Como verdaderas esponjas rodeadas de algunos espejos de agua, las turberas son un ecosistema singular en el sur Chile. Es que tenerlas en nuestro territorio ya es privilegiado, lo que sucede porque, en su mayoría, se ubican en los polos de Tierra. Pero más allá de su específica ubicación, algunas se formaron hace miles de años atrás con el derretimiento de glaciares, acumulando materia orgánica y manteniéndose, hasta el día de hoy, intactas.

Turbera en Magallanes ©Ariel Valdés
Turbera en Magallanes ©Ariel Valdés

Se trata de un tipo de humedal continental que cubre un 3% de la superficie terrestre, según cifras de la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Si llevamos esta cifra a Chile, se ha estimado que abarcan una extensión de 3 a 3,6 millones de hectáreas, de acuerdo con lo que explica a Ladera Sur Ariel Valdés, Doctor en Ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias de la Universidad de Chile. Esto abarcaría un 4% del territorio nacional, pero concentrados en el sur del país, entre la Región de Los Lagos hasta la de Magallanes.

En toda esta superficie, existen turberas naturales como antropogénicas. Las primeras, como lo dice su nombre, se formaron naturalmente y son vestigios del pasado. Las segundas son el resultado de alteraciones humanas en el suelo y se conocen más popularmente como “pomponales”.

Turbera en Chiloé ©Ariel Valdés
Turbera antropogénica en Chiloé ©Ariel Valdés

Si bien tienen sus diferencias, comparten características compartidas mundialmente: tienen un importante rol ecosistémico, y están expuestas a diferentes amenazas. Algo que, justamente, enciende las alarmas por su protección, ya que todavía falta mucho por investigar sobre ellas.

Esponjas de gran valor ecosistémico

Partiendo desde la base, las turberas se caracterizan por ser ecosistemas que están dominados por musgo del género Sphagnum. “Esto genera un ambiente frío y anóxico (carece de oxígeno). Se ven poco los cuerpos de agua porque están colonizados de estos musgos y otras vegetaciones que absorben esta agua, formando una especie de esponja”, explica Valdés. Estas condiciones también hacen más lenta la descomposición de organismos, pudiendo pasar miles de años para que se acumule solo un metro de turba, sustancia orgánica semi-fosilizada acumulada bajo el subsuelo, según lo que se explica en un artículo de la FAO.

De esta forma, las turberas son importantes reservorios de agua y de carbono.

Gleichenias sobre Sphagnum ©Ariel Valdés
Gleichenias sobre Sphagnum ©Ariel Valdés

Sobre el carbono, no solo son almacenadoras, sino que cumplen un rol como sumideros, porque son capaces de capturar más de lo que son capaces de emitir. Así, ayudan en la regulación de las concentraciones de CO2 en la atmósfera, cumpliendo un rol de mitigación de la crisis climática actual.

De hecho, según una columna publicada en el sitio de del Centro de Ciencia del Clima y Resiliencia (CR)2, existen estimaciones preliminares que sugieren que la Patagonia chilena podría secuestrar cerca de 13 millones de toneladas de carbono entre los años 2020 y 2050.

En el caso del agua, tienen un rol fundamental en el ciclo hidrológico. Al tener la capacidad de retener agua al recibir precipitaciones, el agua que capta va hacia las cuencas. Junto a esto, la vegetación de las turberas permite su filtración, contribuyendo, además a la calidad del agua. Algo que resulta relevante en temporadas estivales que han tenido escasez hídrica en algunas localidades del sur de Chile.

Turberas en la Región de Magallanes ©Ariel Valdés
Turberas en la Región de Magallanes ©Ariel Valdés

Junto a esto, su valor ecosistémico también recae en la biodiversidad que albergan. Algo que quizás no se nota tanto a simple vista, pero que mirando más a detalle es posible encontrar. Valdés comenta que es posible ver alguna que otra vez especies pequeñas como zorros, pudúes o pequeños pájaros como colegiales (Lessonia rufa) o diucones (Xolmis pyrope).

Pudú (Pudu puda) ©Ariel Valdés
Pudú (Pudu puda) ©Ariel Valdés

Parte importante de las turberas es su vegetación. Quizás uno de los más reconocibles es el musgo Sphagnum magellanicum, pero también se acompaña de especies de hongos y líquenes, entre otros. También es posible encontrar planta carnívora Drosera uniflora, y distintas especies de orquídeas, así como organismos microscópicos que puede que todavía no hayan sido identificados.

Drosera uniflora ©Ariel Valdés
Drosera uniflora ©Ariel Valdés

“Esto todavía está muy poco estudiado. Entonces, se asume que hay una gran diversidad en base a lo que hemos observado, y por lo mismo tenemos que evitar hacer actividades que generen la alteración de estos ecosistemas”, comenta Valdés.

Amenazas de los ecosistemas  

Quizás una de las características más importantes de las turberas es que son sistemas sensibles al cambio climático. Según explica Valdés, cualquier cambio puede alterar a estos humedales, por ejemplo, el aumento de las temperaturas, la disminución de las precipitaciones o la alteración de los suelos.

Por consecuencia, cualquier actividad extractiva es perjudicial para las turberas. Sin embargo, la turba ha sido extraída en Chile por años, pese al tiempo que demora en generarse. Se ocupa como sustrato para la horticultura por su capacidad de retención de agua o como combustible fósil, entre otros. Y para extraerla se debe drenar el humedal para sacar la turba, lo que termina alterando todo, generando un impacto significativo: se secan otras especies, se alteran sus beneficios hidrológicos, su capacidad de retención del carbono y, por supuesto, su biodiversidad.

