Avanza despacio entre los matorrales, casi sin hacer ruido, con una calma que parece ajena a cualquier peligro. No corre, no acecha, no ataca. Confía. Confía tanto en su forma de enfrentar el mundo que rara vez necesita huir. Su andar pausado y su pequeña nariz husmeando el suelo revelan a un animal completamente adaptado a la vida terrestre, más interesado en insectos y semillas que en conflictos.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Nicolás Vigil @nicolasvigil1
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Nicolás Vigil @nicolasvigil1

De apariencia tierna y carácter tranquilo, carga consigo una de las defensas naturales más eficaces del reino animal: un recurso tan contundente que le ha permitido tener pocos depredadores y vivir sin prisa, como si supiera que casi nada se atreverá a desafiarlo.

Hablamos del chingue (Conepatus chinga), una especie de mofeta sudamericana que se caracteriza por el fuerte olor que expelen para defenderse; tan desagradable que ni siquiera los perros se atreven a acercarse.

También conocidos como zorrillos o zorrinos, los chingues están considerados entre los animales más fétidos del mundo. Pertenecen a la familia Mephitidae, que agrupa a todos los zorrillos a nivel global. El nombre de esta familia proviene del latín mephitis, que significa “olor nocivo”, en directa alusión a sus glándulas anales, capaces de secretar una sustancia intensamente fétida cuando el animal se siente amenazado, un mecanismo de defensa altamente efectivo que ha marcado su historia evolutiva y explica tanto su fama como el nombre común con que se conoce a las especies de esta familia.

“El olor no viene de la orina, como mucha gente cree. Proviene de glándulas perianales, que también están presentes en otros carnívoros como los mustélidos. La sustancia es muy persistente, fuerte y satura los receptores. Para cualquier animal que la recibe es una experiencia extremadamente desagradable. Normalmente este sistema actúa sobre depredadores inexpertos. Pero una vez que un animal tiene un encuentro con un zorrino, no lo olvida fácilmente y aprende a evitarlos.”, comenta Diego Castillo, Doctor en Biología, investigador del CONICET en el Instituto de Ciencias Biológicas y Biomédicas del Sur (INBIOSUR, CONICET-UNS) y especialista en ecología de carnívoros.

De cuerpo alargado, patas cortas y andar bajo, el chingue se mueve pegado al suelo como si leyera el paisaje con la nariz. Su cola, larga y muy vistosa, está cubierta de pelos erizados que combinan el blanco y el negro, un patrón que se repite en su pelaje: negro en el dorso y la cabeza, atravesado por franjas blancas a ambos lados que se unen en la cabeza y recorren el cuerpo hasta la cola. Este contraste no es casual: funciona como una señal de advertencia, una forma visual de anunciar que acercarse demasiado puede no ser buena idea.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime

Asi lo explica el Dr. Castillo: “Una de las características principales del chingue es su coloración contrastante en blanco y negro, que funciona como una advertencia para los depredadores. Es lo que llamamos aposematismo, algo muy común en la naturaleza. En los mamíferos no hay tanta variación de colores como en insectos o reptiles, porque la coloración está regulada por la melanina. Entonces, lo más contrastante que se puede ser es blanco y negro, y eso es justamente lo que hacen los zorrinos. Ante la presencia de este patrón de color, muchos depredadores directamente evitan acercarse. Funciona desde animales pequeños hasta grandes carnívoros como zorros o incluso pumas.”

Considerada una de las mofetas más australes del mundo, el chingue se distribuye ampliamente en Sudamérica, habitando Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. En Chile, su presencia se extiende desde el Altiplano —entre Arica y Parinacota y Antofagasta— hasta la Región de Magallanes, ocupando ambientes que van desde el nivel del mar hasta zonas cordilleranas de gran altitud. Esta amplia distribución refleja su notable capacidad de adaptación a distintos climas y paisajes, siempre fiel a su vida terrestre y a su carácter discreto.

