Mucho antes de Egipto, comunidades nómadas desarrollaron una de las expresiones culturales más complejas de la prehistoria: la momificación artificial de sus muertos. Eran los Chinchorro, que habitaron la costa del desierto de Atacama por miles de años.

Las evidencias más antiguas, con cerca de 7.600 años de antigüedad, provienen del sitio Camarones 14. Hasta hoy se han recuperado más de 200 cuerpos, principalmente en Arica e Iquique, y en 2021 varios de estos sitios fueron declarados Patrimonio de la Humanidad.

Por esta razón, las momias Chinchorro son consideradas por muchos especialistas como las más antiguas del mundo y una de las primeras expresiones de arte funerario, aunque recientes hallazgos han abierto el debate.

«Se publicó un artículo Hsiao-chun Hung y colaboradores en PNAS, en el que presentan el hallazgo de evidencias de momificación en el sur de China y Sudeste Asiático que datarían de hace 10.000 años. Sin embargo, esta técnica de tratamiento buscaba disecar los cuerpos, algo muy diferente», señala Felipe Armstrong, jefe de Curaduría del Museo Chileno de Arte Precolombino.

A diferencia de otras culturas, la momificación Chinchorro no estaba reservada a élites: incluía a hombres, mujeres, niños, recién nacidos e incluso fetos. Los cuerpos eran eviscerados, reconstruidos con fibras, arcilla y varas, y modelados nuevamente. Durante la fase de las “momias negras”, se utilizó óxido de manganeso para cubrirlos; más tarde, en la etapa de las “momias rojas”, se empleó ocre rojo.

Sin embargo, estudios han revelado que el uso prolongado del óxido de manganeso tuvo efectos nocivos en la salud, lo que pudo influir en el abandono progresivo del pigmento negro.

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