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COLUMNA | ¿Qué le decimos al que ensucia una montaña?
La reciente jornada de limpieza en el cerro Carbón, impulsada tras denunciar un grave acto de irresponsabilidad ambiental, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué quienes disfrutan de la montaña siguen dañándola? Esta columna es una reflexión sobre el cuidado de la naturaleza, el compromiso ciudadano y el poder de los pequeños gestos para generar un cambio cultural.
El miércoles pasado, en la cumbre del cerro Carbón, sorprendimos a un grupo de inescrupulosos dejando basura y encendiendo una fogata. Lo mismo ocurrió en el cerro Manquehue.
Hoy, a una semana de este delito por el cual presentamos una querella, volvimos al Carbón, como lo hacemos todos los miércoles a las seis de la mañana, solo que esta vez no éramos cinco personas, sino más de cuarenta, entre voluntarios de Socorro Andino, Kyklos y personas anónimas que aman el cerro y quieren verlo protegido.
Armados con bolsas de basura y guantes, nos dividimos en grupos, cada uno en un sector concurrido del cerro. Encontramos latas, cajas, pañuelos, botellas de vino, papeles, colillas, trozos de cuerda y envoltorios de chocolate, la mayoría en los arbustos a un costado del camino. Seguramente, muchos de los que contaminan creen que con lanzar su basura a unos metros del sendero están perdonados; o creen que si la incrustan entre ramas o la entierran o la tapan con rocas, no pasa nada.

Pero se equivocan. El cerro es mucho más que sus senderos. Cada pirca, cada arbusto, cada quebrada tienen su importancia y su belleza. Tener un sendero bien cuidado, pero rodeado de basura, es engañarnos a nosotros mismos. Quien lanza una botella de vidrio a tres o a diez metros del sendero tiene que saber que no solo está contaminando, sino que también está aumentando el riesgo de incendios forestales.
La pregunta es por qué esto sigue ocurriendo. ¿Por qué alguien que sube un cerro decide contaminarlo?
Esa pregunta me la hizo un colega que no suele subir montañas y que subía el Carbón por primera vez, pero para limpiarlo. Simplemente, no entendía la lógica y le parecía contradictorio. “Uno asume”, me decía, “que el que sube cerros los quiere proteger”. Me costó responderle. Es cierto, uno asume cierta nobleza en quien sube una montaña, uno se reconoce en esa persona y da por hecho que comparte los mismos valores. Pero la basura y las fogatas demuestran que no. Es triste decirlo, pero subir un cerro no necesariamente nos hace mejores personas.

La limpieza de hoy — y las muchas otras que se han hecho en otras montañas, desde el Manquehue hasta el cerro El Plomo— no va a cambiar para siempre la cultura de nuestros montañistas, pero es un comienzo. Mientras retirábamos bolsas con kilos de basura, varios senderistas nos saludaban y compartían palabras de apoyo. “Gracias por dejarlo limpio para nosotros”. “Qué bueno que alguien se motivó a hacerlo”. Estoy seguro de que quien contamina lo va a pensar dos veces si ve que hay otras personas que limpian su desastre. Y también lo va a pensar dos veces si otras personas lo enfrentan y lo denuncian.
Las montañas son un regalo que debemos proteger. Nos dan paz, salud, amistad, belleza; a cambio, solo piden que las dejemos tal como las encontramos. ¿No es mucho pedir, no cierto? Quizás podemos ir más allá y cada vez que subamos una montaña y nos encontremos con un pedazo de basura, nos demos un segundo para agacharnos y recogerlo.
Porque cada gesto, por pequeño que sea, marca la diferencia.

*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Claudio Orrego Larraín