—Mistral tuvo una fuerte y sostenida conexión con la naturaleza. Su infancia en un lugar en donde el paisaje era protagonista -las montañas y los cielos del Elqui- debe haber propiciado que creyera, como siempre lo hizo, en una estrecha correspondencia entre naturaleza y vida. Su mirada de la flora, la fauna y los entornos que la rodearon es delicada y espiritual y tiene a menudo un alcance social.

Así comienza la descripción oficial de “Elogio de la naturaleza”, la nueva obra que reúne más de setenta escritos en prosa de Gabriela Mistral. Se trata de un trabajo en el que la observación, la imaginación y los recuerdos se plasman en una escritura donde aves, mamíferos, insectos, árboles y paisajes son los protagonistas. Es así un libro sobre la conexión con la naturaleza.

«Elogio de la naturaleza propone un acercamiento a esta parte del pensamiento y ética de Gabriela Mistral a partir de un conjunto de textos en prosa cuya invitación es la de detenernos y volver a mirar los árboles, los animales, las flores, la tierra, las piedras, el agua, las aves, el cielo y el mar con sus ojos. Esos ojos que entendieron que, con la naturaleza se conversaba: “tanto me da su persona maravillosa que hasta pretendo mantener con ella algo parecido al coloquio“. Esos ojos que comprendieron que era algo que debía aprenderse: “Voy a aprenderme esta tierra adonde me trajo el viento, una marea y un leño”. Esos ojos que decantaron lo visto en una voz que fue tomando distintas formas para describir los paisajes, los animales, los peces y las aves. Esa voz que a veces con dulzura, a veces con nostalgia, otras veces con dureza nos enfrenta a aquello que elegimos dejar de ver y que nos recuerda que solo conocemos “a los seres cuando están bañados de la luz plena”. Quizás, esta vez, la luz sea su voz», comenta Daniela Schütte G, editora del libro.

De esta forma, en sus páginas se transmite la belleza a través de las palabras de la poeta, quien elabora la posibilidad de ese consuelo en el tiempo paralelo que propone la naturaleza. Hablamos de conexión profunda con el entorno y el medioambiente.

Para tener una pequeña aproximación, compartimos un adelanto de tres textos sobre aves que forman parte de esta pequeña solución naturalista.

Colibríes

Picaflor de Cora. Créditos: Augusto Domínguez.
Picaflor de Cora. Créditos: Augusto Domínguez.

A la mañana, en el jardín que tiene un matorral de mirtos y más allá un romeral, huele la miel de las flores y los colibríes felices hierven en el aire o hacen hervir el aire cálido.

Quien ame los pájaros tiene que amarlos más que a todos ellos, y si alguien hubiese que no amase las aves, este fenómeno también amaría los colibríes. La luz está feliz de que la muestren, el aire más, y hasta las plantas que ellos vienen a saquear se ven como dichosas del cortejo ardiente.

Picaflores, pájaros abeja, cabellos de sol, tominejos, maimum­bé y, en suma, colibríes. Tantos nombren les han dado por quererles mucho las mujeres, los niños y los viejos que son grandes nombradores. No cantan bien, no tienen vuelo largo y apenas llevan cuerpo y no alcanzarían a hacer un bocado de niño; los bailarines del aire no le dan nada al hombre aprovechador, pero todos les aman solo porque son la fiesta de nuestros ojos.

Y es que todos queremos la luz y a ellos no los hizo la tierra, que es parda, ni el aire, que es azulado: la luz misma se puso a hacer los colibríes a su antojo a todo color y a toda fiebre de color. Dorados, verdosos y verdes, y aquí y allá unos relumbres de azul; allá están latiendo sobre la mata florida o cogidos por el pico de las flores abiertas, con su temblor que es el de la luz que se pusiese verde aquí y allá, y en esos puntos se vol­viese loca.

Picaflor chico. Créditos Omar Rebolledo.
Picaflor chico. Créditos Omar Rebolledo.

Deben ver con asombro a las perdices hacer sus nidos a ras de tierra y comer sobre ella tanto como vuelan. Cuanto más, ellos rozan los pastos pasando, como la golondrina. Les sobran los pequeños pies a los que viven en el aire, y, excepto al dormir no tienen cuentas para nada con el suelo. Y así van ellos sin un grano de polvo, no empañados de cosa alguna, espejos verdes y movedizos, flechas indias de esmeralda, y todo eso temblando de vida, bullendo en el sol de un gozo que tal vez les daría su nombre de «resucitados». Ese cuerpo de hoja larga, esa narigada de plumas, ¿De dónde saca fuerzas para bailar su baile de fuego el día entero sin quemarse y sin caer deshecho, quemado en pavesas? Es como para decir que aparte de la miel, la atmósfera y ellos se entienden como iguales, y que los colibríes fuesen solo un rebullir de la siesta.

En las tierras templadas, los jardines los ven aparecer de pronto, al pájaro resucitado en cuanto las flores se van a abrir: llegan como avisados, como llamados con silbo.

Pero en los trópicos, su patria, ellos están siempre sobre jardines y plantíos; ellos son el trópico mismo y las gentes del sol los ven desaparecer como nosotros. Ellos son la primavera del aire como las rosas son las de la tierra; su patria y su itinerario es el sol, y la vibración fantástica en que viven no es otra cosa que la reverberación del sol al mediodía.

