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Belloto del norte: El árbol que sobrevivió a un Chile que ya no existe
Refugiado en las quebradas húmedas de la Cordillera de la Costa, el belloto del norte es un sobreviviente de antiguos bosques que hoy están casi desaparecidos. Un árbol de crecimiento lento y origen profundo, cuya historia evolutiva contrasta con la rapidez de los cambios que amenazan su existencia. En este artículo te contamos más sobre el belloto del norte (Beilschmiedia miersii), por qué es considerado un relicto de ecosistemas mucho más antiguos, dónde sobrevive actualmente y cuáles son los principales desafíos para su conservación.
En medio del bosque esclerófilo, en el fondo de quebradas profundas y laderas umbrías de la Cordillera de la Costa, entre peumos, pataguas, mirtáceas y otras especies, allí donde el sol no golpea con la misma dureza y la humedad se refugia en pequeños oasis, crece un árbol que parece venir de otro tiempo. No es abundante ni forma grandes bosques que dominan el paisaje. Sin embargo, su presencia cuenta una historia antigua, anterior al Chile seco y fragmentado que conocemos hoy.

Se trata del belloto del norte (Beilschmiedia miersii), uno de los árboles más singulares del bosque esclerófilo y una de las especies vegetales más emblemáticas del patrimonio natural del país.
Endémico de Chile central, el belloto del norte no solo destaca por su rareza o su belleza discreta. Es, sobre todo, el testigo vivo de un paisaje desaparecido: un relicto de bosques mucho más antiguos y húmedos que dominaron la zona hace miles de años y que hoy sobreviven apenas en fragmentos. Esa condición —la de haber resistido profundas transformaciones climáticas y ecológicas— es una de las razones que explican por qué fue declarado Monumento Natural, y por qué su conservación resulta clave para comprender la historia ambiental de Chile.
Desde tiempos precolombinos, este árbol de aroma suave y frutos carnosos ha acompañado al ser humano, formando parte del paisaje cotidiano de la zona central. Pero su historia va más allá de lo cultural: cumple un rol ecológico fundamental, aportando a la regeneración de los ecosistemas y sosteniendo la vida de numerosos insectos, aves y mamíferos que habitan el ecosistema mediterráneo de Chile central.


Un relicto en el bosque esclerófilo
El belloto del norte pertenece a la familia Lauraceae, un linaje antiguo de árboles y arbustos siempreverdes que hoy se distribuye principalmente en regiones tropicales y subtropicales del mundo. A escala global, esta familia está representada por miles de especies y constituye un componente estructural clave de muchos bosques húmedos.
De hecho, estudios filogenéticos y fósiles muestran que la Lauraceae se diversificó tempranamente y contiene linajes que se remontan al Cretácico tardío o Paleoceno, un momento en que las plantas leñosas ya estaban bien establecidas en los continentes derivados de Gondwana y Laurasia.
Su presencia en Chile, sin embargo, es excepcional y muy acotada, lo que convierte a sus representantes locales en verdaderas rarezas biogeográficas dentro del paisaje mediterráneo actual.

“El belloto del norte es una de las cuatro especies de la familia Lauraceae que hay en Chile, que son el belloto del norte, por supuesto, el belloto del sur, el peumo y el lingue. Y es una familia bastante antigua en la filogenia de las plantas con flores del mundo. No es una familia basal, como se dice, pero igualmente es muy antigua. Las primeras plantas con flores empezaron a aparecer hace más o menos 200 millones de años atrás y las lauráceas deben tener 150, no son de las primeras, son un poquito más nuevas, pero igualmente eso significa que ya estaban cuando estaban apareciendo los dinosaurios. Sus flores son muy chiquititas, pequeñas, que demuestran lo arcaica que es, no son flores vistosas”, explica Patricio Novoa, ingeniero forestal experto en botánica y miembro del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental de la Corporación Nacional Forestal (Conaf).
En Chile, la familia Lauraceae tiene una presencia notablemente reducida en comparación con otras regiones tropicales: de todos los árboles nativos solo cuatro especies mediterráneas, todas de hoja perenne, representan a la familia. Además del belloto del norte (Beilschmiedia miersii), están el peumo (Cryptocarya alba), el lingue (Persea lingue) y el belloto del sur (Beilschmiedia berteroana). Mientras el peumo es una de las especies más características y ampliamente distribuidas del bosque esclerófilo, y el lingue se extiende desde la zona central hacia el sur de Chile y Argentina, los bellotos destacan por su distribución extremadamente restringida y fragmentada. Esta baja diversidad contrasta fuertemente con la abundancia de Lauraceae en otras regiones del hemisferio sur y refuerza la idea de que se trata de un linaje relicto en Chile central.

