Para la hija del traficante, las crías de hipopótamo son mascotas pasajeras a las que cuida y con las que juega todos los días. Crédito: Diana María Pachón.
Para la hija del traficante, las crías de hipopótamo son mascotas pasajeras a las que cuida y con las que juega todos los días. Crédito: Diana María Pachón.

El 31 de octubre de 2021, día de Halloween, John Aristides Saldarriaga, o ‘Chispún’, como es conocido en Doradal (Antioquia), sintió detrás de él la muerte en forma de hipopótamo y de unas dos toneladas de peso.

Dice que estaba pescando en el lago de la vereda Las Brisas junto a dos amigos. No era la primera vez que pescaba allí a pesar de la presencia de la peligrosa especie. Su filosofía era: “ni tú me molestas, ni yo te molesto”, y con ese pensamiento lanzaba la caña y en pocos lances, según él, capturaba tilapias, bocachicos y tucunarés para venderlos en el pueblo.

El día del ataque no vio en las aguas al animal. Pensó que se había marchado a otro lago, y con esa seguridad se acercó a la orilla, solo, sin sus amigos. Lanzó el nylon y esperó un rato. De repente, a pocos centímetros de sus pies emergió el hipopótamo. Apenas vio esa mole tan cerca y agresiva tiró la caña de pescar y, como alma que lleva el diablo, empezó a correr por los pastizales cenagosos y a rezar para no ser presa de las fauces de la bestia monumental.

El pesado cuerpo del hipopótamo, capaz de correr a unos 40 kilómetros por hora, emitía un pum, pum, pum asustador con sus pisadas, un sonido similar a los latidos del corazón —como describen todos aquellos que han tenido el infortunio de huir de esos animales—. Saldarriaga, ya exhausto, pero sin dejar de correr, giró el rostro para ver la distancia entre el hipopótamo y él. Por no estar pendiente de su camino dio un traspié y cayó.

La cría se pierde en la profundidad del agua y luego vuelve a salir. Humana y animal se persiguen y se abrazan. Foto: Diana María Pachón.
La cría se pierde en la profundidad del agua y luego vuelve a salir. Humana y animal se persiguen y se abrazan. Foto: Diana María Pachón.

Al levantar la mirada observó sobre él la jeta rosada de colmillos sobresalientes, y para evitar que le triturara la cabeza puso los brazos en forma de cruz. La mordida le penetró el brazo derecho rasgando la piel, rompiendo músculos y nervios hasta llegar a los huesos. Lanzó un grito desgarrador y lloroso para pedir auxilio a sus amigos. Ante la gritería, el hipopótamo, con el brazo del hombre todavía en las fauces, lo levantó y luego lo arrojó por los aires como un muñeco, lanzándolo varios metros más adelante. Mareado y con el corazón convulsionado aún por el miedo, John Saldarriaga asomó la cabeza entre la maleza. El hipopótamo lo estaba observando en el mismo lugar de donde lo lanzó. Luego de unos segundos en los que uno miraba con terror, y el otro con rabia, el animal dio la vuelta y regresó al lago.

“Si hubiera querido me tritura de un mordisco, y chao vida, pero me miraba como queriendo decir: ‘esta te la perdono, pero si vuelves te mato’”. Con la convicción de esa amenaza, Saldarriaga se juró no volver.

Los amigos, después de ver el espectáculo, socorrieron al herido, que estaba a punto de desmayarse por la cantidad de sangre derramada, lo subieron en una moto y lo llevaron hasta el puesto de salud de Doradal. Debido a la gravedad de las heridas y la insuficiencia de recursos médicos para atenderlo, fue trasladado al hospital de Rionegro, ciudad ubicada a 170 kilómetros de distancia y muy cerca de Medellín.

Al parecer, sí fue una advertencia porque la mordida, que puede alcanzar un peso de 126 kilogramos por centímetro cuadrado, no fracturó los huesos. Lo más grave del ataque fue la infección producida por la contaminación bucal del hipopótamo, por eso Saldarriaga fue recetado con antibióticos para atacar el proceso infeccioso, y a diario las heridas eran limpiadas y suturadas.

La cría se pierde en la profundidad del agua y luego vuelve a salir. Humana y animal se persiguen y se abrazan. Foto: Diana María Pachón.

Expansión, ataques y tráfico de hipopótamos

En Doradal, corregimiento del municipio de Puerto Triunfo, corrió el rumor de que el herido pretendía capturar una cría para venderla. En la zona es de conocimiento público que se trafica con estos animales pero la Policía de la zona lo niega. Dicen que no han recibido ninguna denuncia. Sin embargo, al menos seis crías han cruzado frente a la estación de Policía escondidos en camionetas o camiones, manifiesta uno de los traficantes.

Al consultar al Ministerio de Ambiente, la entidad no se pronunció sobre este tema y le dio la vocería al Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt. Una experta le explicó a Mongabay Latam que el trabajo del Instituto se enfoca en entender las consecuencias de esta especie para los habitantes y el ecosistema. Por su parte, la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare (Cornare) —autoridad ambiental de la zona— dice que ha denunciado la venta de hipopótamos ante la policía de Doradal, pero hasta el momento no se ha hecho nada.

El ataque a John Saldarriaga no es el único reportado. El 20 de mayo de 2020, un hipopótamo atacó a Luis Enrique Díaz en el corregimiento Estación Pita, también de Doradal. Según el hombre, estaba llenando de agua una bomba para fumigar cuando del río emergió un hipopótamo resoplando de furia al sentir invadido su espacio. El campesino intentó correr, pero fue embestido.

Después de un año, Díaz apenas sale de su casa para recibir el sol y se oculta rápido para evitar la mirada de los curiosos que desean ver cómo queda una persona después del singular ataque. No puede trabajar. Su hermano lo cuida de las entrevistas y por eso nuestro diálogo es corto. El hombre recuerda el peso de las patas sobre su cuerpo, las costillas rotas, el pulmón perforado y la fractura de una pierna.

En el lago en el que Chispún fue atacado no es usual la pesca. Las aguas son densas y quietas. Los pescadores avezados van al río Magdalena, la arteria que cruza casi todo el país de sur a norte, hasta desembocar en el mar Caribe.

La madre defiende a su cría ante la más mínima señal de aparición de cualquier intruso. Foto: Diana María Pachón.
La madre defiende a su cría ante la más mínima señal de aparición de cualquier intruso. Foto: Diana María Pachón.

Además, según David Echeverry, biólogo de Cornare: “las heces de los hipopótamos sumadas a las continuas salidas y entradas al lago aumentan la carga orgánica y pueden acelerar el proceso de eutrofización”. En términos coloquiales, las aguas se convierten en una sopa verde y espesa por el exceso de nutrientes. Esto tiene como consecuencia la desaparición de muchas especies. Echeverry también afirma que Saldarriaga fue “muy aventado por meterse a pescar justo en ese lago donde hay una hembra con cría”.

Madre e hijo ahora habitan un lago aledaño al del ataque, junto a otros cuatro hipopótamos. Si la grande se sumerge, la pequeña hace lo mismo. Si la grande saca los ojillos, la pequeña también. En las noches se pasean por la zona y regresan al amanecer. La madre se mantiene alerta ante la presencia de cualquier humano.

En el lago no hay policía ni ejército que evite la entrada de turistas, pescadores o curiosos, apenas hay unas señales de tránsito instaladas hace una década, y ahora desvencijadas con la figura borrosa de un hipopótamo y la palabra “peligro”.

A principios de los ochenta, el conocido narcotraficante Pablo Escobar mandó a traer de África un macho y tres hembras para completar el sueño de tener el mayor zoológico del mundo. Cuando el capo de la droga murió abaleado en Medellín, en 1993, los hipopótamos abandonados, sin murallas, ni veranos mortales, se multiplicaron y luego colonizaron otros lagos a cientos de kilómetros. Se han visto en Barrancabermeja, ciudad ubicada a más de 200 kilómetros de distancia. Luego de crecer, reproducirse y esperar la muerte, hoy los expertos estiman una población de casi 70 animales libres en caños y ríos.

