Durante décadas, el océano fue entendido como un sistema vasto, estable y prácticamente inagotable. Esa percepción comenzó a resquebrajarse cuando algunos científicos decidieron observar con mayor detención, seguir los procesos en el tiempo y aceptar que incluso los ecosistemas más extensos podían transformarse de manera profunda e irreversible. Entre esas figuras clave se encuentra Paul K. Dayton,  oceanógrafo biológico y ecólogo marino de 84 años.

Su nombre está estrechamente ligado al desarrollo de la ecología marina moderna y, en particular, a la comprensión de los bosques de macroalgas como sistemas complejos, dinámicos y fundamentales para la vida costera. Durante mucho tiempo, estas formaciones submarinas fueron vistas como un telón de fondo silencioso del océano; hoy se sabe que sostienen comunidades completas, regulan procesos ecológicos y amortiguan los impactos de un mar cada vez más presionado por el cambio climático y la actividad humana.

Comprender cómo funcionan estos bosques no se trata solamente de una cuestión académica. De ellos dependen la biodiversidad costera, la productividad pesquera y la capacidad de los ecosistemas para resistir perturbaciones extremas. En ese escenario, el conocimiento construido a lo largo del tiempo —paciente, acumulativo y muchas veces invisible— se vuelve una herramienta clave para anticipar el futuro del océano.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

Pero detrás de cada avance científico hay trayectorias personales marcadas por decisiones, viajes, aprendizajes y errores. La ecología marina, lejos de ser una disciplina abstracta, se construye a partir de cuerpos que bucean, observan, registran y regresan una y otra vez a los mismos lugares para entender qué cambia y qué permanece bajo la superficie.

La historia de Paul K. Dayton permite asomarse a esa forma de hacer ciencia. No solo por la relevancia de sus investigaciones, sino porque en su recorrido la vida personal, la experiencia en terreno y la reflexión científica avanzan entrelazadas. En esta oportunidad buscamos transitar ese camino: desde sus primeros años, marcados por la ruralidad y la autosuficiencia, hasta su consolidación como una de las voces más influyentes en el estudio de los ecosistemas marinos, destacando su paso por Chile y un legado que sigue proyectándose hacia el futuro.

Paul Dayton, con hielo en la barba, cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton, con hielo en la barba, cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.

Paul K. Dayton: Una vida moldeada por la naturaleza

Aunque su nombre hoy está asociado de manera indisoluble al océano, Paul K. Dayton no creció junto a la costa. Nació en 1941 en Tucson, Arizona, y pasó buena parte de su infancia en zonas rurales del interior de Estados Unidos, en un contexto de escasez material donde la autosuficiencia era una necesidad cotidiana. Ese entorno temprano fue determinante en la forma en que aprendió a relacionarse con la naturaleza.

Desde pequeño, la observación del entorno fue una herramienta de supervivencia. La caza y la pesca no eran actividades recreativas, sino parte de la alimentación familiar. Conocer los ciclos de los animales, entender cuándo y dónde encontrarlos y aprovechar al máximo los recursos disponibles formaba parte de un aprendizaje práctico, directo y poco idealizado del mundo natural. Esa experiencia temprana sentó las bases de una mirada atenta y respetuosa hacia los ecosistemas.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Primer curso de Historia Natural de los Hábitats Costeros de Paul Dayton en el Instituto Scripps de Oceanografía, durante una excursión a la Reserva Kendall-Frost Mission Bay March en Dan Diego. Mia Tegner en primer plano. 1974. Créditos: Regentes de la UC.
Primer curso de Historia Natural de los Hábitats Costeros de Paul Dayton en el Instituto Scripps de Oceanografía, durante una excursión a la Reserva Kendall-Frost Mission Bay March en Dan Diego. Mia Tegner en primer plano. 1974. Créditos: Regentes de la UC.

La infancia de Dayton estuvo marcada también por largos períodos de soledad. En esos espacios silenciosos desarrolló una relación íntima con el paisaje, aprendiendo a reconocer patrones, cambios estacionales y señales sutiles del entorno. Mucho antes de pensar en la ciencia como profesión, ya ejercitaba una forma de observación paciente que más tarde se transformaría en una de sus principales herramientas como ecólogo.

