Nadie ha contribuido más a la causa de los argentinos Beatriz Aguirre-Urreta y Víctor Ramos que Mauricio Rugendas. Durante su estancia en Chile, entre 1834 y 1842, el pintor alemán no sólo documentó nuestros paisajes, gentes y costumbres aquí en los valles, sino además la belleza y el rigor de las rutas cordilleranas de Chile central.

Fue allí, sobre los 3.200 metros de altitud, que Rugendas compuso dibujos y pinturas de una serie de refugios de ladrillo dispuestos a todo lo largo del camino que une Los Andes con Mendoza, los cuales sirvieron para completar el libro «Las Casuchas del Rey: una historia de 250 años de comunicaciones trasandinas», publicado por esta pareja de científicos hace pocos meses en Buenos Aires y presentado hace algunos días en el Departamento de Geología de la Universidad de Chile.

Presidio en Juan Fernández.
Créditos: Biblioteca Nacional.

Beatriz es una reconocida paleontóloga abocada a la bioestratigrafía del cretácico inferior. Víctor es un reputado geólogo especialista en tectónica andina y ex-presidente de la Academia Nacional de Ciencias Exactas de Argentina. Y ambos son profesores eméritos de la Universidad de Buenos Aires.

De cómo estos expertos de las Ciencias Naturales se internaron en los ramales de la Historia da cuenta el mismo Ramos, quien se interesó en estos refugios andinos tras divisarlos durante una campaña de exploración geológica en la zona del Aconcagua a cargo del Servicio Geológico Nacional de Argentina, por allá en 1983.

Créditos: Víctor Ramos.

«Yo vivía en Buenos Aires y todos los veranos los pasaba trabajando allí», nos cuenta el académico, de visita en Santiago. A partir de entonces, Ramos y su colaboradora dedicarían los siguientes cuarenta años a indagar, documentar y examinar el devenir de estos refugios escondidos en archivos históricos de Chile, España y Alemania.

El libro describe la historia de trece refugios de alta montaña construidos durante la Colonia y la República. Los primeros ocho (Ojos de Agua, Juncalillo, Las Calaveras, La Cumbre, Las Cuevas, Paramillo de Las Cuevas, Los Puquios y Las Vacas) fueron levantados en lo que entonces abarcaba la Capitanía General de Chile, entre 1765 y 1775. Con la Independencia quedarían a uno y otro lado de la frontera.

Avance de las casonas
Créditos: Víctor Ramos.

Durante el siglo XIX, las nuevas repúblicas añadirían otros cinco a la lista (Peñón, Juncal y Portillo en Chile; Puente del Inca y Los Penitentes en Argentina). Más tarde, la modernidad las dejaría repartidas en las inmediaciones de la Ruta 60 de Chile y la Ruta Nacional 7 de Argentina.

La mayoría de ellas se encuentra fuera del espectro visual de conductores y transportistas, excepto los refugios de Juncal y Paramillos de las Vacas, situados a unos cuantos metros de la carretera y que se pueden otear al paso. Paramillos de las Vacas es la única que cuenta con un punto de referencia en Google Maps.

Paramillos de las vacas en Google Maps

Gracias al artista

Para reconstruir la historia de este patrimonio arqueológico y determinar las ubicaciones exactas de todo el conjunto de refugios cordilleranos, los autores investigaron en la Biblioteca Nacional y el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile, en el Archivo General de Indias de Sevilla (España) y en el Museo de Bellas Artes de Munich (Alemania), uno de los principales repositorios de las obras de Mauricio Rugendas.

«Gracias a Rugendas pudimos encontrar los restos de las casuchas coloniales”, explica el profesor Ramos. “En el año 2000 viajé a Alemania y tuve la oportunidad de contactarme con la curadora de la colección Rugendas, quien hizo decenas y decenas de pinturas y dibujos del cruce de los Andes», dice.

Fue gracias a esos cuadros que pudo identificar la ubicación de varios de los refugios. «Hice copias en alta resolución de los cuadros y con ellos me fui al campo. Y mirando los cuadros y el paisaje pudimos encontrar las casuchas de Paramillo de Las Cuevas, Los Puquios, La Cumbre, Las Calaveras, Juncalillo y Ojos de Agua», describe el profesor. El parecido entre los cuadros y las fotografías es muy llamativo.

La evidencia en terreno reveló que el refugio de La Cumbre, el más antiguo de todos, aún conserva sus cimientos. La casucha de Las Calaveras, ya derruida, solo fue reconocible gracias a los ladrillos amontonados y esparcidos sobre el suelo.

Los otros refugios, tanto coloniales como republicanos, están dispersos a lo largo de los cajones y quebradas de montaña. Actualmente, solo cuatro de ellos, uno en Chile y tres en Argentina, cuentan con una declaratoria formal de protección patrimonial.

En nuestro territorio, aquella categoría recae en el «Refugio de Correos» ubicado en la localidad de Juncal, a 52 km de Los Andes y declarado Monumento Histórico en 1984. Sin embargo, la historia de este refugio es un tanto confusa, según nos explica el profesor Ramos.

