-
La intensa resistencia del oso hormiguero gigante por subsistir en el Chaco
22 de enero, 2026 -
Anuncian a Francisca Toledo y Ximena Linconao como ministras de MMA y Ciencia de Chile: ¿Quiénes son y en qué se deberían enfocar, según expertos?
21 de enero, 2026 -
Un desastre poco visibilizado: Más de la mitad de accidentes con vehículos con cargas peligrosas en el Altiplano de Arica y Parinacota han sido en los últimos dos años
21 de enero, 2026
¿Cómo reconocerlos y dónde verlos? Los 12 reptiles más comunes de encontrar en verano en Chile central
Con la llegada del verano, lagartijas, geckos, lagartos y culebras se vuelven mucho más visibles en cerros, quebradas y matorrales de Chile central. El aumento de las temperaturas activa su metabolismo, favorece la reproducción y multiplica los encuentros con personas. Pese a su diversidad y rol ecológico clave —como controladores de insectos y roedores—, siguen siendo poco conocidos y rodeados de mitos. Esta guía reúne a las 12 especies más comunes de observar en esta época, explicando cómo reconocerlas y dónde poder verlas. Se trata de una invitación a mirar con otros ojos a uno de los grupos más antiguos y resilientes de nuestra fauna.
El calor se acumula en las rocas, el aire vibra sobre los senderos y, casi sin darnos cuenta, la vida comienza a moverse a ras de suelo. En los cerros, quebradas y matorrales de Chile central, el verano marca el despertar de un grupo de animales que durante gran parte del año permanece oculto. Lagartijas que aparecen sobre los muros, culebras que cruzan lentamente los caminos y geckos que emergen al caer la tarde son parte de un paisaje que se activa con el aumento de las temperaturas. Cuando los termómetros superan con facilidad los 25 o 30 °C, estos reptiles salen de su refugio y se vuelven visibles.
Durante los meses fríos, muchos de ellos pasan inadvertidos, escondidos bajo la hojarasca, entre piedras o en grietas profundas que amortiguan las bajas temperaturas. Sin embargo, el verano no solo favorece su actividad, sino también procesos clave como la alimentación, la reproducción y la dispersión. Es en esta estación cuando es más probable encontrarlos, lo que explica por qué aumentan los avistamientos en esta época del año.
Este despertar estacional ocurre en un país con una riqueza notable. Chile alberga cerca de 135 especies de reptiles descritas, y más de la mitad de ellas son endémicas, es decir, no existen de forma natural en ningún otro lugar del planeta. A escala global, los reptiles superan las 11.900 especies conocidas, y en el territorio chileno la gran mayoría corresponde a lagartijas y lagartos, mientras que solo unas pocas especies —como las tortugas marinas— viven en ambientes oceánicos. Aun así, esta diversidad suele pasar desapercibida para gran parte de la población.

El desconocimiento ha alimentado mitos y temores, especialmente en torno a las serpientes, que suelen ser percibidas como peligrosas pese a que las culebras chilenas tienen dentición posterior y no existen registros de muertes humanas por mordeduras en el país. Otros grupos, como los geckos o los enigmáticos lagartos gruñidores, permanecen invisibles incluso cuando habitan muy cerca de zonas habitadas.
Esta guía invita a mirar con más detalle a estas criaturas que este verano puedes encontrar con relativa facilidad en la zona centro del país: quiénes son, dónde y por qué aparecen más en esta estación, y qué valores aportan a nuestros ecosistemas. Más que una lista, es una invitación para aprender a reconocer y comprender a estos reptiles que comparten nuestros cerros, quebradas, bosques y matorrales.

Lagartijas, geckos, lagartos y culebras
Aunque en el lenguaje cotidiano solemos agruparlos bajo el nombre genérico de “lagartos” o “culebras”, los reptiles que habitan Chile central pertenecen a grupos bien distintos, con diferencias claras en su anatomía, comportamiento y función ecológica. Reconocer estas diferencias no solo ayuda a identificarlos en terreno, sino también a comprender por qué su presencia es clave para el equilibrio de los ecosistemas mediterráneos del centro del país, uno de los más biodiversos y amenazados de Chile.
Las lagartijas corresponden principalmente al género Liolaemus, uno de los más diversos de Sudamérica, con más de 250 especies descritas, de las cuales Chile alberga más de 90, muchas de ellas endémicas. En Chile central, son los reptiles más abundantes y visibles durante el verano. Su tamaño suele fluctuar entre los 6 y 12 centímetros de longitud corporal, aunque con la cola pueden superar fácilmente los 20 cm.