Aún no hay muertos por cuenta de ataques de hipopótamos en Colombia pero, ante la libertad de la especie y la curiosidad de la gente, el peligro es latente. Por eso Cornare, en octubre de 2021, inició el plan piloto para aplicar GonaCon, un anticonceptivo para machos y hembras. Según David Echeverry, en una semana 24 ejemplares recibieron la dosis por medio de dardos.

Cuatro hipópotamos andan libres en un humedal cerca de la finca del traficante. Foto: Diana María Pachón.
Cuatro hipópotamos andan libres en un humedal cerca de la finca del traficante. Foto: Diana María Pachón.

El GonaCon, medicamento usado en China, Australia y Estados Unidos, fue donado por la agencia norteamericana Animal and Plant Health Inspection Service USDA APHIS. Aunque el plan piloto dio buenos resultados en la aplicación, los especialistas hablan de tres dosis por cada individuo para garantizar la efectividad. Una tarea nada fácil. Estos 24 animales se suman a 11 que fueron operados quirúrgicamente desde 2014. El problema de la castración quirúrgica está en los riesgos para el equipo encargado y los costos (entre 6400 y 7700 dólares por cada operación).

La bióloga Nataly Castelblanco, coautora del estudio ‘Un hipopótamo en la habitación: prediciendo la persistencia y dispersión de un megavertebrado invasor en Colombia, Sudamérica’, publicado en enero de este año, celebra que se avance con esta iniciativa pero insiste en que, debido al gran número de hipopótamos que ya existen en el país, las estrategias de esterilización y contracepción por sí solas no son suficientes para erradicar el problema. Castelblanco asegura que se necesita una combinación de estrategias, incluido el sacrificio de animales, aunque esta alternativa siga generando polémica en los sectores animalistas.

Según dice, el hipopótamo es un animal muy longevo y podría llegar a vivir, incluso, hasta 70 años; tiempo en el que seguirá generando impactos sobre el ecosistema y las especies nativas colombianas.

En una entrevista con Mongabay Latam, el biólogo Germán Jiménez, también coautor del estudio, aseguró que estos enormes mamíferos pasan la mayor parte del tiempo en el agua, donde comen, duermen, orinan y hasta defecan; por lo que el oxígeno se va volviendo escaso. “Empiezan a morir los peces y lo mismo ocurre con las plantas”, dijo. Además, el animal empieza a desplazar a otras especies como los manatíes y su pisoteo, cuando sale a tierra, termina por afectar el suelo y las especies vegetales que intentan crecer en los ecosistemas del Magdalena medio.

“Cómpreme el hipopótamo”

En una cafetería en la plaza central de Doradal, un traficante habla sin temor de ser escuchado sobre la existencia de un hipopótamo en su casa. Le pregunto si no le da miedo hablar de manera tan abierta de un tema ilegal.

—Aquí todos saben quién soy. Le he ofrecido ese bicho a todo el mundo y nadie me lo ha querido comprar. A propósito, ¿a usted no le gustaría llevárselo?

Sonrío como si se tratara de una broma.

—En una casa grande lo puede tener. Con que tenga una charca ya es suficiente.

—Vivo en Bogotá. Me tocaría meterlo en la bañera, replico.

—Deme siete milloncitos (1800 dólares) y si quiere se lo cuido un par de meses hasta que consiga donde meterlo.

—De verdad es imposible, además soy periodista.

—Eso qué importa, búsquese un socio y pagan por mitades. Nadie se va a enterar.

El hombre está desesperado, nunca había permanecido tanto tiempo con un hipopótamo. Cuenta que en junio, hace cinco meses, una persona lo llamó para solicitarle con urgencia una cría. Por esos días una hembra había dado a luz y el traficante lo sabía. Una tarde se encaminó con su esposa al mismo lago de la historia de John Saldarriaga, y al ver al ‘hipopotamito’ narra que usaron la táctica de siempre: le arrojaron piedras a la madre para que abandonara su retoño, todavía lento para nadar, y ellos aprovecharon para capturarlo.

La táctica no siempre es efectiva, según explica, porque a veces hay hembras que en vez de huir se enojan y corretean a la pareja. Los dos conocen los peligros, pero plata es plata, sostiene, y más en una zona donde ganar el sueldo mínimo (234 dólares) ya es un privilegio.

