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Antártica verde: ¿Cómo era el continente del hielo hace millones de años?
Mucho antes de quedar bajo cuatro km de hielo, la Antártica fue un paraíso con temperaturas que superaban los 20°C. Durante el 80% de su existencia, el continente no solo fue verde, sino que funcionó como la matriz evolutiva de los bosques del sur de Chile y fue el hogar de fauna hoy impensada: desde pingüinos de dos metros hasta las temibles aves del terror. En este artículo. junto a destacados investigadores, exploramos la historia de un continente que fue el corazón de Gondwana y la cuna de la biodiversidad que hoy habita el hemisferio sur.
«Nadie se baña dos veces en el mismo río», sentenció Heráclito de Éfeso hace ya 2.500 años. Con aquella expresión, el filósofo griego comprendió —mucho antes de que la ciencia moderna— que la naturaleza no es un cuadro estático, sino que un proceso constante de transformación perpetua. Y lo cierto es que, en el presente, es probable que no exista un rincón en el planeta que encarne este devenir con tanta fuerza y dramatismo como la Antártica.

Este territorio, que hoy se presenta como un desierto helado —una coraza de hielo blanco y azul que parece inmutable—, es en realidad el remanente de una historia monumental que fue, durante la mayor parte de su existencia, profundamente verde. Bajo los kilómetros de escarcha que cubren el corazón del antiguo Gondwana, duerme la memoria de un mundo que podría parecer extraído de una fábula. En otras palabras, hubo un tiempo en que el pulso gélido fue reemplazado por el aroma a tierra húmeda y el susurro de bosques exuberantes; un tiempo donde los ancestros de nuestros coigües y lengas extendían sus ramas bajo cielos templados, y donde criaturas colosales patrullaban un paisaje que aún no conocía la nieve.
«La Antártica es un archivo vivo de la historia de la Tierra«, explica la Dra. Cristine Trevisan, paleobotánica e investigadora del Instituto Antártico Chileno (INACH) y del Nucleo Milenio EVOTEM financiado por ANID. Lejos de ser un territorio aislado, este continente fue el puente y la cuna de la biodiversidad que hoy habita el hemisferio sur. Actualmente, gracias a los avances tecnológicos y a los grandes hallazgos de las últimas décadas, podemos repensar este territorio para reconstruir un paraíso perdido: una ventana que nos permite descifrar la historia climática del planeta y vislumbrar lo que nos depara el futuro.
El pasado verde de un continente cubierto de hielo


La Antártica que conocemos hoy —esa masa de 14 millones de kilómetros cuadrados cubierta por una capa de hielo de hasta cuatro kilómetros de espesor— es, en términos geológicos, un fenómeno bastante reciente. Lo cierto es que, para encontrar el origen de su historia, debemos retroceder millones de años.
Vale decir que, en los Montes Napier, en la Antártica Oriental, se encuentran algunos de los terrenos más antiguos de la Tierra: vestigios de la formación de la corteza terrestre hace 2.500 millones de años que funcionan como el cimiento primordial de todo lo que vendría después.
En ese sentido, aunque la base de piedra del continente es increíblemente antigua, su identidad como un paraíso biológico tardó largos periodos de tiempo en florecer. El verdadero capítulo «verde» de la Antártica no cobraría fuerza sino hasta el Paleozoico, específicamente durante el Pérmico (hace unos 299 millones de años), cuando la vida vegetal finalmente reclamó ese escenario de roca antigua para transformarlo en un ecosistema vibrante y lleno de vida.
En aquel entonces, la Antártica era el centro del supercontinente Gondwana y, lejos de ser un territorio vacío, estaba cubierta por bosques de Glossopteris, un género de árboles, ahora extinto, con hojas en forma de lengua que dominaba paisajes pantanosos y húmedos. Estos bosques eran tan masivos que sus restos, sepultados por sedimentos, dieron origen a las enormes vetas de carbón que hoy yacen bajo el suelo antártico. En ese sentido, es importante destacar que eran árboles de más de 20 metros de altura que lograban sobrevivir a los meses de oscuridad invernal entrando en un estado de latencia, para luego «explotar» en crecimiento durante el verano polar.