«Mi trayectoria hacia el buceo y la ecología marina comenzó desde el nacimiento, ya que mi padre trabajaba principalmente al aire libre y con sus manos, y vivíamos en zonas muy rurales. Nací en Tucson, Arizona, y durante gran parte de mis primeros cinco años él trabajó en una mina de oro muy profunda. Cuando la mina cerró, nos mudamos a Oregón, donde trabajó en pequeños y remotos campamentos madereros. Crecí prácticamente solo, deambulando por la naturaleza. Al no tener otros amigos, aprendí a hacer amistad con las plantas y los animales, e incluso a fantasear interacciones con ellos», relata Paul.

«Prácticamente no teníamos dinero y nos alimentábamos sobre todo de porotos y del pan que mi madre horneaba en una vieja estufa a leña. Por esta razón, pasábamos gran parte de cada verano haciendo excursiones con mochila por distintas áreas silvestres, donde pescábamos todos los pequeños lagos que encontrábamos. Mi madre siempre estaba preocupada por asegurarse de que consumiéramos suficientes proteínas, y nos insistía en comer la mayor cantidad posible de truchas. Mi padre y mi tío también cazaban, y yo los acompañaba. Rara vez tenían éxito, pero cuando lo lograban, comíamos carne de ciervo. De esta forma me convertí en un naturalista», agrega.

Primer curso de Historia Natural de los Hábitats Costeros de Paul Dayton en el Instituto Scripps de Oceanografía, durante una excursión a la Reserva Marina Kendall-Frost Mission Bay en Dan Diego, 1974. Créditos: Regentes de la UC.
Primer curso de Historia Natural de los Hábitats Costeros de Paul Dayton en el Instituto Scripps de Oceanografía, durante una excursión a la Reserva Marina Kendall-Frost Mission Bay en Dan Diego, 1974. Créditos: Regentes de la UC.

El encuentro con el océano llegó más tarde y fue, en muchos sentidos, revelador. El mundo submarino, primero a través del snorkel y luego del buceo, se presentó como un territorio completamente distinto, regido por dinámicas propias y aún poco comprendidas. Las imágenes y relatos de exploradores marinos difundidos en esa época despertaron una fascinación profunda por un ambiente que contrastaba radicalmente con los paisajes terrestres de su infancia.

«Comenzamos a hacer vacaciones de Navidad en el norte del golfo de México, un viaje muy largo desde Oregón, pero que nos permitía visitar a ambos grupos de abuelos y, para mí, lo más importante: aprender a hacer snorkel y observar animales marinos. Esto comenzó en 1952. Aprendí muchos de los nombres de las especies y me inspiré profundamente en el libro de Cousteau y, más tarde, en su película (El mundo del silencio), lo que me llevó a construir mi propio equipo de buceo autónomo antes de que estos estuvieran disponibles en Estados Unidos», recuerda Paul.

Ese acercamiento estuvo acompañado por una conciencia clara del desconocimiento. Dayton no llegó a la biología marina desde la seguridad de una formación temprana, sino desde la intuición de que había mucho por aprender. La complejidad del océano y la falta de respuestas simples reforzaron su curiosidad y lo empujaron a buscar una comprensión más profunda de los sistemas marinos.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

«En la enseñanza media noté que existía una sorprendente falta de conocimiento sobre la historia natural submarina. Podía visitar muchos sistemas terrestres y comprender bastante bien su historia natural: relaciones depredador-presa, competencia, facilitación, comportamiento, etc. Podía ver un zorro, un conejo o un oso y tener una comprensión bastante clara del “nicho” del animal. Y lo mismo ocurría con las plantas: sabía algo sobre sus relaciones competitivas, lo que necesitan para sobrevivir, y así sucesivamente. Pero en el océano, nadie conocía este tipo de información ni siquiera para invertebrados marinos comunes como cangrejos, caracoles o estrellas de mar, sin mencionar todas las especies incrustantes», menciona Paul. 