—Listo, ya le conseguí el animalito—, le contó al urgido comprador en una llamada.

—Hermano, de verdad me da pena con usted, pero no puedo comprárselo, vendí la finca—. El traficante recuerda las palabras que escuchó a través del celular.

La cría se pasea dentro de la casa del traficante como si fuera una mascota más. Foto: Diana María Pachón.
La cría se pasea dentro de la casa del traficante como si fuera una mascota más. Foto: Diana María Pachón.

No le insistió, pues dice que en esos parajes de grandes haciendas y excéntricos dueños siempre va a haber alguien que va a querer uno. Con esa fe continuó cuidándolo, pero no hay bolsillo que aguante la manutención de tremendo animal. Al mes, asegura el traficante, la cría consume 390 mil pesos (100 dólares) en leche especial para terneros. Es mucho dinero si se considera que en la región hay familias de cuatro miembros o más que sobreviven con ese dinero mensualmente.

Son pocos los que conocen el oficio peligroso de capturar crías, tal vez unos tres en esa zona, según mencionan los pobladores de Doradal. Por el lado de Río Claro y Puerto Boyacá, a 20 kilómetros de allí, se habla de otras personas que hacen lo mismo.

En la cafetería el traficante acerca su rostro y dice bajando la voz: “señorita, conózcalo y verá que se enamora. Si tiene hijos sería el mejor de los regalos”.

Nadando con una de las bestias más peligrosas del mundo
Para llegar a la finca donde vive la cría que no se ha podido vender es necesario recorrer laberintos de trochas fangosas. Justo al lado de la vivienda se extiende una charca de aguas verdosas y quietas, la cría no está por ahí.

De un pasillo sale una adolescente menuda, morena, de ojos grandes y negros.

—¿Buscas a ‘Campanita’?—, me pregunta.

La miro confundida.

—Yo le puse ‘Campanita’—.

La hija del traficante y la pequeña hembra de hipopótamo pasan largas jornadas de baño en un lago cercano a la casa. Foto: Diana María Pachón.
La hija del traficante y la pequeña hembra de hipopótamo pasan largas jornadas de baño en un lago cercano a la casa. Foto: Diana María Pachón.

La joven parece emocionada de recibir visitas, por fin puede hablar del secreto de su nueva mascota y me toma de la mano para llevarme a su habitación: una cama, un armario y una ventana.

—Campanita, ven cariño—, insiste dos veces. Se escapa un ruido proveniente de debajo de la cama, y luego sale una pata jurásica y llena de pliegues. En seguida sale la otra pata, y la cabeza. Cuando levanta la vista y nota la presencia de una extraña, vuelve a esconderse. La chica la arrastra hasta descubrirla toda. La cría, molesta, mueve las orejas.

A pesar de su apariencia tierna, es unos de los mamíferos más peligrosos del mundo. En varios artículos se ha informado que sus ataques matan alrededor de 500 personas al año en África.

Pero en esta finca no solo vive con una familia, también comparte habitación con una adolescente quizá más liviana que ella. El animal debe estar pesando unos 40 kilogramos.

Paso la mano sobre su lomo, es frío, grueso y de color gris, es la misma sensación de consentir un sofá de cuero. La cría avanza afanada y torpe para alcanzar a la que considera su dueña. La ilegalidad le impuso esa figura materna después de ser arrebatada de los brazos de su verdadera madre.

Cuando no está bajo la cama sigue a su dueña por toda la casa como un perro consentido, y a veces le restriega el hocico en las piernas y la mira desde abajo en busca de caricias. La adolescente se agacha y la abraza.

—¿Quieres que se vaya a otra parte?

—Pues toca. Si no se vende no sé qué pueda pasar.

—¿Cómo así?

—Es que aquí no puede crecer y es imposible regresarla con su mamá.