Más tarde, al entrar el Jurásico, empezaron los grandes cambios en el paisaje. Al respecto, el paleobotánico y profesor titular del Centro GEMA de la Universidad Mayor, el Dr. Marcelo Leppe, quien además fue director del Instituto Antártico Chileno (INACH), explica que este período estuvo marcado por cambios drásticos: “El Jurásico está dominado básicamente todavía por helechos y coníferas, pero ya empiezan a aparecer las primeras angiospermas y también los dinosaurios modernos. El clima empezó a cambiar rápidamente; empezamos a tener fluctuaciones, descensos y ascensos de temperatura fundamentalmente durante este periodo. En el Jurásico antártico vamos a encontrar un dinosaurio emblemático y muy característico llamado Cryolophosaurus ellioti«.
Ese escenario dinámico terminaría por intensificarse. En el Mesozoico, el clima cambió radicalmente hacia un estado de «invernadero». Con concentraciones de CO₂ muy superiores a las actuales, el planeta no poseía casquetes polares, lo que permitió que el continente funcionara como el gran conector biológico de Gondwana: un puente verde por donde la vida fluía libremente entre lo que hoy es Australia, Nueva Zelanda y América del Sur.

Sin embargo, este mundo cálido no era casual, sino que era producto de una dinámica oceánica global. Según puntualiza Leppe: «Las temperaturas del océano alrededor del océano antártico, gracias a que no existía la corriente circumpolar antártica, eran bastante más elevadas. Había un patrón de circulación que hacía que las corrientes marinas subieran hasta los trópicos, se calentaran y le transmitieran calor al continente antártico. Entonces se mantenía con una temperatura bastante más elevada que en lo actual. Por ejemplo, también se ha logrado establecer, desde la evidencia sedimentológica, que hubo una marcada estación lluviosa, contrastando con la estación seca inferida desde los paleosuelos, con temperaturas estivales por sobre los 20°C».
Por su parte, la Dra. Trevisan agrega: “La planta es como un termómetro climático vivo. Tú buscas hoy la hoja del Nothofagus pumilio que vive en Punta Arenas y es pequeñita, porque la planta no va a gastar energía en producir algo muy grande que va a gastar mucha energía. En cambio, estos fósiles de la Antártica tienen hojas de más de 15 cm. Son hojas grandes que nos dan esa idea de que la Antártica fue cálida y tenía climas subtropicales y templados”, señala la paleobotánica.
En este periodo, el paisaje comenzó a transformarse, de una manera cada vez más compleja, en un escenario dominado por linajes que hoy todavía nos resultan familiares, pero en proporciones gigantescas.
«Cuando uno mira eso, se da cuenta de que, en tanto continente separado, la Antártica el 80% del tiempo fue un continente verde, de prados y de bosques frondosos que, durante la mayor parte de su historia natural, vivió las mismas vicisitudes del resto del planeta. Por ejemplo, hasta hace unos 150 millones de años, el continente estaba dominado por coníferas y por helechos. De hecho, las grandes familias de coníferas que hoy todavía sobreviven, como las araucarias, en realidad tenían distribuciones bastante más amplias y existen desde antes de la era de los dinosaurios. Después encontramos los mañíos, las podocarpáceas, que también aparecen hace muchos millones de años y eran representantes regulares en las floras del Triásico de la Antártica. Hace unos 200 a 230 millones de años atrás podemos encontrar algunos linajes de Podocarpaceae, pero también estaban presentes las cycadales, estaban presentes las bennettitales —que son también llamadas cycadeoidales—, que se parecen un poco a una mezcla entre una palmera y un helecho”, añade el Dr. Leppe, quien además es investigador del Nucleo Milenio EVOTEM financiado por ANID.

