Entre los pasajes costeros de Dalcahue, Chiloé, se encuentran las artesanas del pueblo. Son una veintena de mujeres de la tercera edad, quienes mantienen una tradición local dando vida a la feria artesanal. La que lleva menos antigüedad en el lugar, lleva 40 años de trabajo.

Muestras de las artesanías de Dalcahue
Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

Sin calefactores, solo con un abrigo y una carga de mates, ellas están acostumbradas a la lluvia y el frío de la isla de la Región de Los Lagos. En sus puestos, destacan los famosos tejidos chilotes. Entre ellos, calcetines, gorros y frazadas que se acompañan de otras artesanías que se exhiben durante todo el año. Es que las artesanas se sientan en sus puestos cada día: no conocen de vacaciones, pues trabajan de enero a diciembre en el mismo galpón de la calle Pedro Montt desde hace 26 años. 

Antes de eso, previo a este siglo, su lugar de ventas era una parcela que reunía a artesanos de otros lados de Chiloé, como Castro, Ancud, Quinchao y Quemchi. Sin embargo, fueron ellas pusieron el grito en el cielo para que se les diera la oportunidad de vender donde vivían. Lo lograron. Y ahora cada una guarda su propia historia. 

El galpón de la Feria Artesanal de Dalcahue fue diseñada por Edward Rojas.
El galpón de la Feria Artesanal de Dalcahue fue diseñado por Edward Rojas. Créditos: Dalcahue su Historia en Imagenes, Héctor Caicheo.

El oficio que las llevó a la feria de Dalcahue

Edith Contreras lleva 40 años en la feria de Dalcahue. Es oriunda de Chaitén, pero toda su vida ha sido en la localidad costera de Chiloé. Cuenta que hace 60 años aprendió su oficio en la isla Quenac, dentro del archipiélago: “Miraba de intrusa a una tía y a mi abuela. Ellas tejían ponchos, frazadas, de todo. Cuando se descuidaban, iba a jugar con los tejidos”.

Contreras vivía en el campo, por lo que debía repartir su labor con las actividades correspondientes al sector donde vivía. Tenía que alimentar a las gallinas, a los cerdos, buscar huevos y arriar corderos, entre otras faenas. “Nos levantábamos a las 7 de la mañana. Empezábamos con los corderos, a dejar a los otros potreros, íbamos a mariscar y recién a las 10 de la mañana, cuando terminábamos, nos tomábamos un café e íbamos a tejer”, recuerda.

Edith Contreras trabajando en su casa.
Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

Hoy concentra su trabajo en su puesto “El Espinillo”. Según explica, el nombre viene de una especie invasora, pero lo resignificó: “Donde vayas verás una de mis artesanías, tal cual maleza en las carreteras de la isla”. Ella no espera retirarse a corto plazo, ya que se siente feliz cada vez que un turista se lleva alguna de sus obras, que por lo general son extranjeros. En ese sentido, indica entre risas, “yo no sé inglés, pero tuve que aprender para generar plata, para sacar la cuenta. Yo les tengo que escribir para que me paguen”.

Como Edith, gran parte de las artesanas de Dalcahue llevan décadas en su rubro. Sin embargo, se conocen desde antes. Para ellas, tienen algo así como una “sociedad mutualista”, donde ante las eventualidades se tienden la mano para ayudarse. Como buenas sureñas, esta reciprocidad tiene su raíz en la minga, instancia que se caracteriza por “devolver el favor a quien lo necesita”.

Sarita Mansilla cuenta con una amplia variedad de artesanías en su puesto, desde canastos con vegetación nativa, hasta los tradicionales tejidos de lana.
Sarita Mansilla cuenta con una amplia variedad de artesanías en su puesto, desde canastos con vegetación nativa, hasta los tradicionales tejidos de lana. Créditos: Sebastián Contreras Osorio

Dentro de esta sociedad está la señora Sarita Mansilla, tan solo a unos puestos de Edith. Ella expone trabajos realizados en lana y madera, además de presentar obras hechas con manila, quiscal y junquillo. Mansilla aprendió con su madre y abuela hace, según estima, más de 30 años. Pero en su cabeza, desde que tiene uso de razón, sabe realizar artesanías.

“Me acuerdo que iba en la escuela básica, desde chiquitita, seis años, ya empezábamos a hacer de todo un poquito. Por ejemplo, hacer puntos, realizar cosas pequeñas como polainas o medias. Después empecé a ayudarle a mi mamá con cosas más grandes como los espaldares, las mangas, las chombas y después los canastos. Para nosotros todo eso era como un juego”, explica Mansilla.

Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

Sarita no es de Dalcahue. Sin embargo, lleva varias décadas viviendo en la comuna y fue la familia de su pareja quien la ayudó a asentarse en la isla. “Cuando vine fue un cambio súper grande, porque son otras costumbres, otro clima. Lo que yo sabía se complementó acá, algunas cosas las mejoré y otras las mantuve como para mantener la tradición, sabía hacer esto, pero distinto, quizás más pulidito, pero acá era todo más rústico. Igual enseñé a muchas personas de aquí a hacer artesanías y a pulir más su trabajo, su técnica”, afirma.