¿Quién va a espantar entonces a las flechas verdes, al juego de luces, aunque ellas mareen y atolondren un poco la vista con su huida y su vuelta, con el sube y baja, y va y viene, de ellos?

Hacen el cortejo de la planta, adulan la copa, escogen los copos más floridos y a ratos parece que no fueran solo chupadores de miel, sino que estuviesen sencillamente de fiesta o que se refrescasen en el aire de su calor de metales ardiendo.

Picaflor. Créditos Nicolás Valenzuela
Picaflor. Créditos Nicolás Valenzuela

Los colibríes no tienen del pájaro la desconfianza del hombre, el miedo del cazador. Como tampoco lo tienen de las demás aves, estos valentones que picotean a los mayores y los hostigan para alejarlos de su festín de flores. Ellos entran por puertas y ventanas a las casas; se dejan coger un momento; hasta llegan a beber un poco de melaza o agua azucarada que les den. Como el alma, no tienen miedo de ninguna aventura. Entusiasmados con esa familiaridad del puñadito de plumas, nos tentamos y queremos dejarlos con nosotros. Pero los colibríes sin libertad decaen y se mueren en unos días, y su primo el pájaro mosca, en unos momentos; cualquier otro tolera más la jaula y consiente mejor que él ese ensayo de ser esclavo. Hay que libertarlo enseguida si no nos queremos quedar solo con la sortija de luces tirada en la jaula y sentir vergüenza de haber malogrado al festejador, al novio del jardín.

Conformémonos con que según su capricho, haga su nido a veces en un corredor o una ventana. Si es que hay que llamar nido aquella narigada de aire del tamaño de un durazno, suspendida a una paja de alero o a dos hojas, o a una brizna.

El primoroso hace el nido a su semejanza, tan ligero que es nada y sin embargo resistidor. No es más grande que un durazno aquella jugarreta de nido, que junto con el pájaro pesa cuatro tomines…

Nuestros indios no se cuidaban poco ni mucho de abonarlos y salían por el campo con verjas engomadas con cerbatana o llevando puñados de arena para hacerlos caer, lo mismo que a los pájaros moscas.

En la luz quieta y el aire quieto, los colibríes parecen burbujas de color que atraviesan en todas direcciones.

El águila

Águila. Créditos Ariel Cabrera.
Águila. Créditos Ariel Cabrera.

Dorada y con franjas negras como su peña.

Está siempre malhumorada y, de cólera, se le ha enrojecido el ojo y tiene endurecida la ceja.

La encoleriza la peña desnuda, en la que se le resbalan los huevos, la aridez del cielo, su vecino, que no tiene bestias y el tener que bajar tanto para hallar en una quebrada unos huesos de cabrito. ¡Y aquella hambre de sus aguiluchos! Abren todos a una vez el pico, y el nido parece la roca agujereada.

Águila. Créditos Augusto Domínguez.
Águila. Créditos Augusto Domínguez.

El cielo suele tener nubes en forma de rebaños de cabras. Pero todo eso es majadería de formas: los chivos, las ovejas, los venados, son puro viento blanco….

Además, está ofendida: allá abajo la tienen hecha un adefesio sobre una columna, en bronce, sujetando un escudo leproso. Lo que ella sujeta son sus huevos en la peña cada día más calva.

Por todo esto se le han puesto rojo los ojos y la ceja apretada.

Está muy sola y detesta ese aire de lo alto, sin los buenos olores de los establos, con los caballos heridos que empiezan a podrirse…

El carpintero

Carpintero negro. Créditos Benjamín Valenzuela.
Carpintero negro. Créditos Benjamín Valenzuela.

Yo doy la pulsación del bosque. ¿Quién sabe dónde están las sienes, las muñecas y el corazón del bosque? Yo golpeo en esas sienes y en esas muñecas.

No, no busco romper el árbol, sino despertarlo. Ellos quedaron así, en esa somnolencia por un mal encantamiento. A ratos se les despierta la copa y casi no hablan. Entonces yo apresuro mi taladro.

¿Qué espectáculo cuando los carpinteros seamos tantos que los hagamos despertar enteritos?

Adentro se hallan, en la médula de cada árbol, la semilla del sueño, la larga almendra del sueño, que los tiene así, y con mi pico amarillo voy arrancándola.

Carpinterito. Créditos Vicente Pantoja.
Carpinterito. Créditos Vicente Pantoja.

De tanta pasión, en mi faena con este castaño inmenso, por el cabeceo tenaz, me he ensangrentado lo alto de la frente.

¿Por qué medios el bosque ha de estarse absorto entre las aguas que corren y las nubes que pasan por encima convidándole?

No estoy cansado; al menos oís gracias a mí esta pulsación del bosque.

Os han dicho que no trabajo sino un estuche oloroso de madera donde guardarme. No es verdad, eso lo hace con barro cualquier zorzal aprovechador.

Yo desencantaré el bosque, hasta que dance entero como el pastor, con el follaje inflado y con las raíces ya vivas golpeando sobre el tambor del suelo.

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