Vale señalar que, durante décadas, en Chile y Argentina se reconocieron dos e incluso tres especies distintas de chingue, diferenciadas principalmente por su distribución geográfica y algunos rasgos morfológicos. Sin embargo, estudios genéticos y comparaciones morfológicas más recientes han llevado a la comunidad científica a reconsiderar esta clasificación, agrupándolas hoy como subespecies de una sola especie: Conepatus chinga.

chingue (Conepatus chinga). Créditos ilustracion: © Daniel Martínez Piña, Museo Ediciones
Chingue (Conepatus chinga). Créditos ilustracion: © Daniel Martínez Piña, Museo Ediciones

En el territorio chileno se reconocen tres formas principales: Conepatus chinga chinga, el chingue “común” de la zona central y centro-sur; Conepatus chinga rex, de mayor tamaño, propio del Altiplano del norte de Chile, entre Arica y Parinacota y Antofagasta; y Conepatus chinga humboldtii, anteriormente considerado una especie independiente y característico del extremo sur, en las regiones de Aysén y Magallanes.

Según comenta Agustín Iriarte: “Hace unos 15 años, cuando escribí mi libro sobre los mamíferos de Chile, se reconocían tres especies distintas de chingue. Sin embargo, hace alrededor de diez años se realizó un estudio de genética molecular que demostró que en realidad todas correspondían a una sola especie, con distintas subespecies. Lo que hoy entendemos es que esas diferencias responden más bien a adaptaciones geográficas. Genéticamente son iguales, por lo tanto, ahora se consideran subespecies dentro de Conepatus chinga”.

Este cambio responde a investigaciones de filogenia molecular que demostraron que las diferencias físicas observadas —como el tamaño del cráneo o el patrón de las franjas blancas— no reflejan una separación evolutiva profunda, sino variaciones asociadas a la adaptación geográfica, lo que se conoce como una clina.

En otras palabras, aunque un chingue del Altiplano pueda verse distinto a uno de la Patagonia, ambos pertenecen al mismo linaje genético. Para los investigadores, se trata de variaciones dentro de una misma población ampliamente distribuida y no de diferencias suficientes para sostener la existencia de especies distintas, reforzando así la visión del chingue (Conepatus chinga), también conocido como zorrino o mofeta de nariz de cerdo, como una sola especie con un notable grado de plasticidad ecológica y un rol fundamental en los ecosistemas sudamericanos.

“Durante mucho tiempo se describieron varias especies de zorrino basándose en diferencias morfológicas, como el color o el tamaño. Hoy sabemos que dentro de una misma población se pueden encontrar individuos marrones, negros, con más blanco o con menos blanco. Es una variación normal. Los estudios moleculares recientes muestran que no existen diferencias suficientes para separarlos en especies distintas. Se trata de una sola especie, Conepatus chinga. Esta variabilidad genética es saludable y esperable en cualquier población silvestre”, puntualiza el investigador del CONICET.

Un poco de su vida

El chingue es un animal de hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y silencioso, lo que explica por qué, pese a su amplia distribución, suele ser difícil de observar.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Sebastián Saiter V.
Chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Sebastián Saiter V.

“Confía muchísimo en su sistema de defensa, y eso marca todo su estilo de vida. Son animales lentos, tranquilos y no demasiado preocupados por escapar. No son buenos escapadores, no son rápidos ni trepan árboles. Prefieren confiar en su defensa química antes que huir”, puntualiza el investigador del CONICET.

Durante el día permanece oculto en madrigueras subterráneas y, al caer la tarde, comienza a recorrer su territorio con movimientos lentos y pausados, husmeando el suelo en busca de alimento.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime

“Son animales crepusculares y nocturnos. Funcionan principalmente de noche y se desplazan muy lento, lo que explica en parte por qué son tan vulnerables a los atropellos. No recorren grandes distancias. Tienen ámbitos de hogar relativamente pequeños, de unas 20 a 30 hectáreas al año, y suelen mantenerse cerca de los lugares donde nacieron”, puntualiza Agustín Iriarte.

Vive en una amplia variedad de ambientes —matorrales, pastizales, bosques abiertos, zonas agrícolas y áreas rurales— con una clara preferencia por suelos blandos y sectores con refugio, donde pueda excavar o encontrar cavidades disponibles.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Daniel Stange
Chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Daniel Stange

Sus madrigueras son un elemento central en su ecología y supervivencia. Gracias a sus garras delanteras, largas y robustas, el chingue es un excavador eficiente, capaz de construir refugios en suelos arenosos o bajo matorrales densos, troncos caídos o grietas de rocas. Sin embargo, también presenta un comportamiento oportunista: si encuentra cuevas abandonadas por otros animales, como armadillos o zorros, suele reutilizarlas y adaptarlas. Estos túneles, que generalmente no superan uno o dos metros de longitud, terminan en una cámara tapizada con hojas y pasto seco, donde se resguarda del frío, los depredadores y eventos extremos como incendios.

