La costa caribeña de México es mundialmente reconocida como un paraíso de postal, donde las aguas azules cristalinas y las playas de arena blanca atraen a millones de turistas cada año. Pero ese paraíso está amenazado por la llegada de cientos de miles de toneladas de sargazo cada año, una macroalga que ha convertido los mares y las playas en un café pútrido, representando una amenaza para los ecosistemas locales y la salud pública. 

Enormes esteras de algas comenzaron a invadir la costa de México a partir de 2015 y han regresado, cada año, en los cálidos meses de primavera y verano, emitiendo un olor a huevos podridos y haciendo que no se pueda nadar en el mar. Los científicos dicen que el fenómeno se mantendrá dada la presencia de una banda de algas marinas de 8.850 kilómetros, denominada el gran cinturón de sargazo del Atlántico, que se extiende desde África occidental hasta el Mar Caribe y el Golfo de México. 

Si bien las causas de las enormes floraciones continúan siendo estudiadas, los investigadores están de acuerdo en que se ha visto fomentada por distintos factores, como el incremento de la temperatura del agua y el aumento de los insumos agrícolas del río Amazonas en Brasil que contribuyen a la eutrofización (enriquecimiento excesivo en nutrientes del ecosistema).

El problema es que este desequilibrio no sólo deriva en la muerte de especies marinas, sino que también afecta a las playas de arena blanca que recaudan alrededor de $10 mil millones al año para Quintana Roo, el estado cuya costa de 120 kilómetros incluye importantes centros turísticos como Cancún y Tulum. Alrededor del 40% de los empleos de Cancún están directamente relacionados con el turismo, por lo que los gobiernos locales y federales han desembolsado millones de dólares para eliminar el sargazo de las playas, con el fin de proteger esta preciada industria de la región.

Una playa repleta de sargazo en Cozumel, Quintana Roo. Foto: Norma Muñoz

¿Estrategia sostenible o solución parche?

El Presidente Andrés Manuel López Obrador ha tratado de minimizar el problema, limitando la estrategia de sargazo – con una inversión preliminar de $2.6 millones y liderada por la Secretaría de Marina – a la recolección de algas marinas, en lugar del desarrollo de soluciones integrales. Junto con los gobiernos municipales locales, la Marina ha recolectado alrededor de 200,000 toneladas (t) de sargazo en 40 playas públicas en los últimos cuatro años. 

Sólo este año, la Armada recolectó 50,619 t de sargazo de la costa en Quintana Roo entre abril y agosto, desplegando a 328 personas, 11 buques sargaceros costeros, 16 embarcaciones menores, 11 dispositivos de recolección para las naves de menor tamaño, cuatro barredoras y tractores, 14 bandas anfibias transportadoras de sargazo, además de 9.050 metros de barreras contenedoras de sargazo,  en los municipios de Benito Juárez, Isla Mujeres, Puerto Morelos, Solidaridad, Tulum, Cozumel y Othón P. Blanco. 

«Los esfuerzos del gobierno han sido insuficientes considerando la magnitud del problema», comenta Rosa Rodríguez-Martínez, investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la Universidad Nacional Autónoma de México. «Siempre se ha asignado muy poco presupuesto, hay poca coordinación, y la mayor parte de las playas del estado permanecen sin atención».

La científica – quien forma parte de la organización local Voces Unidas de Puerto Morelos, que ha presionado repetidamente al gobierno para que aumente la acción – advierte sobre el impacto de la remoción de sargazo en los trabajadores. Esto ya que el alga emite ácido sulfhídrico cuando se descompone, lo que puede causar dolores de cabeza, náuseas, vómitos e irritación de la piel. 

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«Hemos detectado valores muy altos de ácido sulfhídrico en la zona y no sabemos qué impactos podrá tener en la salud de los trabajadores que pasen seis o siete horas al día respirando estos gases», relata. 

Pero eso no es todo, ya que Rodríguez y otros científicos también están preocupados por el impacto que la eliminación del sargazo está teniendo en los ecosistemas acuáticos e, incluso, terrestres. 

De partida, no existen regulaciones federales que rijan la disposición de algas, mientras los gobiernos estatales y municipales están vertiendo el sargazo en parcelas excavadas en la selva, a lo largo de las carreteras y en rellenos sanitarios. 

El sargazo contiene altos niveles de metales pesados, incluido el arsénico, que se liberan en el suelo a medida que se descompone, un problema grave para una región cuyo suelo kárstico o poroso es vulnerable a la contaminación.

«Quizás ponen una capa de plástico, pero no hay membranas en estos rellenos sanitarios, así que el lixiviado está yendo a las aguas subterráneas, contaminando el agua», agrega Norma Muñoz, investigadora del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y asesora para el tema del sargazo en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Por lo mismo, ha estado solicitando al gobierno regulaciones para la eliminación de residuos durante más de tres años.

De residuos a recursos

Para Muñoz, solo hay una solución al problema de las continuas olas de sargazo. «Frente a esta situación de un alto contenido de arsénico, sería muy irresponsable pensar en darle un uso diferente a la generación de biogás», dice.