Explotación turbera ©Ariel Valdés
Explotación turbera ©Ariel Valdés

Por otro lado, está el impacto de la extracción desregulada del pompón o musgo de la turba, especie Sphagnum magellanicum. Su fibra se ocupa para la floricultura y la agricultura, ya que aporta en la calidad de los suelos y su capacidad de almacenaje de agua, en especial en climas secos. El problema es que, si se extrae, la turba queda expuesta al viento, lo que hace que disminuya sus capacidades de almacenaje de CO2, liberándolo al ambiente, contribuyendo al cambio climático.

Explotación turbera ©Ariel Valdés
Explotación turbera ©Ariel Valdés

Junto con lo anterior, en el sector de Tierra del Fuego una de las grandes amenazas es la invasión del castor, porque atrae aguas de las turberas para construir sus embalses, lo que provoca que el carbono almacenado se pierda.

Pero, ¿son estos impactos iguales para ambos tipos de turberas? La verdad es que a distinta escala. Antes que nada, Valdés explica que hay que partir desde la base que las antropogénicas surgen de la degradación del suelo producto de la tala para monocultivos o quemas de bosques, entre otras causas. Si bien siguen cumpliendo la función de almacenaje de carbono agua, surgen de la alteración de ecosistemas. “Entre que no haya nada, obviamente mejor que haya una turbera antropogénica, pero la reflexión debería ser no alterar ningún otro tipo de ecosistema natural”, dice Valdés.

Turbera Chiloé ©Ariel Valdés
Turbera antropogénica en Chiloé ©Ariel Valdés

Ahora, esto las hace humedales más recientes, por lo que son muchos más sensibles a cualquier alteración. Almacenan menos agua y su capacidad de amortiguamiento es menor. “En períodos de sequía podrían emitir más de lo que capturan.  O si nosotros cortamos el drenaje o hacemos un cambio abrupto, nos arriesgamos a que toda la materia orgánica se transforme y se libere GEI”, dice Valdés.

En ese sentido, son más susceptibles a la extracción del Sphagnum. En cambio, las naturales cuentan con ese problema, más el de las especies invasoras y la extracción de turba. Sustraer esta última es un impacto que extrae en poco tiempo algo que se generó en un largo período de inmovilización del sustrato orgánico. Además, se suma a todo lo anterior, la construcción de obras viales y caminos que provocan efectos como la alteración del suelo y la fragmentación del paisaje.

Velar por su protección

Ya desde el grupo de intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC) se consideró a la conservación de turberas como clave para la mitigación y adaptación al cambio climático, con efectos inmediatos por su alto contenido de carbono. Así también, se ha considerado su conservación como una “solución basada en la naturaleza”.

Murtilla (Empetrum rubrum) ©Ariel Valdés
Murtilla (Empetrum rubrum) ©Ariel Valdés

En Chile las turberas se consideraron en la Contribución Nacional Determinada de Chile (NDC), un documento en el que se establecen los compromisos para reducir emisiones y adaptarse al cambio climático, de acuerdo a las metas del Acuerdo de París. En la NDC se reconocen estos humedales por sus servicios ecosistémicos, y se reconoce la limitada información sobre su superficie total, sus estimaciones de captura y almacenamiento de Gases de Efecto Invernadero (GEI), por lo que se propone que para 2025 identificar las áreas de turberas, así como otros tipos de humedales, a través de un inventario nacional; desarrollar métricas para evaluar sus aportes para la mitigación y adaptación al 2030 e implementar planes piloto para su manejo en cinco áreas protegidas.

chaura (Gaultheria pumila) ©Ariel Valdés
Chaura (Gaultheria pumila) ©Ariel Valdés

Junto a esto, se incluyó a las turberas en la Ley de Humedales Urbanos, estableciendo que se debe someter al Sistema de Impacto Ambiental toda obra que pueda significar una alteración a estos ecosistemas, que impliquen relleno, drenaje, secado o la extracción de la cubierta vegetal de turberas, entre otras cosas. Y también existen regulaciones como el Decreto 25 del Ministerio de Agricultura que se enfoca en la extracción del musgo, en el que se debe presentar un plan de cosecha al Servicio Agrícola Ganadero (SAG).

Sphagnum fimbriatum ©Ariel Valdés
Sphagnum fimbriatum ©Ariel Valdés

Además, el Ministerio del Medio Ambiente junto a Wildlife Conservation Society (WCS Chile), realizaron una hoja de ruta para la conservación y gestión sustentable de estos ecosistemas, que contará con distintos ejes, como el fortalecimiento legal, el mejoramiento de prácticas productivas, educación ambiental, e investigación. Se trata de un trabajo que, según indican en un comunicado, «permitirá el reconocimiento, valoración y gestión adecuada para la conservación de estos ecosistemas y los servicios ecosistémicos que entregan».

Con todo lo anterior, la conservación de las turberas resulta fundamental para enfrentar el cambio climático. Pero todavía nos falta mucho conocer sobre ellas, en especial en nuestro país y garantizarlas como los sumideros que son actualmente. Tal como nos menciona Valdés, solo conociendo y estudiando estos ecosistemas podemos avanzar en su medida para la conservación, antes de explotarlos en primer lugar: “Lo que conocemos nos dice que por ningún motivo tenemos que alterarlo (…) Hay que estudiarlos y tener un plan de recuperación de los ecosistemas, pero sinceramente, teniendo en cuenta de que se demoran miles de años en formar, es difícil poder llegar a una restauración que permitan que estos sistemas tengan la misma calidad original”.

Cojín del musgo Sphagnum magellanicum (el musgo dominante en las turberas de Chile). Sobre él, peorro, un escarabajo del género Ceroglossus
Cojín del musgo Sphagnum magellanicum (el musgo dominante en las turberas de Chile). Sobre él, peorro, un escarabajo del género Ceroglossus
Comenta esta nota

Comenta esta nota

Responder...