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La antigua autopista del huiro: el rastro de los bosques sumergidos que acompañaron el poblamiento de América del Sur
A través de la reconstrucción de 20.000 años de historia costera, un nuevo estudio liderado por investigadores chilenos revela cómo los densos huirales del Pacífico Sur habrían ofrecido condiciones estables y predecibles para las primeras poblaciones humanas en un clima cambiante. Al integrar modelación ecológica con evidencia arqueológica, el estudio aporta una perspectiva inédita para Sudamérica, ampliando el alcance geográfico de la llamada “Hipótesis de la Autopista del Kelp”.
Durante las últimas cuatro décadas, la narrativa del poblamiento americano estuvo anclada a la tierra firme: grupos de cazadores de megafauna atravesando estepas heladas en un viaje épico a través de Beringia. Más recientemente, sitios arqueológicos como Pilauco, Monteverde y Tagua Tagua (Chile), Pedra Furada (Brasil) y Piedra Museo (Argentina) también han aportado a la discusión sobre el poblamiento temprano en América del Sur, incluso a través de la costa, hipótesis que también ha tomado espacio en la discusión científica en los últimos años.

En esa línea, el océano ha comenzado a reclamar su lugar en este relato. Una de las ideas más influyentes en este giro es la llamada “Hipótesis de la Autopista del Kelp”, que propone que los primeros humanos avanzaron bordeando la costa del Pacífico, aprovechando ecosistemas marinos ricos y predecibles.
Hasta ahora, la mayor parte de la evidencia de esta hipótesis se ha concentrado en el hemisferio norte. Pero una investigación recientemente publicada en Frontiers in Ecology and Evolution aporta nuevas piezas clave desde el sur del continente, mostrando que la costa del Pacífico sudamericano pudo haber ofrecido condiciones similares durante miles de años.


Los kelp, o bosques de macroalgas, son considerados verdaderos “ingenieros ecosistémicos”, no solo sostienen una biodiversidad extraordinaria, sino que generan entornos productivos y relativamente predecibles en el tiempo. Según los autores del estudio, de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), Universidad Austral y el Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS), esa estabilidad es precisamente la que podría haber facilitado el desplazamiento y asentamiento de poblaciones humanas a lo largo del Pacífico sur.
El mapa de un mundo sumergido
Para reconstruir este pasado, el equipo utilizó modelos de distribución de especies (SDM) combinados con datos paleoclimáticos, proyectando la presencia de bosques de macroalgas en tres períodos clave: el Último Máximo Glacial, el Holoceno Medio y el Período Cálido Medieval.
Luego, cruzaron estos mapas con evidencia de 38 sitios arqueológicos costeros entre Perú y la Patagonia. El resultado fue consistente: una superposición recurrente entre zonas con alta probabilidad de presencia de kelp y áreas de ocupación humana temprana.


“Lo que postulan los arqueólogos es que los bosques de macroalgas son un hábitat que es continuo; es decir, te lo encuentras reiteradamente a lo largo de la costa”, explica Bernardo Broitman, investigador del SECOS y académico de la Facultad de Artes Liberales de la UAI. “Ofrecen un conjunto de recursos que son, en cierta medida, predecibles; sabes dónde los vas a encontrar. Es un hábitat abundante en recursos a lo largo de todo el año, lo cual es vital para una población en movimiento”.
Más que una ruta lineal, los resultados sugieren la existencia de un mosaico de hábitats costeros productivos, que en conjunto pudieron funcionar como corredores ecológicos para las primeras poblaciones humanas.


El desafío de encontrar lo que el tiempo borra
A pesar de su relevancia, las algas son difíciles de rastrear en el registro arqueológico. A diferencia de conchas o huesos, su material orgánico se degrada rápidamente, lo que limita la evidencia directa de su uso.
Carola Flores, arqueóloga, también académica de la Facultad de Artes Liberales de la UAI, enfatiza que la clave está en ampliar la mirada. “El problema del estudio de las algas en contextos arqueológicos es la conservación. Al ser materiales orgánicos se degradan fácilmente y por lo tanto la evidencia directa es escasa”, explica.

Sin embargo, señala que existen múltiples formas de inferir su importancia. “La relevancia de estos ecosistemas se observa a través de restos secos o carbonizados, pero también indirectamente por las especies de peces, moluscos y otros organismos asociados a estos bosques. La evidencia muestra múltiples usos: como alimento, combustible o materia prima”, añade.
Sitios como Monte Verde, en el sur de Chile, han aportado algunas de las evidencias más tempranas del uso de algas, mostrando que estas ya formaban parte de la vida cotidiana de comunidades humanas hace miles de años.


Un refugio en el fin del mundo
El estudio también revela un patrón clave. A lo largo del tiempo, los bosques de kelp han respondido a los cambios climáticos desplazándose hacia los polos. Tras la última glaciación, su distribución se expandió hacia el sur, siguiendo la disponibilidad de aguas más frías. Hoy, ese mismo patrón se observa nuevamente, pero bajo la presión acelerada del cambio climático.

“Estos desplazamientos hacia los polos se han documentado en distintas partes del mundo. Es una respuesta consistente de estos ecosistemas al calentamiento”, advierte Broitman, y agrega que “en el caso de Chile, la extensión latitudinal del territorio podría ofrecer refugios hacia el extremo sur, pero eso no significa que estén libres de amenaza”.
El aumento de la temperatura del océano, junto con la presión por la extracción de huiros, podrían fragmentar estos ecosistemas, afectando su persistencia, particularmente en el norte del país.
El kelp como conector de la historia



Más allá de reconstruir el pasado, la investigación propone una nueva forma de entender la relación entre humanos y ecosistemas costeros. Desde el desierto de Atacama, donde el kelp fue utilizado como combustible en contextos de escasez de leña, hasta los canales australes, estas algas han sido parte del entramado ecológico y cultural de las sociedades costeras.
Al integrar modelación ecológica con evidencia arqueológica, el estudio aporta una perspectiva inédita para Sudamérica, ampliando el alcance geográfico de la llamada “Hipótesis de la autopista del Kelp”. “Este enfoque nos permite conectar el pasado ecológico con la historia humana. La modelación reconstruye dónde pudieron existir bosques de kelp, y la arqueología muestra que esos mismos espacios fueron utilizados por comunidades humanas, reforzando su rol como fuente de recursos y posible clave en la formación de estos asentamientos costeros”, explica Daniel González-Aragón, otro de los co-autores del estudio e investigador de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Más que confirmar una única ruta de poblamiento, los resultados refuerzan la idea de que los ecosistemas marinos, y en particular los bosques de macroalgas, pudieron haber desempeñado un rol clave como entornos estables, productivos y conectados, facilitando la ocupación humana a lo largo del tiempo.
En ese sentido, proteger estos ecosistemas no solo es una tarea ecológica, sino también histórica. Porque en sus aguas densas y frondosas no solo habita biodiversidad: también se esconde parte del camino que siguió nuestra propia especie.
Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS)