Se mueve entre los roqueríos y los islotes, impulsándose con torpeza aparente mientras resbala, cae y vuelve a levantarse. En el agua, sin embargo, todo cambia: el cuerpo se vuelve flexible y se mueve casi sin esfuerzo. Allí donde el oleaje golpea con fuerza y el límite entre la tierra y el mar es difuso, este animal ha hecho de la costa su territorio y del océano su ambiente natural.

Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Mariano Rodriguez @argentinasubmarina
Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Mariano Rodriguez @argentinasubmarina

Los lobos marinos son uno de los mamíferos marinos más visibles y emblemáticos de la costa chilena. Su presencia en roqueríos, playas y zonas portuarias forma parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, detrás de esa familiaridad se esconde una biología compleja, un rol ecológico clave en los ecosistemas marinos y una historia profundamente marcada por su relación con el ser humano.

En Chile habitan tres especies residentes de lobos marinos. La más abundante a lo largo de la costa continental es el lobo marino común (Otaria flavescens), con una población estimada en alrededor de 130 mil individuos en el país. Presente desde el norte hasta los fiordos australes, ocupa playas, roqueríos e incluso zonas portuarias altamente intervenidas por el ser humano.

Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Tamara Núñez
Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Tamara Núñez

El lobo fino austral (Arctocephalus australis), en tanto, presenta una distribución más acotada y fragmentada. Tras haber sido intensamente explotado durante el siglo XX, hoy muestra una clara recuperación poblacional y ha vuelto a ocupar zonas donde había desaparecido, especialmente en sectores del sur y centro-sur de Chile.

“El lobo fino austral tiene dos subpoblaciones: una que compartimos con Perú y otra que compartimos hacia el Atlántico con Argentina, Uruguay y parte de Brasil. Estas poblaciones son bien interesantes porque había una distribución que no era continua: solamente llegaba hasta el norte de Chile y después reaparecía en el sur de la isla de Chiloé. Sin embargo, hemos encontrado animales en ese ‘gap’ de distribución, como le llamamos, y hoy tenemos registros de lobo fino austral en Chile central y al norte de la isla de Chiloé. Ahí hay un tema importante, porque la población de la zona norte es una población vulnerable, mientras que la población de la zona sur está en preocupación menor. Esto es súper relevante y novedoso, porque se trata de una especie que fue muy capturada y que hoy se está recuperando, e incluso está recolonizando áreas donde antes no estaba distribuida”, puntualiza Doris Oliva, bióloga marina, académica de la Universidad de Valparaíso y segunda mujer en la historia en recibir el premio Honor in Scientia Marina (2024).

Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©@lexitice INaturalist
Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©@lexitice INaturalist

Más alejado del continente habita el lobo fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii), una especie endémica del archipiélago homónimo que protagoniza una de las recuperaciones más notables entre los mamíferos marinos del país. Tras haber estado al borde de la extinción en la década de 1960, su población actual se estima en cerca de 250 mil individuos, lo que lo convierte en la población de lobos marinos más numerosa de Chile.

De forma ocasional también se han registrado avistamientos de lobos finos antárticos y subantárticos en aguas chilenas, especialmente en zonas australes o cercanas a la Antártica. Estas especies no conforman poblaciones residentes en la costa continental de Chile, pero sí forman parte del sistema marino austral y antártico asociado al territorio chileno.

El lobo fino antártico (Arctocephalus gazella) —una de las especies de lobos finos no residentes del Chile continental— se reproduce principalmente en islas subantárticas del Océano Austral. La mayor parte de su población se concentra en Georgia del Sur, junto con otras colonias ubicadas en archipiélagos como las islas South Sandwich, Shetland del Sur y Orkney del Sur, dentro de un sistema biogeográfico estrechamente vinculado al extremo sur de Sudamérica y al territorio antártico reclamado por Chile.

De manera similar, el lobo fino subantártico (Arctocephalus tropicalis) mantiene colonias reproductivas en distintas islas del hemisferio sur. Aunque no forma poblaciones estables en la costa continental chilena, ha sido registrado de forma esporádica en aguas nacionales.

Estas especies, junto a otros lobos marinos y focas antárticas, se distribuyen principalmente al sur de la Convergencia Antártica, un límite biogeográfico que separa las aguas frías del océano Austral de las aguas templadas del Pacífico y el Atlántico, marcando una transición entre comunidades marinas con dinámicas ecológicas muy distintas.

Como destaca la Dra. Doris Oliva, quien actualmente es presidenta de la Sociedad Chilena de Ciencias del Mar (SCHCM) e integrante del consejo del Fondo de Investigación Pesquera y de Acuicultura (FIPA): “el lobo fino antártico lo encontramos en nuestras islas subantárticas, en el territorio que Chile reclama. Ahí tenemos una población, especialmente en las islas Georgia del Sur, donde también se dio este fenómeno de estar al borde de la extinción en los años 60 debido a la caza. Sin embargo, se ha ido recuperando, y en las Georgias del Sur, que no corresponden a la península Antártica, tenemos cerca de 3 millones de animales”, lo que evidencia que, aunque estas especies no sean residentes de la costa continental, forman parte de un sistema marino austral de enorme relevancia ecológica para Chile.

Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez
Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez

Más allá de su presencia visible y carismática en nuestras costas, los lobos marinos cumplen un rol silencioso pero fundamental en el funcionamiento del océano costero. Su forma de moverse, alimentarse y relacionarse con el entorno los convierte en actores clave de los ecosistemas marinos, capaces de influir en la dinámica de las comunidades que habitan y de actuar como verdaderos guardianes de las costas chilenas.

Guardianes del mar: su rol clave en los ecosistemas marinos

Los lobos marinos no solo destacan por su fuerza física y su gran agilidad en el agua, sino que también por su notable inteligencia. El lobo marino común, en particular, ha demostrado una extraordinaria capacidad para adaptarse a ambientes profundamente intervenidos por el ser humano, como las pesquerías y la acuicultura.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©María Bagur
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©María Bagur

“De alguna manera, el lobo sabe sacar provecho, sabe lidiar con la adversidad y puede transformar lo malo en algo bueno. Eso es siempre una batalla entre el humano y el lobo, porque el humano, los pescadores y la acuicultura, tienen muchos problemas negativos con los lobos marinos. Entonces, siempre están tratando de estudiar cómo disminuir los problemas: que no les coman los peces, que no les rompan las redes. Pero es difícil, porque los lobos se las ingenian”, comenta la Dra. Maritza Sepúlveda, bióloga marina, académica e investigadora del Instituto de Biología de la Universidad de Valparaíso y actual presidenta de la Sociedad Latinoamericana de Especialistas en Mamíferos Acuáticos (SOLAMAC).

Esta capacidad adaptativa se expresa en situaciones concretas, donde la inteligencia del lobo marino vuelve rápidamente obsoleta muchas de las soluciones técnicas diseñadas para reducir los conflictos con las actividades humanas. “Como dato curioso, se han aplicado sistemas de sonido acústico para generar ruidos que molesten al lobo, y el lobo simplemente saca la cabeza fuera del agua, espera que el ruido pase y después se vuelve a sumergir. Otro ejemplo es que hace años las salmoneras poseían unas orcas falsas y las movían para que el lobo pensara que era un depredador. Pero el lobo rápidamente se dio cuenta de que era mentira y terminaba subiéndose arriba de esta orca falsa. Entonces, son animales que se adaptan”, agrega la Dra. Sepúlveda.

En el mar, esta inteligencia se combina con una notable capacidad física. Los lobos marinos pueden bucear hasta los 100 metros de profundidad y recorrer más de 200 kilómetros en un solo día en busca de alimento. No dependen de una sola presa: son depredadores generalistas, capaces de ajustar su dieta según la disponibilidad de recursos y las condiciones del entorno.

Esta flexibilidad alimentaria ayuda a entender por qué los lobos marinos no compiten directamente con la pesca artesanal, como suele afirmarse, sino que cumplen un rol ecológico clave. Al alimentarse principalmente de las especies más abundantes, regulan a los competidores dominantes del ecosistema y favorecen una mayor diversidad y estabilidad en las comunidades marinas.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Sebastián Lescano
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Sebastián Lescano

Como explica la investigadora del Instituto de Biología de la Universidad de Valparaíso, los lobos marinos no actúan como lo haría un pescador humano. Mientras la pesca se dirige a especies específicas, el lobo marino consume lo que el sistema ofrece en mayor abundancia: “El pescador va al recurso que quiere capturar; en cambio, el lobo marino, que es un depredador generalista, va comiendo dependiendo de la abundancia y de lo que va encontrando. Entonces, el lobo no solo no compite con el humano, sino que promueve que haya más diversidad y abundancia de especies en la comunidad. Cuando a una especie le va mejor competitivamente, empieza a aumentar su abundancia. El lobo, al consumir esa especie, hace que su abundancia baje y permite que otras especies de peces que competían con ella puedan mantenerse. Un depredador tope como el lobo, que está arriba en la cadena alimentaria, promueve una mayor complejidad de las tramas tróficas, algo que no haría el pescador.”

En Chile, los lobos marinos no se alimentan de las mismas presas a lo largo del territorio, sino que ajustan su dieta según las condiciones y la disponibilidad de presas de cada zona. Esta flexibilidad alimentaria no solo les permite sobrevivir en escenarios muy distintos entre sí, sino que también refuerza su rol regulador dentro de los ecosistemas marinos.

“Los lobos que están en la zona norte, en la zona central y en la zona sur hacen cosas un poco diferentes. En la zona norte se alimentan principalmente de sardinas y anchovetas, por lo que bucean menos y se alimentan cerca de la costa. En la zona central, principalmente consumen merluza común y jurel. En el sur, además de sardina austral, también consumen merluza. Los salmones también les interesan, por lo que se alimentan de salmones escapados o de salmones en las balsas jaula”, comenta la Dra. Oliva.

Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez
Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez

Estas diferencias no solo se dan entre regiones, sino también entre individuos. Durante la época reproductiva, por ejemplo, las hembras tienden a alimentarse cerca de las loberas, mientras que los machos se desplazan a mayores distancias y consumen otro tipo de presas, ampliando aún más el espectro de estrategias tróficas de la especie.

“También hemos visto que la alimentación es diferencial entre machos y hembras. Las hembras, especialmente en época reproductiva, se alimentan muy cerca de las loberas y no se alejan demasiado. En cambio, los machos se alimentan más lejos y consumen otro tipo de presas”, agrega la presidenta de la SCHCM.

En ese sentido, lejos de ser un problema, el lobo marino es el reflejo de un océano vivo, cambiante y complejo. Su capacidad de adaptación revela no solo inteligencia, sino un rol ecológico que sigue sosteniendo el equilibrio del mar, incluso en escenarios profundamente intervenidos por el ser humano.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno

La vida en la lobera: reproducción, disputas y aprendizaje social

Es en tierra firme donde se desarrolla uno de los capítulos más intensos de la historia natural de los lobos marinos. Durante la temporada reproductiva, las loberas se transforman en espacios de alta actividad social, ruido constante y tensión. Machos, hembras y crías conviven en un escenario marcado por jerarquías, disputas territoriales y estrategias de supervivencia que definen el éxito reproductivo de la especie.

Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©Pablo Fajardo
Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©Pablo Fajardo

“Las dinámicas que son súper entretenidas de estudiar son las de la conducta reproductiva de los lobos, porque tú ves cómo estos animales, al igual que los humanos, se amenazan, miden fuerzas y también tienen algunas conductas de sumisión. Son súper vivarachos, entonces es entretenido estudiar eso”, comenta la Dra. Sepúlveda.

Los lobos marinos presentan un sistema reproductivo poligínico, en el que un macho se reproduce con varias hembras. Esta dinámica se refleja en un dimorfismo sexual muy marcado: los machos son considerablemente más grandes y robustos que las hembras, una ventaja decisiva para competir por territorios y acceder a los harenes. Durante este período, los enfrentamientos entre machos son frecuentes y pueden incluir vocalizaciones, empujones y mordidas, con el objetivo de mantener el control del espacio reproductivo.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Guivo Pavez
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Guivo Pavez

Las hembras, en cambio, ocupan un rol central en la dinámica de la lobera. Los machos dominantes facilitan su acceso a las rocas y a las zonas más seguras, donde poco después de arribar dan a luz a sus crías. Desde ese momento, comienza un delicado equilibrio entre el cuidado parental y la necesidad de alimentarse. Para ello, las hembras deben alternar la lactancia con extensos viajes al mar en busca de alimento, dejando a las crías solas durante horas o incluso días.

