Es difícil de evaluar la obra y el legado de James Lovelock, fallecido el pasado 26 de julio. De sus primeros aportes a la comprensión mundial del medio ambiente está el entregar evidencias científicas para lo que Rachel Carson llamó la primavera silenciosa; los efectos de la bioacumulación de compuestos tóxicos a distintos niveles de la cadena trófica de los ecosistemas, hasta llegar a los seres humanos. Esto gracias a su genial invento, el detector de captura de electrones (ECD), qué además permitió vislumbrar la interacción entre la acumulación atmosférica de Clorofluorocarburos (CFCs) y el aumento del agujero de ozono, siendo esto pieza fundamental de lo que sería el protocolo de Montreal que reguló la liberación de estos gases y la posterior disminución del agujero. Ello se constituyó en el primer ejemplo positivo de acción humana conjunta con efectos a escala planetaria. Lovelock fue de los primeros científicos británicos en advertir el creciente riesgo del cambio climático, participando incluso de la primera comitiva científica qué en los 80s advirtiera a la primera ministra, Margaret Thatcher, sobre los peligros de no tomar acciones concretas al respecto.


Hay varios otros aspectos relevantes del legado científico de Lovelock, pero sin duda alguna la teoría Gaia es su principal contribución a la humanidad. Participando en un programa de la NASA para detectar la vida en Marte, y ya con una marcada influencia de las ciencias de sistemas, Lovelock descubrió qué la composición de los gases de la atmósfera terrestre iba en contra del equilibrio termodinámico (o equilibrio entrópico; lo que debería ser su composición si sólo actuaran variables físico-químicas). Es más, si la atmósfera de la tierra estuviera en ese equilibrio termodinámico, como en Marte o Venus, la temperatura del planeta actual podría superar los 250 °C. ¿Qué fuerza ha sido capaz de cambiar este equilibrio?: claramente la biosfera (conjunto de seres vivos de la tierra). Por ejemplo, la concentración de los principales gases de efecto invernadero que hasta hoy han definido la temperatura global desde los orígenes de la tierra, es decir: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y vapor de agua, están mayoritariamente determinados por la actividad biológica del planeta. Entonces no es un absurdo, sino todo lo contrario, pensar que la vida ha determinado la temperatura planetaria, y más aún la ha controlado, pues esta temperatura se ha mantenido fluctuando en un rango de valores a través de millones de años, y, vaya coincidencia, la fluctuación ha sido alrededor de 15 °C en promedio, un óptimo para la vida misma.

James Lovelock

Gaia sería un sistema complejo que emerge del acoplamiento entre la biósfera y el medio ambiente de la superficie de la tierra (ríos y océanos, atmósfera y rocas de la corteza terrestre) capaz de regular por sí mismo las condiciones fisicoquímicas del planeta (temperatura y concentración de gases que componen la atmosfera, entre otros parámetros). Por qué se bautiza la teoría como Gaia no deja de ser tragicómico, pues determinó un rechazo casi inmediato del brazo más duro de la ciencia. Como toda teoría revolucionaria, como todo gran despertar a un nuevo paradigma o una nueva conciencia, fue rechazada por casi tres décadas por la comunidad científica por ser supuestamente esotérica o teleológica. Hoy este enfoque científico se denomina ciencias del sistema tierra y ha tenido una importante influencia en las modelaciones numéricas con las que se calcula el clima global presente y futuro. Pese a que se trata ya de ciencia convencional, la base sigue siendo lo planteado por Gaia:

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-La biosfera equivale a una fuerza geológica, pues tiene una enorme influencia sobre las condiciones ambientales del planeta.

-El sistema tierra por sí solo presenta resiliencia y es capaz de responder y adaptarse a determinados eventos.

-Los mecanismos de autoorganización se dan por un sinnúmero de retroalimentaciones entre la vida y el medio ambiente planetario.

Independiente de la relevancia de este enfoque para comprender mejor el ecosistema planetario la visión de Lovelock implica un cambio paradigmático a la altura de lo que en física sería la teoría de la relatividad. Solo hasta hace muy poco creíamos que la tierra estaba muerta, qué sencillamente era una esfera de roca con organismos vivos en su superficie.

