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Los moái de Rapa Nui: Historia, origen y el enigma vivo de los gigantes de piedra
Bajo el cielo abierto del Pacífico, en una de las islas más aisladas del planeta, se alzan silenciosas figuras de piedra que parecen observar el paso del tiempo. Los moái de Rapa Nui constituyen uno de los patrimonios arqueológicos más emblemáticos del mundo y un símbolo profundo de identidad, memoria y espiritualidad para el pueblo rapanui. En esta nota te contamos todo sobre ellos, desde sus orígenes hasta el fin de su época dorada.
Gigantes de piedra repartidos por una de las islas más remotas del planeta. Silenciosos, inmóviles y enigmáticos. Así son los moái de Rapa Nui, esculturas monumentales que, desde hace siglos, desconciertan a exploradores, científicos y viajeros. ¿Cómo lograron tallarlas y moverlas? ¿Qué propósito cumplían? ¿Por qué casi todas miran hacia el interior de la isla? Detrás de cada estatua se esconde una historia fascinante, hecha de ingenio, cooperación, espiritualidad y una profunda conexión con los ancestros.
Lejos de ser simples monumentos, los moái reflejan una manera de entender el mundo, donde lo humano y lo sagrado conviven en equilibrio. Su presencia transforma el paisaje y revela una sociedad dinámica, capaz de coordinar enormes esfuerzos colectivos para rendir homenaje a sus antepasados, reforzar la identidad de los clanes y mantener la armonía social.
Cada cantera, sendero y plataforma ceremonial guarda huellas de ese pasado. Son rastros silenciosos de generaciones que moldearon la piedra y el territorio con paciencia, destreza y un profundo sentido de pertenencia. Aún hoy, muchas de esas marcas siguen planteando interrogantes que alimentan la curiosidad y el asombro.


Este recorrido invita a sumergirse en la historia, los métodos constructivos y el profundo simbolismo de los moái, para descubrir por qué, siglos después, siguen siendo uno de los mayores misterios culturales del planeta.
«Lo más extraordinario de Rapa Nui es este hiperdesarrollo, que se expresa en lo monumental, en el megalitismo, que es propio de las culturas neolíticas, como lo fue Stonehenge y las grandes culturas neolíticas del viejo mundo, así como en Mesoamérica y en el mundo andino. Grandes culturas, con grandes pirámides como los mayas, o sea, una cultura muy compleja. Pero Rapa Nui está en el extremo opuesto en términos de su tamaño, de la distancia, del aislamiento. Existían las peores condiciones para que se desarrollara una sociedad compleja. Entonces, los moái aparecen como el misterio de la humanidad, porque aparecen cientos de estas figuras como de la nada, en un escenario superchico, aislado, sin raíces claras, digamos. Una cosa rarísima en la evolución de la humanidad», comenta José Miguel Ramírez Aliaga, antropólogo y especialista en Patrimonio y Arqueología.


El nacimiento de un legado ancestral
Desde sus inicios, la construcción de los moái estuvo estrechamente ligada al culto a los ancestros, uno de los pilares fundamentales de la cosmovisión rapanui. En una isla concebida como el centro espiritual del universo —el “ombligo del mundo”, Te Pito o Te Henua—, los antepasados no eran figuras lejanas, sino presencias activas capaces de influir directamente en la vida cotidiana.
Se creía que otorgaban protección, fertilidad, equilibrio y prosperidad, y que su energía espiritual, o maná, podía manifestarse a través de las estatuas. Así, los moái funcionaban como la materialización visible de ese poder, permitiendo que los ancestros continuaran acompañando y guiando a sus descendientes.
Esta visión del mundo se desarrolló en un contexto geográfico extremo. Rapa Nui, ubicada en el extremo sudoriental del triángulo polinésico y a más de 3.500 kilómetros del continente sudamericano, es uno de los territorios habitados más aislados del planeta. Sin embargo, lejos de constituir una limitación, este aislamiento favoreció el surgimiento de una cultura profundamente cohesionada, capaz de desarrollar una organización social sofisticada, una rica tradición mitológica y una monumental expresión artística.