Por otro lado, la señora María Ulloa, es originaria de Dallico, a unos 30 kilómetros al este de Dalcahue. La artesana lleva más de 60 años en la ciudad en un puesto céntrico de la feria donde sólo se ha enfocado en tejidos, los cuales aprendió a una temprana edad, al igual que las otras mujeres consultadas:

“Mi mamá hilaba y tejía, ahí fui aprendiendo (…). Sería a los seis u ocho años, cuando era chica que buscaba unos palitos y empezaba a hilar, comencé con gorros y chompas. Yo trabajaba en una ferretería y después tejía en las noches, venía a vender los sábados y domingos. Después quedé cesante y empecé a estar más fija acá hace unos 40 años”, recuerda Ulloa.

Créditos: Sebastián Contreras Osorio

Dircia Gutiérrez, originaria de Cochamó, es una más del grupo. Con casi 40 años en el pueblo, aprendió igual que las demás, observando y jugando con lanas y palillos. “Es la mejor actividad que tengo”, dice. “Entré trabajándole a una señora que estaba acá y después me pidieron que me inscribiera”, recuerda con cariño, haciendo alusión al grupo unificado de trabajadoras.

La adaptación a un medio hostil

En la isla grande de Chiloé suele llover más de la mitad del año. Solo el verano da un poco más de tregua, con días más soleados y mayor afluencia de turistas. Cada día de la época estival, las artesanas se levantan temprano hacia su lugar de trabajo, ya que es donde reciben el sustento del año. 

Telar tradicional chilote
Además de los palillos, gran parte de las artesanías que toman mayor trabajo se realizan con el telar tradicional chilote. Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

“Hay días que uno quiere quedarse en la casa, pero hay que aprovechar, porque el invierno es más lento. Entonces, después es levantarse, tomarse un café y venir no más. Después acá tomamos mates, arreglamos el puesto y unas a otras nos vamos dando ánimos”, recalca Sarita. 

El resto del año, cuando las temperaturas bajan, se cuidan más. Todas apuntan a que “no quieren pasarse de frío” ni mucho menos resfriarse o “caer en cama”. Para ellas es sagrado ir todos los días, incluso con el frío desmesurado del sur. Aunque, en algún momento, algunas se replantearon su estadía, decidieron salir adelante por ser el principal sostén de su familia. Ahora, con algunos hijos que ya emigraron, tienen que mantenerse a ellas mismas y sus maridos. Sin embargo, el galpón de la calle Pedro Montt es algo a lo que no se renuncia. 

Créditos: Sebastián Contreras Osorio

Entre ellas se juntan para generar algo de calor humano, lo que se complementa con sus mates. Además, como la feria está junto a la cocinería, no falta quien compre milcaos, calzones rotos u otros tentempiés para pasar el frío y de paso tomar un desayuno chilote.

La inexistencia de un legado

La mayoría de las artesanas tienen nietos e incluso bisnietos. Pero su legado dentro de la feria pareciera llegar hasta ellas mismas. Explican que esto se debe a factores como la mejora en el acceso a la educación, la migración de la isla o la existencia de otros intereses en sus familiares.

Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

Esto no pone triste a ninguna de las mujeres. Ellas aseguran alegrarse de que sus hijos o hijas continúen como desean su vida, y que se sienten orgullosas de que su trabajo termine con ellas.

“A mis hijas sí les ha interesado el asunto, ellas lo saben hacer. Yo les he enseñado, pero no ejercen porque ellas estudiaron. Mis hijas son universitarias, entonces, pues se va perdiendo esto. Les gusta, pero como hobby, pero no les da como para mantenerse con esto”, comenta Sarita.

En cambio, María Ulloa, con una mezcla entre orgullo y cierto pesar, declara: “No tengo familia, no tengo hijos, no tengo nada, entonces hasta acá nomás llega. Tengo alguna que otra sobrina, pero tienen otras iniciativas”. Pese a eso, Ulloa está sumamente contenta con lo logrado por su trabajo y los lugares donde llegan a parar sus obras.

Créditos: Sebastián Contreras Osorio.

“De repente vienen personas que pasan a comprar un tejido, una chomba, pasan dos, tres años, y vuelven con la chomba. Acá lo compré, me dicen”, relata Ulloa.

Así, cada prenda, chal, piecera, además de un valor monetario, tiene un valor simbólico: Cada obra vendida es un orgullo para su creadora. El hecho de que una de sus creaciones alcance un lugar recóndito en Chile o el mundo es motivo de alegría para las artesanas.

“Yo me siento feliz cuando veo que van a comprar algo mío. Atiendo bien a los turistas y a mí también me reciben bien porque hago precio en cosas y siempre me va bien en los tejidos”, explica Nelly Sánchez.

Créditos: Sebastián Contreras Osorio

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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