Bajo este escenario de “súper invernadero”, la Antártica no fue una simple espectadora de la evolución, sino que comenzó a perfilarse como uno de sus núcleos más activos.
Vale decir que fue precisamente en la Isla Nelson donde ocurrió uno de los hallazgos más potentes para la ciencia: el descubrimiento de los fósiles de Nothofagus —nuestros actuales coigües, lengas y robles— más antiguos de los que se tenga registro en todo el planeta. En ese sentido, este hito, liderado por investigadores chilenos, no solo cambió la cronología botánica, sino que demostró que la Antártica no recibió estos bosques desde el exterior—como se pensaba durante décadas—, sino que fue su verdadera matriz evolutiva.
Así lo explica Leppe: “Hasta ahora toda la evidencia fósil nos sigue confirmando que es muy posible que los Nothofagus más antiguos del mundo hayan aparecido justamente en la península antártica y desde ahí hayan conquistado el resto del mundo».
Vale decir que esta «conquista» del mundo no fue un evento único, sino un proceso de distintas oleadas migratorias que quedaron grabadas en la geografía chilena. En ese sentido, recorrer Chile de norte a sur es, en realidad, realizar un viaje por las distintas edades climáticas del continente blanco.
Según explica Leppe, existe un correlato directo entre nuestras latitudes y la memoria de la Antártica: «Hemos descubierto que cada una de estas oleadas está representada en el territorio nacional por latitudes y por altitudes. Mirar esto hoy día significa entender la evolución de la Antártica mirando las latitudes de Chile. Si partes en el norte, vas a ver las especies que primero abandonaron la Antártica cuando era más cálida; en la zona central, las que persistieron durante la Antártica templada; y en el sur, cuando ya estamos entrando en las condiciones subpolares. Hay un correlato, un guión fílmico de la historia de Nothofagus que está conectado con la historia de la Antártica. Quizás en el futuro cercano vamos a tener que enseñar la historia natural de Chile y la de la Antártica en función de los dos continentes, mirándose bien de cerca», puntualiza el investigador.


En ese sentido, esta relación entre ambos territorios ha sido objeto de estudios minuciosos que buscan cuantificar qué tan parecidos son los bosques actuales a los que alguna vez cubrieron el continente blanco. Vale decir que los resultados han posicionado a nuestro país como un laboratorio natural único para entender estas conexiones migratorias.
Así lo explica la investigadora de INACH.»Chile es un país muy interesante para estudiar la historia biogeográfica del Nothofagus. En algún momento hicimos un trabajo mostrando cuáles eran los fósiles de la Antártica que demostraban más similitud con cuál bosque, y Chile fue uno de los países que dio una alta similitud. De hecho, Chile tiene hoy cerca de 28 especies de este género, distribuidas prácticamente del centro hasta el sur».
Si bien este mundo exuberante se transformaría radicalmente en el ecosistema que conocemos hoy, esto no ocurriría de forma abrupta. La vida vegetal dio una batalla mucho más larga de lo que la ciencia estimaba.. En ese sentido, investigaciones recientes en la Isla Rey Jorge han revelado que los bosques de coigües resistieron la glaciación final hasta hace apenas 21 millones de años.

“Encontramos los últimos bosques que estaban quedando en la Antártica antes de que se congelara definitivamente. Fue una hoja de Nothofagus que apareció en la isla Rey Jorge, en una península que se llama Cabo Melville. Y esta era la última hoja documentada de cualquier planta antártica, que fue hace 21 millones de años atrás; de ahí para adelante se congeló todo. Antes de eso, todos pensaban que la península antártica se había congelado hace 30 millones de años, así que hay un corrimiento de unos 10 millones de años en la edad de desaparición de los bosques en la Antártica”, puntualiza Leppe.
Sin embargo, estos bosques no siempre tuvieron la paleta de colores que conocemos. Durante millones de años, el paisaje fue una escala de verdes profundos dominada por coníferas y helechos. El gran cambio llegó con la «revolución de las flores» durante el Jurásico y la aparición de las angiospermas, un hito que transformó la estética y la ecología del continente.
La Dra. Trevisan describe esta transformación con fascinación: «Es fascinante pensar que, originalmente, no teníamos colores en el paisaje antártico; eran solo plantas verdes, helechos y musgos. Fue recién en el Cretácico cuando surgieron las plantas con flores y añadieron colores a esos bosques exuberantes. Si pones la historia de la Antártica en un ‘queque’ de capas geológicas, verás que casi todas las capas son verde, verde y más verde (…) Solo en los últimos 34 millones de años aparece el blanco. La mayor parte de su memoria es forestal«.