Este período resulta especialmente crítico. Las crías, que aún no saben nadar, quedan expuestas tanto a las condiciones ambientales como a la agresividad de machos subadultos, que en algunos casos pueden llegar a matarlas.

“Los machos subadultos, esos animales con ese nivel de testosterona, son agresivos. Esto ocurre sobre todo con las madres primerizas, al igual que en los humanos. Las hembras mayores, con más experiencia en la maternidad, manejan mejor estas situaciones. Entonces, la experiencia, como en toda especie de mamífero, juega un rol tanto para los machos como para las hembras”, agrega la presidenta de SOLAMAC.

Vale mencionar que, si bien los machos no participan directamente del cuidado parental, su rol territorial resulta fundamental, ya que al defender el espacio reducen el riesgo de que otros machos ingresen y dañen, de forma accidental o intencional, a las crías.

Cría de lobo fino antártico (Arctocephalus gazella) y su mamá. Créditos ©Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES)
Cría de lobo fino antártico (Arctocephalus gazella) y su mamá. Créditos ©Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES)

Para enfrentar estos riesgos, las crías desarrollan una estrategia social notable. Cuando sus madres se ausentan, se agrupan.

“Lo otro entretenido son los famosos ‘jardines infantiles’ que hacen las crías cuando las mamás se van. Piensa que hay muchas crías y, cuando las mamás se van a los viajes de alimentación, estas crías se quedan solas. Entonces, es muy común que se junten entre ellas y armen grupitos de 10 a 20. De alguna manera, esto les sirve para protegerse entre ellas y también para aprender, porque juegan, pelean y se van preparando para la vida adulta”, añade Maritza Sepúlveda.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno

La organización social de las loberas también está marcada por una fuerte fidelidad al lugar de nacimiento. Las hembras de lobo marino son filopátricas y regresan año tras año a la misma lobera para reproducirse, mientras que los machos presentan una mayor movilidad espacial y pueden desplazarse grandes distancias entre temporadas reproductivas.

“Hemos visto casos de hembras que permanecen, por lo menos, dos o tres años seguidos en la misma lobera, pero no lo tenemos del todo claro. En cambio, el macho se desplaza mucho más. Nosotros hemos puesto transmisores en distintos proyectos y hemos visto que en un día un animal puede viajar 200 kilómetros, así como si nada. Pero son movimientos de ida y vuelta o desplazamientos acotados; no es que tengan migraciones como algunos dicen, son desplazamientos”, puntualiza la académica de la Universidad de Valparaíso.

Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©@lexitice INaturalist
Lobo Fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii). Créditos: ©@lexitice INaturalist

Un aspecto decisivo de esta etapa es el reconocimiento madre–cría. En loberas que pueden albergar cientos de individuos, las hembras deben aprender rápidamente el olor y la vocalización de su cría para identificarla tras cada viaje de alimentación. Este mecanismo resulta esencial, ya que la lactancia se dirige exclusivamente al individuo correcto y las crías huérfanas no son amamantadas por otras hembras.

Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Leo Lagos
Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Leo Lagos

Aunque no se ha demostrado la existencia de transmisión cultural propiamente tal, los lobos marinos exhiben un alto grado de aprendizaje individual. Observan, imitan y ajustan su conducta en función de la experiencia, una capacidad que se manifiesta desde temprana edad y que ayuda a explicar su notable adaptación a ambientes cambiantes y a la convivencia con actividades humanas.

Como ejemplifica la Dra. Sepúlveda: “Uno ve a las crías que imitan y tratan de hacer los mismos comportamientos; son conductas simpáticas que hablan de una inteligencia y de un desarrollo cognitivo”.

Esta compleja vida social depende de equilibrios delicados, donde cada conducta cumple un rol en la supervivencia de la especie. Por ello es que, cuando esos equilibrios se alteran —por cambios en el entorno o por la acción humana—, los efectos no se limitan a individuos aislados, sino que pueden impactar a toda la dinámica de la lobera.

Entre la persecución y la convivencia: una relación marcada por el conflicto

La relación entre las personas y los lobos marinos históricamente ha estado marcada por el conflicto. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la explotación intensiva de estas especies redujo drásticamente sus poblaciones, en un contexto de caza industrial orientada principalmente al comercio internacional.

