Cuando tenía 10 años, mucho antes de transmitir y pensar en la permacultura, Raimundo Labbé buscaba un escape en el surf. A través de las olas, la brisa marina y su tabla, se alejaba de lo que para él era el modelo convencional de vida en ese entonces: hacer sus tareas, ir al colegio o todo lo que implicaba la rutina. Vivía con su familia en Nueva Zelanda, en un pueblo pequeño a cerca de 40 minutos de un lugar donde todo el mundo surfeaba: Raglan. Era parte del estilo de vida. Y también, su primer acercamiento a la naturaleza.

©Cortesía Raimundo Labbé (1)
©Cortesía Raimundo Labbé 

En su familia la agricultura no era un tema. Tampoco la relación con la naturaleza. Fue su inmersión en el mar lo que, de alguna manera, lo acercó al estudio del suelo, uno de los temas que actualmente más lo apasiona. Fue este deporte y las conversaciones con la gente que lo practicaba, lo que lo introdujo a aprender sobre agricultura. Años más tarde, esto dio origen a la creación del proyecto Huertas a Deo, que busca -según lo que se explica en su Instagram- dar las herramientas para el sustento alimenticio y económico, a través de la producción de alimentos sanos, al tiempo que se mitiga el cambio climático y se rehidratan las cuencas.

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Con el surf, Raimundo conoció playas, lugares nuevos y, de a poco, todo comenzó a cambiar en su vida. En Raglan, al tiempo que Raimundo debía elegir una carrera universitaria para estudiar, se empezaron a desarrollar proyectos de arrecifes artificiales, tema que le interesó profundamente. Uno de los profesores, que enseñaba ramos en la carrera de Ciencias de la Tierra (Earth Science) en una universidad local, le compartió sus conocimientos. “Era súper interesante. Hablaba de integrar las ciencias. Es decir, no solo hablas de oceanografía, biología o geología, sino de la interconexión directa entre todo. Ahí empezó esta apreciación del mundo, un planeta que funciona perfectamente y, dentro de todo, me llamó profundamente la atención el tema de los suelos. De la agricultura y de cómo es la base de la humanidad (…). Somos lo que somos debido al modelo agrícola que existe, que se armó de sociedades y cosmovisiones: formó culturas. Hoy estamos en un punto en que el alimento es uno de los grandes problemas ambientales, sociales, culturales”.

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Se enfocó en la base y desde ahí amplió sus aprendizajes. No partió con un primer huerto, con algunos tomates o lechugas, sino que nutriendo el conocimiento: comprender la importancia de la agricultura y el cómo las sociedades se relacionan con su entorno. En este camino, entró en la permacultura. “Esta es una ciencia de diseño que también tuvo su origen en la zona de Australia y Nueva Zelanda en los 70-80’s. Básicamente, profesores de una universidad estudiaron las formas en las que vivían los habitantes ancestrales y cómo habitaban su entorno. Tomaron la idea a través de principios que permitieran desarrollar culturas permanentes en el tiempo. Es decir, culturas que a través de su hábitat generaban una cultura permanente”, explica Raimundo.

La permacultura, por ejemplo, enseña que las malezas son indicadores de salud del suelo. Que trabajando con ellas se puede fertilizar un sistema teniendo una capacidad de tolerar plagas porque es un sistema nutrido. “Los ancestrales habitaban su entorno. Su agua no era de una fosa séptica, la reutilizaban para el huerto. Y no eran huertos anuales ni hortalizas, sino que huertos comestibles. Al final, eran sistemas perennes con menos manejos y hábitas que generar recursos por función. Es decir, que solo genera su agua y más vida. Con eso me fui acercando a la permacultura y me voló la cabeza”.

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– ¿Y cómo empezaste a practicar la permacultura?

-La práctica de la permacultura no es llegar y cultivar. Es mucho más, son hábitos culturales. Lo que yo hice fue estudiar permacultura en paralelo a la universidad, con distintas personas. Había profesores que vivían muy cerca mío, que tenían familias totalmente autosustentables y que generaban proyectos en su comunidad. Por ejemplo, había una familia que tenían un proyecto de reciclaje comunitario de residuos en este mismo pueblo surfista Ahí te empiezas a inyectar de motivación porque hay muchas cosas interesantes. Yo me enamoré más porque lo miré desde un principio como desde el lado de armar proyectos.

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Curanipe, en la Región del Maule, es una ciudad conocida en Chile por sus buenas olas para practicar surf. Es un lugar también, en el que la cultura campesina se mantiene vigente. Pareciera ser, por lo tanto, un lugar natural para que Raimundo se instalara en Chile luego de más de 10 años. “En este país estaba la mano porque la cultura campesina es latente. En Nueva Zelanda está todo súper desarrollado y las regulaciones son súper duras. Curanipe es alucinante, todavía está toda la cultura ancestral. Las personas se levantan en la mañana, tienen su vega llena de papas, buscan su leña en el bosque y la secan en verano. Naturalmente, no les interesa aparentar ni vestirse bien, ni tener su casa con una estética occidental de que todo es perfecto. Sino lo bonito de lo ancestral, que te ahorra energía tiempo y plata (…). Volví a Chile, recorrí campos de permacultura para ver qué tan avanzado estaban, pero mi idea fue radicarme en Curanipe (…). Yo quería desarrollar un modelo agrícola que generara rentabilidad al pequeño agricultor y que no se viera en la obligación de vender su tierra”.

