Los árboles muertos también son valiosos para la conservación del bosque nativo
Los árboles siguen beneficiando a la biodiversidad, incluso después de su muerte. Un estudio realizado en bosques del sur de Chile constató que en los árboles muertos no solo se encuentran los clásicos insectos descomponedores de madera o los carpinteros que usan cavidades, sino también una mayor diversidad de animales vertebrados, como rayaditos, chucaos, monitos del monte y roedores nativos. Sin embargo, cuando termina su arbórea vida, el humano suele removerlos del ambiente, lo que podría disminuir la productividad forestal y alterar procesos naturales como el ciclo de nutrientes. Por lo mismo, los investigadores llaman a establecer existencias mínimas de árboles muertos, para así resguardar la salud del ecosistema.
Faltan dedos para enumerar las múltiples bondades de los árboles. Secuestran y almacenan carbono de la atmósfera; mejoran la calidad del aire; permiten la regulación y abastecimiento de agua; y proporcionan alimento y refugio para un sinnúmero de especies de fauna, flora y funga. Por ello, el término de su vida parece ser todo, menos una buena noticia.
Sin embargo, no todo se trata de pérdida, pues los árboles en pie siguen beneficiando a la biodiversidad, incluso después de su muerte. Así lo reveló un estudio publicado en la revista científica Ecological Indicators, que fue realizado en los bosques del Parque Nacional Puyehue y del Parque Nacional Alerce Andino, en la Región de Los Lagos. Los investigadores encontraron en árboles muertos no solo a insectos que descomponen madera o a carpinteros que usan sus cavidades, sino también una mayor diversidad de aves y mamíferos como rayaditos, chucaos, monitos del monte y roedores nativos.
De esa manera, aseguran que los árboles muertos en pie son igualmente valiosos que los vivos para la conservación del bosque nativo.
“Primero debemos entender que la madera muerta, no solo en el suelo sino también en pie – como estos árboles que estudiamos – es importante en la mantención de las comunidades biológicas y por ende en los procesos ecosistémicos del bosque nativo. Por tanto, esto debe ser explícitamente considerado en los planes de manejo forestales, donde usualmente la madera muerta se remueve”, explica Darío Moreira Arce, autor principal del estudio, quien se desempeña como académico de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) e investigador del Laboratorio de Estudios del Antropoceno de la Universidad de Concepción.
Para hacerse una mejor idea, en otros países se ha reconocido el valor de los árboles muertos en pie como “recursos críticos” para una amplia gama de animales, al proporcionar estructuras ecológicas claves en bosques, sabanas, e incluso en entornos agrícolas y urbanos. Eso por nombrar solo una parte de sus funciones post mortem.
No obstante, en Sudamérica los estudios sobre estos árboles suelen limitarse a su provisión de cavidades o huecos (oquedades) que sirven, por ejemplo, a aves que anidan en estos espacios, sin ahondar en otras funciones. También es sabido el rol de la madera muerta que es descompuesta por insectos y otros organismos (denominados saproxílicos), que la transforman después en nutrientes para el ecosistema.
Luego de participar en una serie de estudios relacionados, el académico de la USACH relata que “ya habíamos encontrado que, al igual que en otros bosques templados, la calidad y cantidad de madera muerta tienen importantes implicaciones en la diversidad taxonómica y funcional de escarabajos saproxílicos, así como en la selección del hábitat e interacciones tróficas del carpintero magallánico. Sin embargo, no sabíamos qué tan importante era para otros grupos de animales menos dependientes de los recursos tróficos (alimentarios) de esta madera muerta, ya sea en pie (árboles muertos) o en el suelo. También nos interesaba saber la magnitud de esta importancia relativa con respecto a los árboles vivos”.
Para desentrañar su importancia, los investigadores analizaron la diversidad de animales vertebrados que se asoció a árboles muertos y vivos en los parques nacionales Puyehue y Alerce Andino. Estos bosques están dominados por especies longevas del género Nothofagus, “como la lenga y coigüe común; mientras que en los bosques siempre verdes los árboles muertos están principalmente representados por tepa, ulmo, olivillo, canelo y en menor medida coihues de Chiloé”.
Fue allí donde, con la ayuda de cámaras trampa, registraron a un total a 13 especies, de las cuales 11 frecuentaron tanto árboles vivos como muertos, con algunas diferencias entre los animales reportados.
En los árboles muertos, por ejemplo, se encontraron aves como el rayadito (Aphrastura spinicauda), el chucao (Scelorchilus rubecula), el hued-hued (Pteroptochos tarnii) y el carpintero magallánico (Campephilus magellanicus), siendo los dos últimos solo reportados en las plantas muertas. En el caso de los mamíferos, se constató la presencia del monito del monte (Dromiciops gliroides), el ratón arborícola chileno (Irenomys tarsalis), el ratón oliváceo (Abrothrix olivaceus) y el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), entre otros.