“La caza ocurrió principalmente a fines del siglo XIX y era una actividad realizada mayoritariamente por extranjeros, ingleses y norteamericanos, principalmente por su piel. Se capturaban cachorros recién nacidos, cuando todavía tenían su piel negra, para la fabricación de abrigos de piel”, añade la Dra. Doris Oliva.

Este tipo de extracción tuvo un impacto profundo en la natalidad y en la estructura poblacional de los lobos marinos, con efectos que se arrastraron por décadas y que llevaron a varias poblaciones al borde del colapso.

La práctica continuó hasta principios de los años setenta, cuando finalmente fue prohibida. Desde entonces, muchas poblaciones han mostrado una recuperación sostenida, lo que se refleja en que el lobo marino común y el lobo fino austral se encuentran actualmente clasificados en categorías de preocupación menor. Sin embargo, esta recuperación no ha sido homogénea.

Así lo explica la presidenta de la Sociedad Chilena de Ciencias del Mar: “El lobo marino común no presenta una preocupación a nivel general; la población está sana. Sin embargo, su situación es distinta dependiendo de la zona del país. En la zona norte tenemos una población sana, pero si miramos lo que pasa en la zona central de Chile, hay muy pocas loberas reproductivas. Casi no hay reproducción en la zona central, que es justamente donde hay más población y más interacciones, lo que resulta preocupante. En cambio, en la zona sur nuevamente tenemos una población sana que se mantiene relativamente estable.”

Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez
Lobo marino común(Otaria flavescens). Créditos: ©Tamara Núñez

A esta diferencia regional se suman nuevas amenazas que complejizan aún más el escenario de conservación. En los últimos años, eventos sanitarios como la influenza aviar han provocado mortalidades masivas, especialmente en el norte de Chile, donde se ha registrado la pérdida de un porcentaje significativo de la población de lobo marino común. A escala global, una de las principales causas de muerte sigue siendo el enmalle accidental en pesquerías, un problema persistente que afecta tanto a juveniles como a adultos.

El cambio climático, por otra parte, emerge como una amenaza creciente.

Así lo explica la Dra. Sepúlveda: “El tema del cambio climático todavía lo estamos procesando lentamente; los impactos sobre estos animales los estamos empezando a ver de a poco. Por ejemplo, hemos documentado que ha habido un aumento de las marejadas: se están haciendo cada vez más frecuentes y más intensas, y están ocurriendo en verano, cosa que antes era muy poco común. En verano es cuando nacen las crías de los lobos, y cuando nacen no saben nadar. Entonces, vienen estas marejadas y arrastran a las crías, que no saben nadar o nadan muy mal; llegan a las playas y mueren. Esta amenaza se está haciendo cada vez más frecuente y puede llegar a afectar hasta al 10% de las crías que nacen en una temporada.”

En algunas loberas, además, se suma el impacto de perros asilvestrados, que pueden atacar y matar crías, especialmente en zonas cercanas a asentamientos humanos.

Lobo marino común (Otaria flavescens) vs perros. Créditos: BBC
Lobo marino común (Otaria flavescens) vs perros. Créditos: BBC

Asimismo, más allá de estas amenazas, existe una compleja convivencia cotidiana entre el ser humano y los lobos marinos, que trae distintas consecuencias para estos animales. En caletas, puertos y ciudades costeras, su presencia se ha vuelto habitual y, en algunos casos, ha sido incentivada mediante la alimentación directa y el contacto cercano con personas. Sin embargo, estas prácticas pueden resultar perjudiciales, ya que alteran su comportamiento natural, aumentan el riesgo de accidentes y enfermedades, y fomentan interacciones que derivan en conflictos.

La Dra. Sepúlveda apunta: “Yo personalmente estoy en contra de lugares como Valdivia, Caleta Portales o San Antonio, donde el pescador alimenta al lobo marino. Estoy absolutamente en contra porque el lobo tiene que cazar por sí solo y porque el humano acostumbra al lobo marino a esta cercanía. Después el humano se queja de que el lobo marino interactúa, cuando es el mismo humano el que ha incentivado esta conducta.”

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En Chile existen múltiples ejemplos que evidencian cómo ciertas interacciones han sido promovidas artificialmente, muchas veces con fines turísticos. A esto se suma la circulación de videos en redes sociales que normalizan el contacto físico con estos animales, promoviendo conductas de alto riesgo tanto para las personas como para los propios lobos, como mordeduras, transmisión de enfermedades y pérdida de habilidades de caza.