Aunque el decreto de declaratoria dice textualmente que este refugio fue levantado «entre los años 1766, 1772 por don Ambrosio O’Higgins», en realidad fue construido durante la presidencia de Manuel Bulnes, en 1846.

Así, el Refugio de Correos de Juncal es habitualmente confundido con aquel de Juncalillo, levantado en 1766 y ubicado 5 km más arriba.

«Algunos llamaron Juncal o Juncalillo al nuevo refugio y eso generó confusión», dice el profesor. “Lo mismo ocurre con la casucha de Las Vacas en Argentina, que se confunde con aquella de Puquios”, complementa.

El proyecto de Ambrosio

El propósito de estos albergues de montaña era asegurar las comunicaciones del Correo Real entre Buenos Aires y Valparaíso en los años del Imperio Español, habida cuenta de los peligros y dificultades que entrañaban las rutas alternativas.

«En esa época, el Correo Real entre Buenos Aires y Lima no podía cruzar por los mares del sur debido a la amenaza de los corsarios ingleses y tampoco podía usar la ruta del Alto Perú, que demandaba varias semanas de viaje», explica Ramos.

Víctor Ramos.

Así, el camino más expedito consistía en cruzar la Cordillera hacia Valparaíso y desde ahí embarcarse hasta Lima, lo cual hizo necesario contar con una adecuada infraestructura de refugios en la alta cordillera.

El impulsor del proyecto fue el famoso Ambrosio O’Higgins, quien ostentaba el cargo de Capitán del Cuerpo de Dragones de la Frontera (ser Gobernador o Virrey no estaba en sus planes aún) y gestó la idea de los refugios tras un funesto cruce de Cordillera en 1763, donde casi pierde la vida.

Internarse en Los Andes durante la Colonia, a lomo de mula en el mejor de los casos, requería de temple y coraje. Las crónicas de Alexander Caldcleugh, así como los dibujos de Charles Brand y Théodore Pavie, describen cuestas interminables y farellones rocosos infranqueables.

Ante las penurias del paso de cordillera, no resulta descabellada la historia, documentada en expedientes coloniales, de una mula desbarrancada en 1791 con doblones de oro equivalentes a un millón de dólares al valor actual.

La vivencia personal y la experiencia del prójimo motivaron al entonces capitán O’Higgins a solicitar la intercesión del Gobernador de Chile, Don Antonio de Guill y Gonzaga, quien remitió una carta al Rey Carlos III para solicitar la construcción de estos necesarios refugios de montaña.

Ya con la venia del monarca, y con los planos del ingeniero militar Josseph Birt a la mano, hombres y mulas, cargados con bloques de ladrillo, penetraron en las profundidades del macizo andino.

Las primeras casuchas en levantarse, bajo la estricta supervisión de Ambrosio O’Higgins, fueron Ojos de Agua, Las Calaveras y La Cumbre, en el lado chileno, y Las Cuevas, Los Puquios y Las Vacas, en el argentino. Más tarde, tras el reclamo de los baqueanos, quienes solicitaron refugios intermedios para evitar la exposición a los elementos, se sumaron Juncalillo (Chile) y Paramillo de Cuevas (Argentina).

Edificadas cada una con 5.000 ladrillos provenientes de Santa Rosa de Los Andes (Chile), las casuchas contaban con espacio para alojar a 15 personas y estaban provistas de víveres y cueros de guanaco para el abrigo de los huéspedes.

Además, contaban con marcos, puertas y techos de madera, lo cual fue una mala decisión en retrospectiva, considerando lo útil que resultaban como leña para hacer fogatas. Finalmente, la administración colonial optó por mantener las casuchas abiertas para evitar los continuos destrozos.

Una vez construidas las Casuchas del Rey, la ruta comenzó a ser más y más transitada. Por ella pasaron militares, políticos, clérigos, comerciantes, artistas y cazafortunas, entre los que podemos mencionar a los célebres Bernardo O’Higgins, José de San Martín y Gregorio Las Heras. Durante la Independencia, se cuenta que el militar argentino General Gregorio Araoz de Lamadrid se vio obligado a prender fuego a las culatas de los fusiles para calentar a sus tropas en el refugio de La Cumbre.

Casucha Las Cuevas.
Créditos: Víctor Ramos.

El cronista inglés Alexander Caldcleugh visitó el paso de Los Andes, el cual describe en su libro «Viajes por Sud-America durante los años 1819, 20 i 21: esposición del estado actual de Brasil, Buenos Aires i Chile». Y además de Rugendas, quien documentó estos parajes en 1833, la ruta fue conocida por los artistas Théodore Pavie (1833), Charles Brand (1827), Victor Gendrin (1856) y Auguste Borget (1837), quienes retrataron el penoso cruce de cordillera y el arriesgado tránsito en la cuesta de Los Caracoles.

La ruta cordillerana de Los Andes-Mendoza fue utilizada hasta 1910, cuando se inauguró el Ferrocarril Trasandino, dejando a las Casuchas del Rey como vestigio de tiempos pasados.

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