Por su parte, el ex director del INACH profundiza en este fenómeno: «En el segundo tercio de la era de los dinosaurios, en el Jurásico, comienzan a aparecer las angiospermas, las plantas con flores. Y en el fondo uno va viendo que se define también un poco una fauna porque en el primer tercio aparecen estos reptiles mamiferoides. Hay evidencias de ello en la Antártica, en el sur de África —en la cuenca del Karoo—, en Argentina y también en el norte de Chile. Son un grupo de reptiles de los cuales derivan estos reptiles mamiferoides que van a devenir en mamíferos. Son otros linajes de reptiles también bastante primitivos, de los cuales no derivan los dinosaurios, aunque los primeros linajes de dinosaurios también comienzan a aparecer en ese primer tercio. Después hay un cambio: comienza una revolución hoy día conocida como la revolución terrestre de las angiospermas, la Angiosperm Terrestrial Revolution (ATR), como le llaman en la literatura. Es un concepto que se ha acuñado básicamente durante la última década y que quiere decir lo siguiente: a nivel global había comenzado a aparecer un nuevo modelo de plantas que viene a definir todo. Las angiospermas son las plantas con flores; la reproducción sexual en las plantas y la producción de semilla aumentó la cantidad de biomasa que crecía en estos bosques y ambientes de praderas. Fue mucho más rápida y fueron generando también respuestas evolutivas para los cambios que empezó a imponer el clima».
Vale decir que estos bosques no solo eran refugio de flora, sino ecosistemas complejos que lograban una proeza evolutiva asombrosa: sobrevivir a la noche polar. Las plantas antárticas aprendieron a «dormir» bajo la penumbra, manteniendo una maquinaria biológica que se reactivaba con una fuerza imparable apenas los primeros rayos de sol de primavera rozaban sus hojas.

Asesorado por Marcelo Leppe. Créditos: Mauricio Álvarez (@mauricio_alvarez_art) y Andrés Urrutia aurrutia@virtuallibros.cl
«Podemos pensar la Antártica como un archivo de la historia del pasado, pero también como una memoria para el futuro. Este registro nos permite entender todos los escenarios posibles que ya pasaron; cómo era la Antártica con menos hielo o con más CO2. Al final, es un espejo para poder ver cómo van a ser esos cambios en el futuro«, concluye la Dra. Trevisan.
Los habitantes de la Antártica antes del hielo
Si los bosques frondosos y tupidos fueron el escenario principal, los animales que lo habitaron fueron los protagonistas de un ecosistema diverso y lleno de vida que duró millones de años.
“Dentro de este ecosistema de bosques lo que tenías es bastante interesante y va variando dependiendo el momento que te sitúes. Si te sitúas en el Mesozoico, por ejemplo, vas a encontrar dinosaurios, vas a encontrar una fauna típicamente como la que encontramos en Sudamérica también. Pero si te vas hacia el Cenozoico, lo cual sería desde unos 60 millones en adelante aproximadamente, ya no estamos en una época de dinosaurios, sino que estamos en una época más de mamíferos y de diversificación de aves. Ahí lo que vas a encontrar son mamíferos terrestres, mamíferos continentales, que no hay en la actualidad en la Antártica, sino que en la Antártica todo lo que tienes está vinculado con el agua. Si piensas que toda la fauna que hay en la Antártica actualmente, o vive dentro del agua o es una fauna llamada marina, justamente porque depende del agua en muchos casos para alimentarse.Pero en Antártica, en ese momento, tenías una gran diversificación de mamíferos representados por ongulados terrestres que no hay en la actualidad y por marsupiales”, explica la Dra. Carolina Acosta Hospitaleche, paleontóloga, investigadora del CONICET en el Museo de La Plata y del Instituto Antártico Argentino (IAA).

Durante gran parte del Paleógeno, la Antártica no era un territorio aislado del resto del mundo, sino una extensión vibrante de Sudamérica. Vale decir que ambas masas de tierra estuvieron unidas por el llamado Istmo de Weddell, un puente terrestre largo y estrecho que permitió que la fauna caminará libremente entre lo que hoy es la Región de Magallanes y la Península Antártica.
En ese sentido, esta conexión convirtió a la Antártica en un crisol de evolución, donde la transición de un mundo de reptiles a uno de mamíferos terrestres ocurrió mucho antes de que el océano impusiera su barrera. Según estudios recientes sobre el desmembramiento final de Gondwana, este puente funcionó hasta hace unos 56 millones de años, permitiendo que linajes de «ungulados nativos» —mamíferos con pezuñas únicos de nuestra región— como los Litopterna y los Astrapotheria colonizaron nuevas fronteras. Estos animales, que hoy nos parecerían quimeras —algunos con fisonomías similares a camellos y otros con molares de rinoceronte y colmillos—, no eran visitantes ocasionales, sino los soberanos de un ecosistema que aún no conocía de fronteras marinas.