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Ahí partió Huertas a Deo…

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-Claro.

– ¿Y por qué el nombre?

-Literalmente, partió porque se iban a dedo las verduras. Cuando llegué para acá conocí un grupo de gente que venía habitualmente a la zona. Ellos venían con la camioneta llena, pero se devolvían con ella vacía, entonces yo les decía: “Mira, si vendes cinco canastas de verduras, te pago el viaje. Esa verdura se iba y venía de acá, tenía que dar contacto con las señoras y les daba la verdura, les generaba las canastas. Ellos lo único que hacían era llevársela y entregársela a las personas a las que le vendieron. Ahí quedo como Huertas a Deo, por irse a dedo.

Ahí también hacías envíos a Santiago, ¿no?

-Sí, la mayoría. Así partió, o sea, a dedo fue como sus orígenes porque era muy difícil enviar a Santiago, no teníamos cómo llegar para allá. Ahí la solución fue este a dedo a través de los surfistas que se devolvían a Santiago. Pero después tenía que ser regular y lo hice por Pullmann Cargo, que me venían a buscar las cosas a la puerta de la casa y las llevaban a Santiago, donde tenía otra persona que lo repartía. Este es un modelo que nace en Japón que se llama Agricultura Sostenida por la Comunidad, donde los consumidores compran en verde, entonces ellos no saben lo que les va a llegar, pero saben que la caja tiene un valor y que va a llegar llena de productos de temporada. Además, saben que es agroecológica, es decir, sin ningún químico, y producida por pequeños agricultores. Eso estuvo hasta el 2020. En 2021 armamos una feria agroecológica local, que nos costó un mundo lograr. Está en la calle principal de Curanipe todos los sábados.

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– ¿Cuándo llegaste también hacías asesorías a los campesinos? ¿Cómo veían en ese entonces el tema de la permacultura?

-Cuando llegué no hacíamos asesorías simplemente porque no te creían, porque llegaba un rucio de afuera y te dice cómo cultivar. Pero cuando yo les dije que les compraba si cultivaban de una forma en especial, aceptaron. Desde ahí les empezamos a decir cómo cultivar y producir sin químicos. Por ejemplo, tenían galpones con guano y no los usaban. Lo botaban. Tenían un huerto con químicos y nosotros les enseñamos, por ejemplo, que, si metían el guano al huerto, podíamos comprar. Ahí empezó el gran cambio y cultivaron de esa forma. Igual dentro de todo lo sabían, si eran técnicas antiguas, pero así empezó el tema el tema del cultivo con las productoras.

– ¿Después llegaban solos a ti, interesados en el tema agroecológico?

-Claro, siempre el limitante fue la cantidad de verduras que nosotros podíamos comprar, porque todo dependía de cuánto vendíamos y el transporte, entonces ahora que tenemos la feria hay espacio para muchos. Hay más personas que se quieren integrar y tenemos que hacerles seguimiento y capacitaciones, antiguamente teníamos 30 productoras y no le podíamos comprar todas las semanas, tenía que ser 15 y 15.

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Probablemente, pensar en un modelo agrícola de pequeña escala lleve a más de alguno a pensar en sistemas ordenados, con espacios separados y muy determinados para lechugas, tomates, cebollines y otras verduras. Pero dentro de esto, dice Raimundo, no está el sistema de bosque. El huerto orgánico que comúnmente se ve, dice, suele requerir más energía, tiempo y dinero, al necesitar mucha mantención. “Ahí empieza todo un tema de un cambio total en el paradigma de la agricultura porque empezamos a acercarnos a cómo eran los bosques ancestrales y nos damos cuenta de que efectivamente eran bosques de alimento, no sistemas de cultivos anuales. Y tiene su qué, porque el bosque se auto mantiene. Por ejemplo, si miras un bosque nativo, tiene el mejor suelo y no necesita ser regado, ni fertilizado, no tiene plagas, no tiene malezas, esto es en sí un organismo que está vivo y que genera cada vez, es vivo y saludable. Eso queremos armar y estamos tratando de potenciar”, dice Raimundo.

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©Cortesía Raimundo Labbé 

– ¿Eso lo que has ido mostrando en tus historias de Instagram con el jardín de tu casa?

