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“Ha nacido un explorador”: la primera experiencia de trekking de un niño de cinco años en el sur de Chile

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“Ha nacido un explorador”: la primera experiencia de trekking de un niño de cinco años en el sur de Chile

Acercar a los niños a la naturaleza desde pequeños es clave para enseñarles la importancia de su conservación. Este es el mensaje de nuestro colaborador invitado Marcelo Salazar, quien nos comparte la primera experiencia de trekking de su hijo Maximiliano, de 5 años, en el Parque Tagua Tagua. Aquí nos comenta como la flora, fauna y funga del lugar inspiraron a este niño a continuar el sendero junto a la compañía de sus padres. Algo que, en sus propias palabras, inspiró el nacimiento de un nuevo explorador. Aquí puedes leer el relato completo.

 

Mucho se escribe y sabe de conservación y cuidado del medio ambiente, quizás porque el desarrollo acelerado y el incremento de la productividad a todo nivel nos marca y recién en los últimos años estamos viendo las consecuencias de ir tan rápido. Los más afectados con esto son el medio ambiente y todo lo que forma parte él: ecosistemas completos, incluyendo su flora, fauna y funga.

Anochecer en laguna Los Alerces ©Marcelo Salazar
Anochecer en laguna Los Alerces ©Marcelo Salazar

En este artículo me referiré a un factor clave en la conservación. Esta es conocer y enseñar a los más pequeños. Los niños son quienes ahora y en el futuro tienen el papel de agentes de cambio más importante. Ellos son los que parten la cadena de conservación y el que lo hagan depende, en un inicio, de nosotros los adultos.

En este sentido, les quiero contar una breve historia de conocer y enseñar sobre la naturaleza que nos rodea y cómo desde muy pequeño un niño puede incorporarse en ella.

Maximiliano llegando al Refugio Los Alerces ©Marcelo Salazar
Maximiliano llegando al Refugio Los Alerces ©Marcelo Salazar

Desde muy pequeño mi hijo Maximiliano nos ha acompañado a diversos paseos, incluso antes de caminar, cuando todavía le cambiábamos pañales. Siempre sus ojos, que viven en un lugar privilegiado como la Región de los Lagos, han podido adentrarse en lugares como los parques nacionales Pumalín Douglas Tompkins, Torres del Paine, Villarica, Cerro Castillo y Patagonia, por nombrar algunos.

Pero aquí quiero contar su primera experiencia caminando de forma autónoma junto a nosotros, que fue en el Parque Tagua Tagua, en la zona de la cuenca del río Puelo. Esta es una reserva privada que cuenta con unos de los paisajes más hermosos de la región.

Antes de empezar este relato, me gustaría mencionar que cada día me enamoro más de esta zona de la comuna de Cochamó, y que felicito a las comunidades y organizaciones que luchan para conservar esta reserva de agua que hoy es conocida por su potencial turístico, de conservación y que alberga animales como el huemul.

Lago Tagua Tagua ©Marcelo Salazar
Lago Tagua Tagua ©Marcelo Salazar

Los preparativos

Desde unos días antes, Maximiliano, de 5 años, ya estaba preparando con sus elementos básicos, muy emocionado: linterna frontal, mascarillas, bloqueador solar y agua, entre algunas cosas. Además, contento por su primer saco de dormir de tamaño para niños, que es la novedad.

Con todo esto listo, y las mochilas de nosotros los papás, el equipo fotográfico que no podía faltar.

Día 1: Partida a Puelo y lago Tagua Tagua

Salimos de Puerto Varas rumbo a Ensenada y luego a Ralún, en Cochamó. Desde ahí continuamos con un día soleado hasta Puelo donde giramos a la izquierda justo en cruce donde está el monumento del pescador de fierros reciclados rumbo a Puerto Canelo, lugar donde sale barcaza a Puerto Maldonado, donde la lancha de mítico Puelo Lodge nos esperaba. Ese día caminaríamos en los senderos de este bello lodge, que con una hospitalidad de gran calidez, calidad y de gran belleza de su emplazamiento nos albergaría esa noche.

©Marcelo Salazar
©Marcelo Salazar

Día 2: Recorriendo el sendero

A las ocho de la mañana nos levantamos para desayunar ya que a las 9:30 la lancha nos cruzaría a la entrada del parque, que es un lugar que, bajo mi visión, es un portal al paraíso, que casi siempre esta con un arcoíris producto de la niebla de la cascada que está a unos metros. Es un lugar mágico. Ese día el lago estaba tan calmo que Maxi dice: “Al mirar el lago parece que la lancha va en el aire volando”. Hasta hoy se acuerda de eso.

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Ahí nos espera Andrés, el guardaparque, quien nos apoyó con algunas cosas pesadas para ir más liviano en caso de necesitar apoyar a Maxi en la ruta, cosa que no fue necesario.

