Durante el verano, miles de personas se trasladan a las costas de la zona central, atraídas por sus playas, la cercanía con las grandes ciudades y la diversidad de panoramas. Sin embargo, más allá del paisaje costero, estos territorios albergan una biodiversidad nativa notable, cuyas plantas deslumbran con flores desde la primavera. Con el objetivo de invitar a observarla y reconocerla, Ladera Sur presenta esta guía de especies florales del litoral central, que destacan tanto por su belleza como por su capacidad de adaptarse a condiciones extremas.

Las playas, dunas, roqueríos y cerros costeros ofrecen múltiples escenarios donde estas flores se desarrollan de manera natural. Así lo explica la académica de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Chile y directora del Laboratorio de Evolución y Sistemática (LES), Rosa Scherson: “Hay especies preciosas por explorar, y la gente se va a sorprender”.

Leucocoryne violacescens en Petorca. Foto:  Nicolás Villaseca.
Leucocoryne violacescens en Petorca. Foto: Nicolás Villaseca.

Las plantas incluidas en esta guía han desarrollado adaptaciones notables para sobrevivir en ambientes adversos. “Están adaptadas a pasar largos períodos sin lluvia”, señala Scherson. Crecen en suelos arenosos o pedregosos, expuestas a vientos intensos provenientes del mar y a altos niveles de salinidad, factores que determinan su forma de crecimiento y su ciclo vital.

A pesar de su resistencia, muchas de estas especies son frágiles frente a la intervención humana. La urbanización del borde costero, el tránsito de personas y vehículos, y la pérdida de hábitat natural amenazan a varias de ellas. Por eso, aprender a reconocerlas resulta fundamental. “Conocerlas, no cortarlas y conservarlas” es imprescindible para asegurar su permanencia, enfatiza la académica. De esta forma, la guía busca ser una invitación a observar con atención uno de los patrimonios naturales más singulares de la zona central de Chile: sus flores costeras.

Mariposita de Los Molles (Alstroemeria pelegrina)

Entre la vegetación baja del litoral central, una flor de colores intensos —rosados y lilas, con llamativas pintas amarillas— sobresale por su forma y presencia. Se trata de la mariposita de Los Molles, una de las especies más emblemáticas de la costa central y un verdadero tesoro botánico de Chile.

Esta alstroemeria es endémica y crece de manera natural únicamente en una franja costera acotada, entre Los Molles, Los Vilos y Valparaíso. Su distribución restringida la vuelve única, pero también especialmente vulnerable. Como advierte Rosa Scherson, el hecho de que “solo esté ahí y en ningún otro lugar” obliga a observarla con responsabilidad. Una de sus poblaciones más visibles se encuentra entre Los Molles y Pichidangui, zona que dio origen a su nombre común.

Para reconocerla, hay que fijarse en sus flores grandes y vistosas, de rosado intenso con manchas púrpuras, que contrastan con hojas de color verde profundo. La planta posee un rizoma ramificado y alargado, con raíces finas y largas. El tallo es liso en la parte superior y escamoso en la base, mientras que las hojas se disponen en espiral, con la punta orientada hacia un costado. Los estambres con anteras purpúreas y el ovario liso con seis costillas visibles completan sus rasgos distintivos.

Mariposita de Los Molles (Alstroemeria pelegrina). Créditos: ©Bernardita Navarrete
Mariposita de Los Molles (Alstroemeria pelegrina). Créditos: ©Bernardita Navarrete

Actualmente, Alstroemeria pelegrina se encuentra clasificada como especie Vulnerable. Sus principales amenazas provienen del crecimiento inmobiliario y turístico en el borde costero, donde el loteo de terrenos, la construcción de caminos y el aumento del tránsito fragmentan su hábitat natural.

Chaguales o puyas (género Puya)

En laderas costeras, quebradas y cerros secos del litoral central es frecuente observar grandes rosetas de hojas rígidas y espinosas, desde cuyo centro emergen impresionantes varas florales. Son los chaguales, plantas inconfundibles del paisaje chileno que, durante su floración, transforman por completo el entorno.

“De lejos se confunden con un aloe”, explica Rosa Scherson. Sus flores, que pueden ser azules intensas o amarillas, dependiendo de la especie, destacan con fuerza sobre la vegetación circundante y resultan visibles incluso a gran distancia.

Esta floración no sólo llama la atención de quienes recorren la costa, sino que cumple un rol clave para la biodiversidad: los chaguales son altamente atractivos para colibríes, insectos y otros polinizadores, gracias a la abundancia de néctar y polen. Se transforman en un jardín en sí mismo para quienes se ven llamados a polinizarlos.

Las puyas pertenecen a la familia de las bromeliáceas, un grupo bien representado en Chile. En la costa central, una de las especies más comunes es Puya chilensis, de flores amarillas, mientras que otras, como Puya alpestris, se desarrollan en sectores cordilleranos más altos.

El nombre puya proviene del mapudungún puya, en referencia a sus hojas con bordes espinosos, mientras que “chagual” deriva del quechua ch’ahuar, asociado al uso tradicional de sus fibras.

Puya venusta. Créditos: M. Teresa Eyzaguirre de Fundación R.A. Phillipi
Puya venusta. Créditos: M. Teresa Eyzaguirre de Fundación R.A. Phillipi

Para reconocer un chagual, conviene fijarse en sus hojas largas, rígidas y suculentas, dispuestas en roseta y con márgenes espinosos. Desde el centro surge una inflorescencia que puede superar varios metros de altura, cargada de flores tubulares de colores intensos, generalmente azulados o amarillos.

Oreja de zorro (Aristolochia chilensis)

Si durante una caminata costera un olor intenso y poco habitual llama tu atención antes de que veas la planta, es probable que estés frente a la oreja de zorro. Esta especie nativa y endémica de Chile crece a ras de suelo y destaca tanto por su aroma fuerte —resultado de su particular estrategia de polinización— como por la forma inconfundible de sus flores.

Aristolochia chilensis se distribuye desde Copiapó hasta la Región Metropolitana, entre el nivel del mar y los 1.500 metros de altitud, habitando cerros secos, sectores abiertos y zonas costeras. Sus flores, de tonos morado oscuro o marrón purpúreo, contrastan con hojas grandes y redondeadas, uno de los principales rasgos para reconocerla y que incluso hace que parezcan sacadas del Upside down. “Tiene hojas redonditas, bien grandes y una flor muy especial”, destaca Scherson.

Oreja de Zorro (Aristolochia chilensis). Créditos: ©Nicolás Villaseca
Oreja de Zorro (Aristolochia chilensis). Créditos: ©Nicolás Villaseca

Es una planta trepadora, con tallos alargados que pueden extenderse hasta un metro, aunque sus flores aparecen a baja altura. Estas emiten un olor intenso que atrae casi exclusivamente a moscas, sus principales polinizadoras, mediante un mecanismo que las retiene temporalmente dentro de la flor.

Toda la planta contiene compuestos tóxicos, por lo que no debe manipularse ni utilizarse con fines medicinales. Su valor radica en la posibilidad de conocerla y observarla en su entorno natural, sin intervenir su ciclo de vida.

Suspiros de mar (Nolana paradoxa y Nolana acuminata)

El género Nolana es uno de los más representativos de la flora costera chilena. En el país se reconocen 49 especies, muchas de ellas endémicas, adaptadas a crecer en ambientes áridos, arenosos y expuestos al sol.

“Son azules y blancas de distintos tamaños, pero hay una azul grande, bien bonita, que crece más bien en la arena”, explica Scherson.

Nolana paradoxa es una de las más reconocibles. Endémica de Chile, se distribuye desde Atacama hasta Los Lagos y crece muy cerca del mar, incluso sobre la línea de alta marea. Es una planta rastrera y suculenta, de no más de 15 cm de altura, con flores grandes y acampanadas de color azul intenso, garganta blanca y centro amarillo.

Nolana acuminata, también endémica, se distribuye principalmente hasta la Región de Valparaíso. Puede extenderse hasta 40 cm y presenta flores de tonos que van del blanco al azul oscuro. Sus hojas alargadas y puntiagudas son una clave clara para reconocerla.

Pajaritos o maripositas (género Schizanthus)

Las maripositas o pajaritos corresponden a un grupo de flores silvestres nativas que aparecen en cerros costeros y sectores abiertos de la zona central. Su nombre alude a la forma irregular de sus flores, que recuerdan a una mariposa o a un ave con las alas abiertas.

Para reconocerlas, hay que fijarse en sus flores asimétricas, divididas en dos “labios”, con manchas de colores contrastantes que funcionan como guías para los polinizadores. Las plantas son herbáceas, de entre 20 y 60 cm de altura, con hojas profundamente divididas.