Con el tiempo, la relación inicial basada en la extracción —cazar, pescar, recolectar— dio paso a una ética distinta. El interés comenzó a desplazarse hacia la observación, la comprensión y, finalmente, la conservación. Esa transición fue gradual y estuvo profundamente ligada a su experiencia vital: una forma de estar en la naturaleza que terminó moldeando tanto su identidad personal como su vocación científica.

Paul Dayton y foca de Weddell, cerca de la estación McMurdo, Antártida. 1963. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton y foca de Weddell, cerca de la estación McMurdo, Antártida. 1963. Créditos: Regentes de la UC.

Ahondando en su trayectoria científica

Todas las experiencias vividas llevaron a que Paul obtuviera su licenciatura en Ciencias en 1963, en la Universidad de Arizona, y más tarde su doctorado en Zoología en 1970, en la Universidad de Washington. Durante ese tiempo, la carrera científica de Dayton se desarrolló en un contexto en que la ecología marina aún estaba consolidándose como disciplina. De acuerdo con él, en ese entonces, toda la biología marina académica se basaba en recolectar animales, nombrarlos y estudiarlos en laboratorios, por lo que aún quedaba mucho por hacer en el resto de las áreas de estudio.  

«El trabajo de laboratorio incluía excelentes estudios de anatomía y fisiología. El único trabajo de campo real lo realizaban buzos que mataban animales para alimento o lucro. Esto incluía el buceo con escafandra para extraer ostras perleras y abalones, y el buceo a pulmón para obtener alimento. Existían arpones, máscaras y aletas muy rudimentarias, la mayoría fabricadas en Italia», señala Paul.

«A mediados de la década de 1960 había unos pocos ecólogos marinos realmente extraordinarios en el mundo: Jack Kitching, Wheeler North, Jack Randall y Chuck Birkeland. Fue un honor para mí conocer a tres de ellos, pero para mí Birkeland fue, sin duda, mi inspiración submarina. Parecía que en esos años pasaba su vida bajo el agua, y en cada inmersión observaba relaciones maravillosas. Casi a diario regresaba con observaciones asombrosas y nuevas relaciones ecológicas. Durante el resto de mi vida me apoyé en los hombros de esos gigantes», añade.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

Siguiendo aquellos pasos, desde sus primeros trabajos su interés no se centró únicamente en describir, sino en comprender los procesos que organizan la vida bajo el agua y determinan la persistencia o el colapso de los ecosistemas. En ese camino, los bosques de macroalgas se transformaron en su principal laboratorio natural. Dayton fue pionero en mostrar que estas formaciones submarinas no eran simples agregados de algas, sino verdaderos arquitectos del ecosistema costero. En ellas convergen interacciones clave entre productores, herbívoros y depredadores, y también se expresan con claridad los efectos de las perturbaciones naturales y humanas.

«En ese momento, la mayoría de los ecólogos se enfocaba en muestreos descriptivos que medían abundancia relativa, biomasa, productividad, etc. Estos estudios ofrecían medidas de diversidad y abundancia relativa, pero casi desafiaban cualquier intento de extraer generalizaciones significativas. Mi enfoque fue definir relaciones funcionales, incluyendo la identificación de especies con roles desproporcionadamente importantes, como la facilitación, la competencia, la depredación y la perturbación. En la zona algal estudié la competencia por la luz, definí plantas dominantes, especies fugitivas de algas que invaden cuando se elimina el dosel y que, a su vez, inhiben la recuperación de las especies dominantes, y, de manera sorprendente, un gremio de especies obligadas del sotobosque que mueren en ausencia del dosel, probablemente debido en gran parte a la desecación», comenta Dayton.

Paul Dayton (izquierda) y James Barry (derecha) se preparan para bucear, durante el proyecto de investigación de ecología bentónica de Paul Dayton, cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1977. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton (izquierda) y James Barry (derecha) se preparan para bucear, durante el proyecto de investigación de ecología bentónica de Paul Dayton, cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1977. Créditos: Regentes de la UC.

En ese sentido, su trabajo se distinguió por una aproximación experimental poco común para la época. Combinó observación prolongada, manipulación directa y comparaciones espaciales amplias, insistiendo en la necesidad de volver una y otra vez a los mismos sitios. Este énfasis en el largo plazo le permitió detectar patrones que pasaban desapercibidos en estudios breves, como los cambios graduales en la estructura de los bosques de kelp o las respuestas retardadas a disturbios previos.

