Ladera Sur Por qué no deberíamos odiar las ciudades
Por qué no deberíamos odiar las ciudades

Vida Urbana

Por qué no deberíamos odiar las ciudades

En esta columna de opinión nuestra colaboradora, Josefina Hepp, nos habla de ética ambiental urbana y entrega una serie de razones que podrían ayudarnos a comprender el potencial de nuestras ciudades como espacios sustentables que aporten a la conservación de áreas silvestres.

Enfrentémoslo: muchos nos quejamos de vivir en la ciudad. Y sin embargo, casi todos vivimos y hemos vivido siempre en ciudades. Admiramos a los pocos que emigran, y nos lamentamos y compadecemos de todos los que llegan (y ojo que esto se cruza con otro gran problema en Chile, el de la centralización). Pero nos quedamos, y así, actualmente más del 50% de la población mundial es urbana, mientras en Chile, la cifra es cercana al 87%, lo que significa que acá alrededor de 15 millones de personas viven en urbes (INE, 2010). Y la tendencia es al alza.

Es urgente no odiar las ciudades. No porque estemos condenados a vivir en ellas ni porque es la tendencia global, o porque sea la única manera de conservar áreas de naturaleza “silvestre” en un planeta de más de siete mil millones de habitantes. Debemos esforzarnos, porque ellas también pueden ser fuente de muchos beneficios ecológicos y sociales, y tener un papel importante en el camino hacia comunidades humanas sustentables.

San Cristóbal. ©Florencia Hepp
San Cristóbal. ©Florencia Hepp

Démosle una vuelta a esto:

  • Ciudades densamente pobladas pueden crear y fomentar una infraestructura en la que los residentes ni siquiera deben decidir activamente cambiar su estilo de vida o prioridades para terminar viviendo de forma sustentable (Light, 2003). La calefacción compartida, los sistemas de recolección de basura y reciclaje, el sistema de transporte público (y las ciclovías), el fomento a las energías renovables, todo eso podría ser estructuralmente amigable con el medio ambiente. Esta es una cuestión importante para los países en desarrollo donde la gente tiene otros problemas que resolver primero (salud, educación, etc.). Sin embargo, en el largo plazo debemos aspirar a desarrollar una conciencia ambiental explícita en las personas (Light, 2001).
  • En las ciudades, igualmente existe la posibilidad de proteger -recuperar- grandes parches de vegetación nativa, que puedan proveer servicios ambientales como la purificación del aire, el control microclimático y el control de inundaciones, y que entreguen opciones de recreación a la comunidad, como plantea Fernández-Chicharro (2009). En el caso de Santiago, los Cerros Islas (faldeos de los cordones montañosos que rodean la ciudad) son una buena alternativa, porque aún no están tan intervenidos (aunque peligrando). La idea es potenciar la cobertura vegetacional en estos parches durante todos los meses del año, por lo que especies de hoja perenne (que no botan las hojas), como las especies nativas propias de la zona central, son perfectas para este propósito (Fernández-Chicharro, 2009).
  • Unido a lo anterior, las organizaciones o fundaciones que promueven el trabajo en comunidad podrían dirigir esfuerzos a limpiar entre todos el medio ambiente local o restaurar zonas amenazadas de valor ecológico (como riberas de ríos). La conservación de estos pequeños bolsillos de naturaleza pueden significar una instancia para que las personas descubran la flora y fauna del sector, para que participen en la mantención de ciertos procesos naturales (Light, 2001), y también para que fortalezcan el sentido de comunidad y pertenencia. Aquí cabe, por supuesto, armar huertas en sitios a los que toda la comunidad tenga acceso; entre los múltiples beneficios de las huertas está el entender (o recordar) cómo funcionan los ciclos, en especial los de los vegetales, pero también, organizarse y trabajar en grupo, practicar hábitos de cuidado y responsabilidad ambiental, y aprender sobre nutrición y alimentación más saludable, entre muchos otros.
Parque Meiji en Tokyo. ©Josefina Hepp
Parque Meiji en Tokyo. ©Josefina Hepp

Así la relación que se produce entre seres humanos y la naturaleza en general ocurre en espacios urbanos. Sencillamente porque aquí estamos la mayoría, la mayor parte del tiempo. Parques, ríos, jardines comunitarios, terrazas, techos verdes, el viento, la lluvia, todos ofrecen la oportunidad de relacionarse con la naturaleza, y si bien alguien podría decir que no son elementos completamente “naturales” –aunque hoy en día, ¿qué porción de nuestro planeta no está intervenido de alguna forma?–, al menos dan la idea y la sensación de lo natural. Y ese encuentro es necesario, nos hace bien.