-Exactamente, estamos tratando de mostrar eso. Parte de nuestra mentalidad industrial trata de fragmentarlo todo. Pasa mucho que cuando hacemos asesorías a gente, ellos quieren poner su huerto en un lado, la casa en otro, el estacionamiento separado. No se integra todo con el huerto. Lo que empieza a pasar a través de la permacultura es que empezamos ver que todo se puede interconectar. El estacionamiento es un área de captación de agua, entonces está diseñado hacia el jardín. La casa y el estacionamiento, todo es uno si lo empezamos a integrar para maximizar el potencial de generar vida, eso es lo que básicamente se traduce. Eso es lo que nosotros vamos mostrando, un modelo en el cual el ser humano no está desconectado del entorno, sino que la interacción del humano con el bosque aumenta la capacidad del bosque de generar más vida. Al mismo tiempo es más productivo. Por ejemplo, ahora nosotros poca agua en comparación a otros huertos, por lo que nos vamos a demorar más. Pero a largo plazo, no vamos a depender de agua y fertilidad, sino que se va a auto sustentar. Así empiezas a entender la capacidad de regeneración del humano al integrar el bosque, un modelo de alta calidad nutricional, bajo costo y, si lo amplías a la comunidad que lo rodea, permite a ellos acercarse a su esencia campesina, sin destruir.

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-Tu comentabas este cambio de paradigma, ¿cómo ha sido la recepción de tus seguidores? ¿qué les ha llamado la atención y te han comentado?

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-Puede ser muy chocante para algunos porque es distinto. Por ejemplo, uno de los conocimientos comunes es el tema de que las vacas son malas, entonces este paradigma te dice que no, que no son malas, lo malo es el modelo que hemos implementado para manejar a las vacas. No las culpemos a ellas, nosotros tenemos el modelo antinatural. Y eso pasa no solo con las vacas, sino con el eucalipto. Nosotros lo usamos para producir agua y se conoce que es malo. Pero en realidad no es el eucalipto el malo, sino la manera en que hemos manejado el eucalipto. Entonces nosotros usamos el eucalipto de alguna forma igual que fue creado, que no fue creado en un sistema de monocultivo, sino que en un sistema agro diverso que cumple un rol, que permite usar el eucalipto a nuestro beneficio, regenerar los suelos, producir más biomasa. Eso pasa con las malezas también. En realidad, lo que deberíamos cuestionarnos es que nada en la naturaleza en malo. Entonces, tenemos que cambiar el manejo, no erradicar la planta. Si estamos en un lugar donde el nativo no se está dando, pero sí hay mucha planta pionera -no nativa- dándose, hay una información que nos está entregando el sector, nos dice que ese suelo no tiene la capacidad para sustentar esta especie nativa. Viene la planta pionera a ejercer su labor para que posteriormente pueda el suelo abastecer y subsistir, pero la planta nativa necesita una red micro organísmica potente, entonces si no está, van a salir las perennes a hacer la pega (…). Con eso nos damos cuenta de que la fertilidad es inagotable, o sea la naturaleza produce fertilidad porque las plantas pioneras que salen. Lo único que hacemos nosotros es podar y dejar, y plantar al lado otra cosa. Al podar, se deja el material y eso se alimenta y deja de ser una planta productiva. Ahí cambia todo el concepto, entonces el agricultor no depende de los consumos agrícolas, empieza a darse cuenta de que el poder lo tiene él.

Cortesía Raimundo Labbé
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-Contaste que era un trabajo de largo plazo. ¿Cuánto tiempo demora entre que empiezas a cosechar?

-Esto se empieza a ver desde el año uno y depende de la cantidad de agua que tengas. Si nosotros miramos la agricultura tradicional o los huertos biointensivos que están super de moda hoy en día, necesitan aproximadamente 30 mil litros de agua por media hectárea en 3 días, más o menos. Yo uso 5 mil litros de agua por media hectárea cada 3 días, entonces la diferencia es gigantesca. Además, cada año el huerto biointensivo o de agricultura profesional, o de cultivos anuales, implica rearmar el sistema y hacerlo de nuevo, en cambio un sistema de bosque, los litros de agua se quedan en el sistema y jamás se van, entonces eso se va a transformar en planta y en bosque. Entonces el agua se queda en el suelo, no se transforma en lechuga, por ejemplo. Más al grano, con la misma cantidad de agua, te conviene tener sistemas perennes, interconectados con sistemas anuales; entonces tienes una línea de bosque, tres de biointensivo, línea de bosque, tres biointensivos, etc. Al interconectarlos, te aseguras de que el bosque es un motor productor de suelo y de agua, junto a los anuales. Así tienes más seguridad, menos trabajo y diversificas tu canasta, cosechando desde el año uno, pero te aseguras de que, al año 8 y 10 tienes más fertilidad (…). Lo entretenido del futuro de la agricultura regenerativa sí o sí va a ser así, tener huertos biointensivos con agricultura sintrópica, que son las líneas biointensivas interconectadas con bosque y animales.

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Para Raimundo, una de las principales dificultades de dedicarse a lo que hace es que es considerado algo raro. Muchos encuentran extraño que viva en el cerro en la parte alta de la costa maulina, en un terreno rodeado forestales. Y que, además, tenga animales. Sin embargo, de a poco ha ido abriendo su camino y concientizando sobre la vuelta a lo ancestral.

Aún así, se mantiene haciendo cursos, mentorías y asesorías personalizadas. Y también, cumpliendo el sueño de la feria agroecológica en Curanipe, todavía en compañía de la brisa marina, como en su infancia.

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