A partir de estos enfoques, documentó cómo el aumento descontrolado de herbívoros, como los erizos de mar, podía transformar bosques densos y productivos en paisajes submarinos empobrecidos, con consecuencias profundas para la biodiversidad. También mostró que la recuperación de estos sistemas no es automática ni garantizada, sino que depende de múltiples factores biológicos y físicos.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

«Los primeros bosques verdaderos de Macrocystis que observé estaban en California, y estos presentan muchos estipes y frondas desde el fondo hasta la superficie. Lo que más me impresionó fue cuán diferentes son de los bosques terrestres, ya que las plantas de kelp están en movimiento constante con el oleaje. Es una planta extremadamente dinámica, que se balancea de un lado a otro con sombras y luces en permanente cambio», menciona Paul.

«Durante la época de mi tesis, en la década de 1960, los investigadores de kelp —especialmente Wheeler North en Scripps, Jo Kain, Bob Vadas y otros— ya habían dejado claro que algunos erizos de mar devastan los bosques de kelp. Aprendí también que las nutrias marinas, en ese entonces prácticamente extintas salvo en las islas Aleutianas y una pequeña población en California central, podían eliminar casi por completo el pastoreo de los erizos», añade.

Macrocystis. Créditos: Paul Dayton.
Macrocystis. Créditos: Paul Dayton.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

Su paso por Chile

Para Dayton, el océano nunca fue un sistema ordenado y predecible, sino un ambiente dinámico, muchas veces hostil. Las campañas en altamar y los viajes de investigación también dejaron huellas personales. En más de una ocasión, Dayton se enfrentó a situaciones límite que pusieron en evidencia los riesgos del trabajo de campo. Tormentas intensas, embarcaciones forzadas a navegar en condiciones adversas y largas jornadas bajo presión no eran episodios excepcionales, sino parte del oficio. Estas vivencias reforzaron su convicción de que la ciencia no es un ejercicio neutral ni cómodo, sino una práctica profundamente humana, atravesada por la incertidumbre, el error y la resistencia física.

«Siempre evité cualquier discusión sobre las dificultades y riesgos del buceo, y traté de centrarme en las preguntas y los datos. Esto es especialmente cierto en mi largo programa antártico, que en realidad no era peligroso, aunque a veces sí muy duro. Por ejemplo, la foto de abajo muestra a un par de nosotros atravesando hielo marino muy viejo y podrido, lleno de pozas de derretimiento cubiertas por una capa delgada de hielo, por la que a menudo caíamos cerca de un metro antes de encontrar hielo sólido. Esa temporada me dejó un tendón desgarrado, una fractura en tallo verde y dos costillas rotas. Evité cuidadosamente hablar de este tipo de cosas porque quiero que el foco esté en la ciencia y en los resultados», explica Paul.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Paul Dayton, silueteado bajo el hielo marino, durante su proyecto de investigación sobre ecología bentónica. Cerca de la estación McMurdo, isla Ross, Antártida. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton, silueteado bajo el hielo marino, durante su proyecto de investigación sobre ecología bentónica. Cerca de la estación McMurdo, isla Ross, Antártida. Créditos: Regentes de la UC.

En este contexto, su viaje a Chile a comienzos de la década de 1970 fue una de esas experiencias retadoras. La costa chilena ofrecía una combinación singular de alta productividad, extensos bosques de algas pardas y un régimen de perturbaciones intensas. Ese escenario funcionó como un experimento natural a gran escala que puso a prueba muchas de sus ideas previas. Sin embargo, el viaje no fue nada sencillo, sobre todo durante su paso por el Canal Beagle, teniendo que sortear el mayor de los obstáculos: un mar embravecido a causa del mal clima.