“Extrañamente, en Chile las cuatro especies de lauráceas están cargadas hacia el norte del país, aunque deberían ser propias del bosque valdiviano. Sin embargo, en el sur del país, en el bosque valdiviano, no están esas cuatro lauráceas. Solamente está el lingue y el peumo con suerte. Los bellotos extrañamente son más nortinos”, agrega Novoa, quien también es investigador asociado y curador del herbario del Jardín Botánico Nacional.
Desde una perspectiva evolutiva, la presencia de Lauraceae en esta zona se interpreta como parte de una historia biogeográfica profunda, asociada a antiguos bosques que habrían ocupado el territorio cuando las condiciones climáticas eran más húmedas y estables que las actuales.
Por otra parte, diversos estudios filogenéticos y paleobotánicos sugieren que estos linajes se relacionan con floras de origen gondwánico, vinculadas al antiguo supercontinente Gondwana, cuya fragmentación comenzó hace más de 150 millones de años. Si bien las estimaciones sobre el origen exacto de la familia varían según el grupo y la metodología, existe consenso en que las Lauraceae representan uno de los linajes más antiguos entre las angiospermas leñosas del hemisferio sur.


En este contexto, el género Beilschmiedia, al que pertenecen los bellotos del norte y del sur, presenta un patrón particularmente revelador. Se trata de un género mayoritariamente distribuido en el hemisferio sur, con especies presentes en Sudamérica, Australasia y diversas islas del Pacífico, como Nueva Caledonia y Nueva Zelanda. Esta distribución discontinua a nivel global refuerza la hipótesis de un origen antiguo, seguido por procesos de dispersión, aislamiento y extinción que dieron forma a las poblaciones actuales.
En ese sentido, más que una especie adaptada al bosque esclerófilo contemporáneo, el belloto parece ser un sobreviviente de condiciones ecológicas pasadas, cuya presencia ofrece una ventana a la historia profunda de los bosques del hemisferio sur y explica, en parte, por qué hoy es considerado un verdadero relicto vegetal.
Un árbol lento en un mundo acelerado
El belloto del norte es un árbol siempreverde, de crecimiento lento, que en condiciones favorables puede alcanzar entre 20 y 25 metros de altura. Su tronco suele ser recto, con una corteza plomiza y rugosa, y sus hojas coriáceas —duras y brillantes— miden de 4 a 12 cm de ancho y hasta 27 cm de largo, con bordes lisos y ligeramente curvados hacia atrás.

Es una especie endémica de Chile central, lo que significa que no crece de manera natural en ningún otro lugar del mundo. Su distribución es extremadamente acotada y se concentra principalmente entre las regiones de Valparaíso y O’Higgins, casi exclusivamente en la Cordillera de la Costa, en los bosques costeros húmedos entre las provincias de Petorca y Cachapoal. Se encuentra protegido en el Parque Nacional La Campana y la Reserva Nacional Lago Peñuelas.
A diferencia de otras especies del bosque esclerófilo, no es un árbol fácil de observar: habita quebradas profundas, fondos de valle y laderas umbrías, donde encuentra microclimas más húmedos y estables, lo que explica tanto su baja visibilidad como su distribución fragmentada y su alta vulnerabilidad.
“El belloto del norte es de la quinta región casi íntegramente. Solo hay algunas poblaciones muy pequeñas en la región metropolitana cerca de la laguna de Aculeo (Paine) y los últimos bellotos del norte están más o menos en Loncha (Doñihue), frente a Rancagua. Es un árbol de dimensiones muy grandes, el más grande de toda la quinta región, y por lo tanto es un elemento que uno cuando lo mire lo ve, dice, «Este árbol no corresponde que esté aquí”. Este árbol debería ser un árbol del sur del país, que esté con los con el canelo, con los arrayanes, con las araucarias, pero no, está acá en el norte y con un tamaño extraordinariamente grande”, puntualiza Novoa.

Sin embargo, esa lentitud que caracteriza su crecimiento y su ciclo de vida es también uno de sus principales puntos débiles. A diferencia de especies más oportunistas del bosque esclerófilo, el belloto del norte no responde rápidamente a las perturbaciones. Su crecimiento lento y su baja tasa de regeneración dificultan la recuperación tras incendios, talas, cambios de uso de suelo o sequías prolongadas.
Esto vuelve al belloto del norte especialmente sensible a los cambios acelerados que hoy enfrenta el bosque esclerófilo de Chile central. Cambios que, en muchos casos, ocurren a una velocidad muy superior a la que la especie puede tolerar o enfrentar.
Aun así, y pese a no ser abundante, el belloto cumple un rol ecológico relevante en los ecosistemas donde persiste. En quebradas y sectores más húmedos del bosque esclerófilo aporta estructura, sombra y estabilidad ambiental, generando condiciones que favorecen la presencia de otras especies vegetales y contribuyendo a mantener microhábitats clave.