«En la zona central tenemos los Liolaemus, que es el género más diverso que hay, están en todos lados. Es probable que si alguien vio un lagarto este haya sido del género Liolaemus. De hecho, el género Liolaemus es el tercero más diverso del mundo, dentro de los lagartos», menciona Claudio Reyes, Dr. en Ecología y Biología Evolutiva, herpetólogo y académico de la Universidad de Las Américas.
«De hecho, todos hemos visto, por ejemplo, a Liolaemus tenuis, que es la lagartija esbelta. Esta que es media verdosa con azul, que uno la encuentra en las casas a veces. Esa es muy común y es de las más conocidas que hay en el país. Es un representante del género Liolaemus, y estos son los que más abundan y están por ahí presentes. Otros Liolaemus que hemos conocido son el lagarto llorón o el lagarto nítido, la lagartija lemniscata. Todas muy usuales en el valle central, en distintos ambientes», agrega.

Se caracterizan por tener escamas pequeñas y granulares, extremidades bien desarrolladas y una conducta marcadamente diurna y territorial. Pasan gran parte del día termorregulando: alternan entre exponerse al sol y refugiarse bajo rocas, troncos o matorrales para mantener su temperatura corporal, que idealmente ronda los 30–35 °C. Muchas especies presentan dimorfismo sexual, con machos más coloridos o con patrones más contrastantes que cumplen un rol clave en la comunicación visual y la defensa del territorio.
Desde el punto de vista ecológico, las lagartijas son consumidoras primarias y secundarias: se alimentan principalmente de insectos (hormigas, escarabajos, arañas), aunque algunas especies incorporan material vegetal. Al hacerlo, ayudan a regular poblaciones de artrópodos y constituyen, a su vez, una fuente de alimento fundamental para aves rapaces, culebras y pequeños mamíferos. Su abundancia las convierte en un engranaje central de las redes tróficas terrestres.
Los geckos, por su parte, como Garthia gaudichaudii, son menos conocidos, pero igual de interesantes. A diferencia de la mayoría de las lagartijas, presentan hábitos nocturnos o crepusculares, ojos grandes con pupilas verticales y una piel más delicada, cubierta por escamas finas. En Chile central existen pocas especies, lo que los convierte en un grupo relativamente pequeño pero muy especializado.

«En Chile tenemos actualmente cuatro especies de geckos nativos. Uno es de Rapa Nui, que es el gecko enlutado (Lepidodactylus lugubris), que está solo ahí. De los otros tres, uno se encuentra en el Norte Grande de Chile, que es Phyllodactylus gerrhopygus. Después tenemos dos especies que son del género Garthia, que están en la zona centro-norte. Por último, hay un gecko que es introducido, que está aquí en la Región Metropolitana, que es el gecko del Mediterráneo (Tarentola mauritanica)», señala Reyes.
Una de sus características más notorias es su capacidad para escalar superficies verticales, gracias a estructuras microscópicas en sus dedos llamadas setas, que aprovechan fuerzas físicas para adherirse incluso a superficies lisas. Esta adaptación les permite ocupar grietas en rocas, muros, troncos e incluso construcciones humanas, donde encuentran refugio y alimento.
Desde el punto de vista ecológico, los geckos cumplen un rol clave como controladores de insectos nocturnos, muchos de ellos asociados a luces artificiales. Además, al ser menos visibles y más sensibles a las alteraciones del hábitat, funcionan como indicadores de calidad ambiental, especialmente en ambientes rocosos y semiáridos.

Por otro lado, cuando se habla de lagartos en Chile, generalmente se hace referencia a especies de mayor tamaño, como Callopistes maculatus. A diferencia de las lagartijas, los lagartos pueden superar los 40–50 centímetros de longitud total, poseen cuerpos robustos, cabezas grandes y mandíbulas poderosas.
«También tenemos otros géneros como, por ejemplo, Pristidactylus, que es de lagartos que se denominan gruñidores, porque emiten un sonido cuando se ven amenazados. También tenemos el género Callopistes, que es el de la iguana chilena, el lagarto más grande de Chile, llegando a medir 50 cm de largo total, aproximadamente. Otro género presente es el Phymaturus, que son los matuastos, unos lagartos que son primos de los Liolaemus, pero que son completamente herbívoros y que viven en altura. En general, son cordilleranos», complementa Reyes.



