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200 años de Chiloé chileno: el último territorio realista, entre resistencia y paisaje indómito
A dos siglos del Tratado de Tantauco, el archipiélago de Chiloé revela cómo las mismas condiciones que retrasaron su anexión a la República forjaron una de las expresiones culturales más singulares del patrimonio chileno.
El 19 de enero de 1826, en el extremo sur del archipiélago de Chiloé, se firmó un acuerdo decisivo para la historia nacional. El Tratado de Tantauco selló la incorporación definitiva de la provincia y archipiélago de Chiloé a la República de Chile, poniendo término al último territorio que permanecía bajo dominio realista tras el proceso de Independencia. Con este acto, el Estado chileno cerró formalmente su ciclo emancipador y completó su configuración territorial.
El texto del tratado estableció, en su Artículo 1°, lo siguiente:
“La provincia y archipiélago de Chiloé, con el territorio que abraza y se halla en poder del ejército real, será incorporado a la República de Chile como parte integrante de ella, y sus habitantes gozarán de la igualdad de derechos como ciudadanos chilenos.”
El general español Antonio de Quintanilla, último gobernador realista del archipiélago, enfrentó entonces una situación insostenible. Las derrotas españolas en las batallas de Pudeto y Bellavista, ocurridas a comienzos de enero de 1826, evidenciaron la imposibilidad material de mantener la resistencia militar. Ante este escenario, Quintanilla reconoció la necesidad de una salida negociada, lo que condujo a la firma del tratado y a la entrega formal de Chiloé a las fuerzas chilenas, marcando el fin definitivo del dominio español en el territorio continental e insular del país.
Chiloé fue, sin embargo, un caso singular dentro de la historia independentista chilena. Su prolongada fidelidad a la Corona no puede explicarse únicamente en términos militares. La condición insular, la complejidad de una geografía fragmentada en islas, canales y fiordos, junto a un sistema defensivo eficaz y una organización social estrechamente vinculada a la administración colonial y a las misiones religiosas, explican en gran medida su resistencia prolongada. Más que una plaza militar aislada, Chiloé constituía un orden cultural completo, con comunidades rurales cohesionadas, prácticas religiosas profundamente arraigadas y una economía adaptada a un entorno marítimo exigente.

Paradójicamente, fueron estas mismas condiciones —las que retrasaron su anexión al Estado republicano— las que posibilitaron la configuración de una cultura insular singular, reconocible hasta nuestros días. El clima lluvioso, la abundancia de madera, la fragmentación territorial y una vida cotidiana estructurada en torno a la navegación dieron forma a un modo de habitar particular, donde el entorno no fue un obstáculo, sino una matriz cultural. Esta condición fue compartida tanto por los pueblos originarios como por los europeos y colonos que se asentaron en el archipiélago. De este proceso y de su sincretismo emergieron una arquitectura vernácula profundamente adaptada al medio, una organización comunitaria basada en la cooperación y una relación con la mar entendida no como frontera, sino como espacio vital compartido: un verdadero maritorio.
Parte de la dificultad histórica para gobernar e integrar Chiloé como un territorio continuo radicó en la propia condición de su habitabilidad. Hacia 1826, la ocupación humana de la Isla Grande y de las islas secundarias se concentraba principalmente en pequeños asentamientos costeros, algunos más consolidados que otros, como Castro, Chonchi o Tenaún, mientras que el interior permanecía dominado por una densa masa boscosa y extensas zonas inundadas, lo que dificultaba la movilidad terrestre y la consolidación de un control territorial unificado. En la práctica, el archipiélago fue históricamente vivido y articulado desde el mar, especialmente a través de sus canales interiores, condición que queda reflejada tanto en la cartografía histórica como en los relatos de viajeros.

Pocos años después del Tratado de Tantauco, el naturalista Charles Darwin, al visitar Chiloé, describió con claridad esta realidad:
“Aunque el fértil suelo proveniente de la descomposición de las rocas volcánicas sostiene una lujuriante vegetación, el clima no es, sin embargo, favorable a los productos que tienen necesidad del sol para alcanzar su madurez. Hay pocos prados para los grandes cuadrúpedos; por consiguiente los principales alimentos son el cerdo, las patatas y pescado. Las selvas son tan impenetrables que la tierra no se cultiva en parte alguna, salvo junto a la costa y pequeños islotes».

Desde una perspectiva cultural, Chiloé puede comprenderse como un paisaje en el que el ser humano, al habitar persistentemente un territorio exigente, transformó la geografía en una obra cargada de sentido. El paisaje chilote no es solo naturaleza ni simple escenografía, sino una obra cultural objetivada, donde religión, trabajo, tradición y entorno se entrelazan en una síntesis visible. En este sentido, el archipiélago constituye uno de los ejemplos más elocuentes de paisaje cultural en Chile, expresión material y simbólica de un ethos colectivo forjado en el tiempo largo.

La incorporación del archipiélago a la República no fue una mera imposición armada. El Tratado de Tantauco resguardó derechos fundamentales de la población local, garantizando la propiedad, la continuidad de la religión y las formas de vida comunitaria. Esta integración, más pactada que abrupta, permitió que la identidad cultural chilota persistiera y se proyectara, convirtiéndose en uno de los patrimonios más reconocibles del país.
Ese legado se manifiesta de manera particularmente visible en las Iglesias de Chiloé, reconocidas como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO, y hasta hoy el único bien chileno inscrito en dicha categoría. Estas construcciones no son únicamente monumentos religiosos, sino la expresión tangible de un modo de habitar, de una organización social y de una relación espiritual con el territorio.

A doscientos años del Tratado de Tantauco, el bicentenario de Chiloé invita a mirar más allá del hecho histórico. Convoca a comprender cómo las condiciones que alguna vez retrasaron su incorporación política a Chile fueron, al mismo tiempo, las que permitieron la gestación de una de las expresiones culturales más ricas y coherentes del país. En este marco, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio ha desplegado una agenda conmemorativa de alcance regional y proyección nacional, articulada bajo el plan Camino al Bicentenario de Chiloé, orientada a relevar no solo la efeméride, sino el profundo valor cultural de un territorio cuya historia, paisaje y memoria continúan dialogando con el presente.

Nicolás Fernández y Felipe Bengoa