Sus frutos carnosos forman parte de las redes tróficas locales y son consumidos por aves y mamíferos, que a su vez participan en la dispersión de sus semillas. De este modo, el belloto no solo sobrevive en estos refugios, sino que sigue cumpliendo funciones ecológicas activas dentro de la dinámica del bosque.
En un paisaje altamente degradado como el de gran parte de la zona central de Chile, la presencia de especies como el belloto del norte adquiere un valor aún mayor. Su desaparición no implicaría únicamente la pérdida de un árbol singular, sino también la ruptura de relaciones ecológicas complejas que han tardado siglos en establecerse y que hoy resultan cada vez más difíciles de recuperar.
Amenazas latentes en un paisaje que ya no existe
La situación actual del belloto del norte refleja un profundo desajuste entre su historia evolutiva y las condiciones ambientales del Chile central contemporáneo. Se trata de una especie que no solo enfrenta amenazas recientes asociadas a la acción humana, sino también limitaciones ecológicas heredadas de procesos ocurridos miles de años atrás.

Una de las hipótesis más relevantes para entender su fragilidad actual se relaciona con la extinción de la megafauna sudamericana al final del Pleistoceno. Como explica Patricio Novoa, el belloto habría evolucionado en estrecha relación con grandes mamíferos herbívoros hoy desaparecidos, que cumplían un rol clave en la dispersión de sus semillas. “Estas plantas evolucionaron con la megafauna que se extinguió acá en Sudamérica. Esa extinción ocurrió hace relativamente poco tiempo, hace como 12.000 años”, señala. Según explica, estos animales consumían frutos grandes y transportaban las semillas a largas distancias, un proceso fundamental para la expansión y conectividad de las poblaciones.
El fruto del belloto de esta especie, de gran tamaño y semilla voluminosa —“es como una palta pequeña”, describe Novoa—, da cuenta de esta historia evolutiva. Sin embargo, tras la desaparición de esos dispersores, la especie quedó prácticamente sin mecanismos efectivos para colonizar nuevos espacios.

“Entonces la extinción de estos animales hace unos 10.000 años está afectando las poblaciones de estas plantas porque hoy día no hay dispersor natural, se perdieron. Entonces ahí tenemos una amenaza intrínseca a la especie y hay que sumarle las amenazas propias del efecto antropogénico, con la llegada de los españoles, el cambio de uso de suelo y, hoy, el cambio climático”, afirma Novoa.
A esa historia profunda se suma, además, una degradación más reciente ligada a los primeros procesos de ocupación humana del territorio. Si bien el belloto del norte no es una especie estrictamente costera, su distribución histórica en la costa habría sido más amplia de lo que se observa hoy. “Tampoco le gusta tanto la brisa del mar, pero crece en laderas que miran hacia el océano, con influencia marina”, explica Novoa. Actualmente, las poblaciones costeras son excepcionales: “Yo conozco dos no más, una en Quirilluca y otra muy pequeña entre Papudo y la desembocadura del río La Ligua”.


Para el investigador, esta rareza en la costa no es casual. “Yo sospecho que antiguamente había más bellotos en la franja costera, pero esa fue la primera zona en colonizarse durante la conquista española. Fueron los primeros lugares donde se metió fuego, se abrieron para ganadería y luego para agricultura extensiva. Entonces es muy probable que haya desaparecido por efecto antrópico”, señala. De hecho, Novoa investiga actualmente el uso histórico del belloto del norte durante la época colonial, incluyendo su posible empleo en la construcción de embarcaciones, lo que habría incrementado aún más la presión sobre sus poblaciones en los primeros siglos de ocupación europea.
Este problema se ve agravado por las condiciones climáticas actuales. Aunque las semillas pueden germinar con relativa facilidad, las plántulas rara vez logran sobrevivir. “Germinan y al cabo de seis o siete meses se mueren y se secan porque hoy día no están las condiciones climáticas de humedad del suelo para que esas plantas prosperen”, explica Novoa. A ello se suma la presión por herbivoría, especialmente en zonas intervenidas, donde el ganado doméstico consume las plántulas antes de que logren establecerse.

La prolongada sequía que afectó a la zona central durante la última década dejó también impactos visibles en las poblaciones de belloto del norte. “La última sequía que hubo aquí en Chile, que duró como 10 años, mató harto belloto. Yo vi bellotos muertos a causa de esto en el fondo de las quebradas. Algunos se recuperaron, pero otros no se recuperaron más”, relata el investigador.
A estas presiones se suman los incendios forestales, cada vez más frecuentes e intensos. Y aunque si bien, las lauráceas poseen cierta capacidad de rebrote tras el fuego, como asegura el investigador, los incendios forestales de sexta generación han introducido un nuevo escenario. “Cuando llega la carbonización, la planta pierde totalmente la capacidad de regeneración”, advierte Novoa, refiriéndose a eventos recientes como los incendios de Viña del Mar en 2024, el Jardín Botánico Nacional o los ocurridos en la zona de Concepción–Tomé.
Todo esto ocurre, además, en un contexto de fuerte degradación y transformación del territorio. Recordemos que el belloto del norte no es, en rigor, una especie propia del bosque esclerófilo tal como hoy lo conocemos, por lo que son aún más sensibles ante la deradación de su hábitat y las distintas presiones de origen antrópico.