Pero el bestiario antártico no se limitaba a los grandes ungulados; era un hervidero de vida que incluía desde insectos y peces hasta anfibios —como las ranas que alguna vez habitaron sus humedales— y aves que comenzaban a diversificarse tras la extinción de los dinosaurios. Vale decir que esta riqueza no se encuentra distribuida de forma uniforme en el territorio. Como señala la Dra. Trevisan, existe una curiosa división geográfica en los hallazgos: mientras que en las Islas Shetland del Sur el registro es predominantemente paleobotánico, es al «otro lado» de la Península, en la Cuenca de James Ross, donde la fauna estalla en el registro fósil.
En ese escenario, bajo la sombra de esos frondosos bosques de Nothofagus que hoy se estudian en la zona «chilena», la vida pequeña también prosperaba. Investigaciones recientes lideradas por la Dra. Laura Chornogubsky —y publicadas en el Zoological Journal of the Linnean Society—han revelado la presencia de los polidolópidos, un grupo de marsupiales hoy extintos que habitaron la Península Antártica y la Patagonia. Estos pequeños mamíferos, de entre 60 gramos y 3 kilos, tenían una dieta variada de frutos y semillas, moviéndose en un ambiente que hoy nos recordaría a las selvas valdivianas.
Vale decir que, según los hallazgos de Chornogubsky, estos pequeños mamíferos evolucionaron en una gran masa continental sin barreras que los aislaran, alcanzando una diversidad morfológica asombrosa antes de que el descenso de la temperatura y la desertificación del Oligoceno temprano marcaran su final.

Sin embargo, el verdadero despliegue de biodiversidad costera ocurrió en los cielos y mares de la antigua Antártica, donde las aves comenzaron a dominar el hemisferio sur. En ese sentido, el registro fósil de aves marinas es el más abundante, revelando un mundo donde el gigantismo fue la norma y no la excepción.
“Lo que más tenemos representados son pingüinos, que son aves estrictamente marinas. Después tenemos algunas aves un poco más costeras que igual dependen del ambiente marino para alimentarse, como por ejemplo albatros y petreles, que son grupos que llegan a la actualidad. Los albatros que vivían en Marambio. Lo que nosotros tenemos registrado desde hace unos 50 millones de años, eran albatros mucho más chiquititos de tamaño. También teníamos aves que se llaman pelagornítidos, que son aves pseudodontadas (…). Hubo al menos dos especies diferentes de pelagornítidos, que son estas aves que tienen una apariencia general similar a la de un albatros porque son grandes de tamaño. Cuando te digo grandes estamos hablando de siete metros de punta a punta del ala, por ejemplo; son grandes de tamaño que se alimentan siempre ligados a las costas”, explica Acosta.


https://www.markwitton.co.uk/palaeoart?pgid=kvcjcz2d-5cd3af22-62c7-421a-b66d-1a0a697b17b5
Vale decir que este gigantismo no era casualidad. En un mundo de aguas templadas y una productividad marina desbordante, las aves antárticas experimentaron con formas que desafiaban los límites biológicos.
“Son muy interesantes los pingüinos de la Antártida porque no son las mismas especies que las de ahora; son especies más primitivas, relacionadas con las de Nueva Zelanda y de Australia, por ejemplo. Podían medir desde 30 cm de altura —como los pingüinos chiquititos que viven hoy en las islas del sur de Nueva Zelanda— hasta pingüinos que llegaban a medir dos metros. Teníamos una diversidad enorme con 14 especies viviendo en todas las costas de lo que hoy conocemos como isla Marambio, pero que probablemente se extendían en algunas islas o costas cercanas”, explica la investigadora del CONICET.
En ese sentido, uno de los hallazgos más impactantes en la Formación La Meseta (Isla Seymour) ha sido el de los pingüinos gigantes, específicamente la especie Palaeeudyptes klekowskii. Esta ave, que habitó el continente hace unos 37 a 40 millones de años, alcanzaba dimensiones asombrosas: los restos óseos sugieren que podía medir hasta dos metros de altura y pesar unos 160 kilogramos.

