Desde sus orígenes, la música de Los Jaivas ha sido inseparable de su mundo visual. Sus portadas, afiches y símbolos no solo acompañaron el sonido: lo amplificaron, lo tradujeron en imágenes que quedaron grabadas en la memoria cultural de Chile y América Latina. Detrás de ese imaginario inconfundible —donde conviven montañas, colores vibrantes, paisajes míticos y referencias a tradiciones ancestrales— estuvo siempre un creador silencioso, constante y profundamente intuitivo: René Olivares Espínola.

Su nombre aparece ligado a las obras más emblemáticas del conjunto, desde Alturas de Machu Picchu hasta la gráfica de La vorágine, pasando por discos, afiches y símbolos que hoy forman parte del patrimonio visual del rock latinoamericano. Pero más que pintor, diseñador, o ilustrador, Olivares fue un intérprete sensible del espíritu de Los Jaivas. Supo observar sus búsquedas, acompañar sus transformaciones y traducir esa energía —musical, espiritual y colectiva— en un lenguaje visual que terminó definiendo una estética propia, reconocible al instante y cargada de emoción.

La muerte de René Olivares, ocurrida el 13 de octubre de 2025 en París, marcó un antes y un después para la banda y para una comunidad que creció mirando sus paisajes cósmicos y cordilleras infinitas. Su partida se sintió como la de un familiar: un miembro fundamental del grupo cuya presencia —muchas veces invisible para el gran público, pero decisiva— modeló la imagen de Los Jaivas a lo largo de más de medio siglo. Su legado sigue vivo en discos, murales, exposiciones y, sobre todo, en la memoria afectiva de quienes, al escuchar una canción del conjunto, evocan también los mundos que él imaginó.

Este artículo es un homenaje necesario: un recorrido por la vida de un artista que eligió crear desde la intuición, su unión con una de las agrupaciones más influyentes del continente y su aporte a un legado que trasciende épocas, formatos y fronteras.

Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.
Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.

Una vida guiada por la imagen

Antes de convertirse en el creador del imaginario visual de Los Jaivas, René Olivares ya vivía rodeado de imágenes. Nació en 1946 en Santiago, en un hogar donde el dibujo, la palabra y la política eran parte del paisaje cotidiano. Su padre, René Olivares Becerra, dirigía Topaze, una revista clave en la vida cultural chilena; su madre, Laura Espínola Bradley, era pintora. Ese entorno fue, para el pequeño René, una escuela temprana donde aprendió que el arte podía ser una forma de mirar, interpretar y dialogar con el mundo.

Desde niño tuvo claro que se dedicaría a la ilustración. “Crecí viendo revistas y los libros de pintura de mi mamá, en los que descubrí la vida de los artistas malditos en París y soñé con imitarlos algún día”, recordaría más tarde en una entrevista con La Tercera. A los 12 años, gracias a Marcela Paz, la escritora de Papelucho, obtuvo su primer trabajo profesional ilustrando la revista Pandilla. No fue solo un debut precoz: fue una confirmación temprana de vocación.

René olivares: Créditos: René Olivares.
René olivares: Créditos: René Olivares / Los Jaivas.

En ese mismo edificio, que correspondía a la editorial Zig-Zag, también estaba el taller de Pepo, creador de Condorito, a quien René observaba con admiración. Allí aprendió el oficio, la disciplina del dibujo cotidiano y el poder de la imagen reproducida. Años después, ya con una obra consolidada, Olivares solía bromear diciendo que su trayectoria avanzaba “de Pepo a Matta”, consciente del tránsito que había hecho desde la caricatura hacia un lenguaje más simbólico, experimental y espiritual.

«René tenía mucho humor. Todo lo que hay en el mundo lo veía con humor. Siempre hacía chistes de la situación que él que estaba viviendo. Muchas veces chistes que entendía él nomás. Siempre le daba un tono humorístico a las cosas. Se reía de sí mismo. En el centro, en las fiestas, brillaba. Siempre tenía motivo de conversación, era muy conversador y se pasaban buenos momentos con él, se abarcaban todos los temas», menciona Claudio Parra entre risas.

De esta manera, esa misma inquietud fue la que lo llevó a abandonar pronto la enseñanza formal. Eligió la experiencia directa y el viaje como forma de aprendizaje. Vivió en Francia, donde fue testigo de la Revolución del 68 en París, y pasó también por Roma y Madrid, lugares en los que se produjo el nacimiento de su primer hijo e hija (respectivamente), para luego seguir avanzando hacia Barcelona y Canarias. En Europa se empapó de museos, cafés y comunidades artísticas, pero también —como les ocurrió a tantos creadores latinoamericanos— aprendió a mirar su propio continente desde la distancia. Un viaje a Rapa Nui terminó de abrirle una puerta decisiva: la certeza de que América Latina tenía mitologías, símbolos y paisajes propios, aún por ser narrados desde el arte.

Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.
Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.

«René era René. En sus obras había de todo. Había magia, espiritualidad y el amor por la naturaleza, por la vida. Él veía un mundo mágico, maravilloso, donde compartían animales, duendes, seres humanos, extraterrestres. No había violencia, no había guerra. Al contrario, era encontrarse por amor. Y eso está plasmado en toda su obra», comenta Claudio.

«Está la fuerza de la naturaleza, con volcanes en erupción, el nacimiento de los planetas, el nacimiento de la vida, el nacimiento del universo mismo. Está esa fuerza increíble, maravillosa, que se transmite también», añade.

Cuando regresó a Chile, a comienzos de los años setenta, traía consigo un mundo interior expandido. En sus cuadernos convivían montañas que se abrían como libros, ríos que parecían narrar historias antiguas y cielos donde lo terrenal y lo cósmico se tocaban. Para Olivares, la geografía sudamericana no era solo un territorio físico: era una dimensión espiritual. “Las alturas andinas nos están lanzando hacia el cielo”, comentó en algún punto de su vida.

Concierto de Los Jaivas, donde llenaron el Estadio Nacional (2025). Créditos: Los Jaivas.
Concierto de Los Jaivas, donde llenaron el Estadio Nacional (2025). Créditos: Los Jaivas.

El encuentro: Afinidad, búsqueda y destino compartido

El cruce entre René Olivares y Los Jaivas ocurrió en 1972, en un momento de intensa efervescencia cultural y artística. Bastó una conversación y una afinidad inmediata para que terminaran en el Taller Saturno, una casa en Pedro de Valdivia Norte donde René pintaba y dibujaba rodeado de pinceles, libros y silencios creativos.

Entre las obras sobre la mesa hubo una que capturó de inmediato la atención del grupo: la imagen de un indígena emergiendo detrás de las montañas, con un sol en las manos. Justo en ese momento estaban componiendo una canción llamada Indio hermano, por lo que le propusieron usar esa pintura para la carátula del disco. Olivares aceptó sin dudar. Aún no lo sabían, pero en ese gesto simple se estaba sellando una de las alianzas más profundas entre música y arte visual en la historia cultural latinoamericana.

Esa imagen se transformó en la portada del single Indio Hermano y luego en la del álbum Los Jaivas (1975), conocido como El indio. El golpe de Estado de 1973 retrasó su publicación, pero no detuvo el vínculo. Tras el quiebre democrático, Olivares partió con la banda a Argentina, acompañado tan solo de su hijo de siete años. Vivieron primero en Zárate y luego en Buenos Aires, compartiendo no solo procesos creativos, sino también la vida cotidiana: los viajes, los ensayos, las tareas domésticas, la incertidumbre del exilio. René no era un colaborador externo: era parte del grupo. “Siempre fui el Jaiva detrás del escenario”, diría años después en conversaciones con La Tercera.

René olivares: Créditos: René Olivares.
René olivares: Créditos: René Olivares.
Los Jaivas, junto a René. Créditos: Los Jaivas.
Los Jaivas, junto a René. Créditos: Los Jaivas.

«Debe haber sido el año 1972. Nosotros ya habíamos grabado el álbum El Volatín, que la gráfica la hace otra persona, un amigo de ese tiempo, estudiante de arquitectura. Y habíamos grabado el álbum que se conoce con el nombre de La Ventana, y fue yo creo que a raíz de este álbum que a René le llamó la atención la música que hacíamos. Entonces, a través de amigos en común fue que nos conocimos. Yo recuerdo haber llegado a la casa de uno de nuestros amigos y ahí estaba René. Hablamos de todo un poco, de la música, de la escritura, y me mostró algunas cosas que estaba haciendo. Y ese fue el primer encuentro», recuerda Claudio.

«Ahí fue la primera vez que le propusimos a René que hiciera una carátula, y él nos propone un cuadro que estaba pintando y con esa imagen salió el single Indio Hermano. La primera versión, la primera propuesta de René del cuadro fue para esa carátula. Después lo siguió desarrollando y finalmente usamos el cuadro completo y en colores, porque Indio Hermano fue en blanco y negro. Luego, cuando él termina el cuadro, ya lo considera más definitivo, es en el año 75, y ahí usamos el cuadro ya a todo color y con la propuesta definitiva», agrega.

Obra de René Olivares (Indio Hermano). Créditos: René Olivares.
Obra de René Olivares (Indio Hermano). Créditos: René Olivares.
Concierto de Los Jaivas, donde llenaron el Estadio Nacional (2025). Créditos: Los Jaivas.
Concierto de Los Jaivas, donde llenaron el Estadio Nacional (2025). Créditos: Los Jaivas.