«Desperté y descubrí que el buque, de 135 pies de eslora, se balanceaba y cabeceaba como nunca antes había visto, y subí al laboratorio para ver si todo estaba bien. Tuve mucha suerte de llegar cuando lo hice. Tenía tres tambores de 50 galones llenos de especímenes preservados en formalina. Estos tambores especiales, proporcionados por el Smithsonian, estaban hechos de cartón de alta resistencia, muy bien impermeabilizado por dentro. Y ahora rodaban por todo el laboratorio, amenazando con reventar en cualquier momento al chocar violentamente contra las distintas estructuras del lugar», relata Paul.

«Ninguno de los tripulantes ni de los científicos había estado antes en un barco con escoras de 55 grados durante casi toda una noche, ni nadie había estado jamás en un barco tan grande con la hélice saliendo del agua. Incluso para ellos fue una gran tormenta, pero el pequeño barco de madera la soportó bien gracias a la mano experta del capitán Lennie», agrega.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.

Superada aquella prueba, los esfuerzos se vieron recompensados. En Chile, Paul pudo observar con claridad cómo pequeñas variaciones en la estructura del ecosistema producían efectos amplificados. Las relaciones entre macroalgas, herbívoros y depredadores se manifestaban de forma directa, y el peso de los forzantes físicos resultaba imposible de ignorar. 

Estas observaciones serían clave para consolidarlo como un referente en el estudio de los bosques de algas de la Patagonia: sus investigaciones iniciadas en la década de 1970 se convirtieron en un punto de partida fundamental para comprender la persistencia y los cambios de estos ecosistemas a lo largo de las últimas cinco décadas, patrones que hoy han sido confirmados por trabajos recientes en Isla de los Estados, Tierra del Fuego y Kawésqar. Es más, actualmente, Fundación Rewilding Chile se encuentra realizando una serie de expediciones en la zona, junto a un grupo de científicos experimentados, siendo uno de sus objetivos precisamente contrastar el estado de las poblaciones actuales, comparándolas con las observaciones logradas por Paul en los años 72-73. 

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

«A nivel mundial, el pastoreo de erizos de mar es el principal riesgo que los humanos tienen alguna posibilidad de mitigar, ya que en algunos casos —quizás en la mayoría— es consecuencia de la eliminación de un depredador importante. Pero creo que es un error considerarlo el riesgo más importante. Al menos en el Pacífico norte, pienso que la reducción del nitrógeno es el factor más relevante que limita a los kelps, y parece que incluso la mayoría de los ecólogos del kelp no son conscientes de este problema. En el Pacífico nororiental, muchos parecen intelectualmente paralizados en su búsqueda de depredadores clave inexistentes», profundiza Paul. 

«Sinceramente, dudo que exista una especie clave, aunque también es una hipótesis válida y, sin duda, es algo que los buzos estarán buscando. En Chile, Meyenaster gelatinosus, la estrella de mar más asombrosa que he visto, es lo suficientemente agresiva y voraz como para comerse a Loxechinus, el erizo más importante, pero los erizos tienen comportamientos de escape efectivos y los propios Meyenaster son caníbales agresivos, por lo que es poco probable que sus poblaciones alcancen densidades suficientes como para actuar como una especie clave», añade.

Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a Chile. Créditos: Cortesía de Paul.

Por otro lado, la experiencia tuvo también una dimensión humana profunda. El trabajo con científicos locales, en contextos de recursos limitados pero gran creatividad, y el contacto con comunidades costeras cuya vida dependía directamente del mar reforzaron su convicción de que la ecología marina no puede separarse de las personas. La ciencia, entendió, no solo describe procesos naturales, sino que dialoga con realidades sociales, económicas y culturales.

«Habiendo crecido en relativa pobreza económica, nunca había viajado realmente fuera de México, Canadá y tres o cuatro estados de Estados Unidos, hasta la década de 1960, cuando comencé a trabajar en la Antártica e hice un esfuerzo por visitar gran parte de Nueva Zelanda. Por eso, ir a Sudamérica era un sueño absoluto, y leí todo lo que pude sobre el extremo sur. Leí todo lo que encontré sobre los pueblos originarios del extremo sur, especialmente Tierra del Fuego, y llevé conmigo El último confín de la Tierra, de Lucas Bridges, y el libro de Darwin, ambos muy leídos», recuerda Paul.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

