Hay quien puede vivir sin lo salvaje y quien no puede, escribía en sus ensayos Aldo Leopold, filósofo ambiental y conservacionista, en los años 40. Y quienes no pueden, viven en un constante sentimiento y en un anhelo de lo salvaje, que tiene muy pocos antídotos culturalmente aceptados, tal como lo decía Clarissa Pinkola en su libro “Mujeres que corren con lobos”, por eso en muchas mujeres existe una fuerza colaborativa y una energía instintiva que casi quedó en peligro de extinción en la cultura occidental, debido a los constantes esfuerzos de estas sociedades por constreñirlas a roles desprovistos de sus liderazgos y vínculos con la Naturaleza.

Si viajamos a los afectos que nos evocan los cuerpos de agua, es probable que nos transporte a sensaciones particulares y a propios recuerdos que tuvimos a temprana edad, o más allá, a un reflejo de otros tiempos que nos une a los mamíferos marinos.

En la naturaleza, las aguas fluyen y cambian a cada momento, cada día, cada temporada. Tienen movimientos, son dinámicas, y traen consigo diversos sonidos, se aquietan, fluyen rápidamente, a veces caen y corren con fuerza e intensidad,  son claras, con baja visibilidad, o de mucha profundidad, en algunas ocasiones se cruzan y permanecen, y otras se mezclan con el viento para generar el oleaje, son dulces y en otros lugares se transforman en saladas. Sentir la bruma y olores de la interrelación de los elementos que acompañan los cuerpos de agua, como el viento, la lluvia, el oleaje, o a la flora, fauna y algas de esos entornos naturales, convierte la experiencia de nadar en sensaciones corporales que traen nitidez y un estado de estar en presencia, con todos los sentidos receptivos a esa interacción. Una vez que te sumerges a las aguas, los cuerpos se aclimatan y toda la atención se vuelca a ese balanceo que ocurre en los lagos y en la mar. Cuando es captada esa atención la concentración se dirige al ritmo de las brazadas acompañadas con la respiración. En ese instante, siempre cambiante, te sientes viva y despierta, al hacer contacto con las aguas y dejar que fluyan las brazadas. Lo más impresionante es que cada día que realizas este rito, tu cuerpo es distinto así como también las condiciones de las aguas, cada vez que ocurre es una nueva aventura que compartes con otras mujeres y otros habitantes que viven en esas aguas.

“Cardumen de mujeres” es un proyecto fotográfico, que visibiliza a las mujeres nadadoras; mujeres que vuelven a la mar y a otros cuerpos de agua y ésta es parte de su historia.

Bitácora de viaje a las aguas

Zapallar, 3 de septiembre 2022, 10:30 hrs.

Día nublado y la marea bajando.

Pronóstico de olas: 2 a 2.1 de altura

85 mujeres vestidas con trajes de neopreno y poleras de colores se sumergen en la mar, nadan en conjunto hacia formar un círculo. Pataleos, risas, espuma y una gran emoción superan el frío de ese día nublado. Detrás de eso, se encuentra una mujer, su máquina de fotos, su dron y un megáfono. Es Ana Elisa Sotelo, fotógrafa, documentalista y nadadora de aguas abiertas. Nacida en Perú, criada en Bolivia, México, Estados Unidos, Chile y Argentina, el trabajo de Ana se centra en las narrativas de género y en cómo seres humanos interactúan con su entorno, y a través de ello busca crear imágenes que cambien la forma en que percibimos la fuerza y la feminidad.

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Foto por Ana Elisa Sotelo

Como nadadora del grupo Las Truchas en Perú, Ana Elisa empezó a retratar a sus compañeras y travesías. El 2021 realizó el proyecto “Las Truchas: Cardumen de Mujeres” financiado por National Geographic, y este año continúa fotografiando nadadoras de Sudamérica gracias a una beca otorgada por Woman Photograph, un colectivo que busca impulsar y elevar el trabajo de mujeres que se dedican a la fotografía.

En agosto llegó a Puerto Natales, a retratar y nadar con el grupo de nadadoras que son parte de @nadadores_contra_corriente, quienes nadan en el fiordo Última Esperanza en el canal Señoret o en la Laguna Sofía, con aguas que caen de imponentes glaciares a temperaturas que van entre 0ºC a 4ºC en invierno y que alcanzan los 10ºC en verano. Junto a Ana y acompañadas por kayaks, nadaron con traje de baño en las aguas de estos canales patagónicos que marcaban los 0ºC en esta zona austral, en donde la Cordillera de Los Andes emerge desde el océano.

Siguió su ruta hacia Coyhaique, a retratar a las @lashuillinas, que nadan en lagos transparentes y remotos de la Patagonia, en esta ocasión se sumergieron en el Lago Atravesado, en un día con condiciones más extremas, ideal para bagualas.  Viento, nieve y tormenta fueron acompañados por risas y gritos de aliento para nadar y registrar este gran momento.

Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo

Luego se dirigió un poco más al norte, hasta llegar a las costas más inquietas, cercanas a la corriente de Humboldt, con rompientes que son parte de la dinámica de la zona central. Viña del Mar con su histórico y patrimonial balneario de Caleta Abarca y un gran grupo de alrededor de 70 mujeres la recibieron para hacer un gran círculo, los colores y un sol que simulaba los veranos playeros, fueron parte de este encuentro. Para seguir explorando y conocer el cotidiano y las formas de coexistencia en este hábitat costero de algunas mujeres de Concón y Zapallar conocidas como @las_chungungas y @chungungasmaiten, entre rocas y mareas, se sumergió dos semanas para compartir amaneceres y atardeceres salados, y así lograr un registro fotográfico de carácter etnográfico en esta relación con la mar.

Fueron semanas de mucha itinerancia (a)cuática con el fin de agregar en esta mochila una bitácora con registros en las aguas del sur de Sudamérica.

Para quienes participamos de estos encuentros alcanzamos a notar que sus fotografías pusieron en manifiesto muchos enfoques y sensaciones, desde reconocerse e integrar un sentido de identidad de ser habitantes de la zona costera, donde coexistimos con otros habitantes en estas aguas, como peces, aves, caracoles, algas, chungungos, pintarrojas y delfines, con quienes interactuamos cada mañana en que vamos a nadar, y descubrimos sus comportamientos cuando nos interrelacionamos desde una manera más ética y respetuosa en el hábitat que compartimos. Así también, al fotografiar con una perspectiva desde el cielo, y mostrarnos inmersas en las aguas, entre las rocas, o en ese ecotono de transición de verde a azul, de tierra a mar; se logra vislumbrar que estamos inevitablemente conectadas a todo el océano y al planeta que cohabitamos, que somos parte de esta inmensidad y que unidas podemos lograr intenciones extraordinarias en donde prima el enfoque colaborativo y diverso.

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Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo

Nos retrata completamente despojadas de aquello que frecuentemente nuestra sombra silvestre busca incansablemente, salir del ruido, de la ciudad, trabajos, crianzas, tecnologías, etc, y nos ilustra en sus fotografías potenciando e iluminando lo que más amamos hacer cada día, ese espacio íntimo para nosotras, la conexión con el latir de las mareas, sentir el viento, correr por los bosques o por la arena, las sensaciones que ocurren al palpar la temperatura del agua, y también que en estos cuerpos de aguas abiertas tenemos que nadar juntas para cuidarnos, mostrándonos cómo estamos conectadas unas a otras.

Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo

Sus imágenes dejan ver la belleza natural de la zona costera, que en muchos casos, como en la región de Valparaíso se ve alterada por presiones y amenazas antrópicas, como construcciones que intervienen en el bienestar de los ecosistemas. Pero aquí la Naturaleza se manifiesta en resiliencia, en donde la mixtura de las nadadoras de maritorios urbanos o semi-rurales, pueden trasladarse y flotar en las aguas pasando por un Santuario de la Naturaleza a unos de los balnearios históricamente más conocido en Chile.

También presenta que la natación en aguas abiertas es una actividad mucho más masiva de lo que imaginábamos. Que no solo son deportistas de elite quienes entran al mar a nadar, si no, personas con otros hábitos, de todas las edades y distintas historias, donde muchas se desenvuelven sin competencia, sin cronómetros. Personas que solo buscan moverse, hacer un poco de ejercicio, chapotear, disfrutar y contemplar el paisaje, o estar en ese estado levemente sedante, calmo y adictivo que se logra en las aguas.

Cardumen de mujeres muestra que indudablemente existe un gran impulso femenino tras esta actividad de nadar en aguas abiertas. Lo cual no es trivial, ya que las mujeres hemos sido desprovistas en nuestra relación con “la mar” y al acceso a estas experiencias en la Naturaleza, consecuencia de la cultura patriarcal en que nos hemos desenvuelto.

Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo
Foto por Ana Elisa Sotelo

Finalmente, de manera intrínseca estas fotografías que retratan a mujeres de Sudamérica, nadando en la selva, en aguas gélidas y cálidas,  dulces y saladas, o en estas costas dinámicas; generan espacios de reencuentros, de volver a esos vínculos nadando juntas a las aguas, buscando un espacio genuino. Fortalecen una red y esa energía colectiva que remonta a la ritualidad de los círculos de mujeres, que desde tiempos ancestrales existen y nos alienta a relacionarnos entre nosotras y con la Naturaleza desde otros enfoques para el bienestar de la Tierra; uno más activo, empático y receptivo. En palabras de Ana “los círculos de unión son una expresión de resiliencia comunitaria y empoderamiento femenino en el agua”.  

Foto por Ana Elisa Sotelo
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