En 1977, el grupo emprendió el viaje definitivo a Europa. Partieron en barco, despidiéndose de una etapa y de un continente. En Francia vivieron en comunidad, trabajando sin descanso para subsistir. Olivares acompañaba a Gabriel Parra en los trayectos nocturnos para que no se quedara dormido al volante; observaba, escuchaba, absorbía. La relación con la banda ya no era solo artística: era profundamente humana y familiar.

«Al principio la relación era de amistad, muy fraterna, pero cada uno vivía en su casa. Cuando llegamos a Argentina fue que empezamos a vivir en una comunidad y ahí vivíamos todos en una casa. En ese momento se genera otra relación humana. Había que hacer las labores de la casa, él cocinaba y esas cosas. Los niños estaban muy chicos todavía, salvo la Juanita que iba al colegio de allá de Argentina. La relación era totalmente fraterna, éramos todos hermanos, todos estábamos luchando por la misma causa. Entonces, no había individualismo, no había alguien que tuviera algo por su lado, sino que todos estábamos todos enfocados al trabajo de grupo, finalmente ese fue el motivo por el cual nos fuimos a Argentina», relata Claudio.

«En ese entonces todos los músicos teníamos pareja, compañeras, y todos teníamos hijos. René, en cambio, él se fue con su hijo, pero no tenía compañera en ese momento. Él tenía una relación muy materna con su hijo, en realidad cumplía con los dos roles, paterna y materna. Cuando nos íbamos de gira, íbamos todos los músicos, los técnicos y él también iba muchas veces. Pero después, cuando ya nos fuimos a Europa, era mucho más acotado, viajaban los que tenían que viajar nomás, porque había poco espacio en el vehículo, los costos del viaje eran elevados y todo eso. En ese momento, muchas veces en la casa se quedaban todas nuestras compañeras y René también. Entonces, René tenía un rol muy importante y tenía una relación mucho más cercana y estrecha con ellas. Le tocaba asumir labores del hogar en ese momento», añade.

Carátulas de Los Jaivas. Créditos: Los Jaivas.
Carátulas de Los Jaivas. Créditos: Los Jaivas.
Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.
Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.

Crear desde el exilio: Constancia, oficio y lealtad

Aunque Los Jaivas regresaron a Chile en 1982, Olivares decidió quedarse en París, donde se había asentado ya con Martine, de quien se había enamorado. Allí cumpliría el sueño que había incubado desde niño: ser pintor en la capital cultural del mundo. Vivió durante décadas en el Barrio Latino, desarrolló una obra vasta, exploró nuevas técnicas —incluida la pintura al vino— y trabajó como escenógrafo del Teatro Aleph, dirigido por Óscar Castro.

“Ser pintor en París es como ir a vender helados de agua al Polo Sur”, decía con ironía, consciente de que su lenguaje neoandino no coincidía con las tendencias dominantes del circuito artístico europeo. Nunca fue una figura del mercado ni de las modas. Su trabajo se sostuvo en la constancia, el oficio y una fidelidad absoluta a su imaginario, logrando en 2020 presentar su “Exposition de dessins” para el público parisino.

Los Jaivas, junto a René. Créditos: Los Jaivas.
Los Jaivas, junto a René. Créditos: Los Jaivas.

Desde la distancia, nunca dejó de acompañar a Los Jaivas. Poco antes del regreso definitivo del grupo a Chile, realizó una de sus obras más emblemáticas: la portada de Alturas de Machu Picchu. Primero fue el Intihuatana; luego, el diablo andino con una esfera de cristal. Ambas imágenes condensan su mirada: lo ritual, lo astronómico, lo ancestral y lo humano coexistiendo en un mismo plano simbólico.

Olivares desarrolló un método artesanal y riguroso para crear las carátulas: trabajaba a tamaño real, componía las letras manualmente, pintaba con témpera y suavizaba los fondos con lápices de colores. Gestos pacientes, horas de silencio y atención al detalle. Así se construyó una iconografía que hoy forma parte de la memoria colectiva.

«El proceso era totalmente libre para trabajar. Generalmente, René pintaba mientras nosotros estábamos haciendo la música. Creábamos juntos, sobre todo en Argentina y en París, porque vivíamos juntos. Para Alturas de Machu Picchu, llegó al estudio un día mientras estábamos grabando y se puso a pintar allí. Entonces, ambas cosas estaban empapadas, tanto la música como el arte gráfico, estaban muy unidas, al hacerlo todos juntos. Había un intercambio. Su arte también influía en nuestra música», señala Claudio.

Los Jaivas en Machu Picchu. Créditos: Los Jaivas.
Los Jaivas en Machu Picchu. Créditos: Los Jaivas.