«Estaba muy entusiasmado y planifiqué mis viajes para poder visitar la mayor cantidad de lugares posible, y lo logré bastante bien. Resultó que estuve allí en uno de los peores momentos para Chile, y fui salvado una y otra vez por colegas que no conocía y con los que realmente no podía comunicarme, ya que mi dislexia me impide aprender español. Aun así, muchos de ellos hicieron enormes esfuerzos, en tiempos extremadamente difíciles, para sacarme de uno u otro desastre. Todavía tengo sentimientos muy cálidos hacia el país y su gente. Estoy orgulloso de haber podido visitar finalmente todos los países de Sudamérica, excepto Brasil. Verdaderamente es un continente extraordinario, muy distinto de Norteamérica, y su gente es muy especial para mí. Tienen muchas razones para odiar a Estados Unidos, pero, a diferencia de la mayoría de las excolonias británicas, son capaces de odiar al país y, al mismo tiempo, ser extremadamente amables y generosos con una persona estadounidense», agrega.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.

Un legado que se proyecta hacia el futuro

De esta manera, el legado de Paul K. Dayton trasciende sus publicaciones científicas. Su influencia se expresa en la manera en que hoy se estudian, gestionan y conservan los ecosistemas marinos, y en una forma particular de entender la ciencia como una práctica lenta, situada y responsable frente a la naturaleza.

Muchas de las ideas que ayudó a consolidar —la importancia del largo plazo, la cautela frente a intervenciones humanas y la necesidad de considerar la complejidad de los sistemas— se han convertido en principios fundamentales de la ecología marina contemporánea. Su trabajo demostró que los cambios más relevantes no siempre son inmediatos y que, sin continuidad en la observación, pueden pasar desapercibidos durante años.

Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Viaje de Paul Dayton a la isla de los Estados, ubicada en el océano Atlántico Sur al este de la península Mitre de la isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Cortesía de Paul.
Invierno en la estación McMurdo, 1964: (de izquierda a derecha) Kelly Rennell; neozelandés no identificado; Ken Brown, gerente del laboratorio de McMurdo; Evan Deardorff; Paul Dayton; John Macdonald; Graeme Johnstone. Créditos: Regentes de la UC.
Invierno en la estación McMurdo, 1964: (de izquierda a derecha) Kelly Rennell; neozelandés no identificado; Ken Brown, gerente del laboratorio de McMurdo; Evan Deardorff; Paul Dayton; John Macdonald; Graeme Johnstone. Créditos: Regentes de la UC.

Este enfoque ha tenido efectos concretos en la planificación de áreas marinas protegidas, la gestión pesquera con perspectiva ecosistémica y los esfuerzos de restauración de bosques de macroalgas. La idea de que proteger estos sistemas es una inversión a largo plazo en la resiliencia del océano se apoya en buena parte en la evidencia acumulada por investigaciones como las suyas.

Uno de los aspectos más duraderos de su legado se encuentra en la formación de nuevas generaciones. Como mentor, promovió una educación basada en la experiencia directa, el conocimiento profundo de los organismos y la capacidad de observar con atención los cambios sutiles. Más que transmitir respuestas cerradas, fomentó el cuestionamiento constante y la aceptación de la incertidumbre como parte del proceso científico.

Paul Dayton llamando a la estación McMurdo, como se le pedía cada mañana. Puerto Nuevo, Antártida, 1989. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton llamando a la estación McMurdo, como se le pedía cada mañana. Puerto Nuevo, Antártida, 1989. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton en la estación McMurdo, Antártida. Noviembre de 1963. Créditos: Regentes de la Uc.
Paul Dayton en la estación McMurdo, Antártida. Noviembre de 1963. Créditos: Regentes de la UC.

«Siempre he hablado con mis estudiantes sobre la diferencia entre ser muy conocedor y ser sabio. Creo que muchos científicos son extremadamente conocedores, pero carecen de sabiduría. Según mi definición, la sabiduría es un atributo mucho más amplio, que implica una curiosidad extensa, en lugar de la especialización estrecha que define a algunas superestrellas científicas. Pero, sobre todo, creo que la sabiduría se basa en una verdadera humildad frente a todo lo que desconocemos. En mi caso, mi dislexia severa me llevó a una vida en la que tuve que enfrentar constantemente lo que yo consideraba estupidez, hasta que a los 70 años supe que tenía dislexia. El problema era el mismo, solo que con otras palabras, pero sin duda me volví humilde frente a todo lo que no sabía», señala Paul.