Tomando aquello en cuenta, sus primeros habitantes arribaron alrededor del año 1000 d.C., como parte de la gran expansión polinésica por el Pacífico, protagonizada por navegantes expertos que dominaban la observación astronómica, las corrientes marinas, los vientos y el comportamiento de las aves para orientarse en travesías oceánicas de miles de kilómetros.
«No tenemos fechas exactas de la llegada de los primeros inmigrantes, de los primeros que llegaron a Rapa Nui, pero probablemente no fue Hotu Matu’a. La tradición oral marca un inicio a partir de este personaje, que se convierte en el héroe civilizador, pero probablemente llegaron otros antes. De hecho, en la misma tradición oral se dice que él envió a los primeros exploradores a partir de un sueño. Allá en Hiva, que probablemente es Marquesa, y de ahí partieron hacia el sureste. Él envía a estos exploradores, y se encuentran según la leyenda con un par de personajes que ya habían estado antes. Y además se habla de que en el tiempo del abuelo de Hotu Matu’a, él ya había enviado a sus hijos a explorar hacia el este, siempre hacia el este. O sea, hacia acá, hacia el continente Sudamérica», profundiza Ramírez.
«Ellos venían de allá para acá, colonizando, explorando, pero a raíz de un problema ambiental. Tuvieron que escapar en el fondo de la subida del mar, de eventos que ocurren periódicamente en el Pacífico y siguen ocurriendo. Había un tema entre dos grupos finalmente, y el clan de Hotu Matu’a, con él a la cabeza, decide migrar. Él organiza esto, pero a partir de una exploración. Descubren Rapa Nui, que realmente es un milagro, porque descubrir Rapa Nui en medio de la nada es bien excepcional. De hecho, las corrientes los deberían haber llevado al sur de Chile, aunque ese es otro tema», agrega.


Una vez asentados en la isla, los rapanui organizaron su sociedad en clanes familiares con territorios, recursos y linajes propios. Cada grupo era responsable de erigir sus propios moái, los cuales se instalaban sobre plataformas ceremoniales llamadas ahu, generalmente ubicadas a lo largo de la franja costera. Desde allí, las estatuas miraban hacia el interior de la isla, en un gesto simbólico de protección permanente sobre las aldeas y los campos cultivados. Estas plataformas funcionaban, además, como espacios rituales, centros políticos y lugares funerarios, reforzando la profunda conexión entre territorio, espiritualidad y organización social.
En ese sentido, durante décadas se pensó que la producción de estas esculturas respondía a una estructura centralizada, controlada por una élite gobernante. Sin embargo, investigaciones arqueológicas recientes han transformado esta visión. La evidencia indica que la elaboración de los moái se desarrollaba mediante un proceso en el que distintos clanes trabajaban de forma simultánea y autónoma dentro de la cantera de Rano Raraku, compartiendo un marco cultural común, pero aplicando técnicas, estilos y secuencias propias.



Este notable desarrollo cultural tuvo lugar en un entorno natural originalmente muy distinto al actual. Al momento de la colonización, Rapa Nui presentaba un paisaje dominado por grandes palmeras y una rica vegetación arbustiva, que proporcionaba madera para la construcción de viviendas, embarcaciones y herramientas. Sin embargo, a pesar de esta abundancia, la isla ofrecía muy escasos recursos alimentarios en tierra firme, lo que obligó a sus primeros habitantes a desplegar una extraordinaria capacidad de adaptación.
«Comienza ahí un período de colonización. Se quedan siete hermanos, algunos permanecen en la isla y uno muere; hay toda una historia muy compleja, una leyenda fundacional. Pero luego regresan para avisarle a Hotu Matu’a que habían encontrado este lugar y que tenía cierto potencial. Era una isla que no tenía nada para comer en tierra, no había ningún fruto comestible, excepto por el coquito de la palma chilena. Pero al ser una isla, podían pescar, pese a que no había ningún mamífero terrestre ni ninguna planta comestible», relata Ramírez.
«Por eso tuvieron que colonizarla trasladando todas las plantas y animales que ya venían domesticando desde el sudeste asiático. Los polinésicos tienen una historia de navegación de más de 3.000 años, y trajeron consigo plátanos, tubérculos —que eran la base económica—, camote, caña de azúcar y otras especies, como el mahute, cuya corteza utilizaban para fabricar ropa, porque no existía ningún recurso local para ello. La historia, en realidad, parte en Taiwán», añade.