En los recuerdos de la adolescente, los hipopótamos son huérfanos que vienen por un tiempo y luego se van. Su casa es un lugar de paso para esas crías sin madre por culpa del tráfico ilegal. Cuando salen del hogar, la joven nunca vuelve a preguntar por ellos. Si están vivos o si fueron el plato especial de un asado no lo sabe. Para ella siguen siendo pequeños y juguetones. A lo largo de su vida ha tenido a Andy, Joaco, Estrella, Magola (que resultó ser macho), otro que no alcanzó a tener nombre porque lo compraron rápido, y por último Campanita.

Campanita al lado de uno de los perros de la familia del traficante. Foto: Diana María Pachón.
Campanita al lado de uno de los perros de la familia del traficante. Foto: Diana María Pachón.

En lo que va de 2021 ya ha vivido con dos. El anterior hipopótamo fue vendido en marzo por seis millones de pesos (1540 dólares) y duró tres meses en el hogar. Al parecer el dueño era un hacendado que pagó todos los gastos de comida mientras la cría estuvo en la vivienda del traficante. También cubrió los gastos veterinarios y 200 mil pesos mensuales (unos 50 dólares) extras por el cuidado.

Con ‘Campanita’ la suerte no ha sido favorable. Come, crece y no hay la remota posibilidad de un cliente.

Desde junio el traficante sostiene que solo ha recibido una oferta: alquilar el hipopótamo a un balneario cercano para ser el principal atractivo. Le ofrecieron 500 mil pesos diarios (aproximadamente 130 dólares). Lo consideró, pero al sopesar los riesgos prefirió negarse a la propuesta. Un hipopótamo en un balneario, al lado de una piscina con turistas de todas partes del mundo y todos con celulares para tomar fotos, le daría la vuelta al mundo en minutos. Con eso llegaría la policía, Cornare y la prensa local, nacional y mundial. Y lo peor, asegura, terminaría en la cárcel junto con el dueño del balneario, pagando una pena entre los cuatro y nueve años de cárcel. Ni loco cometería ese error.

“Vamos al agua” —exclama la adolescente. Campanita la sigue a un lago del predio, más grande y menos turbio que la charca ubicada al lado de la casa. La chica corre y el hipopótamo va tras ella. El animal sabe hacia dónde se dirige y sus patas se mueven más ligeras entre los pastos altos. Al llegar se acuesta en la orilla y espera a ser lanzada por su madre adoptiva. La joven, con todas las fuerzas que tiene en sus brazos enclenques la empuja hasta verla caer en las aguas. La cría se pierde en la profundidad, vuelve a salir. Humana y animal se persiguen y juegan.

“Vamos campanita”, dice la chica. La huérfana, en vez de caminar, se tumba en el suelo con los ojillos mirando el lago, quiere seguir chapaleando. La genética la impulsa. Sus congéneres pueden durar 14 horas diarias metidos en el agua, hasta el anochecer, cuando se van a buscar pastos a las fincas. En estado salvaje las órdenes son dadas por el hambre y el calor, no por los humanos que la obligaron a la orfandad.

Tan pronto Campanita ve el agua, empieza a correr entusiasmada. Foto: Diana María Pachón.
Tan pronto Campanita ve el agua, empieza a correr entusiasmada. Foto: Diana María Pachón.

—¿Tus amigos saben que tienes un hipopótamo?—, le pregunto a la joven.

—Como se le ocurre, además… ya no tengo amigos.

—¿Por qué?

—No estoy en el colegio, mi única amiga es Campanita—.

La cría de hipopótamo y la joven se unieron por la fatalidad de un negocio ilegal. La primera, si tiene suerte, encontrará un hogar adoptivo con charca privada en alguna finca lejana y la segunda se despedirá con un adiós sin lágrimas para no ahuyentar a los compradores, hasta que su padre le traiga otra mascota temporal.

Mientras tanto, el animal sigue comiendo y creciendo. Aunque ahora es vista como una mascota, a medida que gana peso y va madurando, el peligro de un ataque va incrementando. Se trata de una bomba de tiempo que vive dentro de la misma casa de una familia de escasos recursos en Doradal.

*Imagen principal: Para la hija del traficante, las crías de hipopótamo son mascotas pasajeras a las que cuida y con las que juega todos los días. Foto: Diana María Pachón.

Lee el reportaje completo en el enlace original en: El problema sigue creciendo: hipopótamos a la venta en Colombia

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