Como explica Novoa: “El belloto y las lauráceas que crecen acá no son en realidad especies del bosque esclerófilo propiamente tal, sino que corresponden a un bosque laurifolio, que es un bosque húmedo, que está metido en los fondos de quebrada del esclerófilo. Como muy bien lo dijo el profesor Rodolfo Gajardo, que fue profesor mío en la universidad, cuando define el bosque esclerófilo. Él dice que el bosque esclerófilo costero, este que hay aquí en la quinta región, hasta parte de la sexta, tiene en sus fondos de quebrada un bosque laurifolio de antigua data. Esto pasa porque hace más o menos 60 millones de años atrás, antes que emergiera la cordillera de los Andes y apareciera la corriente de Humboldt y empezará todo el proceso de aridización que generó el desierto Atacama, todo el continente era tropical. Entonces, todo estaba lleno de estos bosques, pero comienza el proceso de aridización y estas plantas empiezan a quedar refugiadas en lugares donde aún se conserva cierta humedad parecida a lo que había antes. Son plantas de climas que ya se extinguieron, de climas pasados, que se han mantenido refugiadas en estas quebradas que, afortunadamente, todavía mantienen un nivel de humedad que todavía les permite vivir”.
En este escenario de múltiples amenazas, el belloto del norte fue declarado Monumento Natural en 1995, una categoría de protección que reconoce su alto valor científico, ecológico y patrimonial. No se trata solo de una especie amenazada, sino de un organismo irremplazable desde el punto de vista evolutivo. Su carácter endémico, su condición de relicto y su distribución extremadamente acotada hacen que su pérdida sea definitiva: si desaparece el belloto del norte, desaparece una parte irrepetible de la historia natural de Chile.


Sin embargo, esta protección legal no siempre se traduce en una conservación efectiva. Muchas de sus poblaciones se encuentran fuera de áreas protegidas formales, expuestas a incendios, cambios de uso de suelo, expansión urbana y actividades productivas. Y en ese sentido, la distancia entre el reconocimiento jurídico y la protección real en terreno sigue siendo una de las grandes deudas en torno a la conservación de esta especie única.
En la actualidad, el belloto del norte se encuentra clasificado como especie Vulnerable (VU) y se estima que existen alrededor de 180.000 individuos, que ocuparían cerca de 5.000 hectáreas. Sin embargo, se cree que esta situación podría agravarse en los próximos años si persisten las condiciones que hoy afectan a la zona central. “Actualmente la especie está catalogada como vulnerable, pero si siguen los procesos de sequía que han habido, yo creo que es probable que pueda llegar a En Peligro”, advierte Patricio Novoa. Si bien los últimos años han mostrado una leve recuperación en las precipitaciones, el escenario dista de ser tranquilizador. “Ahora que ha cambiado un poco la precipitación, estamos mejorando un poco, pero los incendios están más graves, están produciendo carbonización. Entonces, es uno de los árboles que eventualmente podría aumentar su grado de amenaza dentro del sistema”, señala.

Frente a este escenario, la conservación del belloto del norte no depende solo de evitar su tala o de proteger algunos individuos aislados, sino de pensar activamente en su restauración a escala de paisaje. Para Novoa, aún existen oportunidades concretas. “Yo personalmente siempre he pensado que en los lugares que aún corre agua en las quebradas y que hoy día están completamente alteradas por maleza, por mora, por sauces, se podrían ocupar para restaurar estos bosques”, plantea. Se trata de espacios que conservan condiciones ecológicas clave —humedad, sombra, estabilidad— y que podrían transformarse nuevamente en refugios para este linaje antiguo.
Más que un árbol raro o escaso, el belloto del norte funciona como un símbolo del estado actual del bosque esclerófilo. Su presencia indica sectores donde aún persisten condiciones ecológicas valiosas; su ausencia, en cambio, habla de degradación, fragmentación y pérdida de memoria ecológica.
Conservar al belloto del norte no implica solo proteger individuos aislados, sino también resguardar los ecosistemas completos que lo sostienen. En un contexto de crisis climática, incendios forestales y expansión urbana acelerada, este árbol nos recuerda que la biodiversidad no se mide solo en número de especies, sino también en la profundidad de su historia.
Tamara Núñez