Lamentablemente, con el paso del tiempo, la presión demográfica, la expansión agrícola y la explotación intensiva de los recursos provocaron una profunda transformación del paisaje, marcada por la deforestación, la erosión del suelo y la reducción de la biodiversidad. Estos cambios ambientales, sumados a tensiones sociales internas y a transformaciones en las creencias religiosas, influyeron progresivamente en el declive del sistema ceremonial asociado a los moái. Hacia el siglo XVII, la producción de estas estatuas comenzó a disminuir hasta detenerse por completo.
«Había materia prima para mover los moái, pero en un momento se terminó, y con eso no pudieron seguir haciendo todas estas obras públicas monumentales. No tenían madera para hacer embarcaciones, para escapar de la crisis de recursos, como lo habían hecho antes, y así liberar un poco la presión. Tampoco tenían materia prima para la cocción de alimentos diaria. Desaparecen los troncos en los curantos de la época, en los humos, empiezan a usar briznas de arbustos. Tampoco tenían materia prima para las cremaciones. En la época clásica, megalítica, digamos entre 1.000 y 1.600, los cuerpos, los cadáveres de cada familia, se cremaban detrás de los ahu. Había crematorios, cámaras donde se quemaban los cuerpos. Sin materia prima, sin árboles, no se podía hacer. Y después de eso tuvieron que reciclar completamente todo, pero ya en el segundo capítulo», comenta Ramírez.


«En el período de los moái, los cadáveres se cremaban detrás de los ahus. Después los abrieron, botaron los moái, y ellos mismos reciclaron las plataformas, abrieron cámaras funerarias incluso utilizando los bloques de piedra pulida de las casas de la aristocracia, los sacerdotes, en fin, que están en cargo de los rituales. Con esas mismas piedras hicieron estas cámaras dentro de las plataformas, y ahí empezaron a dejar los huesos blanqueados. Los cadáveres se dejaban descomponer ahí mismo, en los ahu, y después tomaban los huesitos limpiecitos y los guardaban ordenaditos dentro de estas cámaras», añade.
Es así como, el antiguo orden político-religioso entró en crisis, dando paso a conflictos entre clanes, enfrentamientos armados y el derribo masivo de las esculturas, un fenómeno conocido como Huri-Moái, que simbolizó el colapso del antiguo sistema de poder. Posteriormente, el contacto europeo, iniciado en 1722, agravó aún más la situación. Las enfermedades, la violencia, la esclavitud y la colonización provocaron una catástrofe demográfica y cultural sin precedentes, llevando a la sociedad rapanui al borde de la extinción.


«Entre 1500 y 1700 más o menos, una serie de sequías muy largas fueron destruyendo el bosque y no lo pudieron regenerar, era imposible. Y eso fue lo que causó básicamente el gran deterioro del ecosistema, pero lo más extraordinario es que ellos se pudieron adaptar a eso. Tuvieron que olvidarse del sistema antiguo, político e ideológico, y cambiaron completamente para ejercer una menor presión en el fondo sobre los recursos, pero mantenerse vivos, digamos. Y se olvidaron del culto a los moái, inventaron el tema del hombre pájaro, que era una competencia anual. Ya no eran jefes vitalicios, sino que se hizo esta competencia anual entre los clanes más importantes para tener un jefe durante un año. El problema es hubo muy poco tiempo hasta la llegada de los europeos», ahonda Ramírez.
«Los primeros europeos llegan en 1722, y durante ese siglo no pasó nada, digamos, cuatro expediciones de diferentes grupos europeos, diferentes idiomas, diferentes culturas europeas, pero no fue un impacto mayor. Pero en 1860, eso sí que fue masacre, a la cultura y a la población. Entonces, tenemos poco tiempo para entender lo que pasó en ese período postcrisis», añade.
Pese a todo lo anterior, la memoria ancestral persistió en la tradición oral, en los relatos míticos y en la identidad colectiva del pueblo rapanui. Hoy, estas colosales figuras no solo representan un legado arqueológico excepcional, sino también un poderoso símbolo de resistencia cultural, continuidad histórica y resiliencia, que conecta el pasado ancestral con los desafíos y aspiraciones del presente.