Paul Dayton cortando grueso hielo marino en bloques para abrir un pozo de buceo cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton cortando grueso hielo marino en bloques para abrir un pozo de buceo cerca de la estación McMurdo, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.

«Creo que la humildad en la ciencia es un activo muy importante. Todos tenemos ideas preconcebidas que queremos defender con nuestra ciencia, y en mi caso, la humildad me ha ayudado a escuchar a la naturaleza cuando desmonta mis ideas favoritas. En el caso de los kelps, fue reconocer que tardé demasiado en entender cuán sensibles son los bosques de kelp a las condiciones oceanográficas. Me impresionó mucho la enorme diferencia en el número de estipes antes y después del cambio de régimen de 1976, y tuve que enfrentarme a una oceanografía que no comprendí durante el resto de mi carrera. Quizás el evento más importante fue el incidente de 2000 en el estrecho de McMurdo, que reinició por completo mi comprensión del sistema y me dio una visión mucho más respetuosa del potencial de los impactos duraderos de eventos episódicos en la naturaleza», añade.

(De izquierda a derecha) Arthur DeVries, George Somero y Paul Dayton. Estación McMurdo, Antártida. 10 de enero de 1964. Créditos: Regentes de la UC.
(De izquierda a derecha) Arthur DeVries, George Somero y Paul Dayton. Estación McMurdo, Antártida. 10 de enero de 1964. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton, con el lago Bonney y su cabaña al fondo. Valle Taylor, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton, con el lago Bonney y su cabaña al fondo. Valle Taylor, Antártida, 1964. Créditos: Regentes de la UC.

En su vida personal, Dayton tomó decisiones coherentes con esa mirada. En distintos momentos optó por priorizar la familia y la crianza de sus hijos por sobre las exigencias de una carrera académica altamente competitiva. Esa elección, poco habitual en ciertos contextos científicos, reflejó una ética que atravesó tanto su trabajo como su vida cotidiana.

«Realmente quería ser biólogo marino, pero mientras avanzaba hacia ese objetivo, aprendí que la recompensa era la fama. Durante demasiado tiempo no comprendí que esa fama pertenecía a un componente ínfimo de la humanidad y que, además, era muy efímera. Gracias a Dios, mi pequeño hijo Gage y Bob Norris me ayudaron a recuperar mis verdaderos valores y a recordar que la razón por la que quería ser ecólogo era simplemente entender mejor cómo funcionaba mi mundo. Ese objetivo no tenía nada que ver con la fama, y lo reafirmé con mi conversión “bíblica”. Esta conversión solo reenfocó mis valores, y seguí queriendo entender cómo funcionan los sistemas marinos», ahonda Paul.

«Hice todo lo posible por mantener mi foco principal en mi familia, en mis estudiantes y en los sistemas bentónicos marinos, y creo que sí contribuí a cambiar la forma en que otros ecólogos miraban los tres sistemas que estudié, así como el océano profundo, donde un artículo ayudó a reenfocar las preguntas», agrega.

Hoy, su influencia se extiende a través de una red de investigadores que continúan estudiando ecosistemas marinos en distintas partes del mundo. Su legado no es una obra cerrada, sino una trayectoria en movimiento. Una invitación a seguir mirando el mar con respeto, humildad y atención, entendiendo que el futuro de los océanos depende tanto de la ciencia como de la forma en que elegimos relacionarnos con ellos.

Paul Dayton corta con una motosierra una gruesa capa de hielo marino para abrir un pozo de buceo, cerca de la estación McMurdo, Antártida. Década de 1960. Créditos: Regentes de la UC.
Paul Dayton corta con una motosierra una gruesa capa de hielo marino para abrir un pozo de buceo, cerca de la estación McMurdo, Antártida. Década de 1960. Créditos: Regentes de la UC.
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