Son animales diurnos, activos y altamente oportunistas, con dietas que incluyen insectos grandes, otros reptiles, huevos, pequeños mamíferos e incluso carroña. Este rol los posiciona como depredadores tope dentro del grupo de reptiles, ayudando a regular poblaciones y a eliminar individuos débiles o enfermos, lo que contribuye indirectamente a la salud de las comunidades animales.
Los lagartos requieren grandes áreas de acción y refugios bien definidos, por lo que son especialmente vulnerables a la fragmentación del hábitat. Su presencia suele indicar ecosistemas relativamente bien conservados, con disponibilidad de presas y refugios térmicos adecuados.
Las culebras, a diferencia de los grupos anteriores, carecen de extremidades y presentan cuerpos alargados y altamente flexibles. En Chile central existen pocas especies (siete en total), pero son ampliamente reconocibles, como Philodryas chamissonis y Galvarinus chilensis. Ninguna de ellas representa un peligro real para las personas: no existen serpientes letalmente venenosas en Chile.

Las culebras cumplen un rol ecológico insustituible como controladoras de roedores, anfibios y otros reptiles, lo que las convierte en aliadas directas del equilibrio ecosistémico e incluso de actividades humanas, al reducir especies que pueden convertirse en plagas agrícolas o vectores de enfermedades. Se estima que un solo individuo adulto puede consumir miles de presas al año, impactando significativamente las poblaciones locales.
«Las serpientes son comedores de roedores, incluyendo roedores exóticos, como el guarén, la rata negra o la laucha. Por otro lado, son presa de muchas especies que son carismáticas y que están con problemas de conservación. Por ejemplo, muchos carnívoros, como zorros o felinos, pueden comer reptiles. Muchas aves también son comedoras de reptiles, aves rapaces», afirma Reyes.
Conductualmente, suelen ser tímidas y evasivas. Ante una amenaza, la mayoría opta por huir; solo en situaciones extremas adoptan posturas defensivas, como inflar el cuerpo o simular ataques. Su mala reputación ha llevado históricamente a la persecución directa, siendo una de las principales causas de mortalidad junto a atropellos y pérdida de hábitat.


«Los reptiles siempre están asociados a cosas feas. Siempre las culebras, en todos los cuentos mitológicos, están asociadas a la a brujas. Igual que las arañas, como algo que genera rechazo. También mucha gente dice que te pueden provocar enfermedades, al tocarlos o a cosas así. Nada de eso es real. Yo creo que solamente es de ignorancia, que la gente no ha visto las especies que tenemos, que son preciosas», relata Marta Mora, herpetóloga y directora ejecutiva de la ONG Vida Nativa.
«Lo otro que a mí me llama mucho la atención es que a los niños siempre se les enseña a cortarle la cola a la lagartija, es como un juego. Y, generalmente, dicen que esto no provoca nada en la lagartija, sin embargo, hay estudios que dicen que sí tiene repercusiones, porque lo que hace la lagartija es soltar la cola, para que esta se mueva y distraiga al depredador, y así ella poder escapar. Entonces, primero, está perdiendo una oportunidad para escapar frente a un depredador de verdad. Luego, efectivamente se regenera la cola, pero no se regenera con la misma forma, sino que es una cola más negrita, más corta. Entonces, ya no tiene el mismo “fitness” que tenía antes. Esto genera que, por ejemplo, el macho no produzca los mismos efectos en la hembra», agrega.

Sin embargo, pese a su mala fama, en conjunto, lagartijas, geckos, lagartos y culebras, representan un componente fundamental de la biodiversidad de Chile central. En una zona donde más del 60% del paisaje original ha sido transformado por agricultura, urbanización y monocultivos forestales, los reptiles destacan por su capacidad de adaptación, pero también por su alta vulnerabilidad a los cambios extremos de temperatura, incendios forestales y fragmentación del territorio.
Además, muchos reptiles son altamente fieles a sus microhábitats, lo que los convierte en excelentes bioindicadores. Su presencia, ausencia o abundancia puede revelar cambios sutiles en la estructura del ecosistema antes de que estos se hagan evidentes en otros grupos.