Este tamaño, muy superior al del actual pingüino emperador, le permitía realizar inmersiones más profundas y permanecer más tiempo bajo el agua para alimentarse, convirtiéndose en uno de los depredadores más eficientes de las costas del Cenozoico.
Pero el registro fósil ha entregado piezas aún más increíbles que un hueso de gran tamaño. La preservación en ciertas zonas de la Península ha permitido hallazgos que parecen desafiar el paso del tiempo. Acosta destaca un descubrimiento que parece sacado de un laboratorio de ciencia ficción:

“A primera vista podemos pensar en un pingüino emperador —para hacernos una idea ya que son los más grandes que viven ahora— pero con algunas modificaciones. Por ejemplo, tenían las alas un poco más largas y el pico mucho más largo; como si pensáramos en un pelícano que tiene el pico bien alargado, muy finito y alargado. Eran aves que ya estaban adaptadas a bucear, y aunque no tenían las adaptaciones extremas de los pingüinos de ahora, ya estaban adaptadas para aguas frías. Se alimentaban en las costas y probablemente no hacían excursiones de buceo tan alejadas de la costa o en lugares tan profundos. Sabemos que buceaban porque hay algunos fósiles excepcionales, como un fósil que apareció en Marambio que tiene toda la piel del ala petrificada. Esa piel permitió estudiar cómo se insertaron las plumas y ver qué modificaciones ya tenían en relación al buceo”, explica Acosta.

Este hito es único en la paleontología antártica, ya que no se trata solo de una impresión en la roca, sino de tejido blando que se preservó mineralizado. En ese sentido, este descubrimiento permite a los científicos analizar detalles celulares y del plumaje que de otra forma serían imposibles de conocer, permitiendo revelar la biología real de los animales que dominaban el continente mucho antes de la llegada del hielo.
Pero el asombro no se limita a las costas. En el corazón de estos bosques también habitaban depredadores terrestres que hoy parecen sacados de una pesadilla. Vale decir que investigaciones recientes han confirmado que en la Antártica vivieron los fororracos, conocidos popularmente como «aves del terror».

“Hay un grupo de aves terrestres que son típicas de América del Sur que se llaman fororracos. Recientemente encontramos un par de restos que nos muestran que también llegaron a vivir en la Antártica. Eran aves muy grandes, carnívoras, depredadoras y cazadoras; para hacerse una idea, hablamos de un ave de un tamaño más grande que un ñandú o un avestruz. Eran depredadores importantes que vivían en estos ambientes terrestres. Si bien se extinguieron y no llegan a la actualidad, lograron ser muy diversos en América del Sur. Evidentemente cruzaron de un lado a otro, pero lo que todavía no sabemos es en qué lugar se originaron”, explica Acosta.
Este despliegue de vida comenzó a enfrentar su mayor desafío cuando el termómetro global empezó a bajar. En ese sentido, el gigantismo que una vez fue una ventaja se convirtió en una trampa evolutiva.
“Cuando el continente empieza a enfriarse, teníamos justo el pico máximo de diversidad de pingüinos, y esa diversidad incluía formas muy grandes y, por consiguiente, muy vulnerables a los cambios ambientales. Esas formas grandes, que no tienen ya una plasticidad como para poder adaptarse a otro ambiente, son las que más sufren cuando las condiciones climáticas cambian”, detalla la investigadora.
Vale decir que, ante la transformación de su hogar en un desierto blanco, muchas especies iniciaron un éxodo hacia el norte. Según explica Acosta, existen indicios de que los pingüinos comenzaron a migrar durante el Eoceno hacia las costas de Tierra del Fuego y Magallanes, siguiendo posiblemente por la costa pacífica hasta Perú.