Cuando leí por primera vez la teoría Gaia, inmediatamente algo me hizo profundo sentido. Siempre encontré sospechoso que, a partir de organismos que compiten descarnadamente, la naturaleza se cuide a sí misma y demuestre hasta cierto punto un grado de inteligencia profunda: “la naturaleza sabe lo que hace”, me decían en el campo. Los propios servicios ambientales tampoco pueden ser explicados con un enfoque clásico: provisión y depuración de las aguas, conservación y formación de suelos, reciclaje de nutrientes. ¿No será demasiada “buena voluntad” de los procesos bioquímicos o la selección natural? me preguntaba. Menos aún podía creer lo que hasta ahora nos habían enseñado: que la vida en la tierra es el milagro de un sinnúmero de coincidencias que confluyen al mismo tiempo: una radiación solar ideal junto con una precisa distancia de la tierra con el sol, unos equilibrados ciclos del carbono, el agua y otros elementos. Y más aún, que ese delicado equilibrio se haya mantenido favorable para la vida por miles de millones de años. Para mí lo propuesto en Gaia no solo no era un capricho místico, sino que me liberaba del acto de fe poco creíble qué implicaba ver la vida en la tierra como una mera coincidencia de accidentes biofísicos. El orden natural que profesaban Hutton y von Humboldt me parecía apreciable a simple vista.

Hoy sabemos que las “soluciones basadas en la naturaleza” son siempre más seguras, simples y sustentables que las soluciones tecnológicas, probablemente dada su naturaleza sistémica (y no mecánica). También aceptamos que los ecosistemas están acoplados a nivel planetario, pero recién nos abrimos al cambio que implica Gaia en la evolución: es cierto que los organismos se adaptan a un medioambiente preexistente. Pero también es cierto que todos los organismos modifican el medio ambiente, de manera que por retroalimentación la vida debe adaptarse a sus propios impactos en el medioambiente, lo que deriva en que la vida y su medio ambiente coevolucionan como un sistema vivo integrado.

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James Lovelock @New Scientist

Por cierto, Gaia no está en peligro, ni mucho menos. Somos los organismos que vivimos en las condiciones ambientales actuales de la tierra, este estado estacionario momentáneo de Gaia, los que estamos realmente en peligro. Mientras más complejo el organismo, más frágil, pues depende de condiciones ambientales más específicas para poder vivir. Paradójicamente, los seres humanos y nuestros parientes evolutivos, que hasta hace poco considerábamos la cumbre de la evolución, somos más vulnerables, y los más dependientes de otras formas de vida más simples.

Era esperable una gran reticencia a la teoría desde los enfoques científicos más reduccionistas, pues al plantear un planeta que se autorregula tal como un sistema vivo, indirectamente se hace referencia a la antigua y universal visión animista de la Tierra como una entidad. Con la teoría renace en el colectivo la diosa de la Tierra Gaia (o Gea), el anima mundi (mundo animado, vivo) del medioevo y la visión de la vida como un solo fenómeno integrado que han compartido la mayoría de los pueblos indígenas en distintos continentes. A nivel psíquico, a los occidentales esta visión nos impacta particularmente, pues nos reconecta con una visión ancestral y común a toda la humanidad, incluyendo a occidente mismo: El mundo no es una colección de partículas ensambladas, sino que está vivo, es un ente complejo en extremo y por ello ininteligible, fuera de nuestro control, misterioso. Con la teoría Gaia es más intuitivo imaginar entonces cuál es nuestro rol como especie en el planeta, y de paso, cómo sortear el Antropoceno: la lección de Gaia no es tan obvia, pero sí sabemos que la regulación a escala planetaria proviene del acoplamiento, de la operación mancomunada de los diversos ecosistemas. Entonces, un enorme esfuerzo debería ir en pro de fortalecer a Gaia. Esto es, a la restauración y conservación de los ecosistemas naturales, para que estos recuperen su capacidad de control del ambiente planetario.

Dadas las actuales condiciones críticas, ello debe ir de la mano de soluciones tecnológicas y por sobre todo de cambios profundos en nuestra conducta, que mitiguen nuestros impactos y nos adapten a los cambios inevitables que, de acuerdo a muchos científicos y al mismo Lovelock, pueden ser extraordinariamente difíciles. Lo cierto es que en el acoplamiento entre seres humanos y la naturaleza, está el mayor potencial de autoregulación planetaria. Y la complejidad de Gaia es tal que, dada su impredecibilidad, es difícil saber bien cual seré el curso de las cosas; también podría haber grandes sorpresas desde una era de la regeneración. Gaia, la vida, no sólo es nuestra madre, sino que nosotros también somos Gaia. La unión hace la fuerza. La vida, unida, jamás será vencida.

Alfredo Erlwein MSc., PhD.

Profesor e investigador,

Centro Transdisciplinario de Estudios Ambientales CEAM,

Universidad Austral de Chile

Fundación Manfred Max-Neef

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