A diferencia de otros mamíferos, el chingue no es fiel a una sola madriguera. Un mismo individuo puede utilizar varios refugios dentro de su territorio —que puede abarcar entre 20 y 50 hectáreas— y rotarlos según disponibilidad y seguridad. Solo durante la época reproductiva las hembras muestran una alta fidelidad a una madriguera específica, utilizada como paridera, donde permanecen durante meses criando a sus crías.

“Utilizan muchas madrigueras distintas. No hay una fidelidad estricta, salvo durante la época reproductiva. Suelen usar cuevas disponibles en el ambiente: madrigueras de armadillos, huecos en la tierra, cuevas rocosas o incluso construcciones abandonadas. Generalmente usan la madriguera que les queda más cerca cuando terminan de alimentarse”, agrega el Dr. Castillo.

Esta fuerte dependencia de los refugios subterráneos también lo vuelve vulnerable: incendios forestales rápidos, inundaciones o la destrucción de madrigueras por actividades agrícolas pueden obligarlo a desplazarse hacia zonas más expuestas, como caminos y carreteras, aumentando el riesgo de atropellos.

De movimientos lentos y comportamiento tranquilo, el chingue no es un animal agresivo. Antes de utilizar su famosa defensa química, despliega una serie de señales de advertencia destinadas a evitar el conflicto: golpea el suelo con las patas delanteras, eriza la cola, levanta el cuerpo e incluso puede pararse sobre sus extremidades anteriores para parecer más grande. Solo si estas señales no surten efecto, libera la secreción de sus glándulas anales, un mecanismo altamente eficaz que le permite disuadir a la mayoría de sus potenciales depredadores.

“Es un compuesto muy irritante. Si llega a los ojos es realmente complicado. A mí una vez me llegó a un pantalón y lo intenté limpiar durante semanas, incluso hirviéndolo, y el olor nunca se quitó. Al final tuve que botarlo. Es un método de defensa extremadamente eficaz. Incluso creemos que puede estar dirigido a grandes depredadores, como el puma, porque en algunos estudios se han encontrado restos de pelos de chingue en fecas de puma”, comenta el experto en mamíferos chilenos.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Antonia del Río
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Antonia del Río

Aunque pertenece al orden Carnivora, el chingue presenta una dieta omnívora generalista y oportunista. Se alimenta principalmente de insectos y otros invertebrados —como larvas, escarabajos, gusanos y arácnidos—, pero también consume pequeños mamíferos, reptiles, anfibios, huevos de aves terrestres y, de manera ocasional, frutos y bulbos. “Son omnívoros totales. Comen insectos, huevos, reptiles, anfibios, roedores, aves pequeñas, frutos… prácticamente cualquier cosa que se mueva o esté disponible”, agrega el experto en mamíferos chilenos.

Está especialmente adaptado a la alimentación en el suelo y a la captura de fauna subterránea, lo que lo convierte en un actor clave en el control de poblaciones de insectos y en la dinámica de los ecosistemas que habita.

Al respecto, el Dr. Castillo agrega: “Tienen uñas delanteras muy largas y fuertes, y un hocico alargado, lo que les permite hozar eficientemente el suelo en busca de invertebrados. El nombre en inglés, ‘hog-nosed skunk’, refleja muy bien esta adaptación: esa nariz les permite detectar y extraer presas subterráneas.”

Su reproducción es estacional y está estrechamente ligada al ciclo climático. El apareamiento ocurre hacia el final del invierno y comienzos de la primavera, cuando los machos incrementan su actividad y recorren mayores distancias en busca de hembras.

Tras un período de gestación que varía entre 40 y 65 días, las hembras paren camadas de entre dos y cinco crías, que nacen ciegas, con pelaje fino, pero ya con el característico patrón blanco y negro. Durante los primeros meses, las crías permanecen en la madriguera bajo el cuidado exclusivo de la madre, y hacia el verano comienzan a dispersarse, iniciando su vida independiente.