La elaboración: Tallado, transporte y ritos
La fabricación de los moái fue un proceso largo, complejo y cuidadosamente planificado, que combinó habilidades escultóricas excepcionales con un profundo conocimiento del entorno geológico, la física del movimiento y la organización social. Cada estatua implicaba una secuencia precisa de etapas que comenzaban en la cantera y culminaban en los altares ceremoniales distribuidos por toda la isla.
El principal centro de producción fue la cantera volcánica de Rano Raraku, cuyas paredes de toba ofrecían un material relativamente blando, ideal para ser tallado con herramientas de piedra. Allí se esculpió la gran mayoría de los moái, transformando este espacio en un gigantesco taller al aire libre activo durante siglos.
«En Rapa Nui hay distintos tipos de roca en cuanto a su origen, y en particular el volcán Rano Raraku, que es la cantera de los moái. Tiene una roca muy especial, que fue la razón de por qué decidieron hacer al final los moái en esa zona. Era una roca mucho más fácil de tallar, un poco más blanda, porque la roca volcánica de los otros volcanes era mucho más dura», indica Carolina Gómez Fontealba, geóloga y magíster en Ciencias, mención Geología de la Universidad de Chile.

De esta forma, Rano Raraku destacaba como un espacio central en la vida cultural, técnica y espiritual de la isla. En sus laderas se esculpieron cientos de estatuas, muchas de las cuales permanecen aún en distintas fases de elaboración, permitiendo reconstruir con notable precisión todo el proceso de talla. Además, su cráter albergaba una laguna de agua dulce, un recurso vital que habría influido decisivamente en la elección de este sitio como núcleo productivo.
«El humedal también era muy importante, por ejemplo, para toda la cultura rapanui, para las fiestas de la Tapati. De hecho, ahí nadaban, hacían sus competencias, pero ya hace cinco años, un poco más, que el humedal ya está totalmente seco y no tiene agua. Entonces, ha ido también cambiando por las condiciones climáticas y porque había muchos animales rondando que también utilizaban el agua», comenta Gómez.
Respecto al proceso de elaboración, las herramientas utilizadas para tallar los moái eran cinceles manuales de piedra llamados toki, fabricados principalmente con hawaiíta, la roca más dura de la isla. Este material solo podía obtenerse en una cantera específica, lo que lo convertía en un recurso escaso y altamente valioso. La enorme cantidad de toki hallados en Rano Raraku logró evidenciar la intensidad del trabajo escultórico y el alto grado de especialización alcanzado por los talladores.



Los escultores trazaban primero la silueta directamente sobre la roca, modelando progresivamente el rostro, el torso y los brazos, mientras la figura permanecía unida al lecho rocoso por una “quilla” dorsal, que le otorgaba estabilidad. Una vez completada la parte frontal, se excavaba cuidadosamente la sección posterior hasta liberar casi por completo la escultura. En ese punto, el moái era separado, deslizado cuesta abajo y colocado en posición vertical para realizar los ajustes finales. Este proceso se sostenía gracias a una compleja organización social, donde cada rol tenía un lugar específico.
«Los Maori Tarai Moái eran los expertos talladores de moái de piedra, así como había expertos pescadores, expertos en navegación, expertos en la astronomía, los sacerdotes en los rituales. Era todo un complejo social, cultural y simbólico, encabezados por un líder. Entonces, en la medida que eso funciona es porque hay recursos para sostenerlo y las bases económicas, como en todas las culturas neolíticas del planeta», señala Ramírez.
Una vez finalizada la talla, comenzaba uno de los mayores desafíos: el transporte. Desde la cantera partían múltiples rutas que se ramificaban hacia distintos sectores de la isla, reflejando una organización descentralizada en la que cada clan se encargaba de trasladar sus propios moái hasta los ahu ubicados en sus territorios. Este proceso variaba según el tamaño, el peso y el grado de detalle de cada escultura, aspectos que, a su vez, reflejaban las diferencias de estatus entre los distintos linajes.