«Cuando se instaló en París, frente al jardín de plantas, donde él tenía su taller, un taller grande. Cuando uno lo iba a visitar se veían cuadros por todos lados, y bosquejos también. Fue donde más pudo realizar su arte, donde él se sintió mucho más a gusto. Ahí mismo, en ese edificio él tenía su casa también. Él se sentía muy bien en ese lugar, porque era un edificio antiguo, parisino», añade.

René no solo diseñó portadas. También creó afiches, logos, escenografías y piezas gráficas que se volvieron objetos de culto. Su estética —poblada de cóndores, jaguares, serpientes, montañas y figuras andinas— puso en valor una belleza históricamente relegada y enseñó a mirar al “indio hermano” desde la dignidad, lo sagrado y la pertenencia.

«En Aconcagua, en el dibujo que hizo René, estamos tocando en un mundo mágico. Esa es muy bonita, porque cada uno sale representado con cosas propias. También pasa algo similar en la contraportada de El Indio, que es una foto retocada de nosotros tocando, porque aquí nos puso a todos los elementos de los signos del zodíaco. Cada uno está con los colores, con los elementos, de la energía de su día», relata Claudio.

Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.
Obra de René Olivares. Créditos: René Olivares.

El legado: Cuando lo invisible se vuelve memoria

En sus últimos años, René Olivares recibió en Chile un reconocimiento largamente postergado. En 2013, sus obras fueron parte central de la exposición Los Jaivas: cinco décadas del rock chileno en el Museo Nacional de Bellas Artes. Ese mismo año se publicaron libros fundamentales que reunieron su trabajo visual junto a la historia del grupo: Los Jaivas: cancionero ilustrado y Cultura alternativa: Los Jaivas, medio siglo.

En 2023, creó su último gran trabajo para Los Jaivas: un mural de 30 metros en la estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago, donde homenajeó al río Mapocho como metáfora de historia, memoria y tránsito. Fue su despedida visual de la ciudad y del país.

Mural de René en Estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago. Créditos: Los Jaivas.
Mural de René en Estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago. Créditos: Los Jaivas.

«Se empezó a hablar de ese mural desde 2015, no recuerdo bien. Cuando el metro nos ofreció ese espacio, como músicos no podíamos hacer mucho uso de él, así que pensamos inmediatamente en René, pero no sabíamos qué íbamos a poner en ese lugar. Podían ser las carátulas, algo que hiciera René, pero que estuviera al mismo tiempo relacionado con Los Jaivas. Tomó su tiempo, la propuesta. Fue un trabajo complejo, de tomar decisiones, porque no se trataba de una obra independiente», recuerda Claudio

«Después vino la dificultad de realizarla, porque René no estaba en las condiciones físicas para subirse a los andamios y pintar. Entonces, René recurrió a su hijo mayor, que también es pintor, y junto con él trabajaron en la obra, y con todo el equipo de un taller que trabajó con ellos también. Afortunadamente, lo pudo hacer y es maravilloso, porque pudo dejar esa obra para la posteridad. La exposición que hubo en el Museo de Bellas Artes también fue importante, porque pudo poner sus cuadros allí», añade.

Mural de René en Estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago. Créditos: Los Jaivas.
Mural de René en Estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago. Créditos: TomasVial.
Mural de René en Estación Puente Cal y Canto del Metro de Santiago. Créditos: TomasVial.

Su muerte, en octubre de 2025, volvió visible al artista incógnito. René, reconocido como  el “sexto Jaiva”, dedicó su vida a crear desde la intuición, el afecto y la lealtad, sin buscar protagonismo. Hoy, al recorrer la historia de Los Jaivas, resulta imposible separarla del trazo de René Olivares. Su obra es un puente entre sonido, imagen y memoria; un mapa simbólico de América Latina; una invitación a mirar el paisaje —y la cultura— como algo vivo. Su legado permanece ahí, respirando, cada vez que la música vuelve a sonar.

«Él sabía que estaba desahuciado. La última vez que lo vi me dijo: “Yo me quiero morir en Chile”. Aquí se sentía querido, se sentía bien, reconocía a todo el mundo, todo el entorno estaba acá, pero su condición física no le permitió poder realizar esto. Ahora, su ausencia se siente como a la distancia, porque uno se imagina que él está pintando todavía en su taller en París», reflexiona Claudio con cierta tristeza.

«Como dejó una vasta obra, existe mucho material para futuras carátulas. Realmente, estará siempre presente, porque ha sido parte de la familia y parte de la creación. René era un gran creador, no solo hacía pinturas, también escribió. Era muy generoso, muy cariñoso. Era un maestro, porque enseñaba a través de sus obras, a comprender el mundo, a interpretarlo», añade.

René olivares: Créditos: René Olivares.
René olivares: Créditos: René Olivares.

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