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Incluso para aquellos que poco conocen acerca del archipiélago de Chiloé, es muy poco probable que no hayan visto sus característicos palafitos. Aquellas construcciones de madera erguidas en altura sobre pilares y bastante coloridas, que encuentran en la isla sus representantes más australes; las mismas que adornan cientos de postales y calendarios de Chile, que buscan destacar los mayores atractivos de nuestro país.

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¿Pero qué tanto sabemos acerca de ellos? Para empezar, los primeros palafitos de la región fueron construidos con el propósito de servir como residencias, hospedajes y almacenes en la costa durante el auge maderero a fines del siglo XIX. Luego su función cambió: la población migró del campo a la ciudad debido a una plaga que afectó a la producción de sus famosas papas, principal alimento de los chilotes –cuentan con más de 400 variedades de papa en la zona–. Con esta movilización, comenzó la toma de terrenos en la costa y muchos de los palafitos fueron construidos sobre estos sitios, sin propietario que los reclamara, lo que permitió a los pobladores vivir cerca del mar donde podían mariscar o pescar cuando bajaba la marea.

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Sin embargo los singulares palafitos de Castro, considerados como patrimonio vivo del archipiélago, no son las únicas construcciones características de Chiloé. En el archipiélago existe una “cultura de la madera” excepcional, que los ha llevado a trabajar con diversas especies de árboles como el mañío, alerce, coigüe o raulí cuyas maderas fueron el principal material con el que construyeron herramientas de labranza, anclas, adoquines o caminos, y prácticamente todo su entorno, siendo las iglesias y barcazas los mayores exponentes de esta cultura maderera. Tanto así, que hoy 16 de las 60 iglesias de Chiloé, son consideradas como Patrimonio Mundial por la UNESCO por su excepcional valor material y espiritual para el pueblo de chilote, y uno de los imperdibles al visitar el archipiélago.

Carpinteros de Rivera: un oficio en olvido

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Trabajadores del mar y grandes artesanos, desde tiempos prehispánicos los chilotes se especializaron en la construcción de embarcaciones a pulso, trabajando y doblando maderas nativas para navegar por los mares, canales y fiordos australes. Esta tradición de construir lanchas de madera a vela, cuyos artesanos se conocen como “Carpinteros de Ribera”, data de hace más de 100 años teniendo su origen en el estero de San Juan, al norte de Dalcahue. Este oficio característico de la isla y el sur de Chile, mezcla los conocimientos locales de las condiciones del mar austral y los bosques nativos, con la tradición europea, principalmente española. Ya que según cuentan, uno de los patriarcas del oficio de carpintería de ribera en la isla, navegó hasta isla Dawson donde aprendió la construcción de embarcaciones europeas y combinó estos conocimientos con la tradición chilota, creando uno de los primeros astilleros chilotes.

Como parte de sus expediciones fotográficas en Chiloé, Natphoto otorga la posibilidad de conocer el oficio de los carpinteros de ribera en el archipiélago ©Natphoto
Como parte de sus expediciones fotográficas en Chiloé, Natphoto otorga la posibilidad de conocer el oficio de los carpinteros de ribera en el archipiélago ©Natphoto

La construcción de estas barcazas tiene un sesgo romántico que comienza con la búsqueda del material en los bosques. Los chilotes llevan carretas de bueyes a los montes en busca de maderas nativas y seleccionan cuidadosamente los maderos que darán forma a las quillas, rodas o cuadernas de la embarcación. Tras días de arduo trabajo y una vez que finalizan la embarcación, se da paso a la “botadura”, la ceremonia de llevar la embarcación al agua. Algunas familias chilotas aún celebran con fines turísticos esta operación según la antigua tradición del archipiélago, que consistía en deslizar la embarcación sobre troncos hasta llevarla al agua y luego celebrar con grupos folklóricos y comidas típicas el término de la construcción de una verdadera obra de arte que comenzará a flotar al subir la marea.

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Lamentablemente este oficio tradicional, al igual que muchos otros, ha visto su declive con el paso de los años con las crisis de pesca artesanal y la llegada de las lanchas de fibra de vidrio, acero y a motor. Sin embargo, aún es posible ver algunos carpinteros de ribera en Dalcahue construyendo estas nobles embarcaciones, mientras continúan con la tradición que sus antepasados han transmitido de generación en generación.

Las almas de Cucao

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Chiloé es conocido por ser un lugar marcado por seres mitológicos y leyendas. Famosas son las andanzas del Trauco, la criatura que habita en los bosques de la isla a la espera de seducir a aquellas mujeres que entran solas al bosque, la historia de la Llorona, una mujer a la que sólo pueden ver aquellos que están cercanos a la muerte y que llora por la pérdida de sus hijos, o la leyenda de la Pincoya, entre muchas otras. Sin embargo hay una historia en particular que ha ganado mayor interés en los últimos años gracias a la obra de un artista visual. Se trata de la leyenda de las almas de Cucao.

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Cuenta la leyenda chilota, que al morir una persona en la isla, el alma viene a este lugar en los acantilados de los alrededores de Cucao a la espera de encontrar su descanso eterno. Según los locales, allí en la bahía y roqueríos del sector de Pirulil, entremezclados con el sonido del rompiente de las olas se escuchan los escalofriantes llantos y lamentos de las ánimas que deambulan la zona.

Se dice que estas almas en pena llaman al balsero Tempilcahue para que las pase a buscar y las lleve a su lugar de descanso donde sólo existe dicha y descanso para las almas, pero éste no llega así que están condenadas a vivir en amargura, rencor y dolor.

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Hoy en este sector se encuentra el Muelle de las Ánimas, una obra diseñada y construida por el artista visual Marcelo Orellana que hace ilusión a esta leyenda local. Es un muelle que no lleva a ninguna parte y que atrae a decenas de turistas quienes realizan el sendero de 5 km que lleva al muelle, un recorrido de dificultad media/alta y de extensa belleza escénica que pasa por campos y bordea la costa, ofreciendo una vista privilegiada del océano y los acantilados.

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