Mientras algunos clanes erigieron figuras monumentales, otros produjeron esculturas más modestas, aunque igualmente cargadas de significado. En promedio, un moái medía entre 3,5 y 5 metros y pesaba entre 50 y 60 toneladas. Sin embargo, algunas estatuas alcanzaron dimensiones extraordinarias, superando los 10 metros de altura y las 80 toneladas, lo que convirtió su desplazamiento en uno de los mayores enigmas arqueológicos del mundo.
Para lograrlo, se habrían empleado diversas técnicas, que incluyen el uso de cuerdas vegetales, trineos de madera, rodillos y sistemas de balanceo que permitían mover las estatuas en posición vertical. Experimentos modernos han demostrado que, mediante un movimiento oscilante controlado, es posible hacerlas “caminar”, lo que podría dar sustento a las antiguas leyendas rapanui que afirmaban que los moái se desplazaban por sí mismos.


«El año pasado salió un último artículo en que se dice que probablemente el moái era trasladado de manera vertical y que los hacían como caminar. Lo iban inclinando de un sector hacia el otro, con cuerdas. De todas formas, los mismos guías turísticos de allá, de Rapa Nui, no descartaban la posibilidad de que con las mismas madera también podían transportar al final estas esculturas, las que con el tiempo fueron siendo más y más grandes», profundiza Gómez.
Más allá del método utilizado, este traslado exigía una coordinación precisa, una cuidadosa planificación del terreno y la participación de numerosos integrantes de la comunidad, convirtiendo cada desplazamiento en un acontecimiento tanto técnico como ritual. Finalmente, una vez instalados en su destino, los moái eran erigidos sobre los ahu, donde ceremonias específicas activaban su poder espiritual y sellaban su vínculo con los ancestros.

Significado y simbolismo: Los rostros del poder espiritual
Los moái fueron concebidos como la encarnación material de los ancestros divinizados. En la cosmovisión rapanui, estos continuaban ejerciendo influencia directa sobre la vida cotidiana, protegiendo a sus descendientes y asegurando la fertilidad, la abundancia y la estabilidad social. Cada estatua establecía así un vínculo tangible entre el mundo de los vivos y el plano espiritual.
Esta conexión se expresaba a través del concepto de maná, una fuerza sobrenatural que residía en los ancestros y que, al canalizarse mediante los moái, se irradiaba hacia las comunidades. Una vez instaladas sobre los ahu, las estatuas legitimaban el prestigio, la autoridad y el estatus de los clanes que las erigían.
«Los rapanui llaman a los moái «Aringa Ora o te Tupuna», que significa el rostro vivo de un ancestro. Cada moái iba a encarnar a un ancestro particular de una familia, de un linaje. Iba a estar destinado a una plataforma. Hay ahus que no tienen moái, y algunos tienen hasta 15, como el Ahu Tongariki, que es el monumento más grande de todo el Pacífico, gigantesco. Pero cada uno era una persona. Había sido una persona importante, o sea, no cualquiera. Solo una persona relevante, de un linaje, iba en una plataforma», ahonda Ramírez.


«La idea es que su espíritu iba a estar encarnado en esa figura de piedra, cuando se instalara en el ahu y se le abrieran los ojos. Ese es un detalle muy importante, porque hay muchos moái que quedaron en construcción. Hay como 400, incluso no sabemos la cifra completa todavía, porque muchos moái quedaron enterrados en la cantera y otros que están debajo de los ahu. Porque cada ahu fue creciendo en el tiempo. Algunos tienen tres etapas de ampliación y algunos de los moái más antiguos se incorporaron en el relleno, otro aparecen incluso en los muros de la última etapa. Entonces, no hay una cifra exacta, pero se habla de alrededor de 1.000», agrega.
Por otra parte, la orientación de los moái —mayoritariamente hacia el interior de la isla— reforzaba su rol protector, como si vigilaran de forma permanente a las aldeas. Sus rasgos físicos respondían a ideales estéticos asociados a la nobleza, la autoridad y la sacralidad. Las orejas estiradas, los rostros alargados y las cejas marcadas simbolizaban sabiduría, rango social y conexión espiritual.
Los brazos pegados al cuerpo, con las manos sobre el abdomen, representan una postura ceremonial de recogimiento y solemnidad. En algunos casos, los moái eran coronados con pukaos, grandes cilindros de escoria roja que simbolizaban antiguos peinados rituales o tocados ceremoniales, asociados al estatus y al poder. Por otro lado, muchas estatuas poseían ojos incrustados de coral blanco con pupilas de obsidiana o escoria roja. Estos se colocaban una vez erigido el moái, momento en que el ancestro pasaba a habitar plenamente la figura.