«Como hay tanta fragmentación y destrucción de hábitat, en general, en los proyectos de conservación, en todos los proyectos, se está considerando hacer enriquecimiento ambiental. ¿Y por qué te lo digo? Por lo importante que es en el fondo que ellos tengan sitios donde se puedan reproducir, hacer sus conductas necesarias, como tomar sol y encontrar su alimento. Y, entonces, ahí también el microhábitat es muy relevante, porque no solamente es crucial conservar la especie, sino que se necesita que esté la fuente de alimento también», explica Mora.
«Los incendios forestales en este tiempo son terribles. Así que creo que una de las amenazas más significativas es la destrucción y fragmentación de hábitat. Y el otro tema es la tenencia irresponsable de animales, sobre todo los gatos. La gente los tiene afuera y resulta que los gatos tienden a cazar lagartijas, reptiles, aves también. Y eso impacta sobre las especies de reptiles. Claro. Otra de las cosas que impacta negativamente sobre los reptiles es la presencia de basura, porque resulta que, por ejemplo, están las botellas. Las lagartijas pueden entrar a la botella, pero no pueden salir. Entonces, es una trampa finalmente, y es muy recurrente encontrar botellas con lagartijas adentro», añade.
Es así como, entender cómo diferenciarlos y por qué son importantes no es solo una cuestión de curiosidad naturalista: es un paso clave para valorar su existencia, reducir el miedo injustificado y fomentar una convivencia más respetuosa con uno de los grupos animales más antiguos y resilientes del planeta.


¿Por qué vemos más reptiles en verano?
La mayor presencia de reptiles durante el verano no es casual ni responde únicamente a que “salgan más”, sino a una combinación precisa de factores fisiológicos, climáticos y ecológicos que alcanzan su punto óptimo durante los meses cálidos.
Los reptiles son animales ectotermos, lo que significa que no generan calor corporal de manera interna, sino que dependen del ambiente para regular su temperatura. En términos prácticos, su nivel de actividad, digestión, reproducción y capacidad de desplazamiento está directamente condicionado por la temperatura externa. En la zona central de Chile, la mayor parte de las especies presenta rangos térmicos óptimos que se sitúan entre los 25 y 35 °C, valores que se alcanzan de manera estable entre septiembre y marzo, coincidiendo con el período de mayor radiación solar y menor variabilidad térmica diaria.

Durante el invierno, cuando las temperaturas medias diurnas pueden descender por debajo de los 15 °C y las nocturnas acercarse a los 5 °C en sectores interiores, muchos reptiles reducen drásticamente su actividad o entran en estados de letargo conocidos como brumación. En estas condiciones, su metabolismo puede disminuir hasta en un 70%, lo que les permite sobrevivir largos períodos sin alimentarse, pero también los vuelve prácticamente invisibles para el observador casual.
«Las lagartijas son ectotermos, significa que ellos no producen su propio calor, sino que el calor viene del medio ambiente, o sea, del sol, de fuentes de calor. En la zona central, es entre septiembre y a principios de marzo cuando el calor es mucho más alto, por lo que empiezan a salir. En este período, nosotros podemos avistar mayormente a las lagartijas. De todas formas, en invierno uno las puede ver, pero están en estado de brumación, que significa que están quietitas, bajan su metabolismo hasta que salga el sol. Sin embargo, por ejemplo, si en invierno nosotros tenemos un día de mucho calor, también las podemos ver», comenta Mora.

Por lo mismo, con la llegada del verano, el aumento sostenido de la temperatura ambiental reactiva sus funciones fisiológicas: la frecuencia cardíaca se acelera, la digestión se vuelve más eficiente y los músculos alcanzan el rendimiento necesario para huir de depredadores, defender territorios o capturar presas.
El calor no solo determina cuándo están activos, sino también cómo utilizan el espacio. En verano, los reptiles aprovechan una mayor diversidad de microhábitats térmicos, desplazándose entre zonas expuestas al sol, sombras parciales, grietas de roca, troncos y hojarasca. Este comportamiento, conocido como termorregulación conductual, les permite mantener su cuerpo dentro de rangos óptimos sin necesidad de exponerse constantemente.
En lagartijas diurnas, por ejemplo, se ha observado que alternan exposiciones solares de pocos minutos con refugios sombreados, ajustando su posición corporal y orientación respecto al sol para maximizar o reducir la absorción de calor. Este dinamismo aumenta considerablemente la probabilidad de encuentro con personas durante caminatas, trabajos de campo o actividades recreativas.