Un aliado silencioso del ecosistema

Más allá de su fama olorosa, el chingue cumple funciones ecológicas clave en los ambientes que habita. Su dieta, basada principalmente en insectos del suelo como escarabajos, larvas, gusanos y arácnidos, lo convierte en un controlador natural de plagas. Al regular estas poblaciones, contribuye indirectamente al equilibrio de los ecosistemas y puede incluso beneficiar a sistemas agrícolas y rurales, donde muchos de estos invertebrados son considerados especies problemáticas.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Sebastián Saiter V.
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Sebastián Saiter V.

“Son omnívoros generalistas, pero consumen enormes volúmenes de insectos. En verano, cerca del 90% de su dieta son coleópteros. Ese consumo masivo de insectos es probablemente su principal rol ecológico”, señala el investigador de CONICET.

Su impacto no se limita a lo que come. El chingue actúa también como un verdadero ingeniero del ecosistema. Al excavar de manera constante en busca de alimento y al construir madrigueras, remueve y airea el suelo, mejorando su estructura y favoreciendo la infiltración de agua. Este proceso contribuye a la oxigenación del sustrato y puede facilitar el desarrollo de microorganismos, raíces y otros organismos que dependen de suelos bien estructurados. “Al excavar, sin duda remueven el suelo. Yo diría que eso sí genera un efecto ecológico, aunque no haya estudios específicos que lo midan en detalle”, puntualiza el experto en mamíferos chilenos.

Aunque su dieta es mayoritariamente animal, el consumo ocasional de frutos le permite desempeñar un rol secundario como dispersor de semillas, transportándolas a través de sus desplazamientos nocturnos y depositándolas en distintos puntos del territorio mediante sus heces. “Al ser omnívoros, también consumen frutos y pueden actuar como dispersores de semillas.”, agrega el Dr. Castillo

A su vez, pese a contar con una de las defensas químicas más efectivas del mundo animal, el chingue forma parte de la red trófica como presa ocasional de grandes depredadores, como pumas, zorros y aves rapaces de gran tamaño, integrándose así de manera activa a las dinámicas ecológicas de los paisajes sudamericanos.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Gabriela Cartes
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Gabriela Cartes

Amenazas y estado de conservación: el riesgo de pasar desapercibido

Durante gran parte del siglo XX, el chingue fue intensamente cazado por su piel, utilizada en la confección de prendas de vestir. Sin embargo, esta presión disminuyó de manera significativa hacia finales del siglo pasado, y hoy no se considera una de las principales amenazas para la especie. Si bien existen registros de caza ilegal —entre 1993 y 2005 el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) decomisó 34 pieles de “zorrillo” sin especificación de especie—, la pérdida de valor comercial de las pieles y la legislación vigente han reducido considerablemente esta práctica.

En la actualidad, las principales amenazas que enfrenta el chingue están asociadas a la transformación del paisaje. La pérdida y fragmentación de su hábitat producto de la expansión agrícola, el sobrepastoreo y la degradación de suelos constituyen algunos de los impactos más relevantes. A esto se suman los atropellos en carreteras, una de las causas más importantes de mortalidad no natural, especialmente debido a su desplazamiento lento y hábitos nocturnos.

“Los atropellamientos son una de las principales causas de mortalidad, especialmente en épocas de dispersión, como el apareamiento o cuando los juveniles se independizan. También se ven afectados por la depredación de perros y por el uso de venenos, que muchos productores utilizan contra grandes depredadores y terminan afectando a toda la fauna. Además, en zonas agrícolas, el uso de plaguicidas reduce la disponibilidad de insectos y eso impacta directamente en su supervivencia”, comenta el investigador del CONICET.

En zonas rurales, los ataques de perros domésticos y asilvestrados representan otra presión significativa, mientras que los incendios forestales se han convertido en una amenaza creciente, frente a la cual el chingue presenta escasas posibilidades de escape.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Javier González
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Javier González

“Los incendios los afectan mucho. A diferencia de otros carnívoros, como el zorro o el puma, que pueden escapar rápidamente, el chingue se mueve lento y muchas veces no alcanza a huir del fuego”, agrega Agustín Iriarte.