“Muchos de esos pingüinos se extinguen. Un pequeño grupo habría logrado migrar hacia el norte e ir por la costa pacífica hasta Perú, donde algunas de esas formas se vuelven a diversificar. Se extinguen las formas más grandes y empiezan a aparecer formas que están más relacionadas con las pingüinas actuales. De alguna manera, las especies que tenemos hoy en Sudamérica derivaron de ahí; no son las mismas, pero los que quedaron fueron diversificaciones y colonizaciones de los que venían antes. Lo mismo sucede con los albatros: conocemos ejemplares muy chiquititos que seguramente sean ancestros de los actuales”, puntualiza la Dra. Acosta.
Este mundo de ungulados corredores, marsupiales arborícolas y aves gigantes comenzó a desmoronarse cuando la geología dictó una nueva sentencia. Hace unos 55 millones de años, un mar epicontinental amplio y poco profundo comenzó a sumergir el Istmo de Weddell, impidiendo el intercambio de animales terrestres.
Este evento marcó el inicio del verdadero aislamiento de Sudamérica y el principio del fin para la fauna terrestre antártica. Mientras el Paso Drake comenzaba a abrirse y la Corriente Circumpolar Antártica empezaba a dictar el pulso gélido del planeta, los últimos habitantes del «paraíso verde» daban su batalla final en un continente que, poco a poco, se iba quedando solo en el fin del mundo.
La formación del continente blanco: El nacimiento de la Corriente Circumpolar


Todo lo que conocemos hoy de la Antártica —su aislamiento, su influencia en el clima global y su armadura de escarcha— tiene su origen en un evento geológico que cambió el curso de la historia natural: la apertura del Paso Drake. Durante millones de años, las corrientes marinas viajaban desde los trópicos hacia el sur, inyectando calor al continente y manteniendo ese paraíso verde que hoy nos cuesta imaginar. Sin embargo, hace unos 35 millones de años, la arquitectura del planeta comenzó a reconfigurarse.
El Dr. Marcelo Leppe explica que este divorcio geológico fue un proceso gradual pero definitivo: “La fragmentación del Gondwana terminó con la separación de Sudamérica y la Antártica. Este proceso comienza hace unos 35 millones de años y culmina cuando se profundiza el Paso Drake. Al hacerse profundo, la Corriente Circumpolar Antártica (ACC) se vuelve más intensa y comienza el congelamiento final del territorio”.

Vale decir que la formación de esta corriente funcionó como una «muralla» líquida. Antes de este evento, el océano transmitía calor a la Antártica; con la formación de la ACC, el proceso se invirtió. Según puntualiza Leppe, en un punto de la historia la corriente dejó de entregar calor para comenzar a “secuestrarlo”, enfriándolo todo de manera brusca, desde las altas cumbres hasta la costa.
A pesar de la caída de las temperaturas, la vida no se rindió de inmediato. La Antártica fue escenario de una resistencia botánica que duró millones de años más de lo que se creía. Los hallazgos de Leppe en la Isla Rey Jorge han marcado la fecha del fin de los bosques en casi 10 millones de años.
“El último vestigio es una hoja de Nothofagus que encontramos en Cabo Melville, que data de hace 21 millones de años. De ahí para adelante, se congeló todo. Otros bosques achaparrados, peinados por el viento y tortuosos como los que hay en el Cabo de Hornos, resistieron en la Antártica Oriental hasta hace unos 10 o 15 millones de años, pero la península se despidió de su verdor mucho antes”, explica Leppe.

De esa exuberancia que cubrió el 80% de la historia del continente, hoy solo queda un eco mínimo. La Dra.Trevisan nos recuerda la magnitud de este cambio: “Imagina que en el pasado teníamos bosques exuberantes y hoy, en términos de plantas vasculares, apenas dos especies se adaptaron y viven en el continente: el pasto antártico (Deschampsia antarctica) y el clavelito antártico (Colobanthus quitensis)”.
Hoy, la Antártica no es solo un recordatorio de lo que fue, sino una señal de alerta de lo que viene. La Dra. Trevisan reflexiona sobre cómo este archivo geológico, que tardó largos periodos en congelarse, hoy se enfrenta a un ritmo de cambio sin precedentes debido a la acción humana.
“Podemos pensar en la Antártica como un archivo de la historia del pasado, pero también como una memoria para el futuro. Este registro nos permite entender todos los escenarios posibles que ya pasaron: cómo era el continente con menos hielo o con mayores concentraciones de CO₂. Es un espejo para poder ver cómo van a ser esos cambios que hoy estamos acelerando”, concluye Trevisan.
Al final, la historia de la Antártica nos enseña que nada es estático. El continente que hoy protege el equilibrio climático del mundo fue una vez el pulmón verde del sur. Entender su pasado no es solo un ejercicio de curiosidad científica, sino una necesidad urgente para proteger el único hogar que conocemos, antes de que el ciclo de transformación vuelva a girar la página hacia un escenario que, esta vez, sí nos tocará presenciar.
Tamara Núñez