trabajar en un plan para la protección de esos ecosistemas”, destaca Miriam Fernández.

Este plan contempla acciones desde reconocer zonas que podrían destinarse a conservación porque hoy se usan poco, hasta explorar formas de manejo como la rotación de áreas de pesca, lo que se abre es un espacio de trabajo compartido. No se trata de imponer restricciones, sino de diseñar estrategias que equilibren la protección de estos ecosistemas con la necesidad de sostener la actividad pesquera.

La ciencia del futuro

En este proceso, la ciencia no sólo validó información: también tuvo que hacerse cargo de cómo la produce. Porque los datos no aparecieron en un laboratorio, sino en relatos, en memorias, en formas de conocer el mar que han sido construidas por años.

Lo que hizo este estudio fue ordenar, contrastar y validar ese conocimiento con herramientas científicas. Y en ese cruce, lo que emerge no es solo evidencia: es una forma distinta de hacer ciencia en la que se reconoce lo que ya existe en los territorios y que entiende que el conocimiento también se construye con quienes lo sostienen en la práctica.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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