De esa manera, observaron que los árboles cumplirían un rol fundamental incluso cuando se encuentran en senescencia, es decir, en el proceso natural y gradual de envejecimiento y muerte. Moreira detalla que “consideramos que la senescencia de los árboles es un continuo en el cual van desapareciendo y generando recursos alimentarios, e incluso de refugio para especies más allá de las aves (como se ha documentado frecuentemente), como pequeños mamíferos como el monito del monte y roedores. Muchas de estas especies usan recursos como oquedades (utilizadas como refugios), hongos y cortezas (usadas como alimentos), y líquenes”.
Aunque ambos tipos de árboles compartieron especies – incluyendo también a la rata negra (Rattus rattus), roedor exótico – solo se reportó a la güiña (Leopardus guigna) y al picaflor chico (Sephanoides sephaniodes) en las plantas vivas, lo que presumiblemente se debería a la preferencia por el follaje en el caso del felino, y a la presencia de flores para el ave.
Aun así, es importante precisar que se requiere profundizar algunos aspectos sobre la relación entre las distintas criaturas con los fenecidos árboles, como el uso de recursos por parte de estas especies.
El legado arbóreo después de la muerte
Aunque puede ser repentina, la muerte de un árbol cuaja en un largo proceso que, además de la disponibilidad de madera muerta, implica la persistencia de varios microhábitats y recursos que serán usados y/o visitados por diversos organismos, incluyendo a aquellos que no son detectados a simple vista. Nos referimos a bacterias, hongos, líquenes, briófitas y animales de diversos tipos y tallas, solo por nombrar a algunos.
Todo ese entramado de incesantes interacciones posibilita, por ejemplo, que los insectos descomponedores de madera reciclen nutrientes en beneficio del ecosistema y que, a su vez, formen parte del menú de varias aves. Qué decir de los roedores nativos que encontrarán valiosos alimentos y refugios en su tronco; o los monitos del monte que construyen sus nidos abasteciéndose de los musgos y líquenes presentes en la corteza del difunto gigante.
Pese a lo anterior, cuando un árbol muere, el humano suele eliminarlo muchas veces del ambiente, ya sea para evitar accidentes, como por otros motivos. Esto podría acarrear importantes costos, pues se ha concluido en varios estudios que la remoción de árboles muertos perjudica la productividad forestal y altera los procesos biogeoquímicos que son vitales para la perpetuidad de los ecosistemas.
Por todo lo anterior, los investigadores destacan la necesidad de establecer existencias mínimas de árboles moribundos y senescentes en los manejos forestales, para así resguardar la salud del ecosistema, más aún en tiempos de cambio global y crisis ambientales.
Respecto a la mortalidad en los bosques estudiados, Moreira esclarece que “las causas de muerte de estos árboles parecen naturales: en general senescencia, viento y deslizamientos de tierra. Pero no descartamos que parte de esta mortandad tenga relación a factores antrópicos [humanos] pasados o actuales, como por ejemplo debido a una mayor exposición a agentes de daño naturales (hongos inoculados por insectos) en condiciones de alto estrés ambiental asociadas a incendios, estrés hídrico y climático”.
De hecho, el científico advierte que en la actualidad se ha evidenciado una mortalidad masiva de árboles adultos en algunas zonas de la Patagonia debido a las sequías prolongadas, “lo que aumenta la importancia relativa de los árboles muertos en el futuro cercano, pero con efectos adversos para organismos que dependen de los árboles vivos. En el largo plazo, una tasa de mortalidad de árboles que supere el reclutamiento de éstos debiera modificar la estructura de los bosques, llevando a los bosques a tener una menor biomasa y conduciendo a una transición hacia hábitats abiertos”.
Como sea, el académico de la USACH e investigador del Laboratorio de Estudios del Antropoceno destaca que aspectos relevantes, como el flujo y reciclaje de nutrientes de la madera muerta, dependen no solo de los organismos descomponedores como insectos y hongos, sino también de las interacciones entre ellos y otros grupos de especies, incluyendo por supuesto al ser humano.
Por lo tanto, asegurar el legado post mortem de estos árboles es “tarea” de todos.
“Para mantener la salud, bienes y servicios ecosistémicos de los bosques templados de Sudamérica debemos conservar su madera muerta, no solo porque almacena gran parte de los nutrientes de los que depende la productividad de estos bosques, sino porque también sustenta a la diversidad de organismos e interacciones ecológicas que mueven estos nutrientes desde la madera hacia el ecosistema completo”, sentencia.