Pese a este escenario, el chingue está actualmente clasificado como Preocupación Menor (LC) por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), debido a su amplia distribución geográfica y a que gran parte de su hábitat aún se mantiene relativamente intacto. No obstante, diversos estudios advierten la existencia de declives locales y vacíos de información en varias regiones de su rango de distribución, lo que dificulta una evaluación más precisa de su estado poblacional y de las amenazas reales que enfrenta a escala regional.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Pablo Alejandro Pla
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Pablo Alejandro Pla

En este contexto, uno de los mayores desafíos para su conservación es el desconocimiento. Al tratarse de una especie común, poco carismática y de hábitos discretos, el chingue ha recibido históricamente escasa atención científica y mediática. “A pesar de ser una especie muy común, durante mucho tiempo no se sabía casi nada de su ecología. No es una especie carismática ni emblemática, y eso hace que sea más difícil conseguir fondos para estudiarla”, comenta el Dr. Castillo.

En ese sentido, investigadores advierten que esta falta de información ha dejado abiertas numerosas incógnitas sobre su ecología, abundancia, estructura poblacional y dinámica genética, limitando la capacidad de diseñar estrategias de conservación efectivas.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Javier Villamil
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Javier Villamil

A la fecha, los estudios poblacionales son locales y fragmentarios, y no existen investigaciones moleculares orientadas a evaluar la diversidad genética de las poblaciones de Conepatus chinga ni los efectos de la fragmentación del hábitat sobre su conectividad. Como agrega el investigador del CONICET: “La gran asignatura pendiente es el estudio poblacional: entender cuántas poblaciones hay, cómo se conectan y qué barreras afectan el flujo genético”.

A estas brechas de conocimiento se suma una pregunta aún abierta sobre su fisiología y comportamiento estacional. En Norteamérica, diversas especies de zorrinos han demostrado entrar en estados de tópor durante el invierno, reduciendo su actividad y gasto energético frente a condiciones adversas. Sin embargo, en Sudamérica este fenómeno no ha sido estudiado. Como señala el investigador del CONICET Diego Castillo, “sabemos que en el hemisferio norte los zorrinos presentan estados de tópor, pero en las especies sudamericanas esto nunca se ha evaluado formalmente”.

Aunque su trabajo no se ha desarrollado en ambientes con inviernos extremadamente crudos, Castillo reconoce haber observado cambios claros entre estaciones: “sí se notan diferencias de comportamiento entre verano e invierno, lo que abre la posibilidad de que exista algún tipo de ajuste fisiológico similar, pero todavía no tenemos los datos para afirmarlo”. Explorar esta dimensión podría ser clave para comprender cómo el chingue enfrenta las bajas temperaturas y la disponibilidad estacional de alimento a lo largo de su amplia distribución.

A ello se suma la necesidad de profundizar en otros aspectos poco explorados, como su rol en la epidemiología de enfermedades. En Norteamérica, algunas especies de zorrinos son reconocidas como importantes vectores del virus de la rabia, debido a su amplia distribución y cercanía con asentamientos humanos. Aunque esta situación no ha sido suficientemente estudiada en Sudamérica, especialistas plantean la urgencia de realizar estudios epidemiológicos en poblaciones silvestres de chingue que permitan evaluar la presencia e incidencia de patógenos, tanto desde una perspectiva de conservación como de salud pública.

chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime
chingue (Conepatus chinga). Créditos: ©Damián Ganime

Más que un animal raro o peligroso, el chingue es una especie profundamente mal comprendida. Su lentitud, su bajo perfil y su abundancia relativa lo han mantenido fuera del foco, en un territorio ambiguo donde no es lo suficientemente carismático para despertar empatía ni lo bastante escaso para generar alarma. Sin embargo, su historia revela una paradoja común en la conservación: muchas veces, las especies que parecen “estar bien” son precisamente aquellas de las que menos sabemos. Conocer al chingue —su ecología, sus refugios, sus amenazas y su rol en los ecosistemas— es también una invitación a repensar la relación con la fauna que convive silenciosamente con nosotros, esa que no suele protagonizar titulares, pero que sostiene, desde la sombra, el equilibrio de los paisajes que habitamos.

“Uno no puede amar ni cuidar lo que no conoce. Por eso es tan importante que el conocimiento científico no quede solo en los papers. La divulgación cumple un rol clave para acercar estas especies a la gente y generar conciencia sobre su conservación”, finaliza el Dr. Castillo.

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