«Al momento de levantarse en el ahu, se abrían las cuencas y se les ponían ojos, de coral o un disco que puede ser de escoria roja o de obsidiana. En ese momento, obviamente a través de un ritual que no tenemos idea de cómo era, pero a partir de ese momento empezaba a encarnar. Se convertía en un «Aringa Ora o te Tupuna», y su objetivo era básicamente proyectar ese mana, de ese ancestro, sobre el territorio y sobre sus descendientes. La mayoría están en el borde, mirando al interior, porque ese territorio termina en una línea imaginaria en el centro de la isla», relata Ramírez.
De igual manera, más allá de su función espiritual, los moái también actuaban como marcadores territoriales y símbolos de identidad colectiva, afirmando la presencia histórica de cada linaje y reforzando el sentido de pertenencia.


Conservación, ciencia y futuro
La conservación de los moái se ha convertido en uno de los grandes desafíos patrimoniales del siglo XXI. Durante siglos, el aislamiento geográfico de Rapa Nui actuó como un escudo natural, pero el crecimiento sostenido del turismo, junto con la expansión de la infraestructura y la presión humana sobre el territorio, ha incrementado de manera significativa la vulnerabilidad de estas esculturas milenarias.
En este contexto, la ciencia ha asumido un rol clave. Herramientas como la fotogrametría, los escaneos tridimensionales y el análisis digital del paisaje permiten documentar con enorme precisión tanto las estatuas como su entorno. Estos registros facilitan el monitoreo continuo, la detección temprana de deterioros y la planificación de estrategias preventivas. Además, han abierto nuevas vías para reinterpretar la organización social rapanui, al revelar la existencia de múltiples áreas de trabajo autónomas dentro de la cantera de Rano Raraku.

Paralelamente, la administración del Parque Nacional Rapa Nui ha impulsado una serie de medidas destinadas a equilibrar la protección del patrimonio con la experiencia turística. Senderos delimitados, restricción de accesos, señalización educativa y campañas de concientización buscan reducir el impacto sobre los sitios arqueológicos y promover una relación más respetuosa con el entorno.
Sin embargo, la eficacia de estas acciones depende en gran medida del compromiso comunitario. En las últimas décadas, se ha fortalecido un modelo de gestión participativa que reconoce el derecho ancestral del pueblo rapanui sobre su territorio y valora su conocimiento tradicional. Organizaciones locales, guías, educadores y científicos trabajan de manera conjunta en programas de conservación, educación y divulgación, integrando saberes ancestrales con métodos científicos contemporáneos.

A este escenario se suma la amenaza creciente del cambio climático. El aumento del nivel del mar, la erosión costera y la intensificación de tormentas afectan directamente a numerosos ahu situados en la franja litoral. Frente a ello, se desarrollan planes de monitoreo permanente, estudios geológicos y estrategias de adaptación, mientras que la digitalización del patrimonio permite resguardar copias virtuales de las estatuas, asegurando la preservación de su forma y detalles para las generaciones futuras.
Así, los moái se alzan hoy como puentes entre el pasado, el presente y el futuro. Son la huella tangible de una civilización capaz de imaginar, organizar y concretar obras colosales, pero también un recordatorio de la fragilidad de los equilibrios que sostienen tanto a las culturas como a los ecosistemas. Protegerlos no significa solo conservar piedras milenarias: implica cuidar una memoria viva y una manera de entender el mundo donde los seres humanos, la naturaleza y lo sagrado conviven en un delicado y profundo equilibrio.


*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Jǒzepa Benčina Campos