Comenzando la caminata ©Marcelo Salazar
Comenzando la caminata ©Marcelo Salazar

Así, a las 10:15 comenzamos a caminar, pensando cuánto nos íbamos a demorar en este sendero que normalmente se hace con carga en tres horas, incluso media más. Rápidamente nuestro pequeño explorador tomó uno de los bastones de trekking y solo consiguió un colihue adicional de su altura con el que hizo todo el trayecto. Poco a poco se fue metiendo en el sendero, reconociendo la infinidad de puentes, lo hacía para él era muy entretenido. Luego la cercanía con un chucao lo motivó, junto con la presencia de grandes árboles y las huellas de pudu que lo mantenían concentrado. El peak del viaje fue que descubrió un carpintero negro en un árbol que vimos gracias al ruido (Toc, toc, toc).

Después del km 3,5 comienza el sendero, que se hace más complejo para breves y cortas piernas, ya que tiene mucho tronco, raíces que pueden ser más altas que él y piedras; era muy irregular. Pero ese bastón y su colihue fue suficiente. Justo en el km 4,5 a 5 hay un remanso del río. Ahí nos tomamos unos 15 minutos de descanso para continuar con el último tramo.

Quedaban los últimos 2 km, donde los últimos 1500 metros eran los más cansadores por la pendiente. Aquí se sube entre raíces, rocas de rodados con el incesante ruido del río que desciende hasta la cascada de la entrada.

Ya muy cerca, se llega a una planicie de rocas grandes y una zona que estaba un poco inundada, que logramos sortear con palos y piedras.

Sector cuatro puentes ©Marcelo Salazar
Sector cuatro puentes ©Marcelo Salazar

Así, Maxi cruzó la última pasarela hasta un letrero que dice: ‘6.500 Refugio Alerces’. Lo apuntó con el dedo y emprendió rumbo. Llegó en forma autónoma, sin dificultad, feliz, conversando en cada momento de lo que vio, de los puentes, del helipuerto, y del carpintero. Ahí nos esperaba esa laguna de aspecto prehistórico, con un centenar de alerces muertos, pero de pie frente a un bosque hermoso y bellas montañas de granito en frente. Parece como si estuvieras mágicamente frente a un efecto especial en 4k, pero es real.  Ahí dejamos las cosas, almorzamos unos sándwiches, descansamos un rato breve y continuamos hasta las cascadas que está en el kilómetro 8.

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Visitando a los alerces

Camino a las cascadas visitamos los alerces de un pequeño bosque juvenil. Mi pequeño explorador quería tocarlos y saludarlos, ya había escuchado de mí muchas veces de lo bello y antiguos y que yo llamaba guardianes del resto del bosque. Con permiso del guardaparque, nos permitió que tocara uno con cuidado y sin sacar nada. Lo menciono ya que a los que están junto al sendero, les han extraído su corteza, extraña manía.

©Marcelo Salazar
©Marcelo Salazar

Seguimos a las cascadas, la flaca y grande, la primera con un sendero de cierta dificultad por lo accidentado del lugar. Ahí fotos obligadas.

La tarde noche fue en el refugio, coronada con una rica cena, calor de la estufa y luego a dormir por primera vez en un saco de dormir para Maxi. Casi una fantasía para él.

Cascada de la flaca ©Marcelo Salazar
Cascada de la flaca ©Marcelo Salazar

Día 3: Ha nacido un explorador

En la madrugada tomamos unas fotos a las 6:30, para luego desayunar con fuego que Andres tenía preparado. La calma, el bosque y el aire ayudan a reparar la angustia y las incertezas de esta pandemia en gran medida. Una cura para el cuerpo, como bien mencionan los Neerlandeses del UITWAAIEN, un concepto que los belgas han acuñado, que no tiene traducción literal pero que equivale a tomar una bocarada de aire, respirar aire puro fresco, con gran impacto en el estrés y preocupaciones.

©Marcelo Salazar
©Marcelo Salazar

La bajada en casi 4 horas nos hace llegar a la lancha a eso de las 14:00 horas, felices y contentos con unos recuerdos muy potentes que Maxi acuña: “Ha nacido un explorador”, con su mochila cargada con una lámpara frontal, binoculares, agua, una bandana, un cortaviento, que él mismo preparó.  Nos dejó impresionados de su capacidad algo subestimada, y lo mejor fue que no resultó en un estrés para él: se entretuvo, el bosque lo envolvió en magia, relajo y una buena experiencia. Conoció a sus amigos nuevos, los alerces, aunque dijo al final mirando hacia arriba: “Debemos ir a refugio Quetrus, para poder ver a los alerces abuelos“, refiriéndose a los alerces milenarios que hay arriba en el sector más alto que quedo para un capítulo 2.

Familia lista para regresar ©Marcelo Salazar
Familia lista para regresar ©Marcelo Salazar

Devuelta a Mítico para descansar, comer para pronto retornar a casa, felices y con bellas fotos de esta experiencia.

Con este relato, reitero que una de las cosas básicas para la conservación es conocer y mostrar la naturaleza a los más pequeños, los niños.

Gracias a Andrés, guardaparque, y a Valeria en la gerencia por dar las mejores condiciones de seguridad y logística. También a Daniel, alumno de turismo en práctica, por el apoyo en la visita. A todos en el parque y al Mítico Lodge.

Continuará.