En 2018, científicos del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) encontraron que el sargazo podría usarse para producir biogás y los estudios realizados por Muñoz en 2019 confirman estos hallazgos.

Para hacer gas con sargazo, primero se tiene que colectar el alga en la playa, eliminar la arena y sal, y después deshidratarlo antes de meterlo en un biodigestor hermético y aplicar calor. 

El biogás es un gas compuesto principalmente por metano y dióxido de carbono obtenido a partir de la degradación anaerobia –sin oxígeno– de residuos orgánicos que, en este caso, corresponde al sargazo.

Si bien el gas podría usarse para generar electricidad para los complejos turísticos de la región, el mismo proceso también produce biocombustible que podría alimentar las flotas locales del transporte público y biofertilizantes que podrían usarse para la agricultura en todo México. 

«El sargazo ha sido visto como un residuo, y en el CICY estamos en la búsqueda de procesos para que esta materia prima sea aprovechada bajo la premisa de ’cero residuos’», es decir, evitar generar desechos contaminantes derivados de los procesos», comenta el Dr. Raúl Tapia Tussell, director de la Unidad de Energía Renovable del CICY.

Todavía no hay plantas comerciales que operen en la región del Caribe, pero sí existen instalaciones en otros países. Por ejemplo, desde 2015 la planta Solrod Biogas, a 40 kilómetros de Copenhague, Dinamarca, suministra biogás a una instalación eléctrica municipal que genera suficiente electricidad para 1,936 casas al año.

Pero la propuesta no está exenta de desafíos. Las plantas a escala industrial requerirían suministros de grandes cantidades de algas marinas garantizados a largo plazo, situación que podría resultar – por ejemplo – en la sobreexplotación de las mismas. Aunado a eso, el impacto de la recolección de sargazo a gran escala en los ecosistemas locales sigue siendo desconocido. Es más, sin una regulación adecuada, cualquier intento de crear una industria en torno a la conversión de algas marinas también podría resultar en problemas de manejo de residuos y contaminación.

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Planta de biogás con nopal en Zitácuaro, Michoacán. Foto: Nopalimex

Pero, ¿es el biogás siquiera una alternativa más ecológica? 

La quema de sargazo libera dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero que es el gran responsable del calentamiento global y el cambio climático. Sin embargo, la cifra de dióxido de carbono emitido sería casi la misma cantidad que el sargazo había capturado a través de la fotosíntesis mientras crecía, lo que puede hacer de la biomasa una fuente de energía neutra en carbono, según la Administración de Información Energética (EIA por sus siglas en inglés).

Como alternativa a la generación de electricidad a diésel y combustóleo que domina la región, el biogás sería, sin duda, una opción más limpia.

La generación de electricidad de Quintana Roo depende principalmente de la energía importada del vecino estado de Yucatán, gran parte de la cual se genera en plantas a diésel y gas natural que causan emisiones de gases de efecto invernadero. Además, el estado sufre repetidos cortes de energía y no se espera que la capacidad de generación existente siga el ritmo del crecimiento proyectado en la región, según el Laboratorio Nacional de Energía Renovable.

Muéstrame el dinero

A pesar de que los científicos han demostrado el potencial del sargazo como biogás, México aún no ha desarrollado una planta a escala industrial.

Pero la compañía mexicana Nopalimex tiene una planta de biodigestores en el estado de Michoacán, en el este de México, que convierte los aguacates y el nopal en gas y espera llevar esa tecnología a Cancún. «En 2019 trajimos 45t de sargazo a Michoacán donde hicimos las pruebas y resulta que el sargazo da un gas muy bueno de 58-65% de contenido de metano», indica Miguel Ángel Ake, fundador de la empresa.

Nopalimex espera construir una planta de biodigestores en Cancún que podría procesar hasta 150 t de sargazo al día, capaz de generar 20,000 metros cúbicos al día (m3/d) de biogás o suficiente combustible para alimentar 500 automóviles. 

La planta también generaría 60.000 litros al día de biofertilizantes que podrían venderse a los agricultores de toda la región.

«Por donde lo quieras ver es un muy buen negocio, es rentable, tiene un alto impacto económico, social y ambiental», asegura Ake.

Si bien el costo inicial de la planta es considerable, alrededor de $2.5 millones, el interés de las empresas locales es alto dados los costos actuales de lidiar con el sargazo, sostiene Arturo Peña, uno de los desarrolladores del proyecto de Cancún.

Las empresas hoteleras en Quintana Roo están gastando hasta $100 millones cada año para eliminar el sargazo de las playas. Según la Asociación de Hoteles de la Riviera Maya, se están buscando fondos para convertir el sargazo en biocombustible o biofertilizante.

Lo que falta, sin embargo, es el apoyo del gobierno para financiar esos esfuerzos.

«Llegamos al tema fundamental, no hay voluntad política, no hay reconocimiento de la gravedad del problema’, comenta Muñoz. «Podemos hacer la mejor ciencia, pero en nuestras manos no está la decisión».

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