“Por ejemplo, en Valdivia hubo bastante revuelo porque aparecieron cisnes de cuello negro atacados por lobos marinos. Pero la pregunta es: ¿por qué llegaron los lobos marinos hasta allá? Porque hace unos años se instalaron balsas para que los lobos llegaran y hubiera turismo. Claro, los lobos llegaron y se adaptaron muy fácilmente, pero no siempre la pesca está disponible, entonces tuvieron que buscar otros recursos y mataron a los cisnes. Entonces, ¿quién es el culpable? ¿Es el lobo? No. Es el humano, que dio el pie para que los lobos llegaran ahí. No nos quejemos después de que comen cisnes si somos nosotros mismos los que, irresponsablemente, fomentamos comportamientos que luego se salen de control”, ejemplifica la bióloga marina.

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En este escenario, los expertos coinciden en que los conflictos no son responsabilidad del animal, sino del comportamiento humano. La alimentación intencional, la falta de regulación efectiva y la escasa educación ambiental contribuyen a una convivencia forzada, que termina perjudicando tanto a las personas como a los propios lobos marinos. “También existe un intercambio de enfermedades que muchas veces no se valora. Los lobos marinos se enfermaron con gripe aviar y hubo una mortalidad bastante alta, por lo que tienen una carga de patógenos importante”, puntualiza la Dra. Oliva.

De cara al futuro, la investigación científica aparece como una herramienta central para comprender y gestionar la relación entre los lobos marinos y los ecosistemas costeros. Persisten vacíos importantes de información, tanto a nivel poblacional como sanitario y genético, que limitan la capacidad de anticipar riesgos y diseñar estrategias adecuadas de conservación y manejo.

Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno
Lobo marino común (Otaria flavescens). Créditos: ©Enzo Bonanno

Uno de los principales desafíos es la falta de información: “en general, lo que nos está faltando es tener una buena visión de las poblaciones. El último censo se realizó en el año 2019, por lo que debería existir una mayor regularidad y contar con cifras más actualizadas. En particular, un censo en Magallanes es súper importante y nunca se ha hecho de manera completa”, explica Doris Oliva. La ausencia de monitoreos sistemáticos dificulta evaluar el impacto real de eventos recientes, como las mortalidades asociadas a brotes sanitarios o las alteraciones ambientales vinculadas al cambio climático.

“También faltan estudios genéticos, que son muy relevantes, por ejemplo, en las poblaciones de lobo fino austral. Queremos saber si la población del norte y la del sur corresponden a dos subespecies distintas y de dónde provienen los individuos que han estado llegando a este ‘gap’ de distribución: si vienen del sur o del norte. Son preguntas que todavía están pendientes de responder”, señala la académica de la Universidad de Valparaíso.

Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Hugo Hulsberg
Lobo fino austral (Arctocephalus australis). Créditos: ©Hugo Hulsberg

Otro ámbito crítico es el sanitario. La creciente cercanía entre lobos marinos y personas plantea interrogantes aún poco exploradas sobre enfermedades y riesgos asociados. “Sobre las enfermedades sabemos muy poco. Por ejemplo, en el caso de los cetáceos se están haciendo esfuerzos en realizar necropsias para identificar las causas de muerte, pero con los lobos marinos eso no ocurre con la misma frecuencia. Justamente por la cercanía cada vez mayor con el humano, es importante entender el tema de las enfermedades, porque existe el riesgo de otra zoonosis que no conocemos. Otros temas importantes tienen que ver con estudiar cómo disminuir las interacciones, porque el conflicto con las actividades humanas es un tema permanente”, advierte Maritza Sepúlveda.

En conjunto, estos desafíos apuntan a la necesidad de avanzar hacia una mirada socioecológica, que reconozca a los lobos marinos no como elementos aislados ni como antagonistas de las actividades humanas, sino como parte estructural del ecosistema marino costero. Entender su biología, comportamiento y rol ecológico resulta clave para abordar una convivencia inevitable en las costas de Chile, y cuyo equilibrio dependerá tanto del conocimiento científico como de las decisiones humanas que se tomen en el tiempo.

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