Cordillera desde el San Cristóbal. ©Florencia Hepp
Cordillera desde el San Cristóbal. ©Florencia Hepp

Detengámonos en esto último y pensemos por un minuto en los encuentros significativos con la naturaleza que pueden existir en la ciudad donde vivimos. Acá va una pequeña lista de algunos de mis lugares o instancias favoritas (y de los amigos o familiares a los que les hice una pequeña encuesta):

  • Obviamente, visitar parques como el Parque de las Esculturas junto al Mapocho, el Parque Forestal, el Parque Araucano (uno de los que tiene más flora nativa), el cerro Santa Lucía, el cerro San Cristóbal (especialmente en bicicleta), el cerro Manquehue (una maravilla, casi fuera de la ciudad), por nombrar algunos. Los parques son lo mejor porque, si son suficientemente grandes, logran bloquear los ruidos de la ciudad y permiten una conexión más intensa. En el Parque Bustamante una vez fui a aprender de aves. Nunca me había dado cuenta de la cantidad y variedad que había, justo sobre mi cabeza, de jilgueros, tordos, chincoles, tórtolas, y hasta tiuques y halcones.
    Cerro Manquehue. ©Constanza Gazmuri
    Cerro Manquehue. ©Constanza Gazmuri
  • Siempre, las vistas: para mí, ver la cordillera de Los Andes desde cualquier punto y circunstancia, es un momento importante de contacto con la naturaleza, en especial después de las lluvias. Para mi hermano, en Valparaíso, es el mar el responsable de que la gente ahí se sienta privilegiada y decida quedarse aún si les ofrecen mejores condiciones de vivienda en otros lados. Lograr ver las estrellas con frecuencia, como en el desierto, también es un espectáculo y un patrimonio que hay que cuidar (¿Sabían que en el norte hay una Oficina de Protección de la Calidad del Cielo del Norte de Chile? Para proteger los cielos nocturnos de Antofagasta, Atacama y Coquimbo, pensando en la observación astronómica).
    Vista al San Cristóbal. ©Jerónimo Díaz
    Vista al San Cristóbal. ©Jerónimo Díaz

 

  • También las plazas y áreas verdes más pequeñas: Privilegio las plazas donde hay árboles grandes (más antiguos) o especies nativas, o de repente algunas que están más escondidas y no hay tanta gente. A veces basta con ver una hilera de quillayes, maitenes, bellotos del norte y pataguas en algún bandejón central (como en Bilbao), o un único espino en flor, o un peumo con frutos.

La ciudad es el hábitat que una cantidad impresionante de personas ha elegido como el suyo, o quizás no han tenido elección. En ambos casos, y sobre todo en el segundo, el ambiente urbano merece nuestra atención, acción y respeto (y no nuestras constantes quejas, que son muy destructivas). Merece que nos detengamos a pensar cuáles son nuestros encuentros citadinos significativos con la naturaleza, y que los valoremos, protejamos y compartamos. Es parte de la fórmula para lograr una vida sustentable, para todos, en nuestro único planeta.

*Comentario aparte: En Tokyo, a pesar de lo inmenso y ajetreado, se han preocupado de mantener vastas extensiones de parques muy estéticos, como los Jardines Imperiales, y otros donde parece que uno estuviera dentro de un bosque (parque Meiji), en la mitad de la ciudad.

Jardín Imperial. ©Josefina Hepp
Jardín Imperial. ©Josefina Hepp

Sugerencias para leer:

De-Shalit, A. (2003) Philosophy Gone Urban: Reflections on Urban Restoration Journal of Social Philosophy 34:1.

Fernández-Chicharro, I. 2009. Recuperación de los Cerros Islas: ¿Una posible solución a los problemas ambientales de Santiago? AMBIENTE TOTAL 2:3.

Light, A. (2001) The Urban Blindspot in Environmental Ethics. Environmental Politics, 10:1, 7-35.

Light, A. (2003) Urban Ecological Citizenship. Journal of Social Philosophy, 34:1, 44-63.

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