El verano también coincide con el período de mayor disponibilidad de alimento. La abundancia de insectos, arácnidos y otros invertebrados puede aumentar varias veces respecto a los meses fríos, lo que favorece la actividad de lagartijas y geckos insectívoros. A su vez, este incremento en presas sostiene a depredadores de mayor tamaño, como lagartos grandes y culebras, generando una cascada trófica que intensifica la actividad general del sistema. En este contexto, no solo se ven más reptiles porque estén “más activos”, sino porque todo el ecosistema alcanza su máxima productividad biológica.
Otro factor clave es la reproducción. En Chile central, la mayoría de los reptiles inicia sus ciclos reproductivos en primavera avanzada o verano, cuando las condiciones térmicas aseguran un desarrollo adecuado de huevos y crías. Las hembras requieren temperaturas estables para la correcta formación de los huevos, mientras que los sitios de oviposición —suelos sueltos, hojarasca profunda o cavidades protegidas— deben mantener rangos térmicos específicos durante varias semanas.


Este proceso incrementa los desplazamientos, la defensa territorial y las interacciones entre individuos, lo que hace que sean más visibles. En especies vivíparas, como varias lagartijas del género Liolaemus, las hembras grávidas pasan más tiempo termorregulando al sol, ya que la temperatura corporal influye directamente en el desarrollo embrionario.
«En esta temporada, y en primavera también, están más visibles, porque están más activos. Es la época en donde ellos están desarrollando actividades reproductivas también. Por ejemplo, este mismo momento, es época de eclosión de los huevos de muchas especies. Por lo mismo, empiezan a aparecer los juveniles», indica Reyes.
La disponibilidad de luz también juega un rol relevante. Los días largos del verano amplían las ventanas de actividad diaria, especialmente en especies diurnas, que pueden mantenerse activas durante más horas sin enfrentar descensos térmicos bruscos. En geckos y otros reptiles nocturnos, las noches más cálidas permiten forrajeo prolongado y desplazamientos seguros, aumentando los encuentros en sectores urbanos y periurbanos, donde muros, luminarias y construcciones humanas concentran insectos y generan microclimas favorables.


«Otro reptil interesante de ver en esta época son las culebras, las culebras de cola larga, la de cola corta, que viven en la zona central. Interesantemente, tienen mayor actividad en esta época y también se sabe que, en la época de mayores temperaturas, pueden alargar su período de actividad diario y pueden tener actividad nocturna. Porque en la noche todavía hay condiciones térmicas adecuadas, entonces alargan un poco su actividad. Se ha observado a estas dos especies cazando de noche, sobre todo especies de anfibios y otras presas», indica Reyes.
Finalmente, el aumento de registros humanos no se debe únicamente a la biología de los reptiles, sino también a cambios en el comportamiento de las personas. El verano concentra una mayor cantidad de actividades al aire libre que incrementan las probabilidades de encuentro. Sin embargo, estos encuentros no son fortuitos: ocurren precisamente porque reptiles y humanos coinciden temporalmente en el uso del espacio, en un período donde el calor actúa como el principal motor de la vida ectotérmica.
«Otra cosa, de por qué son más visibles en esta época, es porque las personas salen a lugares naturales, salen de vacaciones, también se acercan más a los ambientes donde estos reptiles viven. Entonces, también eso aumenta las probabilidades de encuentro con estos animales y los registros por parte de las personas. En esta época las personas tienen mayor interacción con la naturaleza, entonces, encuentran registros de estos animales, en campings, en zonas de playa, en la montaña, etcétera», indica Reyes.


Las 12 especies que más se ven en verano
A continuación, en esta guía se presenta una selección de doce especies que, por su abundancia relativa, amplia distribución o comportamiento, figuran entre las más fáciles de ver durante la temporada estival, siempre considerando que su detectabilidad depende del hábitat, la hora del día y el respeto por su entorno.
Jǒzepa Benčina Campos