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Entre ríos y rituales: Retratos de tres tribus del Amazonas a través del lente de Fernando Rosselot
El fotógrafo Fernando Rosselot se sumergió entre la frondosa vegetación y los ríos del corazón de Brasil, donde las tribus de los Kayapó, Karajá y Mehinaku conservan sus ancestrales tradiciones. Durante su expedición por los estados de Pará y Mato Grosso, documentó la vida cotidiana, las ceremonias y los rituales de estas comunidades, así como los complejos diseños corporales y adornos que las distinguen. Sus fotografías revelan la belleza y naturalidad de culturas que, pese al contacto reciente con la sociedad exterior y la presión de la globalización, luchan por mantener su identidad, ofreciendo un testimonio visual de una riqueza cultural que podría perderse en las próximas décadas.
Como un ser que se mimetiza en el verde y frondoso entorno, el fotógrafo y siquiatra Fernando Rosselot fue capaz de capturar la cotidianidad de estas herméticas tribus. Se adentró en sus costumbres, ritos, saberes y dinámicas sociales, dejando registro en su cámara de todo un mundo oculto que se resiste a dejar atrás su identidad.
Con retratos donde los habitantes lo miran directamente a los ojos, nos deja ver la idiosincrasia de una cultura que protege lo simbólico con sus grandes collares, llamativos dibujos faciales y un sinfín de accesorios que ponen en evidencia, ante el espectador, un pedacito de su cosmovisión.



“Es conmovedor conocer estos pueblos que se debaten entre conservar lo tradicional y propio de su cultura o asimilarse al modelo homogenizador de la globalización. Sobre todo cuando el tiempo transcurrido desde el primer contacto hasta el presente es solamente de unas pocas décadas”, relata Fernando, fotógrafo detrás de este significativo trabajo, el que no estuvo exento de dificultades, pues la zona es tan poco visitada por el turismo, que conseguir los permisos y los contactos para poder asentarse fue complejo.
La expedición para llegar al territorio comenzó en la ciudad de Marabá, en el Estado de Pará, desde donde viajaron más de 1000 kms. en dirección sur hasta la ciudad de Cuiabá, visitando tres de las comunidades de esta extensa zona aledaña a la cuenca del Amazonas.



Fernando relata que fue la invitación de Joan Riera —antropólogo y sociólogo español, y cofundador de la agencia Last Places junto a Aníbal Bueno— la que lo llevó a sumarse a esta travesía por lo profundo del Cerrado brasileño.
Sin embargo, su pasión por capturar momentos se viene gestando desde la época análoga, aunque en los últimos años ha tenido un creciente interés por la documentación de las etnias minoritarias en distintos continentes.
De esta manera, sus ganas de conocer esta tribu comenzaron desde la experiencia de haber conocido a los pueblos Himba y Bosquimanos en Namibia. Después las tribus del Valle del Omo en Etiopía y viajes etnográficos en Sudán Del Sur y Uganda. También ha visitado Afganistán, Myanmar, Camboya y Mongolia en Asia y Papúa Nueva Guinea en Oceanía.



Tras ese largo bagaje, tenía pendiente visitar algunas comunidades en América del Sur, de ahí el interés de visitar algunas tribus del centro de Brasil; y así llegó al cautivante trabajo actual de capturar la cotidianidad de estos tres grupos.
¿Por qué emprender un viaje tan complejo para conocer esta forma de vida en Brasil? Para Fernando la respuesta es clara, hay algo más allá de lo visual, y es cómo las tradiciones se funden con una tarea colectiva por defender el medio en el que coexisten. Estas etnias habitan en la zona de Brasil donde la deforestación amazónica ha sido muy intensa. Enormes zonas del Cerrado están cultivadas con Soja, algodón y materias primas para el biodiésel. Mismos sitios donde, desde la década de 1960, se ha desarrollado una pujante actividad agroindustrial y minera en la zona. Un ejemplo de lo anterior es “Serra Pelada”, mina que se encuentra muy cerca de Marabá, documentada por Sebastian Salgado.


Cabe destacar que las tribus Kayapó, Karajá y Mahinaku son las principales etnias de los afluentes del gran río Xingu. Se trata de pueblos contactados en la década de 1960 que siguen conservando costumbres ancestrales, como las pinturas y diseños corporales, la desnudez y las danzas que caracterizan a cada grupo. Aunque han adoptado algunos avances tecnológicos de Brasil, luchan por mantener vivas sus tradiciones.
Los Kayapó, etnia también llamada Mebêngôkre, que significa “gente del agua corriente”, son una de las comunidades indígenas más emblemáticas de la Amazonía. Habitan en la región del sur del Amazonas en Brasil, específicamente en el estado de Pará y Mato Grosso. Los Kayapó son conocidos por su profundo respeto por la naturaleza, sus complejas estructuras sociales y su activismo para proteger la selva tropical.








Pero eso no es todo, también se trata de una sociedad matriarcal. Las mujeres Kayapó están encargadas de la recolección, la agricultura y la crianza de los hijos, mientras que los hombres cazan y protegen la aldea. Viven en aldeas circulares con una plaza central para ceremonias.
Los Karajá, por su parte, que se llaman a sí mismos Iny (que significa “nosotros”), viven en las riberas del Río Araguaia en la zona de la Isla Bananal. La vida social Karajá se basa en la familia extensa integrada por las hijas, yernos e hijos solteros, de manera que el esposo pasa a residir en la casa de su esposa después del matrimonio. Son conocidos por las estatuillas de cerámica y la cestería.





Finalmente, los Mehinaku habitan las riberas de afluentes del Rio Xingu en el Estado de Matto Grosso. Viven en aldeas con grandes construcciones que rodean una plaza ceremonial donde practican las danzas rituales y la lucha. En sus casas viven entre 10 y 15 personas y no tienen divisiones internas. Duermen en hamacas. En sus danzas rituales tocan unas largas flautas de caña.









Es así como, después de internarse en lo más profundo de la Amazonía, Fernando Rosselot reafirma, a través de su cámara, una convicción íntima: hacer partícipe al espectador de formas de vida que permanecen al margen de la modernidad. Con la fotografía como medio, pretende “dejar un mínimo testimonio de culturas que en pocas décadas más pueden terminar por asimilarse y perder todo lo propio: los complejos rituales y la simbología que fueron desarrollando por milenios. También mostrar la belleza y naturalidad de su relación con la corporalidad, así como los atractivos adornos y diseños corporales que todavía conservan”.
Su trabajo es un cautivador atentado contra el olvido, guiado por la más pura necesidad de visibilizar lo que para muchos permanece oculto. Es la memoria encapsulada en retratos de historia viva, cambiante y vibrantemente comunitaria.