Entre las especies del litoral destacan Schizanthus litoralis, propia de sectores costeros de Coquimbo y Aconcagua, y Schizanthus pinnatus, común en Chile central.

Ajicillos (género Leucocoryne)

Los ajicillos o leucocorines son plantas bulbosas muy características del paisaje primaveral de Chile central y el norte chico. A nivel latinoamericano, el género reúne más de 40 especies, de las cuales cerca de una docena crecen en Chile.

Son plantas herbáceas, perennes y bulbosas, con hojas largas y angostas, similares a cintas. Un rasgo distintivo es su olor a cebolla o ajo al frotar las hojas. Las flores aparecen agrupadas en umbelas y pueden ser blancas, lilas o azules.

Entre las especies presentes en la zona central se encuentran Leucocoryne coquimbensis, L. ixioides, L. purpurea, L. violacescens y L. pauciflora. Al tratarse de plantas bulbosas, se recomienda no extraer ejemplares ni bulbos.

Azulillo o pajaritos azules (Pasithea caerulea)

“Son muy vistosas y se ven de lejos”, comenta Scherson sobre estas flores de intenso color azul a violáceo. Pasithea caerulea es una especie particularmente especial, ya que corresponde a un género monotípico: solo existe esta especie.

Se distribuye entre Perú y Chile, y en nuestro país se conoce como pajaritos azules. Para reconocerla, hay que fijarse en sus tallos delgados y erectos, de entre 30 y 60 cm, desde donde emergen flores estrelladas dispuestas en pequeñas inflorescencias. Las hojas son largas, angostas y nacen desde la base.

Bonus: Quiscos (Leucostele chiloensis)

En cerros y laderas soleadas de la zona central, especialmente en exposiciones norte, el quisco es una presencia inconfundible. Cuando florece, sus grandes flores blancas en forma de trompeta destacan de manera sorprendente sobre el paisaje árido.

Este cactus endémico de Chile se distribuye entre Coquimbo y Maule. Para reconocerlo, hay que fijarse en su porte arborescente, que puede alcanzar hasta 8 metros, con tallos cilíndricos verdes, costillas marcadas y espinas largas. Tras la floración, produce frutos verdes y esféricos conocidos como guillaves.

Llamado a conocer y cuidar las flores del litoral: patrimonio natural único en el mundo

Las flores de la costa central no habitan un solo paisaje, pues aparecen en dunas, playas, roqueríos, quebradas, cerros y laderas soleadas, cada una adaptada a condiciones específicas de suelo, viento, salinidad y disponibilidad de agua. Algunas crecen directamente sobre la arena, otras se refugian en quebradas, y muchas se aferran a cerros expuestos al sol, como los cactus que florecen en laderas de orientación norte. Esta diversidad de ambientes explica la riqueza floral del litoral central, pero también su fragilidad frente a los cambios que vive el territorio.

Como advierte la académica Rosa Scherson, la zona central de Chile concentra la mayor ocupación humana del país y enfrenta, además, un escenario climático cada vez más complejo, con menos precipitaciones, mayores temperaturas y una presión constante por urbanización, agricultura, industria y desarrollo portuario, especialmente en la costa. A esto se suma un factor determinante, y es que gran parte de la flora que habita estos ecosistemas es endémica, es decir, existe únicamente aquí y en ningún otro lugar del mundo. Esa combinación convierte a la zona central en un territorio altamente vulnerable y, al mismo tiempo, irremplazable.

Puya gilmartiniae. Créditos: M. Teresa Eyzaguirre de Fundación R.A. Phillipi
Puya gilmartiniae. Créditos: M. Teresa Eyzaguirre de Fundación R.A. Phillipi

La escasez de áreas protegidas en esta región refuerza la urgencia del cuidado. Muchas de las flores que vemos durante una caminata costera no cuentan con resguardo formal y dependen, en gran medida, de la forma en que las personas se relacionan con el entorno. Por eso, la invitación que nos hace la académica, radica en observar sin intervenir, no extraer flores ni bulbos, evitar el tránsito fuera de senderos habilitados y respetar los ciclos naturales de estas especies. Conocerlas es el primer paso para protegerlas. Reconocerlas, valorarlas y dejarlas donde están es una forma concreta de conservar uno de los patrimonios naturales más singulares de la zona central del país.


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